
Hacéis bien en preferir la contemplación de la inmensidad a tomar parte en las tristes alegrías de vuestra tierra, donde no hay sonrisa que no deje por herencia una lágrima, ni goce satisfecho que no produzca hastío; y el destino del espíritu no es hastiarse, no es caer desfallecido en el camino de la saciedad.
El cuerpo podrá saciarse, pero el espíritu siempre ha de estar sediento de luz, hambriento de justicia y de ciencia, ávido de infinito ¡Dichosos vosotros que venís a este lugar donde la creación se ostenta con sus mejores galas y toda su imponente majestad, donde la mentira no arroja su baba ponzoñosa!
¡Dichosos vosotros que no celebráis la fiesta de un espíritu fuerte acudiendo a lugares donde se mancha su memoria, si la memoria de un mártir pudiera mancharse!
— ¡Oh! tú, espíritu de verdad, que viniste a la tierra para demostrar a los hombres el poder de tu firmísima voluntad: si en esta noche te acercas al planeta donde perdiste la cabeza por decir que Dios era la verdad y la vida, ¡cuánta compasión te inspirarán sus moradores, los que a la sombra de nombres ilustres cometen innumerables desaciertos!
¡Qué tristes son las fiestas de la tierra!
¡Cuántas responsabilidades adquieren los que navegan sin brújula en los mares del placer!
¡Cuánta degradación…!
¡Cuánta obcecación…!
¡Pobre humanidad! ¡Busca flores donde sólo puede encontrar espinas!
Y no creáis que yo abomino de los goces terrenales, no; ya sabéis que nunca he sido ascético, sino que, por el contrario, he creído que el hombre ha sido creado para gozar; pero para gozar racionalmente, no embruteciéndose, no hundiéndose en el caos de la concupiscencia, no perdiendo ninguno de los derechos que Dios le ha concedido, ni faltando a ninguno de los deberes que sus mismos derechos le imponen.
Vosotras, almas enfermas que esperáis la hora suprema de volver al mundo de los espíritus, fijad vuestras miradas en la inmensidad como lo venís haciendo; que la sed de infinito sólo se calma en la tierra en las orillas del mar, donde todo habla de Dios, donde la catarata de la vida arroja sus eternos raudales.
Si descendéis al fondo de los mares, encontraréis tesoros en piedras preciosas, en una vegetación admirabilísima, en innumerables especies que viven de una manera inconcebible para vosotros, hallándose en todo el sello de la perfección; la unidad de la diversidad: el todo, en el átomo aislado y en el conjunto de los cuerpos orgánicos e inorgánicos; la vida germinando en el fondo del mar y en la elevada cúpula de los cielos, en el diminuto pececillo que no podéis ver sin la ayuda del microscopio, y en el mundo que necesita de varios soles para que crucen su cielo franjas luminosas de prismáticos colores.
Almas que suspiráis por una vida mejor, que arrepentidas sinceramente volvéis como el hijo pródigo a la casa de vuestro padre implorando su divina clemencia, preparaos para el eterno viaje con un verdadero examen de conciencia; no como os lo dicen vuestros confesores, no encerrados en vuestros tugurios, sin que la naturaleza os hable de Dios, sin que vuestro espíritu se impresione ante la grandeza del Omnipotente.
Dejad, dejad vuestras casas de piedra y acudid al gran templo como habéis hecho esta noche; preguntaos ante la inmensidad ¿Qué virtudes poseéis? ¿Qué caridad practicáis?
¿Qué sacrificio hacéis? ¿a quién amáis? ¿en quién esperáis? ¿Qué juicio formáis de vuestro modo de ser?
Y si bien os encontraréis pequeños, al mismo tiempo os encontraréis grandes; porque no hay nada pequeño en la Creación, puesto que en todo palpita la omnipotencia divina del infinito Creador.
Si os sentís emocionados al contemplar las maravillas de la naturaleza, alegraos, regocijaos, sonreíd gozosos, que comenzáis a prepararos para habitar en mejores moradas; porque el espíritu entra en posesión de un reino cuando sabe apreciar el lugar donde se halla, a nadie se le da más alimento que el que estrictamente necesita.
No arrojéis margaritas a los puercos, dice la Escritura, y tiene razón, y razón sobrada.
Muchos de vosotros os quejáis porque vivís en la tierra.
¡Insensatos! ¿No os reiríais si llevaran unos cuantos ciegos al campo y les ordenaran que copiaran aquel paisaje?
Pues tan inútil os sería pasar en vuestras condiciones actuales a un mundo mejor, cuya luz os deslumbraría, os dejaría ciegos, ciegos.
Amad, amad la tierra que encierra innumerables bellezas; aún tenéis mucho que explotar, aún hay bosques vírgenes donde resuena la voz de Dios, cuando dijo a los árboles:
«Creced y formad una tierra hospitalaria para las generaciones venideras».
Todavía hay mares cuyas aguas no han sido surcadas por veleras naves e ignoráis si la vida se desarrolla en vuestros polos.
¡Tenéis tanto que hacer aún!… Trabajad, trabajad, haced habitable este planeta en todas sus latitudes, colonizad, romped la tierra endurecida, dejando en ella el surco del arado; arrojad la semilla fecunda, que os son necesarias abundantes cosechas, que sois muchos los que padecéis hambre, y sois muy pocos los que estáis hartos.
Preparad, preparad el reinado de la justicia, que la tierra tiene que presenciar una apoteosis.
Para todos los planetas llega un día de gloria, y para la tierra llegará también.
Trabajad, trabajad con ardimiento, que vuestros amigos invisibles os ayudan.
Aunad fuerzas, asociaos, fraternizad, uníos, amaos, convenceos que de vosotros depende apresurar el día fausto en el cual el mismo Jesucristo volverá a la tierra, no con la corona del martirio, no con el sayal del penitente, seguido de un pueblo ignorante y fanático, sino hermoso, feliz, transfigurado, rodeado de sus discípulos y de una multitud sensata, que le aclamará, «no como a un rey, no como a un Dios, pero sí como a un sacerdote del progreso que vendrá a consolidar las bases de la fraternidad universal.
La obra que se propuso Jesús no está concluida, únicamente está iniciada, y el período de iniciación tendrá su término cuando los hombres practiquen la ley de Dios.
Y la practicarán, no lo dudéis; ya comenzáis, ya buscáis el apoyo de los espíritus, ya queréis relacionaros con vuestra familia espiritual, ya queréis ver y saber de dónde venís y adonde vais; y a todo aquel que llama a las puertas del cielo se le abren de par en par, a todo el que pregunta se le contesta, a todo el que pide se le da.
Almas enfermas, sonreíd gozosas, que recobraréis la salud y volveréis a la tierra a disfrutar de vuestra obra; pero no vendréis solos, perdidos y errantes como las hojas secas arrebatadas por los húmedos vientos del otoño, como habéis venido ahora, no; vuestro adelanto os permitirá volver en el seno de amorosa familia, os crearéis afectos duraderos, y será vuestra vida una agradable primavera.
Los que hoy os guiamos y aconsejamos desde el espacio, estaremos más cerca de vosotros, porque seremos miembros de vuestra familia, viviremos en vuestra atmósfera, volverán a la tierra maestros y discípulos, formando una asociación verdaderamente fraternal.
Trabajad, obreros del progreso, trabajad; los soles esplendentes os rodean, las humanidades regeneradas os aguardan; avanzad, salid a su encuentro.
Os preguntarán los hijos del adelanto:
«¿Qué queréis?», y vosotros debéis contestarles: «¡Queremos luz, ciencia y verdad!»
Además, amados míos, guardad en vuestra mente un recuerdo de la poética noche de San Juan.
Amalia Domingo Soler
Memorias del Padre German