Amalia Domingo Soler

  ¡QUÉ FINAL!    

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I

Hay momentos en que el peso de la vida abruma, porque parece que todo se combina y se confabula para hacer más penosa nuestra peregrinación por la tierra; falta de salud, achaques inherentes a la vejez, escasez de recursos para atender a las primeras  necesidades de la vida, desengaños en las amistades, todo, en fin, cuanto puede mortificar al mísero habitante de este mundo; todas las contrariedades se dan cita, y todas acuden presurosas para verter su gota de amargura en la copa de la existencia del que viene a expiar actos punibles cometidos en otras épocas.

Yo soy uno de esos penados condenados a cadena perpetua, y por lo familiarizada que estoy con las adversidades terrenales, me fijo muchísimo en las historias tristes que continuamente relatan los periódicos.

Hace pocos días leí un suelto que me impresionó profundamente; decía así:

«En unas barracas sitas en un solar de la calle de Aragón, entre las de Casanova y Muntaner, se declaró anoche un incendio.

Dada la señal de fuego, acudieron los bomberos de la calle de Muntaner y de la Ronda de San Pablo, con bombas, carros y útiles necesarios.

El voraz elemento había adquirido grandes proporciones cuando llegaron los bomberos, por lo que a pesar de los esfuerzos que hicieron para sofocarlo, no pudieron salvar nada de dichas barracas.

Por ser madera y cañas lo que ardía y en un perímetro reducido, todo fue pronto pasto de las llamas, haciéndose completamente imposible penetrar dentro de una de las barracas en que había una anciana de unos setenta años de edad, la cual quedó enteramente carbonizada.

La desgracia ha causado hondo sentimiento en el vecindario.

Fueron varios los periódicos que dieron tan lamentable noticia y uno de ellos, dando más detalles, decía que la anciana en cuestión había salido del Hospital de la Santa Cruz en aquel mismo día por la mañana; que anduvo errante por Barcelona, porque no tenía casa ni hogar y que rendida de tanto andar, pidió al guarda que moraba en una de las barracas incendiadas, que le diese albergue aquella noche, porque no tenía donde guarecerse y el buen hombre, compadecido de la infeliz abandonada, accedió a su deseo, y al poco rato salió a comprar lo necesario para arreglar su cena, y cuando volvió ya no pudo entrar; las llamas le cerraron el paso.

¡A cuántas consideraciones se presta el anterior relato!

¿No es verdad?

¡Qué final tan triste de una existencia; salir del hospital, encontrarse en medio de la calle como una hoja seca, sin albergue ni pan; pedir un asilo para pasar la noche, y apenas se sentó junto a un brasero para reanimarse, ¡sabe Dios si su misma debilidad la haría caer sobre los carbones encendidos y su pobre cuerpo quedó carbonizado sin tener una mano amiga que la separara del potro de su tormento!

¿Qué despertar habrá sido el de esa infeliz?

II

Aún no ha despertado (me dice un espíritu), aún siente las mordeduras horribles de las serpientes del fuego.

¡Qué final!, dices tú en tus lamentaciones; tienes razón, ¡qué final tan horroroso después de largos años de privaciones sin cuento!

Pero ¿Qué quieres?, cada cual siembra en su campo la semilla que más le agrada y según el grano que arroja en los surcos de la vida, así recoge a su debido tiempo la cosecha de su sembradura.

Esa infeliz que ha muerto carbonizada tiene una historia terrible.

En una de sus existencias, ocupó un alto puesto en la milicia eclesiástica, y para subir más y más, hasta llegar a dirigir la barca de San Pedro, desplegó un celo feroz en la persecución de los herejes; llevó él más infelices a la hoguera que cabellos contaba en su cabeza, y para coronar su obra pegó fuego a una gran ciudad, para que murieran todos sus habitantes que eran judíos en su mayoría, y él desde la cumbre de una montaña, contempló alborozado la agonía de centenares de judíos que murieron asesinados por él.

Crímenes tan horrendos, satisfacciones tan infernales, goces tan crueles, no pueden dar por herencia al espíritu, más que hambre, sed, abandono, soledad absoluta y agonía espantosa en el momento de su desencarnación.

El final es triste; pero el principio fue cruel.

Todo aquel que goza ante el martirio de otro, es un miserable, es un ser desgraciado y él mismo prepara su condenación, no diremos eterna, pero sí prolongada.

Haces bien compadeciendo a los desgraciados, pues por mucho que los compadezcas nunca los compadecerás bastante, porque es tan malo ser malo; ¡se arrastra tanto tiempo la cadena de la expiación!

Adiós.

III

Agradezco muchísimo el consejo que me ha dado el espíritu; siempre he compadecido a los débiles y a los vencidos por la miseria, pero ahora será más profunda mi compasión porque sé por mí misma ¡que es tan malo ser malo!

                                                                                                          Amalia Domingo Soler

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