Las funciones cognitivas, la creatividad, la experiencia y la estabilidad emocional cobran mayor peso según avanza la existencia.
En países muy adelantados, forzar la jubilación a los 70 años de edad de un catedrático universitario, de un científico, un magistrado, o de un profesional de cualquier área, constituye un mayúsculo error.
Su valía no puede medirse de una manera tan simple, pues lo realmente importante deviene de ser o no ser útil y eficiente.
Son innumerables los casos de personas de la denominada “tercera edad” que demuestran con su lucidez mental y su brío que se hallan en magníficas condiciones para la realización exitosa de las actividades productivas o recreativas que desean llevar a feliz término, dejando sin vigencia los rancios clichés de septuagenarios y octogenarios llenos de achaques y severamente disminuidos.
A esas edades queda mucha vida por delante y mucho por hacer. Esto no es un concepto nuevo aunque suele ser olvidado en sociedades como las actuales en las que se menosprecian los saberes del anciano y se concede preferencia a los ordenadores.
Quizás nadie como Marco Tulio Cicerón, sobresaliente político, jurista y filósofo de la Roma precristiana, haya expuesto con mayor brillo y lujo de aciertos las virtudes y cualidades de las personas mayores, como lo hiciese en su tratado De Senectute, conmovedora exaltación de esa etapa vital.
Por supuesto, no podemos negar que con el paso del tiempo merman determinadas condiciones físicas y psíquicas, pero en compensación nuestra visión del mundo cambia para expandirse y lo que se va perdiendo en fuerza y vitalidad se va ganando en reflexión, experiencia y autoridad.
Como es obvio, esta valoración guarda relación con nuestra actitud mental, con nuestra filosofía personal, con nuestras convicciones acerca del ser y la finalidad de la existencia. Y aunque parezca un lugar común, es cierto que la juventud, más que un tiempo de la vida, es un estado del espíritu.
En cierta ocasión Picasso escribió que “cuando se es joven de verdad, se es joven para toda la vida”, y ciertamente, todos hemos conocido septuagenarios, octogenarios y hasta nonagenarios gozosamente jóvenes y felices.
Viejo es, en definitiva, aquel que considera que su tarea está cumplida y terminada, y en consecuencia, se levanta sin metas y se acuesta sin esperanzas.
Saber envejecer constituye una demostración de madurez emocional y espiritual, y es el fruto de un aprendizaje continuo que nos lleva hacia la armonía mediante el disfrute sereno de las diversas circunstancias que nos rodean, aún las más difíciles y amargas, las cuales han de ser aceptadas y asumidas con entereza y dignidad sin que ello signifique renunciar a la disposición de superarlas.