Amalia Domingo Soler

  ¡OFRECER LUCES AL SOL!      

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                     ¡OFRECER LUCES AL SOL!                        Nº5     

No hace muchos días vino a verme mi antigua amiga Lucila, mujer de noble estirpe, que, por una serie de vicisitudes, nunca interrumpidas, ha ido descendiendo desde su palacio señorial hasta una casita humilde, donde a costa de un ímprobo trabajo, se gana el sustento del cuerpo.

En cuanto al alimento del alma, si las almas murieran de inanición, la de Lucila hace mucho tiempo que hubiera muerto por consunción, porque debe padecer hambre y sed: hambre de ideales, sed de esperanza y ansias de consuelo.

Parece mentira que una mujer distinguida por su nacimiento, educada en el lujo, tratándose con lo mejor de la sociedad en su juventud, haya llegado a la edad madura no teniendo la menor noción del porvenir del alma, sin fe, sin entusiasmo, sin una idea dominante que la haga sentir.

¡Pobre Lucila! Al verme, me dijo:

Mira, no sé quién me ha traído, pero esta mañana, mirando un cuadro que tengo de Santa Teresa, le iba a poner una lamparilla para tenerla propicia a mis deseos, y de pronto, pensé en ti, y dije: De hoy no paso sin que lo pregunte a Amalia si tiene alguna eficacia el culto que se le rinde a los santos, adornando sus altares y rezando muchas Ave Marías; porque yo, la verdad es que no creo en nada, ni en espíritus, ni en Cristos milagrosos; pero por si acaso, suelo entrar en las iglesias y rezo muchas partes de rosario, pensando al mismo tiempo cómo me he de reforma un abrigo y he de hacerme una manteleta, y he de cambiarle de forma un sombrero  ¿Este modo de rezar, sirve de algo? No, Lucila; de nada absolutamente

Ya me lo parecía a mí; pero, en fin, entre murmurar del prójimo y rezar porque sí, más vale rezar.

La murmuración es muy peligrosa y ocasiona grandes perjuicios, pero el rezo rutinario también es altamente perjudicial, porque el espíritu se estaciona.

¿Y crees tú que yo me he estacionado?

Ya lo creo; lo que es en esta existencia, el bien poco te servirá, porque has perdido el tiempo lastimosamente.

¿Por qué?

Porque vives sin vivir; porque no haces trabajar a tu inteligencia.

¿En qué crees tú?

En nada.

¿Qué poder le atribuyes a los Santos?

Eso es según y conforme; a veces entro en una iglesia donde hay un Santo Cristo muy viejo, todo apolillado (es decir, el crucifijo), y me da lástima de verlo tan abandonado y digo: No, no quiero que esté así; mañana mismo le traeré una docena de cirios para que esté bien iluminado, y contento de mí y me conceda cuanto yo le pida.

¿Y crees tú que Cristo, redentor de este mundo, necesitará las pobres luminarias de cuatro cirios?

¿Qué dirías tú, si al salir el sol cubriendo con su manto de oro los inmensos mares, yo colocara sobre una roca muchas velas encendidas?

¡¡Me reiría porque ofrecer luces al sol!!

Pues eso mismo haces tú, ofrecer luces al sol queriendo iluminar el altar de un Santo Cristo y encendiendo una pobre lámpara ante la imagen de una santa que iluminó a la sociedad de su tiempo con los resplandores de su inteligencia, que ha dejado recuerdos imperecederos de su paso por la tierra, y que indudablemente ocupará en el espacio lugar tan preeminente que deberá vivir en el centro de un foco luminoso, foco que si pudiéramos verlo, nos parecería un sol más radiante que el nuestro.

¿Entonces, no debo encender más lámparas ni comprar más cirios? No, Lucila, no; emplea tus escasas economías en algo más útil y más práctico.

¡Hay tantos niños sin pan; hay tantos viejos sin abrigo! Remedia en lo que puedas esas verdaderas necesidades.

Entonces, yo que pensaba vestir el hábito del Carmen si cobro una herencia, en agradecimiento de la protección divina, ¿qué debo hacer?

¿Qué debes hacer? Comprar un traje completo a una pobre viuda que tenga que mantener a sus hijos, y déjate de disfraces que a nada práctico conducen.

¿De manera que los santos y los Cristo y las vírgenes no necesitan ni luces ni oraciones?

No; lo primero, ya te lo he dicho: es ofrecer luces al sol, y las oraciones, si son como las tuyas, rezadas por rutina, son completamente inútiles.

Y los espíritus, si se cree en ellos, ¿le conceden a uno lo que pide?

No hay que pedir; cada uno obtiene lo que se ha ganado.

¿Luego la petición es inútil?

Si no va acompañada de buenas obras, sí; ¿qué derecho tiene un criminal a ser dichoso, si ha sido un azote de la humanidad?

Y yo, que no le he hecho daño a nadie, ¿no tengo derecho a pedir la herencia que me corresponde?

No has hecho daño, convenido; pero tampoco has hecho ningún bien; no has empleado el menor esfuerzo en ser útil a tus semejantes; no has profundizado, no has analizado, no has procurado saber por qué vives; has llevado la vida del irracional, de nada te ha servido tu inteligencia; no has sentido, no has elevado tu pensamiento, has seguido las huellas de los más ignorantes, no te has parado a considerar que sus procedimientos eran absurdos; y cuando todo avanza, cuando las ciencias dan un paso gigante, cuando las religiones ven caer sus ídolos y derrumbarse sus templos; cuando los sabios, leyendo en el libro de la Naturaleza, le piden a Dios la solución de ignorados problemas; tú, mujer educada, mujer distinguida, que has pasado tu infancia y tu juventud pisando alfombras y durmiendo entre plumas y encajes, contemplas una imagen de Santa Teresa y le enciendes una lamparilla para que esté propicia a tus deseos la ilustre Santa…

¡Pobre Lucila! ¡Tú vives sin vivir! Porque le ofreces ¡luces al sol!

                                                                                                                Amalia Domingo Soler.

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