De pronto las olas, impetuosas como las pasiones juveniles, se levantaron y comenzaron a combatir unas con otras, transformándose las líquidas y espumosas montañas en figuras humanas, que aumentaron tan prodigiosamente, que parecía que todas las generaciones de la Creación se habían dado cita en torno de mí.
Había hombres de todas las razas y de todas las jerarquías; pontífices, príncipes del Estado y de la Iglesia, revestidos con sus mantos de púrpura orlados de armiño, apoyándose los unos en báculos de oro, sosteniendo los otros el cetro que atestiguaba su poder, seguidos de multitudes harapientas y de ejércitos formidables que, en un momento dado, se confundían y se trocaban los papeles, porque los pueblos oprimidos se apoderaban de las armas de sus opresores, y en terrible combate hacían sucumbir a sus tiranos.
Vi los areópagos de los sabios, escuché las discusiones de los filósofos, asistí a la agonía del mundo antiguo, que sucumbía en medio de su grandeza, herido por el exceso de su poder; y cuando creí llegado el momento terrible en que aparecía el ángel exterminador para extender sus alas mortíferas sobre las muchedumbres, que agonizaban envenenadas por la cicuta de sus horrendos vicios; cuando me pareció escuchar el sonido de la trompeta llamando a juicio a la raza humana, no sé si descendió de la altura, o surgió del abismo, o vino del oriente o del occidente una ráfaga luminosa que se fue condensando rápidamente y formó una figura hermosísima, de belleza tan admirable que no hay en vuestra tierra nada que se le asemeje: su frente era blanca como la nítida azucena, en sus grandes ojos había el reflejo de los cielos, su abundante y rizada cabellera parecía una cascada de oro que arrojaba sobre su cabeza torrentes de dorados resplandores.
Iba envuelta en una túnica más blanca que la nieve, que brillaba como la luz de la aurora, y en su diestra llevaba su ramo de olivo.
Se detuvo y paseó su melancólica mirada por el ancho haz de la tierra, y las multitudes, al verla, gritaron ¡Hosanna! y la rodearon, presintiendo que había llegado el salvador del mundo.
Los tiranos convertidos en dioses temblaron en su solio y vieron con espanto desprenderse las piedras de sus altares.
El choque fue terrible; la conmoción, general, y todos los poderes hicieron el último esfuerzo; mas hasta los siervos se sintieron más oprimidos en sus ergástulas.
Llegó el momento decisivo, pues la civilización de aquellos tiempos había concluido su misión, y el nuevo Mesías, el profeta del progreso, se presentó en este planeta, diciendo:
«¡Humanidad, sígueme! Yo soy la luz y la vida, yo te llevaré a casa de un padre, que está en los cielos.
¡Yo soy Jesús Nazareno, el hijo de la casa de David, que traigo la paz al mundo!
Y vi a Jesús, sí, le vi. Él era la bellísima figura que se presentó ante mis ojos radiante y majestuosa, que hablaba a las multitudes llevando la luz a las conciencias.
Delante de él arreciaba la tempestad; pero tras de él quedaban las olas en calma, que servían de espejo al rutilante sol.
Jesús fue avanzando y llegó cerca de mí.
Su dulcísima mirada me inundó de luz y me dijo con voz armoniosa y melancólica:
«¿Qué haces aquí desterrado…? ¿Al comenzar tu jornada ya te faltan las fuerzas para seguir el camino?
¿Dices que eres un árbol seco? ¡Ingrato! No hay planta improductiva, porque en todas germina la fecundante savia de Dios; eleva tu vista al cielo y sígueme, sé apóstol de la única religión que debe imperar en él mundo, la Caridad que es amor.
¡Ama y serás fuerte!
¡Ama y serás grande! ¡Ama y serás justo!» Y pasó Jesús, extendiendo su diestra sobre mi cabeza.
Sentí el calor de la vida en todo mi ser, y desperté, aunque no es ésta la frase gráfica, porque yo estaba despierto.
Sentí el golpe de las olas, que durante mi éxtasis se habían embravecido, chocando violentamente contra las rocas.
Oí gemidos, y recordé al pobre niño que había dejado en la arena.
Me volví hacia él, le cogí anhelante, y traté de huir del peligro, porque una súbita tempestad amenazaba con la muerte de todos los que se expusieran a sus iras.