
Dijo no sé qué poeta: “Está visto; no hay profeta como nuestro corazón”.
Y en verdad que estuvo en lo cierto el que tal cosa dijo; porque indudablemente muchas veces se tienen corazonadas, se siente una voz interior que nos advierte que tenemos un peligro cerca, pero no se hace caso en la mayoría de las ocasiones, no se atiende a esos avisos misteriosos que nos dan nuestros deudos de ultratumba, y yo creo que nos hacemos sordos, porque cuando tenemos que pasar por las horcas caudinas pasamos, a pesar de todas las advertencias y de todos los avisos; y en prueba de ello copiaré algunos fragmentos, o mejor dicho, trataré de sintetizar la extensa carta que me envía un espiritista desde Minas (Montevideo), contándome la desastrosa muerte de su hija María, que desde muy joven tuvo el presentimiento de que su desencarnación había de ser dolorosísima.
Era María una joven bellísima, buena, sensible, cariñosa, muy amante a la familia, especialmente de su padre, por el cual sentía verdadera idolatría.
A la temprana edad de diecisiete años un apuesto doncel la requirió de amores; ella correspondió a sus galanteos contenta de verse atendida y obsequiada; el pretendiente quiso llevar el asunto por la posta y puso el plazo de cuatro meses para efectuar el casamiento, pero el padre de ella pidió un año de espera y hubo que concedérselo.
Durante el año, aquellos volcánicos amores se fueron enfriando, hasta concluirse las relaciones con gran contento de María, que quedó tranquila.
Tres años después, un segundo adorador ofreció a María su nombre y su amor.
Ella manifestó vivísima satisfacción, pero al llegar el día de comprar su canastilla de boda, se abrazó a su padre y le dijo sollozando: Mi prometido es muy bueno, no tengo la menor queja de su comportamiento para conmigo, pero me asalta el horrible presentimiento que voy a ser muy desgraciada en mi matrimonio, me arrepiento por completo de mi determinación; no quiero separarme de ti, padre mío.
Pero mujer -replicó su padre- ¿por qué no pensaste esto antes de dar tu palabra y yo la mía?
Porque antes no sentía lo que siento hoy.
¿Pero tú le querías? Sí, muchísimo, pero ahora no lo quiero, estoy como si nunca lo hubiera tratado.
¡En fin, hija, todo sea por Dios!
Más vale que te hayas arrepentido ahora que estás a tiempo y no después.
No creas, Amalia (me dice mi amigo), que mi hija fuera coqueta, ni tuviera poco juicio; era una niña modelo, querida de todo el mundo, porque era el cariño andando.
A los dos o tres años de lo acaecido otro nuevo galán se enamoró perdidamente de María; ella le correspondió, y su padre escamado por los lances anteriores, interrogó a su hija diciéndole que lo pensara antes de decidirse, y ella le aseguró que con éste estaba segura de no arrepentirse.
Tuvieron dos años esas relaciones, sin el menor disgusto, y cuando llegó el momento de prepararlo todo para la boda, llamó María a su padre una mañana y le dijo con espanto: – Padre mío, ¡qué sueño tan horrible tuve anoche!
Soñé que me había casado y que el mismo día me había muerto; yo me veía muerta y a mi esposo al dalo del cadáver; perdóneme el nuevo disgusto que voy a darle, porque yo no me caso, me inspira mi prometido la aversión más profunda desde anoche; no serviré para casada, está visto que debo quedarme soltera.
Y a todo esto, María lloraba con el mayor desconsuelo y su padre no sabía qué decir, y el novio, al enterarse, cayó gravemente enfermo salvándose por milagro.
Cumplió María treinta años, y un joven de veinte primaveras enloqueció por ella, y su padre, curándose su salud, le contó a él y a su familia lo acontecido con los novios de su hija, pero su relato no fue óbice para que las relaciones siguieran adelante y al fin se efectuara el casamiento, no sin que antes María dijera a sus amigas más íntimas: “Estoy arrepentida de mi casamiento, presiento una gran desgracia, un acontecimiento dolorosísimo, sé que voy a sufrir horriblemente, me parece que ya me atormentan los dolores, pero no quiero dar un nuevo disgusto a mi padre”.
Se casó y a los dos meses de casada ella y su esposo volvieron a Minas y se instalaron en la casa de sus padres, y al conocer que iba a ser madre, dijo María a toda su familia, menos a su padre, que moriría irremisiblemente en el acto de alumbramiento.
Ocho días antes de dar a luz llamó a su esposo, a su madre y a sus hermanas y a todos les suplicó que cumplieron fielmente su última voluntad, que la amortajaran con su traje de boda, y dispuso de todas sus alhajas y de su ropa, repartiendo cuanto poseía entre sus cuñadas y parientas más cercanas, dando mayor cantidad de objetos preciosos a las más pobres, a las más necesitadas.
Todas a una le decían:
– Pero ¿estás loca?
Y ella replicaba, sonriendo tristemente:
– Pronto veréis cómo se cumplirá mi presentimiento, no siento más que no dejaros mi último retrato, y sólo pido que cumpláis mi postrera voluntad.
Su madre y sus hermanas creían que la dominaba el miedo, pero ella les decía:
– Moriré, moriré, y de muerte espantosa.
¡Cuántos años he huido de pagar esta deuda!
Al fin pagaré más parte de la que debo.
Dios tenga misericordia de mí…El padre de María ignoraba cuanto pasaba en su casa; todos callaron para no atormentarle antes de tiempo, y porque en realidad, creían que María deliraba o que veía visiones.