Amalia Domingo Soler

LOS VOTOS RELIGIOSOS


Por mucho que estudiéis, por mucho que leáis, y vuestra imaginación tenga bastante inventiva para darle forma y color a la vida claustral, nunca pintaréis con exactitud ese lienzo sombrío, ese cuadro horrible de las miserias y degradaciones humanas.

Es necesario haber vivido dentro de un convento de religiosas.

Ya os he dicho que mi infancia y mi juventud las pasé entre monjes, triste, solitario, pero que podía haber vivido tranquilo, si mi espíritu hubiera sido más dócil y no hubiera tenido tanta sed de progreso; yo me enemisté con mis superiores por mi carácter revolucionario, por ser reformador incorregible.

De haber sido más obediente, mi existencia hubiera sido hasta dichosa dentro de aquella esfera microscópica; lo que sí es completamente imposible es vivir en calma entre una comunidad de religiosas.

No podéis imaginaros lo que son las mujeres destituidas de los sentimientos naturales.

Ya sabéis que me he presentado a vosotros tal cual soy; el mundo me llamó santo, y os he dicho repetidísimas veces que estuve muy lejos de la santidad, que amé a una mujer y le rendí culto a su recuerdo, siendo mi altar preferido su sepultura.

Allí elevaba mi pensamiento, allí pensaba en los pobres, allí pedía a Dios inspiración suprema para despertar el arrepentimiento en los culpables.

Sentí, amé, temí, tuve todas las debilidades de los demás hombres, y os hago esta advertencia porque como me ocuparé algo de las mujeres, y las presentaré tal como son en realidad, no creáis que queriendo aparecer santo les demuestro aversión, no; lo que quiero demostrar es que la mujer educada, la mujer sociable, la mujer madre es la que sabe amar.

Y no creáis precisamente que al decir la mujer madre me refiero a la que tiene hijos, no; la mujer madre es la que sabe amar; desgraciadamente, lo sé por experiencia.

Una mujer me llevó en su seno, recibió mi primera sonrisa, escuchó mis primeras palabras, y a pesar del íntimo parentesco que nos unía, me arrojó de su lado cuando aún yo no había cumplido cinco años.

Estas madres desnaturalizadas son espíritus inferiores cuya rebeldía está tan arraigada en su modo de ser, que la maternidad no significa para ellas más que un acto puramente natural, y hacen lo que los irracionales: les dan el aumento primero a sus hijos y luego los abandonan; otras ni a eso se detienen, pues su perversidad domina en absoluto; y son madres apropiadas para los seres que vienen a la tierra a sufrir crueles expiaciones, que todo se relaciona en la vida.

La mujer, espíritu lo mismo que el hombre, toma la envoltura del sexo débil para educar su sentimiento, para aprender a sufrir; es, puede decirse, un castigo impuesto al espíritu; por esto la vida de la mujer, aun en medio de la civilización más perfecta, tiene en el fondo de su existencia verdaderas humillaciones; la educar, es el animal más dañino que hay en ese mundo puesto al servicio del hombre.

Estas mismas palabras las escribí hace algunos siglos, después de haber estado una larga temporada viviendo junto a un convento de religiosas, siendo el confesor de aquella numerosa comunidad.

En mi última encarnación, mi carácter aventurero y mi sed de progreso me hicieron vivir muy aprisa, en un tiempo que se vivía muy despacio; y antes de encerrarme en mi aldea sufrí toda clase de persecuciones aun en mi retiro; más de una vez fui requerido por el jefe del Estado, y amenazado de muerte por mis superiores.

Vivía en «una época en que decir la verdad era un crimen: y yo la decía siempre, así es que mi vida fue una lucha incesante, una batalla sin tregua.

Tuve el fanatismo del deber, y fui religioso, no porque aceptara los misterios de mi religión, sino porque la moral universal me imponía sus derechos y sus deberes; admiré a Cristo y quise imitarle, no en su modo de vivir y de morir, porque ni tenía virtud, ni mi misión era la suya; pero quise demostrar lo que debía ser un sacerdote racional, interesándome vivamente por la instrucción de la mujer, para que no sufrieran otros las consecuencias que yo sufrí.

Todos mis tormentos y agonías, para mí entonces no reconocían otra causa que la ignorancia de mi pobre madre; y como yo había sido tan inmensamente desgraciado, como la contrariedad había sido mi único patrimonio, yo quería educar a la mujer, sacarla de su embrutecimiento despertando su sensibilidad; por que de una mujer sensible se pueden esperar todos los sacrificios y heroicidades.

La mujer amando es un ángel; pero indiferente para la humanidad y fanática por un credo religioso, es un demonio; si esa personalidad existiera, si el espíritu del mal tuviera razón de ser, estaría encarnado en las mujeres fanáticas; la mujer desposeída de su principal atractivo, del sentimiento maternal, es un espíritu degradado, que se presenta en ese mundo haciendo alarde de su inferioridad y de su ignorancia; no os extrañe que me exprese en estos términos, porque he visto muy de cerca a las religiosas.

Comprometido en una cuestión política, tuve que salir huyendo, y fui a pedir hospitalidad a la superiora de un convento que tenía junto al monasterio una hospedería para los peregrinos, pues en aquella época eran muy frecuentes las peregrinaciones.

Fui bien recibido, llegando en buena ocasión, pues la comunidad estaba sin confesor, y como la superiora me vio joven y audaz, creyó que podría serle útil.

Era una mujer de la nobleza, que tuvo que ocultar en el claustro un desliz de la juventud; se hizo ambiciosa, intrigó con acierto y llegó a ser tanta su autoridad y su nombradía, que fundó varios conventos, y las jóvenes de las más opulentas familias fueron puestas bajo su tutela para recibir educación, y muchas de ellas profesaron por su mandato.

Le pasaba a aquella mujer lo que a la madre egoísta, que al perder un hijo, se alegra cuando otras mujeres pierden los suyos, y dice con sombría satisfacción: «Que lloren; también he llorado yo.»

Esto mismo decía aquella mujer sin corazón cuando una joven pronunciaba sus votos llorando amargamente.

Sus ojos me lo revelaban, sí; cuando miraba a una joven profesa, recordaba su juventud, su extravío amoroso, pensando con feroz complacencia, diciendo con cruel satisfacción: «Otra víctima más; ya que yo no he podido ser feliz, procuraré que nadie lo sea».

La superiora era una mujer de mediana edad, inteligente y astuta, ambiciosa y vengativa; puesta al servicio de la religión, hacía numerosos prosélitos.

Rígida hasta la crueldad, mantenía en su comunidad la más perfecta disciplina, entregando a la Iglesia sumas inmensas que traían en dote las infelices alucinadas que hacía profesar.

Yo escuchaba a aquellas mujeres y quedaba petrificado.

¡Cuanta ignorancia…! ¡cuánta servidumbre…! y en el fondo… ¡cuánta inmoralidad!

Como de ésta a la criminalidad no hay más que un paso, aquellas infelices cometían hasta el infanticidio, y quedaban serenas y tranquilas, creyendo que servían a Dios obedeciendo las órdenes de sus ministros.

Yo las miraba asombrado y decía: «Señor, de la mujer, la que debe llevar en su seno a los héroes de la humanidad; la que está llamada a ser la compañera inseparable del hombre; la que puede compartir sus glorias tomando parte activa en sus estudios, en sus penas y en sus alegrías; la que puede embellecer su existencia porque tiene atractivos y condiciones para hacerse amar; la que es carne de nuestra carne y hueso de nuestros huesos; la que siente esos dolores divinos de la maternidad; la que realiza el acto más grande de la naturaleza en el sagrado instante de su alumbramiento, ¿Qué hace la religión con ella?

La embrutece, la envilece, la mutila, la reduce a la mísera condición de esclava que ni es dueña de sus hijos, y ahogando en ella todo sentimiento generoso, ¿Qué queda de la mujer? La más espantosa deformidad en cuerpo y en alma.

Todos sus vicios pasados reaparecen; es astuta como la serpiente, vengativa como el tigre, hace el mal y se complace en su obra, o es una autómata que se mueve a impulsos de otra voluntad.

¿Y para esto ha sido creada la mujer? ¿para vivir en, la más humilde y vergonzosa servidumbre?

La religión, que es la base de todas las civilizaciones, ¿por qué en vez de remediar este daño, se puede decir que ella lo causa?

Comprendo mejor (aunque no las apruebo) las asociaciones de los hombres científicos que se retiran a un claustro a meditar y a pedir a la ciencia la solución de los problemas de la vida pero las comunidades de mujeres son completamente innecesarias; las mujeres hacen falta en todos los lugares del mundo menos en los claustros y en los lupanares.

Suponiendo que se logre reunir (que es mucho suponer) una congregación de mujeres sencillas y virtuosas, que buenamente se entreguen al ejercicio de la oración: ¿de qué sirven estos seres profundamente egoístas que no consuelan al huérfano, ni sostienen el inseguro paso de los ancianos, ni ayudan a los desgraciados en sus penalidades?

De ningún modo que se mire progresa la mujer en la vida monástica; al contrario, se estaciona y hasta retrocede.

Se la considera virtuosa o inofensiva, pero es egoísta, puesto que se aparta de la lucha del mundo; si pronuncia sus votos por desesperación, se vuelve tiránica, cruel; si la alucinación y la ignorancia la arrojan en el claustro, se convierte en cosa, es un instrumento del que se valen hombres perjuros, y si la timidez y la obediencia a sus mayores le obliga a renunciar al mundo, vive muriendo, maldiciendo y rezando a la vez.

Yo amaba a la mujer, la consideraba como la única gloria del hombre; y al verla tan envilecida me desesperaba.

En aquella comunidad vi a la mujer en todos los grados de embrutecimiento, en todas las fases de la degeneración y del sufrimiento moral y material, temblando ante el martirio, enloquecida por el terror.

Presencié la profesión de una infeliz novicia y quede horrorizado; otra pobre niña estaba próxima a pronunciar esos votos irrevocables que tantas desgracias han causado, y me decidí a salvarla del infierno, impresionado como estaba por la lucha que le vi sostener a la novicia que a los pocos días de mí llegada profesó; aquella mártir sobrevivió poco tiempo a su sacrificio, y me alegré de su muerte, porque era una joven dotada de gran sentimiento, y sufría horriblemente rodeada de mujeres sin corazón.

Eloísa, su compañera de infortunio, al verla morir, me miró y lloró silenciosamente, y comprendí que más lloraba por sí misma que por la muerta.

Cuando llegó la hora de confesarse, la víspera, de pronunciar sus votos, le dije delante de un crucifijo:

—Eloísa, ¿renuncias de todo corazón a los placeres de la tierra?
—Sí—contestó la joven con voz insegura, mirando a la imagen de Cristo.
—Mientes en este momento.
— ¡Yo…!
—Sí, tú; es necesario que para enterrarte en la vida, sepa la mujer por qué se entierra.

Quiero suponer que, alucinada y dominada por los consejos de tus padres y de la superiora, pronuncies tus votos creyendo que renuncias a los goces de este mundo con toda satisfacción y contento; pero mira, figúrate por un momento que en vez de esta imagen de Cristo, contemplaras un hombre de treinta años, con miradas de fuego, sonrisa amorosa, gentil y apuesta, decidido a conquistar un mundo para depositarlo a tus plantas, ¿renunciarías a su amor, a tu eterna felicidad, a la dicha suprema de amar y ser amada?

—Sí—murmuró Eloísa, pasándose la mano por la frente cubierta de sudor.
—Mientes, niña. Lo que me dicen, lo que afirman tus labios, me lo niegan tus ojos.

Vete a descansar, y pregunta a tu alma qué es lo que quieres, y yo pediré una prórroga de ocho días a la superiora.

En ese tiempo medita y no te engañes a ti misma ni temas el enojo de tu familia, que por algo he venido yo a la tierra para ser padre de almas.

La novicia me miró, pero temiendo que las paredes hablaran, enmudeció, y yo me dirigí a pedir una audiencia a la superiora, que me la concedió en seguida.

Le hice presente que Eloísa no estaba bien dispuesta para su profesión y que era necesario dejarle lo menos ocho días para reflexionar.

—Muy mal hecho —me dijo con sequedad—. Esa joven tiene que profesar quiera o no quiera.

Sus padres desean su profesión, porque Eloísa es hija del rey, y a su padre adoptivo, como es natural, le estorba esa niña, porque le recuerda los devaneos de, su esposa.

Además, trae en dote una gran fortuna, y el oro es necesario a la Iglesia.

Me diréis que llora, pero yo también lloré, y si yo pude sufrir, también podrán sufrir las demás mujeres.
— ¿Pero la religión sirve para condenar a sus hijos o para salvarlos? Concedo (y ya es mucho conceder) que la mujer que tenga vocación por una vida contemplativa se retire y viva entregada a su estéril rezo, o a su infecunda meditación; pero a la joven que sienta palpitar su corazón al recuerdo de un ser amado, ¿por qué se la ha de sacrificar? ¿Por que se le han de negar los derechos y los deberes que le ha concedido la naturaleza? En la religión debe encontrar la mujer un apoyo, un amparo, leal consejo, pero nunca imposición ni tiránico mandato.
—Vais por muy mal camino para obtener el capelo —me dijo la superiora con amarga ironía.
—El que va por la senda de la justicia y de la verdad, no necesita ni capelos ni tiaras para vivir dichoso.

Yo quiero ser un verdadero ministro de Jesucristo, quiero amar al prójimo como a mi mismo, quiero ser un enviado de su amor y su equidad, quiero que la mujer se regenere; quiero verla, no escondida en los santuarios agotando su existencia en un quietismo improductivo, sino tomando parte en la lucha de la vida; quiero que sea esposa y madre, que comprenda lo que vale su misión, que dentro de un convento desconoce por completo.

Más de tres horas estuvimos hablando.

La superiora me ofreció su valimiento si yo coadyuvaba a sus planes, y si yo hubiera sido ambicioso, entonces tuve ocasión de haber sido en poco tiempo príncipe de la Iglesia; pero mi espíritu, cansado de las farsas humanas, estaba decidido a progresar, que hacia muchos siglos que rodaba por la tierra, y no había encontrado esa dulce tranquilidad que siente el hombre cuando dice al entregarse al sueño: he cumplido fielmente con mi deber.

A pesar mío, en algunas ocasiones he tenido que usar de la diplomacia para ganar tiempo, así es que aparenté seguir sus consejos y quedamos convenidos que esperaríamos ocho días para la profesión de Eloísa, y que en ese intervalo yo procuraría inclinarla a la vida monástica.

Los padres de la novicia también vinieron a hablarme.

Todos estaban deseosos de sacrificar a aquella infeliz cuyos dulces ojos prometían un cielo, un mundo de célicos placeres al hombre a quien entregase su sensible corazón.

¡Pobre niña! ¡Cuan cerca estuvo del abismo! ¡Cuántos crímenes se han cometido a la sombra de la religión!

Al cumplirse el plazo, por la mañana muy temprano fui a la iglesia, y ya me aguardaba la novicia, que parecía una muerta, con su hábito blanco, sus grandes ojos hundidos rodeados de un círculo azulado, sus mejillas amarillentas como el marfil, sus labios blanquecinos plegados por una sonrisa tan dolorosa que, sin murmurar una queja, parecía que se escuchaban sus desgarradores gemidos; nunca he visto una imagen del dolor tan conmovedora como aquélla.

Las vírgenes al pie de la cruz, las Dolorosas de vuestros más renombrados pintores, hubieran parecido bacantes comparadas con la imagen de Eloísa.

¡Cuánto me impresionó la mirada de aquella infeliz! Al verme se dejó caer a mis plantas, y con voz balbuciente, me dijo:
—Gracias, padre; me habéis comprendido.

Y sus miradas terminaron su confesión, y al mismo tiempo me preguntaba:
— ¿Qué haré para salvarme…?
—Seguirme. Yo te dejaré en poder de un hombre que velará por ti. No hay tiempo que perder.

A grandes males grandes resoluciones.

Aprovecharemos la febril agitación que hay en la comunidad con los preparativos de tu fiesta.

Quédate orando en la capilla de Santo Sepulcro y espérame allí.

Lo demás corre por mi cuenta.

Efectivamente, como he dicho antes, Eloísa no sólo parecía un cadáver, sino la personificación de la angustia y la amargura.

Al medir el hondo abismo en que iba a caer, había sentido tal espanto, que todo su ser se había conmovido extraordinariamente, y estaba desfallecido, exánime.

Yo me apresuré a decirle a la superiora que Eloísa estaba conforme en profesar, pero que pedía dos horas de reposo espiritual en la capilla del Santo Sepulcro, y que creía muy conveniente le fuesen concedidas.

La superiora accedió sin sospechar mi intento, porque creía haberme comprado con la gruesa suma que me había ofrecido si conseguía que Eloísa profesase.

Es tan mezquino el cálculo de los espíritus degradados, que no pueden comprender el desprendimiento y el desinterés de las almas que se encuentran en vías de progresar.

Yo, en los ocho días de espera, no había perdido el tiempo, y como siempre que me propuse hacer un bien, encontré obstáculos que vencí con mi perseverancia, y a la vez seres amigos que me ayudaron en todas mis empresas; el que quiere hacer una obra buena siempre encuentra un camino para hacerla.

La capilla del Santo Sepulcro tenía un largo corredor que conducía a las prisiones del convento.

En éstos había la entrada a las bóvedas que servían de enterramiento, las que tenían dos puertas que daban al huerto del sacristán, al que hice mío, tan mío fue, que nunca me abandonó; él fue el que me habéis oído nombrar repetidas veces, el buen Miguel, que me quiso tanto cuanto un alma sencilla y buena puede querer.

Él me proporcionó caballos y tres hábitos de penitentes, y mientras en el convento todo era revolución, yo, sin perder momento, entré en la capilla, eché la llave y le dije a Eloísa: «Sígueme, no hay tiempo que perder».

La pobre niña me miró sin comprenderme, y tuve necesidad de repetir mis palabras haciéndola levantar, pero la infeliz estaba sin movimiento.

Gracias que Miguel, fingiéndose enfermo, en vez de acudir a la iglesia vino en mi auxilio.

Entonces era un hombre vigoroso, y alzó en brazos a la novicia como si fuese un niño, y los dos, a buen paso, salimos del convento.

Llegamos a casa de Miguel, di a Eloísa rápidas explicaciones, y ésta, feliz al verse salvada, recobró fuerzas como por encanto, se cubrió con el hábito de penitente, subimos a los caballos y a galope tendido nos alejamos de aquellos lugares.

Cuando fueron en nuestro seguimiento ya estábamos en paraje seguro.

En mi habitación dejé una carta para la superiora, que decía así:
«Señora: nunca olvidaré que en un momento de verdadera angustia para mí, me disteis generosa hospitalidad; y hoy pago vuestro servicio con una acción noble, quitándoos una victima que hubiera muerto maldiciendo vuestro nombre y negando la existencia de Dios.

Os soy deudor de un gran estudio: en la Comunidad que dirigís he visto toda la degradación y embrutecimiento a que puede llegar la mujer, y emplearé toda mi elocuencia para libertar a las mujeres de la humillante servidumbre a que las condena una mal entendida religión.

«A la joven que queríais sacrificar la entregaré al rey.

No nos persigáis, pues poseo vuestro secreto y puedo perderos y haceros morir en una hoguera; bien lo sabéis».

Mi amenaza hizo su efecto.

Seguí mi camino con toda tranquilidad y conseguí hablar con el rey y entregarle a su hija, la que habló con tanta elocuencia y sentimiento, que su padre se conmovió y le dijo solemnemente:

—Niña, si amas a alguien, confiésalo al padre Germán, y él que arregle tu matrimonio.

Descansamos algunos días, y no me había engañado: Eloísa amaba a un capitán de guardias del rey.

Yo lo arreglé todo, y la primera unión que bendije fue la de Eloísa y Jorge.

¡Qué satisfecho quedé de mi obra cuando los dejé en la embarcación que debía llevarlos a Inglaterra!

Eloísa estaba transfigurada, hermosa, sonriente, y radiante de felicidad me decía:
—Padre Germán, me parece que estoy soñando. Si es que duermo, hacedme morir antes de despertar, ¿Es verdad que ya no volveré al convento?

—No volverás, no —le decía su esposo—; has salido para no volver jamás: crea usted, padre Germán, que nos ha dado lo que nunca podríamos esperar. Yo amaba a Eloísa, pero no me había atrevido a pedirla a sus padres porque mi escasísima fortuna era muy inferior a la suya, y estaba decidido a hacerme matar al saber su profesión.

Ella hubiera vivido desesperada, ¿y todo por qué?

—Porque la religión mal comprendida sirve de tea incendiaria, en vez de ser la imagen de la Providencia.

Levó anclas el buque, y Miguel y yo quedamos en la orilla del mar largo rato mirando el bajel, que se alejó lentamente, hinchando sus velas vientos favorables.

Eloísa y Jorge sobre cubierta agitaban sus pañuelos en señal de despedida, y al perderse el bajel en el horizonte, abracé a Miguel, diciendo: «Demos gracias a Dios, amigo mío, por haberme dejado contribuir a la felicidad de esas dos almas enamoradas.

Sus bendiciones y las de sus hijos atraerán sobre nosotros la calma de los justos.

¡Loado sea Dios! que nos ha dejado ser sus mensajeros de justicia, sus enviados de paz y de amor».

Desde entonces trabajé cuanto pude por desarraigar el fanatismo religioso en la mujer.

Eloísa y Jorge no fueron ingratos.

Muchos años después estuve en peligro de muerte, y ella principalmente fue mi ángel de salvación.

Por otra parte, educó a sus hijos en los preceptos de la religión que yo le había enseñado.

Tengo la profunda satisfacción de haber evitado, la última vez que estuve en la tierra, más de cuarenta suicidios; por otro nombre, votos religiosos.

Sí; salvé muchas víctimas con mis consejos, y en lo que me es posible hoy sigo mi trabajo inspirando a unos, comunicándome con otros, para despertar el verdadero sentimiento religioso.

Yo quiero que se ame a Dios engrandeciéndose, instruyéndose, moralizándose, humanizándose; yo no quiero esas virtudes tétricas y frías que no saben compadecer ni perdonar; yo quiero que a la mujer, dentro de una vida noble y pura, no le repugne mirar a la infeliz que por debilidad o por ignorancia ha caído en el cieno del mundo; quiero que la levante, que la compadezca, que la aconseje, que la guíe, que la mujer ame, y las que viven dentro de las comunidades religiosas no se aman, porque no se pueden amar, porque viven sin educar su sentimiento.

Las religiosas se desprenden del cariño de sus padres y de sus hermanos, y renuncian al amor de un esposo y a las caricias de los pequeñitos.

No hacen nada a propósito para ejercitar el sentimiento, y éste se adormece por completo.

La mujer sin sentimiento, no lo olvidéis nunca, es la víbora venenosa, es el reptil que se arrastra por la tierra, es el espíritu cargado de vicios que no da un paso en la senda del bien, y el espíritu tiene obligación y necesidad de progresar.

Yo amo mucho a la mujer, y por lo mismo que siempre la he amado y la he considerado como el ángel del hombre, por eso he combatido su fanatismo religioso, que seca en ella las fuentes de la vida y deja de ser madre amorosa, hija obediente, esposa apasionada, para convertirse en un espíritu muerto para el amor, y el espíritu que no ama es el Satanás de todos los tiempos.

Mujeres, espíritus que os encarnáis en la tierra para sufrir y progresar, para regeneraros por medio del amor y el sacrificio: comprended que sólo amando seréis libres.

Sed útiles a la humanidad y seréis gratas a los ojos de Dios; compartid con el hombre sus penas y tendréis momentos de alegría.

Recordad que no vais a la tierra para ser árboles sin fruto, sino para sentir, para luchar con las penalidades de la vida y conquistar con vuestra abnegación otra existencia más provechosa, en la que podáis gozar dichas y placeres que desconocéis por completo.

El fanatismo religioso ha sido, es y será el embrutecimiento de los espíritus rebeldes, y el estacionamiento de las almas más adelantadas.

Mujeres, adorad a Dios meciendo la cuna de vuestros hijos, manteniendo a vuestros padres, trabajando para ayudar a vuestro marido, consolando al necesitado.

Si tenéis fanatismo, tenedlo para hacer el bien, y de míseras desterradas que sois ahora, recobraréis vuestro puesto en los mundos luminosos que vosotras llamáis cielo.

Creedme: he vivido mucho, soy espíritu muy viejo, y he visto a la mujer esclava en el gineceo, vendida y cambiada por algunos bueyes—que en igual estima se tenía a la mujer que a, los cuadrúpedos que eran útiles a las tareas agrícolas—; la he contemplado hundida en el vicio, ora vestida con el tosco sayal del penitente habitando en una cueva, ya en tétrico convento formando parte de comunidades religiosas; y en este estado es donde me ha inspirado más compasión y más desprecio a la vez; porque es donde la he visto desposeída de todo sentimiento humano.

No es posible explicar la metamorfosis que se opera en el espíritu con la vida monástica.

Es una humillación constante, es una abdicación tan completa de la voluntad individual, que una religiosa es una máquina. ¿Y qué es la mujer convertida en cosa? Casi menos que un irracional.

¡Pobres mujeres! ¡Si pudierais comprender cuánto retrasáis vuestra redención, de cuan distinta manera obraríais!

Pero tenedlo entendido: si queréis vivir, si queréis elevaros y formar parte de la gran familia racional, amad a Dios amando a vuestros padres, y la que no los tenga que ame a los huérfanos y a los enfermos, que muchos hay; estudiad cuanto os rodea, y os convenceréis de que el absurdo de los absurdos, el error de los errores, la locura de las locuras, es pronunciar votos religiosos truncando las leyes de la naturaleza en todos sentidos.

Ya sea completa la abstinencia, ya se entreguen a placeres ilícitos, de todos modos faltan a las leyes divinas y humanas.

El hombre y la mujer han sido creados para unirse, autoriza dos por las leyes que rijan para formar familia, y vivir moralmente sin violación de votos ni ocultación de vástagos; cuanto se separe de la ley natural producirá lo que hasta ahora ha producido: densas sombras, fatal oscurantismo, superstición religiosa, negación del progreso y desconocimiento de Dios.

La escuela materialista debe su origen a los abusos de las religiones.

Sombras más sombras llevarían a la humanidad al caos si algo superior a todos los cálculos humanos no difundiera la luz sobre vosotros, y la voz del pasado no os dijera: «Espíritus encarnados que, agrupados en ese planeta, formáis numerosos pueblos: si hasta ahora no habéis hecho otra cosa que amontonar escombros, hora es ya de que comencéis a removerlos y sobre las ruinas de todas las religiones levantéis la enseña del racionalismo cristiano.

Esto os dicen los seres de ultratumba, las almas de los muertos que vienen a demostraros que el purgatorio, el infierno, el limbo y la gloria son lugares inventados por la raza sacerdotal y que para el espíritu no hay más porvenir que el progreso en la inacabable eternidad.

Día llegará en que los espíritus se comunicarán fácilmente con todos vosotros, y entonces estad seguros de que no pronunciarán las mujeres votos religiosos; en el lugar que hoy ocupan los conventos (cementerios de la inteligencia) se levantarán edificios grandiosos que servirán de templos de la industria, pues en ellos habrá inmensos talleres, buenas escuelas, granjas modelos, laboratorios químicos, observatorios astronómicos, arsenales, bibliotecas, museos, casas de salud y verdaderos asilos para los huérfanos y los ancianos, que hoy no conocen en la tierra más que la amarga irrisión de la caridad.

Adiós, amigos míos; meditad sobre mis palabras y no olvidéis que os amo, especialmente a las mujeres, porque a ellas pertenece la niña pálida, la de los rizos negros, espíritu de luz que me espera y al cual nunca cesaré de amar.

Amalia Domingo Soler

Memorias del Padre German

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