Un lecho de flores

 

Precisamente en este mismo instante

En que estoy escribiendo esta poesía,

¡Cuánto ser se retuerce en la agonía!

¡Cuánto amante se aleja de su amante!

Cuánto proscrito de su hogar distante.

¡Padece horriblemente noche y día!

Cuánto proscrito ríe de alegría

¡Volviendo a sus hogares anhelante!

iCuánto soldado lucha en la batalla!

iCuánta mujer por vei primera siente

El dulce amor y suspirando calla!

Cuánta pasión y cuánto drama ardiente!

jCuanto planeta en el espacio estilla!….

Y todo ahora…. ahora justamente!

J.MARTÍ FOIOUEA

I.

Cuánta razón tiene el inspirado poeta que escribió el anterior soneto: siempre que hemos leído esta poesía nos hemos entregado a la más profunda meditación, que digan no es de considerarse, el eterno contraste de la vida; pero nunca nos han parecido mejor sus filosóficos conceptos, que en un día dado; que por varias circunstancias discordes entre sí, asistimos a los preparativos de una boda y a un entierro.

Era un día festivo, para que no faltara ni una pincelada al cuadro, pues sabido es que los días de fiesta todas las poblaciones se visten de gala, y las ciudades fabriles en particular adquieren una animación extraordinaria, porque todas las fábricas (mundos en miniatura) dicen a sus obreros:

Salid, laboriosas abejas, salid a renovar el aire de la vida.

Y salen hombres, mujeres y niños, sedientos de aire, hambrientos de luz, invadiendo calles y paseos, respirando con delicia el ambiente puro de una atmósfera libre del humo del vapor.

Nosotros también quisimos tomar parte en el festín general, para alterar algún tanto la monotonía de nuestra vida, sabiendo anticipadamente que en la tarde de aquel día recibiríamos impresiones tristes; y así como a los soldados, antes de entrar en batalla, les suelen dar bebidas espirituosas para inflamar su sangre y que recobren nuevo ardor, nosotros cuando sabemos que tenemos de presenciar escenas dolorosas, nos vamos antes a contemplar la naturaleza, porque leyendo en ese gran libro nuestro espíritu se reanima y decimos con íntima convicción: El autor de tantas maravillas, no puede haber creado la muerte; la vida, por lo tanto, tiene que ser eterna; cambiará de forma, de matices, de condiciones, pero el germen de la reproducción existirá siempre.

Preocupados por el dolor de una mujer a quien no conocíamos, salimos de nuestra casa y fuimos a ver a una amiga, con el objeto de disipar en algo nuestras sombrías reflexiones; y ninguna persona más a propósito podíamos escoger que Isabel, puesto que es una joven simpática, distinguida y de agradable conversación: es casada, y madre de dos niñas, a las que quiere con toda su alma.

Cuando llegamos a su casa, la encontramos peinando a su hija mayor, acariciándola al mismo tiempo con su dulce mirada.

Cuando nos vio, nos dijo alegremente: Siéntese UD. , Amalia, y déjeme concluir de arreglar a mis hijas, que hoy van a una boda, y no puedo perder ni un momento, las siguió vistiendo con esa amorosa solicitud que solo poseen las madres, A nosotros, que veíamos en nuestra mente a un niño muerto, y a una madre desolada, nos impresionó aquel alegre cuadro que teníamos ante nuestros ojos, ¡Era tan distinto!,,, ¡Isabel tan contenta, tan risueña, contemplando a sus niñas que saltaban alegremente, celebrando el día tan divertido que iban a pasar! Los demás individuos de la familia se vestían apresuradamente, corriendo de un lado para otro para ganar tiempo: y todos se miraban, y se entendían, siendo cada mirada una promesa de felicidad.

Un agradable desorden reinaba en todas partes, germinando la vida en aquel animado desconcierto.

¡Allí sonreía la esperanza!

¡Allí se olvidaban las penas!

Hay sensaciones que no son para descritas, porque todas las descripciones son pálidas; por esta razón dejaremos la inexacta pintura de nuestras emociones, haciendo caso omiso de las reflexiones que surgieron en nuestra mente, haciendo el paralelo entre las dos madres: solo sí diremos que, no pudiendo contener en el silencio nuestras encontradas sensaciones, exclamamos con triste ironía:

—¡Qué contrastes tiene la vida!

—¿Por qué, Amalia? nos dijo Isabel.

—Porque ahora estoy viendo los preparativos de una boda, y esta tarde voy a un entierro.

—¿Quién se ha muerto?

—Un niño.

—¡Un niño! de qué?

—De la viruela.

— ¡De la viruela! y ¿cuántos años tenía.?

Y al hacer esta pregunta, Isabel, con un rápido movimiento, atrajo a su hija hacia sí, como si temiera que alguien se la fuera a arrebatar.

—Once años tenía el niño; ¡pobre madre!

—Bien lo puede UD. decir… ¡pobre madre!.., Y miraba a su hija con ese amoroso delirio con que solo las madres saben mirar; pero al ver a su hija tan buena y tan contenta, le hubo de parecer imposible que aquella niña pudiera morir, y su semblante recobró esa calma bendita del que no se acuerda que el peligro existe.

Nos despedimos de Isabel, y cruzamos la población en dirección al campo, mirando a todos los semblantes por ver si encontrábamos la huella de una lágrima.

¡Inútil afán todos sonreían, y sin embargo, ¡cuan bien dice el poeta, que en aquellos instantes, ¡cuántas madres llorarían la pérdida de sus hijos! ¡cuántos hijos lamentarían la muerte de sus madres! ¡cuántos, corazones se estarían triturando por el dolor!

II.

Llegó la tarde, y fuimos a la casa del niño muerto; entramos en una sala decorada con sencillez; encima de una cómoda había una imagen de la Purísima Concepción, ¡bonita escultura! y como si quisiera contemplarla, la madre desolada estaba sentada frente a ella, teniendo en aquel instante la cabeza inclinada sobre el pecho.

Miramos simultáneamente a la imagen y a la mujer, y nos dijimos con tristeza: Esta escultura representa a la madre de Jesús dulce y sonriente, entregada al éxtasis divino, viendo flotar entre las nubes el espíritu de su hijo, y a sus plantas está, el fiel retrato de la virgen de la Soledad. ¡Pobre madre!

Haciendo un esfuerzo para serenar nuestro semblante, nos inclinamos para dirigir una palabra de consuelo a la madre sin ventura. Esta nos miró y leímos en sus grandes y hermosos ojos, todo un poema de sentimiento y de amor.

Quisimos ver al niño, y al mirar aquel rostro ennegrecido por la enfermedad, recordamos a Isabel cuando la vimos por la mañana peinando a su hija y exclamamos:

¡Este pobre niño también fue hermoso! ¡También su madre cuidaría sus cabellos!

Creemos que es menos horrible la muerte no recordando la belleza de la vida.

Salimos de la estancia mortuoria y nos sentamos junto a la madre sin saber realmente que decirla, porque hay ocasiones en la vida que la palabra es un don enteramente inútil.

Cuando nuestra existencia no tiene más que un objetivo, cuando nuestras aspiraciones se reconcentran en un ser, faltando este, el universo queda vacío, completamente vacío; no hay religión, no hay filosofía que pueda en los primeros instantes calmar el vértigo del dolor de consiguiente, nuestra impotencia nos abrumaba, nos entristecía, y hasta nos indignaba, porque nada hay más amargo que el convencimiento de nuestra pequeñez.

“Veíamos llorar a aquella mujer con tan profunda pena, comprendíamos que se encontraba tan sola, que murmurábamos con abatimiento:

¿Qué le diremos a esta mujer no siendo ella espiritista? Dejémosla llorar libremente ya que no podemos enjugar su llanto.

III

Llegó la hora de conducir el cadáver a su última morada, y nosotros nos retiramos en tanto que la iglesia romana cumplía sus ritos, por aquello de que aquel que necesite ceremonias que las acepte, más como nosotros no necesitamos de ningunas, nos abstenemos de presenciarlas.

Cuando la iglesia concluyó sus actos, y el difunto quedó en poder de su padre y de sus deudos, entonces lo acompañamos hasta el cementerio, no por honrar al muerto, porque los muertos no necesitan honras, sino por acompañar a los vivos, por tomar parte en aquel dolor supremo, por aprender a sufrir, viendo al padre del niño sereno, impasible, fuerte y resignado ante la prueba, porque felizmente comprende y admita la doctrina de Allan Kardec.

Llegamos al cementerio y condujeron el cadáver dejándolo ante el panteón de su familia. Su padre y sus parientes formaron un círculo ante la sepultura, porque avaros de sufrir les parecía que no habían llorado bastante la pérdida de aquel ser tan amado.

¡Cuán sublime es el egoísmo del dolor!

¡Entonces es cuando se presenta el hombre sin antifaz!

Al pie de un sepulcro es donde mejor se lee en el corazón humano.

¡Cuánto leímos nosotros ante la tumba de aquel niño!…

Los enterradores principiaron a cumplir su cometido: quitaron los ladrillos del nicho y sacaron una caja que contenía dos cadáveres deshechos.

¡Momentos terribles! El padre del niño, y un hermano suyo, devoraban con ardiente mirada aquellos restos, porque uno de aquellos cráneos era el de su madre, y uno a otro se decían con voz apagada:

¡Aquella, aquella es nuestra madre!

Y aquellos cuerpos de acero se estremecían, sosteniendo el choque de las más violentas sensaciones.

Algo grande irradiaba en aquellos semblantes, porque aquellos hombres veían allí un cráneo hueco, y ellos sabían que en aquellas cavidades se habían albergado sentimientos de amor, y que aquel amor les había dado la vida.

Mirábamos aquel montón informe de huesos triturados, y nos volvíamos vivamente a mirar a aquellos hombres en cuyos ojos irradiaba la vida de un manera tan enérgica y tan poderosa, que decíamos:

¡Ah! la inteligencia, la pasión que hay en esos ojos no puede nunca morir, es imposible, completamente imposible.

El manantial eterno de la vida se encierra en nuestros cuerpos, frágiles copas de deleznable barro, estas se rompen, el agua de la vida se derrama y va a recogerse en nuevas ánforas.

El espíritu es el elíxir de Dios; nuestros cuerpos lo contienen, pero no lo absorben, y al romperlos la muerte, devolvemos al infinito nuestro contenido espiritual.

Muchos dolores hemos visto en este mundo, pero ningún ser había logrado convencernos de nuestra supervivencia con tanta certidumbre, como aquellos hombros mirando los restos de su madre.

Uno de ellos especialmente nos decía con sus ojos:

¡Yo no llevo en mí el dolor de una vida!

¡Yo llevo en mí los tormentos de cien y cien siglos!

Y los deberá llevar, sí; porque es muy poco una existencia para reconcentrar tanto dolor, dolor que se aumentó cuando los enterradores, del modo más brutal y más grosero, cogieron a puñados aquel polvo, aquel residuo de los que fueron, y lo echaron violentamente en otra caja que había dentro del nicho.

Es tan repugnante esta maniobra, que todos los circunstantes murmuraban dé semejante procedimiento, y los más interesados exclamaron con nosotros:

¡Cuán preferible es la cremación de los muertos a esta irreligiosa profanación!

Al fln la blanca caja del niño la pusieron sobre tanta podredumbre, y su padre, cuando vio que entre el ataúd que guardaba a su hijo y él, habían puesto una débil muralla de ladrillos, dijo sordamente:

Ya hemos concluido, y con paso ligero, con ese paso febril que tiene el hombre que quiere huir de sí mismo, se alejó de aquel lugar donde había pagado en el transcurso de media hora deudas quizás de muchos siglos.

La pobre madre nos esperaba sentada en el mismo sitio que la dejamos, estrechó nuestra mano y nos dijo con resignada amargura.

—¡Ya lo habéis dejado allí! ¡Cuánto miedo tendrá de verse solo! ¡Pobrecito mío!

—El cuerpo nada siente, la dijimos, y su espíritu no está allí, su espíritu está a vuestro lado, un médium, un hombre que merece vuestra fraternal confianza ha visto su espíritu.

¡La pobre mujer nos miraba, y aunque no daría crédito a nuestras palabras, guardó todos los miramientos sociales y nada nos contestó!

Y era verdad lo que la decíamos, un médium lo vio durante el camino a la ida y a la vuelta.

Dice que el espíritu estaba poseído del estupor más inmenso, asombrado, aturdido siguió su entierro, contempló del modo que le enterraron y se acercaba a unos y a otros preguntándoles sin duda porque guardaban su cuerpo allí.Como nadie le contestaba, y él sentía sin duda la misma repulsión que los demás por aquel lugar insalubre, lo dejó y se vino con los suyos acercándose más al médium, sin duda porque este, pedía fervorosamente a Dios que irradiara la luz sobre aquel pobre espíritu débil y atribulado, que sin darse cuenta de lo que veía, sentía llorar a unos, gemir a otros y en ninguna parte encontraba consuelo.

Rendidos por la fatiga, y más aún, por esa dolorosa contrariedad de ver sufrir sin poder consolar nos despedimos de la pobre madre diciendo mentalmente:

¡Dios piadoso! que esta infeliz mujer llegue a creer en el Espiritismo, porque solo así dejará de ser tan amargo su llanto.

IV.

Posteriormente nos han dicho que el espíritu del niño no abandona a su madre, y esta tiene miedo de estar sola en su lecho, porque oye la voz de su hijo que la dice:

Madre mía, ¿cómo te encuentras?

y ella asombrada, sobrecogida, fuera de sí, huye de su cuarto porque teme ver al que tanto llora.

¡Aberración! ¡aberración humana! lloran los hombres por los deudos que pierden, y se horrorizan si los ven aparecer.

¡Qué empeño tan tenaz en no querer salir de la sombra!

¡Ah! ¡Iglesia pequeña! como decía un espíritu, cuantas lágrimas inútiles pesan sobre ti.

¡Cuántos seres se retuercen en la agonía, por ese terror maldito que has acumulado sobre el más allá!

Sufre el que aquí queda, y padece el que se va; porque el espíritu generalmente de una muerte imprevista lo aturde, y la separación total del cuerpo y del periespíritu  tiene que producir una sensación brusca, y en muchas ocasiones será violentísima, y  el espíritu después de mirarse y no verse, o de verse demasiado encerrado en el ataúd, si ve a los seres queridos entregados a la desesperación, su confusión se aumenta, su  ansiedad crece, y en vez de alejarse de la tierra se queda adherido a ella sintiendo a veces como los gusanos roen su cuerpo.

¡Cuántos males origina la ignorancia! Si el Espiritismo lo hubiera aceptado la humanidad como las demás religiones, si en vez de las ceremonias del culto externo, los hombres cuando pierden un ser querido se reunieran, no para el estéril duelo, no para esa reunión oficial, (donde de todo se habla, menos del objeto principal,) sino que  se reunieran para combinar los medios de llevar a cabo una obra buena, (si sus facultades les ayudaban) diciendo, vamos en nombre del padre, del hijo, o del hermano ausente a llevar a la choza del mendigo el pan de la caridad, y pidámosle que una su oración a la nuestra para que los buenos espíritus salgan al encuentro de nuestro hijo, de nuestro padre o de nuestra esposa.

Sí; si unidos en pensamientos y en obras tratáramos de ayudar al espíritu a salir de su turbación, y en lugar de retenerle con nuestros desesperados gemidos, lo empujáramos con nuestro ruego práctico, perdonando al que nos ofende, visitando al enfermo, y consolando al que llora, cumpliendo en fin los preceptos del Evangelio, ¡cuánto más valdría la tierra de lo que hoy vale! porque atraeríamos a ella no a los espíritus de sufrimiento, sino a los espíritus superiores y estos nos fortalecerían en nuestras pruebas y nos dirían:

¡Adelante humanidad! no retrocedas, no te detengas en tu camino.

Considera al Universo tal como es, contempla la vida en todas sus esferas.

Acércate al telescopio y mira a los planetas.

Coge el microscopio y mira a los infusorios.

¿Qué ves en lo infinitamente grande?

¿Qué ves en lo infinitamente pequeño?

¡A Dios lo encontrarás en todas partes!

Pues si encuentras a Dios en el fondo de los mares, en las entrañas de la tierra y en las nebulosas que se mecen en el éter, ¿cómo no lo encuentras en el hombre? en ese conjunto armónico donde trabajan unidas todas las fuerzas de la creación.

Sí; esta sería la voz que escucharíamos, si fuéramos verdaderos espiritistas, en vez de las plegarias ininteligibles que hoy oyen los fieles. ¡Oraciones pagadas! para alcanzar la clemencia de Dios.

¡Locura inconcebible! la salvación de un alma no hay bastante oro en el universo para comprarla.

En la eternidad no se cotiza el oro a ningún precio.

Allí los imponentes no tienen más cupones que su trabajo.

¡Oh! ¡Espiritismo! ¡Espiritismo! ¡Cuán contentos estamos de haberte conocido! y nuestro gozo aumenta cuando tocamos los tristes resultados de las demás religiones.

¡Pobre madre! ella se cree tan sola… y su hijo está con ella.

El la llama, y ella huye, ¡oh! si esta mujer fuera espiritista, ¡cuán feliz seria en medio de su desventura!

No crean por esto nuestros calumniadores qué los espiritistas tenemos un festín el día que perdemos a un ser querido. No; lloramos; porque la ausencia siempre es terrible y mucho más que la despedida va acompañada de atroces sufrimientos, pero es tan distinto decir: ¡Nada nos queda de aquel ser amado! a invocarle diciendo: Ven, que te aguardo!…. y aunque uno no puede darle una forma precisa a ese algo que flota en tomo nuestro, aunque la duda nos atormente, el hecho es que la imaginación se alimenta, y el hombre que piensa vive; y se mata el que no tiene nada en que pensar: porque la negación del más allá es la anonadación del ser, es inadmisible la limitación en todos los estados de la vida. Decía Campoamor con amargura.

En medio de mi dolor

Tengo un consuelo especial,

Y es que hallándome tan mal,

Nunca podré estar peor.

Y nosotros decimos al poeta pesimista,

¡escucha!

En medio de mi dolor

Contemplé la inmensidad,

Y encontré la eternidad

Del progreso y del amor.

Un algo electrizador

Hizo mi pulso latir,

Y mi sangre empezó a hervir:

Y fue creciendo mi ser,

Y tanto llegué a ascender

Que me cansé de subir.

¡Y cuándo de mi jornada

Veré el fin ! yo me decía:

Y una voz me respondía,

¡Nunca encontrarás la nada!

Sigue y vive confiada

Que nunca se acabará

Tu vida; que brillará

Para ti un faro bendito;

Porque en el mundo infinito

Siempre queda un más allá.

Si; queda un más allá; y nuestra obligación y nuestro deber, es difundir la luz de espiritismo con el libro, con el folleto ,con el periódico y sobre todo, en nuestro proceder digno y honrado.

No dejemos por más tiempo gemir a la humanidad.

¡Es tan triste ver llorar a una madre desolada la pérdida de un hijo!…

Nunca, nunca olvidaremos a la infeliz mujer que nos dijo con tanta amargura.

“¡Ya lo habéis dejado allí! ¡cuanto miedo tendrá de verse solo! ¡¡pobrecito mío!!”

Menos lucha el materialista, es quizás más feliz que el que es simplemente deísta,  porque este concibe una vida confusa, extraña, que le atemoriza; cree que algo queda .de nuestro ser, puesto que esta pobre madre decía. ¡Qué Dios tenga piedad de mi hijo y le conceda un buen lugar! y pensaba que aun sentiría la sensación del miedo al  verse solo en la tumba y….luego se espanta, si lo siente junto a ella….

¡Religiones sin base! Cuán responsables sois por haber dejado a vuestros, adeptos naufragando en el caos de las anomalías!

¡Espiritistas! Difundamos la luz de la verdad y así como el cable trasatlántico lleva de uno a otro continente la voz de los pueblos, llevemos nosotros de un mundo a otro la voz de las generaciones: digamos a los hombres,

¡que los muertos viven!  ¡que lo muertos hablan! ¡que los muertos nos hacen progresar!

 

 

AMALIA DOMINGO Y SOLER

Año IX. Marzo de 1877. Núm. 3. REVISTA ESTUDIOS PSICOLÓGICOS.