Un antiguo proverbio zen nos ofrece un excelente consejo: “Nichi nichi kore kojitsu” (Cada día es un buen día). La vejez llega, nada puede impedirlo, pero de cada uno de nosotros depende recibirla con alegría o con tristeza y vivirla o no a plenitud.
Y hablando de consejos, cuando de envejecer en buenas condiciones físicas y psíquicas se trata, conviene tener en cuenta ideas como las siguientes:
No se ha de priorizar el pasado. El pasado es lo que fue y ya no se puede regresar a él. Has de tomarlo en cuenta para aprender de lo sucedido, pero debes vivir en el presente y pensar en el porvenir con razonable optimismo. Sostiene la prestigiosa psicóloga chilena Pilar Sordo que la vejez llega cuando los recuerdos se imponen a los proyectos.
Alcanzar la paz interior. En medio de amargas vicisitudes, del caos, de los conflictos, del dolor o del desamor, mantén la calma, no pierdas la alegría y sé refugio para ti mismo y para los demás. La paz interior es una formidable conquista espiritual, sumamente saludable, y es la mejor demostración de tu forma de ser y de vivir. A lograrla contribuyen la reflexión y la meditación, así como el cultivo del hábito de la lectura, en particular de los buenos textos, de aquellos que instruyen, orientan y divierten, nutriendo tu afán de saber.
Ejercitar el cuerpo. Es necesario realizar ejercicio físico con regularidad, adaptado a las condiciones y posibilidades de cada quien.
Bien se conoce ya que la movilidad corporal previene la aparición de numerosas enfermedades y mejora el bienestar físico y mental. Trabaja hasta que puedas, sea con las manos o con la mente.
Esa es una poderosa demostración de dignidad que te ha de proporcionar grandes satisfacciones y aumentará la impresión de sentirse vivo y de ser útil a la sociedad.
El mayor bien deriva de una mente sana en un cuerpo sano, por lo que debes obrar en consecuencia con este principio.
Hacer del amor el impulso vital. Ama tu vida y a la vida en general. Ama a las personas que te rodean, comenzando con las más cercanas con quienes existen vínculos de consanguinidad o de afinidad, y prosigue ampliando paulatinamente el radio de acción de tus sentimientos, y sé capaz de encontrar en la felicidad de los otros tu propia felicidad. No es cierto que se deja de amar cuando se envejece, sino que se envejece porque precisamente se deja de amar. El amor sentido y experimentado en el trajín de cada día es el fundamento de un código moral personal, familiar y social, que se traduce en la práctica incondicional del bien, en la honradez, en la generosidad, en la solidaridad, en la vivencia de la fraternidad universal.
La doctrina espírita se enfoca en esta línea del pensamiento positivo, impulsada por las nuevas tendencias de la psicología contemporánea.
Su filosofía, eminentemente racionalista y humanista, nos hace comprender que somos espíritus en perenne proceso de crecimiento, maduración y evolución, y este concepto luminoso se halla espléndidamente resumido en el conocido apotegma kardeciano: “Nacer, morir, renacer y progresar sin cesar, tal es la ley”.
Hemos sido y volveremos a ser, en cada existencia, niños, jóvenes, adultos y ancianos, en tanto que fases transitorias e indispensables que se replican incesantemente a lo largo y extenso del proceso palingenésico, del cual siempre emerge victorioso el espíritu inmortal.
Conscientes, pues, de nuestra realidad y trascendencia espiritual, asumamos con tranquilidad las circunstancias de nuestra particular cronología, seamos de la edad que somos con honestidad y sin concesiones al fingimiento y aprovechemos las fortalezas de las que disponemos respetando los ritmos propios de cada edad.
En la manera como encaremos la vejez, estará la diferencia entre sobrellevarla de manera resignada y mustia, o vivirla y disfrutarla con calidad y felicidad.
Jon Aizpúrua