
Desde niña atraían poderosamente mi atención las grandes librerías, y entraba en ellas con religioso respeto.
Recuerdo que hace muchos años, estando en Deva visité el palacio de don Leopoldo Augusto de Cueto, y al entrar en su magnífica biblioteca, verdadera maravilla en todos los sentidos, al ver aquellos artísticos estantes que contenían lo mejor que se ha escrito en los pueblos civilizados, confieso ingenuamente que no me postré de hinojos temiendo que se rieran de mí; pero si el alma pudiera tomar alguna postura, indudablemente que la mía se hubiera arrodillado orando fervorosamente en aquel magnífico santuario de la sabiduría humana.
Nunca he olvidado aquel salón en el que todo hablaba; allí se respiraba una atmósfera distinta, y en ninguna de las catedrales que he visto, he sentido aquella religiosidad y admiración que experimenté en la biblioteca de Augusto de Cueto.
Y refiero estos recuerdos de mi pasado, para demostrar que soy amante de la lectura; pero como para leer con aprovechamiento se necesita tiempo, y a mí me ha faltado siempre por diversos motivos, he aquí una de las causas porqué aprovecho en muchas ocasiones las historias que vienen a contarme unos y otros, y hasta la opinión y el parecer de los seres más humildes y más ignorantes, siguiendo en esto el consejo amistoso que me dio en Madrid el inolvidable escritor Roque Barcia, que con su gracejo particular, me dijo así:
-Amiga mía, le causaría a usted risa si conociera algunos censores de mis obras; no acostumbro consultar con mis más íntimos amigos, por dos razones muy poderosas: la primera, porque a los unos les ciega el cariño, y la segunda, porque a los otros el gusano de la envidia les roe las entrañas, y el voto de ninguno de ellos es válido para mí.
Durante algún tiempo, observó mi mujer que cuando venía el carbonero, se paraba al salir, delante de mi despacho y escuchaba con deleite lo que yo leía en voz alta, haciendo signos de aprobación en los puntos más culminantes de mis escritos.
Yo tengo la costumbre de escribir y leer cada párrafo que trazo en el papel.
Una mañana, hice entrar en mi despacho al carbonero, diciéndole:
-Vamos, hombre, dice mi mujer que eres inteligente, y te voy a leer un capítulo de una obra que estoy escribiendo, a ver qué te parece.
El muchacho se sentó muy serio, y se volvió todo oídos para escuchar mi lectura.
Cuando concluí le miré y noté que en su semblante se retrataba el disgusto y la contrariedad.
-¿Qué te parece? ¿No te gusta lo que te he leído?
-No, señor.
-¿Por qué?
-Porque usted se ha quedado muy satisfecho insultando, pero no lo estarán así los insultados.
Usted hiere con ese escrito; pero no enseña como en otros muchos que he leído de usted.
Se fue el carbonero, volví a leer el capítulo censurado y rasgué inmediatamente las cuartillas, porque en realidad, en mi vida había escrito nada peor; las advertencias de aquel ser tan humilde, ya ve usted, mozo de una carbonería, las tuve muchas veces en cuenta; hubiera sido un crítico admirable.
Mas veo que, entregada a mis recuerdos, me aparto algún tanto del objetivo principal de este artículo, que es tributar un homenaje de profunda admiración a dos hombres que nunca he visto, que no sé cómo se llamaron, y que, sin embargo, a serme posible, haría un viaje para dejar en su tumba unos ramos de flores.
Hablando hace algunos días con un guardia civil, Espíritu muy adelantado, muy estudioso y observador, me dijo lo siguiente:
-Amalia ya que tanto te fijas en las cosas, te contaré un hecho rarísimo, que lo presenció un compañero mío, el cual merece toda mi confianza, y que, además de a él, lo he oído referir a otros; pero mi amigo, sobre todo, es para mí la mejor garantía de su autenticidad, porque a formal y a verídico no hay quien le gane.
Hace bastantes años que la provincia de Extremadura se vio invadida por tantos forajidos, que la guardia civil no tenía descanso ni sosiego, siempre en persecución de los salteadores, que robaban, mataban, incendiaban, y eran el terror y el espanto de los pobres labradores, que perdían sus ahorros, sus casas, y hasta la vida.
A tanto llegó el descaro y la osadía de lo malhechores, que el general que mandaba entonces los tercios de la guardia civil, ordenó que sin formación de causa se fusilara a los bandidos donde se les encontrara, pues sólo arrancando la mala hierba de raíz podrían vivir tranquilas centenares de familias consagradas a su trabajo honradamente.
Se obedeció la orden, y en los bosques de aquella pequeña India de España, pagaron con su vida, sus muchas fechorías, una gran parte de aquellos delincuentes sin corazón.
Una tarde, un pelotón de guardias civiles al mando de un sargento,cogieron a nueve salteadores, los ataron fuertemente y emprendieron la marcha hasta llegar a un sitio a propósito para despacharlos al otro mundo.
Entre los guardias, había dos individuos que hacía poco se habían incorporado a la fuerza que perseguía sin cuartel a los bandoleros; se enteraron, como los demás, de lo que tenían que hacer con los amigos de lo ajeno, y se callaron, porque el que manda, manda, y no hay más.
El sargento hizo una parada en un ventorro, esperando que el Sol sepusiera; los presos, bien custodiados, estaban sentados al pie de unos matojos, y los guardias; unos se paseaban esperando la orden para marchar, y otros permanecían sentados.
Entre éstos estaban los dos individuos que habían llegado últimamente.
Nadie estaba contento; porque eso de matar a sangre fría no es ningún plato de gusto; pero como en la milicia el que no obedece paga con su vida, nadie decía una palabra, ni mala ni buena.
Al fin, el sargento dijo:
¡Marchen!
Y los bandidos fueron los primeros en ponerse en pie, rodeados de los guardias, emprendiendo todos el camino; mas a los pocos pasos, dijo el sargento con extrañeza:
-¡Aquí falta gente!
Volvió la cabeza y vio a dos guardias sentados, a lo lejos, al pie del ribazo.
Tanto le extrañó aquella desobediencia, que él mismo retrocedió, y llegando hasta ellos, tocándole bruscamente a uno en el hombro, exclamó: ¿Hasta cuándo durará ese sueño?
Al tocarle, el guardia se inclinó sobre su compañero, y los dos cayeron rodando por el suelo como masas inertes.
El sargento, a pesar suyo, retrocedió asombrado; aquellos dos hombres ¡Estaban muertos…!
Cumplió el jefe de las fuerzas su cometido, y en dos carros fueron conducidos los cadáveres al cementerio del vecino pueblo.
A los dos guardias muertos les hicieron la autopsia, y los médicos que los reconocieron, dijeron que no tenían lesión alguna; que eran por el contrario, dos cuerpos sanos y robustos; que habían muerto de angustia.
Entonces, los otros guardias, incluso el sargento, recordaron el disgusto, la repugnancia y el enojo que habían mostrado al saber que tenían que matar a los malhechores; y conforme vieron que se aproximaba la hora, ¡Qué sensación tan dolorosa deberían sentir, qué angustia tan extraordinaria experimentarían aquellos dos espíritus, para separarse de su organismo!
Un cuerpo fuerte, sano y vigoroso, en el pleno de su juventud.
Para romper tales ligaduras, debieron de sentir todos los horrores de la más cruenta agonía, diciendo con la entereza de los mártires:
¡Antes morir que matar!
¡Qué dos espíritus tan elevados!
¡Qué almas tan desprendidas de las miserias terrenales!
¡He ahí dos héroes, dos redentores, que prefirieron morir antes que destruir a sangre fría la vida de los otros!
¡Cuán grato me sería recibir una comunicación de esos espíritus!
¿Quién diría, al verlos con su uniforme, que eran dos espíritus que odiaban los procedimientos de la fuerza? ¿Tomaron por expiación tan enojosa carrera, y no pudieron doblegarse a sus horribles exigencias? ¡Quién sabe…! ¡Hay tanto que estudiar en la eterna vida del Espíritu…!
A veces, en el fango, se encuentran perlas; y entre flores perfumadas,reptiles repugnantes que se ocultan entre sus matizadas hojas.
¡Cuántos que pasan por filántropos y por hombres de gran corazón, se encogen de hombros cuando están en la intimidad de la familia, si oyen contar el relato de una desgracia horrible; y en cambio, otros que quieren la nivelación social, cuando ven una de esas escenas dolorosas, se estremecen, y si no tienen qué dar, piden una limosna para socorrer a los que lloran!
¡Qué pocos espíritus viven en su centro!
¿Qué nos enseña esto? Que la vida de aquí es un capítulo de nuestra historia; no puede ser de otra manera, tiene que admitirse la supervivencia del alma.
Mucho me ha hecho pensar la muerte de los dos guardias civiles, que vivieron tan fuera de su centro.
¿Por qué eligieron la carrera de las armas? ¿Porqué estuvieron tan en contacto con los vengadores de oficio de los atropellos?
¡Almas generosas! Yo os admiro y os consagro mi recuerdo, y creo, que al llegar al espacio, mi primera pregunta será:
¿Dónde están aquellos dos espíritus? Que dijeron en la Tierra: ¡Antes morir que matar!
Y quizá una voz amiga me responda: “¿Ves aquellos dos soles, cuyos rayos no puedes mirar por su refulgencia deslumbrante? Pues es la nube fluídica que envuelve a esos espíritus, cuya luz aún no puedes contemplar sin cegarte con sus vívidos resplandores”.
Amalia Domingo Soler