El pececito rojo

ANTE LAS PUERTAS LIBRES

Ante las puertas libres de acceso al trabajo cristiano y al conocimiento saludable que André Luiz va impartiendo, nos acordamos de la antigua leyenda egipcia del pececito rojo.

En el centro de un hermoso jardín, había un gran lago adornado de ladrillos azul turquesa.

Alimentado por un diminuto canal de piedra, traía las aguas del otro lado, a través de una reja muy estrecha.

En ese reducto acogedor, vivía toda una comunidad de peces rollizos y satisfechos, en complicadas cuevas frescas y sombrías.

Eligieron a uno de los conciudadanos de grandes aletas para el cargo de rey, y vivían allí, plenamente despreocupados, entre la gula y la pereza.

Entretanto, junto a ellos, había un pececito, menospreciado de todos.

No conseguía pescar la más leve larva, ni refugiarse en los nichos de barro.

Los otros, voraces y gordiflones, arrebataban para sí todas las larvas y ocupaban, displicentes, todos los lugares consagrados al descanso.
El pececito rojo nadaba y sufría. Por eso mismo era visto, en correría constante, perseguido por la canícula o atormentado de hambre.
No encontrando ninguna estancia en el amplio domicilio, el pobrecito no disponía de tiempo para mucho ocio y comenzó a estudiar con bastante interés.
Hizo el inventario de todos los ladrillos que adornaban los bordes del pozo, registró todos los huecos existentes en él, y sabía, con precisión, donde se reuniría la mayor masa de lodo cuando llovía.
Después de mucho tiempo, a costa de largas investigaciones, encontró la reja del desagüe.
Frente a la imprevista oportunidad de aventura, se dijo a sí mismo:
–“¿No será mejor investigar la vida y conocer otros lugares? ”Optó por la investigación.
A pesar de su delgadez por la mala alimentación, perdió varias escamas, con gran sufrimiento, para poder atravesar el pasaje estrechísimo.
Pronunciando votos renovadores, avanzó, optimista, por la corriente de agua , encantado con los nuevos paisajes, ricos en flores y el sol que tenía ante sí, y siguió, embriagado de esperanza…
Pronto alcanzó un gran río, e hizo innumerables conocimientos. Encontró peces de muchas familias diferentes, que simpatizaron con él, instruyéndole en cuanto a las dificultades de la marcha y revelándole caminos más fáciles.
Embebido contempló, en las márgenes, hombres y animales, embarcaciones y puentes, palacios y vehículos, cabañas y arboledas.
Habituado a tener poco, vivía con extrema simplicidad, sin perder jamás la ligereza y la agilidad naturales.
Consiguió, de ese modo, alcanzar el océano, ebrio de novedad y sediento de estudio.
Mientras, fascinado por la pasión de observar, se aproximó a una ballena para quien toda el agua del lago, en el que viviera, no sería más que una diminuta ración; impresionado con el espectáculo, se acercó a ella más de lo que debía y fue tragado con los elementos que constituían la primera comida del día.
En apuros, el pececito afligido oró al Dios de los peces, rogando protección en las fauces del monstruo y, a pesar de las tinieblas en que pedía salvamento, su oración fue oída, porque el cetáceo comenzó a sollozar y vomitó, restituyéndole a las corrientes marinas.
El pequeño viajero, agradecido y feliz, buscó compañías más simpáticas y aprendió a evitar los peligros y tentaciones.
Plenamente transformado en sus concepciones del mundo, pasó a observar las infinitas riquezas de la vida. Encontró plantas luminosas, animales extraños, estrellas móviles y flores diferentes en el seno de las aguas. Sobre todo, descubrió la existencia de muchos pececitos estudiosos y delgados, tanto como él, junto a los cuales se sentía maravillosamente feliz.
Vivía, ahora, sonriente y en calma, en el Palacio de Coral que eligiera, con centenares de amigos, para residencia dichosa, cuando al contar su laborioso pasado, vino a saber que solamente en el mar las criaturas acuáticas disponían de sólida garantía, ya que, cuando el estío se hiciese más arrasador, las aguas de otra altitud continuarían corriendo hacia el océano.
El pececito pensó, pensó…y sintiendo inmensa compasión de aquellos con quienes había convivido en la infancia, decidió consagrarse a la obra de su progreso y salvación.
¿No sería justo regresar y anunciarles la verdad? ¿No sería noble ampararles prestándoles, a tiempo, valiosas informaciones? No lo dudó.
Fortalecido por la generosidad de los hermanos benefactores que vivían con él en el Palacio de Coral, emprendió el largo viaje de vuelta.
Volvió al río, del río se dirigió a los regatos y de los regatos se encaminó a los canales que le condujeron al primitivo hogar.
Esbelto y satisfecho como siempre, por la vida de estudio y servicio a la que se consagraba, paró en la reja y buscó, ansiosamente, a los viejos compañeros.
Estimulado por la proeza de amor que efectuaba, supuso que su regreso iba a causar sorpresa y entusiasmo general. Seguramente, la colectividad entera celebraría el hecho, pero, pronto verificó que nadie se movía en ese sentido.
Todos los peces continuaban pesados y ociosos, hartos en los mismos nidos lodosos, protegidos por flores de lotos, de donde salían apenas para disputar larvas, moscas o lombrices despreciables.
Gritó que había vuelto a casa, pero no hubo quien le prestase atención ya que nadie había notado allí su ausencia.
Apesadumbrado buscó, entonces, al rey de enormes agallas y le comunicó la reveladora aventura.
El soberano, algo entorpecido por la manía de grandeza, reunió al pueblo y permitió que el mensajero se explicase.
El benefactor despreciado, aprovechando la ocasión, aclaró, con énfasis, que había otro mundo líquido, glorioso y sin fin.
Aquel pozo era una insignificancia que podía desaparecer, de un momento para otro. Más allá del desagüe próximo, se desarrollaba otra vida y otra experiencia. Allá afuera, corrían regatos ornados de flores, ríos caudalosos repletos de seres diferentes y, por fin, el mar donde la vida aparece cada vez más rica y más sorprendente. Describió la s clases de tencas y salmones, de truchas y escualos. Describió al pez luna, el pez conejo y el gallo del mar. Contó que había
visto el cielo repleto de astros sublimes y que descubrió árboles gigantescos, barcos inmensos, ciudades playeras, monstruos temibles, jardines sumergidos, estrellas del océano y se ofreció para conducirles al Palacio de Coral, donde vivirían todos, prósperos y tranquilos. Finalmente, les informó que semejante felicidad tenía igualmente su precio. Todos deberían adelgazar, convenientemente, absteniéndose de devorar tanta larva y tanto gusano, en las grutas oscuras, y aprendiendo a trabajar y estudiar tanto como fuese necesario para la venturosa jornada.
Tan pronto terminó, escuchó un coro de carcajadas estridentes. Ninguno creyó en él.
Algunos oradores tomaron la palabra y afirmaron, solemnes, que el pececito rojo deliraba, que otra vida más allá del pozo era francamente imposible, que aquella historia de riachuelos, ríos y océanos era simple fantasía de cerebro demente, y algunos llegaron a declarar que hablaban en nombre del Dios de los peces, que traía los ojos vueltos hacia ellos únicamente.
El soberano de la comunidad, para ironizar mejor al pececito, se dirigió, en compañía de él, hasta la reja del desagüe y exclamó:
–“¿No ves que no cabe aquí ni una sola de mis aletas? ¡Gran tonto! ¡Vete de aquí! no perturbes nuestro bienestar…
Nuestro lago es el centro del Universo.
¡Nadie posee vida igual a la nuestra!
Expulsado a golpes de sarcasmo, el pececito realizó el viaje de retorno y se instaló, definitivamente, en el Palacio de Coral, a guardando el tiempo.
Después de algunos años apareció una pavorosa y devastadora sequía.
Las aguas descendieron de nivel. Y el pozo donde vivían los peces, panzudos y vanidosos, se secó, llevando a la comunidad entera a perecer, atorada en el lodo.

El esfuerzo de André Luiz, buscando encender luz en las tinieblas, es semejante a la misión del pececito rojo.
Encantado con los descubrimientos del camino infinito, realizados después de muchos conflictos en el sufrimiento, vuelve a los cubiles de la corteza terrestre, anunciando a los antiguos compañeros que, más allá de los cubículos en los que se movilizan, resplandece otra vida, más intensa y más bella, exigiendo, sin embargo, cuidadoso perfeccionamiento individual para la travesía del estrecho pasaje de acceso a las claridades de la sublimación.
Habla, informa, prepara, explica…Con todo, hay muchos peces humanos que sonríen y pasan, entre la mordacidad y la indiferencia, buscando grutas pasajeras o peleando por larvas temporales.
Esperan un paraíso gratuito con milagros os deslumbramientos, después de la muerte del cuerpo.
Pero, además de André Luiz y nosotros, humildes servidores de la buena voluntad, no olvidemos que para todos los caminantes de la vida humana pronunció el Pastor Divino las indelebles palabras:
“A cada uno le será dado de acuerdo con sus obras”.
EMMANUEL
Pedro Leopoldo, 22 de Febrero de 1949.