Amalia Domingo Soler

¿PORQUÉ?

Imagen de la flor púrpura con sus espinas
Foto de Amalia Domingo Soler

He aquí en pocas letras simbolizados todos los deseos humanos de saber y todas las aspiraciones de universal progreso.

—¿Por qué?—se pregunta el médico haciendo la autopsia de uno de esos desventurados, cuyo cuerpo quizá habrá rodado por el torno de la inclusa a la cuna helada de un asilo benéfico, saltando más tarde al patio de una cárcel, después al sombrío recinto de un presidio, luego al cadalso, y por último a la fría mesa de un anfiteatro,donde el anatómico, para útil enseñanza de sus discípulos, busca en aquellos miembros y en aquella cabeza separada del tronco, la causa de sus perversas inclinaciones, de sus múltiples desaciertos, de su lucha incesante con la virtud, de su amor al libertinaje, que le condujo a la degradación, síntesis de todas las miserias humanas.

-—¿Por qué?—interroga el matemático—todos mis cálculos no consiguen medir la distancia que separa al hombre de la verdad suprema? Yo bien amontono cifras sobre cifras; yo bien trazo sumas; sobre sumas, ecuaciones sobre ecuaciones, y nunca puedo despejar la última incógnita, aquella que arroje luz sobre todas las demás incógnitas. En las ciencias exactas está la verdad, pero no toda la verdad; hay algo que escapa a la mirada del matemático calculista. ¿Por qué para la ciencia de las ciencias hay algo incomprensible?

—¿Por qué—dice el astrónomo, mirando por el objetivo del gigantesco telescopio —no he de poder descubrir el sol de los soles, aquel en cuya luz están todos los otros sumergidos y de quien reciben el movimiento y la vida? ¿Por qué no he de poder contar todas las estrellas que hormiguean en los abismos del espacio?

—-¿Por qué—exclama el naturalista con el microscopio en la mano—, no he de descubrir el infusorio de los infusorios, la primera palpitación de la vida en el insondable océano de lo infinitamente pequeño?

¿Por qué?… Los sabios no se cansan de repetir esta palabra.

Nadie más descontentadizo que el verdadero sabio, pues cuanto más sabe, más lejano ve el término del saber y más indescifrable el enigma de la vida, de la inteligencia, del progreso, de la naturaleza y de sus leyes

—¿Por qué—dice la mujer enamorada y mal correspondida—, he de ser tan desgraciada, que mis desvelos y mis afanes no reciben otro premio que la indiferencia y el desvío?

—¿ Por qué—lamenta la madre cariñosa—, mi hijo predilecto, aquel en cuyos ojos encuentro el cielo, es el más ingrato para mí y el que más huye de mis caricias y halagos?

—¿ Por qué—murmura el artista desatendido—, yo que en mis lienzos copio una parte de las bellezas y encantos de la naturaleza; que sorprendo los secretos que encierran las miradas de unos ojos enamorados; que en mis cuadros presento las escenas más interesantes de la vida; por qué mis obras pasan completamente desapercibidas y vivo confundido entre las más vulgares medianías?

—¿Por qué—balbucea el fanático—, mi Dios, que es el único Dios verdadero, no reina en todas las conciencias,como reina en mi corazón?

—¿Por qué—añade el materialista—, la fuerza y la materia no son admitidas y consideradas como las únicas verdades científicas demostradas por fenómenos innegables?

Meditando acerca de algunos de los innumerables misterios en que se estrella la razón, también los interrogo algunas veces.

¿Por qué, niños cuya educación es incompleta, cuya instrucción es limitadísima, en muchas ocasiones revelan una penetración tan prodigiosa y un conocimiento tan perfecto del corazón humano, que aventajan sus opiniones a las de sus abuelos, que, por su edad y experiencia, debieran conocer mucho mejor las virtudes o defectos de la raza humana?

Tengo una amiga, Luisa Esquivel, que es una mujer de corazón excelente, toda sentimiento; se ha consagrado a su familia desde que supo pensar; se casó muy joven, y entre su marido, sus hijos y sus nietos, ha distribuido el inmenso tesoro de su ternura.

De mediana inteligencia, siempre inclinada al bien, no sabe pensar mal de nadie, ni jamás se ocupa en sondear los misterios dela vida.

En cambio, su nieta, Aurea, en la rosa más bella encuentra el gusano roedor.

No contaba Aurea más que seis años, cuando aconteció lo siguiente:

Fué su abuela a una visita, y en ella encontró, a un filántropo, a un hombre por completo consagrado a derramar el bien, en términos que de una sola vez empleó más de 40,000 duros en mejorar la situación de los pobres: el hecho lo publicaron los periódicos.

El día que este bienhechor de la humanidad encontró a mi amiga en la visita, al despedirse de ella le entregó un periódico; diciéndole que lo hojeara.

Al llegar Luisa a su casa, con esa curiosidad natural e innata en la mujer, se puso a leer el periódico, y al llegar al relato del cuantioso donativo del filántropo, lo leyó en voz alta para que su familia admirara aquel acto de espléndida caridad, diciendo al terminar su lectura: «¡Qué hombre tan bueno! ¡Vale más que muchos santos: este hombre es un ángel!».

—No tanto como te parece, abuelita—dijo Aurea, que estaba jugando con unos gatitos, al parecer muy distraída.

—-¿Qué murmuras, muchacha?—le dijo su abuela concierto reproche.

—Lo que oyes: que no es tan ángel como te parece; sí lo fuera, no te hubiera dado ese papel; los ángeles no cuentan lo que hacen.

Luisa se quedó mirando a su nieta con el mayor asombro, y íos demás individuos de la familia confesaron ingenuamente que la niña tenía muchísima razón, porque la propia alabanza arrebata su delicado perfume a la aromática flor de la caridad.

Y yo pregunto: ¿por qué Aurea, niña entonces de seis años, emitió una opinión tan profundamente sabia, encontrando una gran miseria en medio de un acto al parecer tan espléndido, mientras que su abuela, con toda su experiencia, no supo ver más que el lado bueno que la acción tenía?

¿Por qué unos son sabios y otros son ignorantes?

Esta desigualdad de aptitudes ha sido el tormento de toda mi vida, pues como las religiones no me han dado nunca explicaciones satisfactorias de por qué estas anomalías, de por qué éstos son tan hermosos y simpáticos y aquéllos tan feos y repulsivos; estos efectos tan diversos me han causado siempre una impresión tan desagradable y desconsoladora, que cien veces me he preguntado:

¿por qué naciendo todos del mismo modo a la vida,hemos de ser las criaturas tan distintas unas de otras?

¿El hombre, al nacer, no deja nada tras de sí? ¿Es todo su porvenir el sepulcro?

¿Por qué la virtud es el patrimonio de los unos y el crimen la herencia de los otros?

¿Se vivió ayer? ¿Se vivirá mañana? ¿Qué es el presente? ¿Por qué mi pensamiento vuela? ¿Por qué mis ideas, perpetua lucha, no alcanzan a comprender el porqué le la diversidad en los sentimientos y en los caracteres?

¿Por qué la humanidad está dividida en castas…? Y creo que si mi espíritu vive eternamente, irá preguntando de mundo en mundo: ¿Por qué vivo? ¿por qué soy? ¿porqué tengo entendimiento, memoria y voluntad?

Filosóficamente pensando, sin esa eterna pregunta la vida no tendría razón de ser.

Amalia Domingo Soler

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