Amalia Domingo Soler

¡A LA ORILLA DEL MAR!

ORILLA DEL MAR
Foto de Amalia Domingo Soler


Estamos en el lugar más a propósito para que escuches lo que te voy a referir. Hay narraciones que sólo se pueden hacer en lugares determinados, y la comunicación de esta noche es una de ellas.

Escucha: el amor te cuenta la historia de las generaciones que pasaron; y yo te voy a contar un suceso que decidió de mi porvenir.

En uno de los capítulos de mis memorias he consignado el nacimiento de un niño cuya madre murió al darlo a luz en una pobre choza.

Algo te he hablado de la juventud de Andrés y de su cambio de posición; pero no te he dicho que durante el tiempo de su lactancia, por causa de mi vida nómada y aventurera en el período de mi juventud, me vi precisado, cuando Andrés aún no contaba un año, a separarlo de su nodriza para colocarlo en otro lugar más cerca de mí, pues todo me hacía creer (como sucedió) que mi peregrinación me llevaría muy lejos del paraje donde nació el desgraciado niño.

Una vez que le tuve en mi poder, me dirigí a un pueblo de pescadores, donde esperaba encontrar una madre adoptiva para Andrés hasta que tuviera edad suficiente para no necesitar los solícitos cuidados de la mujer.

Era una hermosa tarde de primavera, el mar estaba en calma, y mi alma también.

Dominado por una emoción dulcísima, aproveché el apacible sueño de Andrés para dejarle algunos momentos en la arena.

El niño no se despertó.

Las olas venían dulcemente a dejar a sus pies su ofrenda de espuma y quedaban líquidas perlas en los pliegues de su ropón.

Yo me senté cerca de Andrés, y al verlo tan pequeño, sin más amparo que el de un sacerdote errante sin hogar ni patria, desapareció la calma de mi espíritu, tristes presentimientos se apoderaron de mi mente, y murmuré con amargo acento: «¡Pobre huérfano! Navecilla sin timón ni brújula que vienes a cruzar el embravecido piélago de la vida, ¿Qué será de ti…?

Tu madre fue una mendiga, tu padre no sé quién fue… Arbusto sin raíces te he querido injertar en un árbol seco, que a eso me asemejo yo en este mundo.

¡Cuan triste es tu porvenir y cuan presto se acabarían nuestras penas si una de esas olas, impelida por el huracán, nos arrastrara a ese hondo abismo, inmensa tumba; o, mejor dicho, inmenso laboratorio donde la vida debe manifestarse de un modo desconocido para nosotros!

«¡Cuan bueno sería morir! Es decir, desaparecer; la vida de la tierra es para los débiles, pues somos plantas parásitas que tenemos que enlazarnos a los árboles gigantes.

Mas ¡ay!, no siempre se encuentran troncos centenarios donde asirse.

¡Pobre niño, cuan tranquilo es tu sueño! ¿Por qué no es el último…?»

Al pronunciar tan horrible blasfemia no sé qué pasó por mí: perdí de vista las rocas y la playa y me encontré en medio del mar.

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