¡Con cuánto sacrificio, con qué santa fruición celebré por vez primera el sacrificio de la misa! Yo nací para la vida religiosa, dulce y contemplativa.¡Qué grato era para mí enseñar la doctrina a los pequeñuelos! Cuanto me deleitaba escuchar sus vocecitas, destempladas unas, chillonas otras, débiles aquéllas; pero agradables todas, porque eran puras como sus almas inocentes. ¡Oh, las tardes!…
