Amalia Domingo Soler

PRESENTIMIENTOS

Flor del pensamiento

Pero llegó el día del alumbramiento, y su padre, excelente operador, al reconocerla creyó perder el sentido y salió del aposento de su hija llorando como un niño.

La familia lo rodeó afanosa y todos preguntaron a la vez:

¿Qué hay?

Que se muere, que no hay remedio para ella.

¡Deliráis!, dijeron todos.

La ciencia no ha dicho aún su última palabra.

La digo yo, replicó el padre sollozando, ¡no la martiricéis, todo es inútil!

Imposible, gritó su marido. El cariño os ciega, dijeron los hijos, vengan los médicos.

Fueron los médicos, la operaron cinco veces, y murió María tranquilizando a su padre diciéndole:

Ya sabía yo lo que me esperaba, ahora comprendo mi aversión al matrimonio: cumpliéndose mi presentimiento, ya tengo una deuda menos.

Alégrate, padre mío.

Alegrarse no es posible ante el cadáver de un ser adorado.

Mi buen amigo quedó profundamente impresionado por el trágico fin de su hija, gracias a que es un espiritista convencido, porque en su larga vida ha tenido pruebas irrecusables de la eterna vida del Espíritu.

Un año antes de la muerte de María se le murió un niño de dos años, que le dejó también con su desaparición honda huella por la causa siguiente:

Años atrás fue mi amigo a ver a su anciana madre, que vivía muy lejos de Buenos Aires.

Ella mostró mucho empeño para irse con su hijo a Minas, y él considerando la avanzada edad de aquélla, no creyó prudente exponerla a tan largo viaje, y le prometió que al año siguiente volvería a verla, y ella le dijo entonces:

– El año que viene ya será tarde, habré muerto, y habré muerto sin que tú me cierres los ojos, siendo que éste ha sido el deseo de toda mi vida, después que te estreche en mis brazos.

Y la anciana acariciaba a su hijo como si éste fuera un pequeñito, y le repetía:

– Llévame contigo, quiero que tú me cierres los ojos.

Mi amigo no accedió al deseo de su madre, y ésta murió lejos del hijo que adoraba, y a los dos meses de haber dejado su envoltura se presentó el Espíritu a su hijo, el que durante la noche, en particular de madrugada, se pone en relación con sus deudos desencarnados y habla con ellos y cambia impresiones.

Su madre se le presentó tan cariñosa como siempre, y cada dos o tres noches la veía; pasaron varios meses, y la esposa de mi amigo dio a luz una niña hermosísima, y ya no se presentó más la madre de mi amigo, el que al ver a su hija acabada de nacer, sintió un estremecimiento extraordinario, miró a la niña fijamente y dijo él a su esposa:

– Mi madre está con nosotros, estoy seguro de ello.

A los siete meses, la niña comenzó a balbucear algunas frases y a su padre le decía nene; jamás le dijo papá, y nene le decía cuando era su madre, nunca le llamó por su nombre, y le acariciaba dándole palmaditas en las mejillas, como lo hacía cuando era su hijo.

Cuando cumplió dos años enfermó de convulsiones y veinticuatro horas antes de morir acarició a su padre con la mayor ternura; después extendió su diestra y con el dedo índice señaló el cielo y así permaneció breves momentos.

Luego bajando la mano y con su dedito se tocó la frente y los ojos cerrándolos dulcemente.

Luego los volvió a abrir y no dejó de mirar a su padre hasta que murió.

Con besos y expresivos ademanes se despidió de todos, pero en particular de su padre, haciéndole las caricias más apasionadas.

Mi amigo cerró los ojos de su hija, plenamente convencido que el Espíritu de su madre había venido a reclamar aquella última prueba de cariño.

En una niña de dos años fue muy significativo, el apoyar su dedito en los ojos y cerrarlos, para luego volverlos a abrir, llamarle siempre nene y nunca papá, acariciarle del mismo modo que lo hacía anteriormente; todo, en fin, le decía a su amigo que el Espíritu de su madre había venido desde el Espacio, ya que él no quiso complacerla cuando ella con tanta insistencia se lo pidió.

Cuando se vive tan identificado con los seres de ultratumba, los azares de la vida se soportan con más energía, la muerte desaparece con todos sus horrores, porque se toca la realidad de la inmortalidad del alma, y ante hechos innegables, hay que creer en la supervivencia del Espíritu, sin que por esto se deje de sentir la violenta sacudida que se experimenta ante el cadáver de un ser amado.

Pero el dolor del espiritista convencido no llega nunca al paroxismo de la desesperación, porque junto al cuerpo inerte del Ser que se llora, se alza el Espíritu grave y silencioso que animó aquel organismo.

Se juntan la vida y la muerte, el ayer y el mañana, lo conocido, lo que hemos tratado y lo desconocido, lo misterioso, lo inexplicable, el ánimo no se sobrecoge, la sorpresa y el asombro no se apoderan de nosotros, y se seca la fuente de nuestro llanto ante una nueva ansiedad, ante una nueva esperanza.

¡Se vive siempre!

¡Los seres que nos han amado no nos abandonan!

¡Podemos contar con su inspiración, con sus consejos, con su apoyo moral!

¡Cuánto hay que pensar en esto!… Y cuando se piensa, el dolor pierde su poderío, no nos tiraniza, no nos hunde en el abismo de la desesperación; la vida se adelanta y lo deja muy atrás.

¡Bendito sea el Espiritismo!

Tú eres el mejor amigo del hombre.

Tú le dices con hechos irrefutables:

“¡El Espíritu no muere jamás!”.

Amalia Domingo Soler

Hechos que prueban

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