Revista Espírita La Revelación

EL SUEÑO

Revistas de la Revelación 1872 a 1904

¡Dios mío! que sueño tan espantoso he tenido; soñé que era el canónigo Zarandona; que me había levantado contra una idea nueva, y sus defensores me decían: «no hables de lo que no entiendes.»

Me había retirado a la caverna de la teología, y me habían perseguido hasta ella, y vencido en su lóbrego abismo.

Yo tenía amor propio; yo tenía orgullo; yo tenía vanidad, y entre mis corifeos pasaba por hombre diestro en la polémica, y profundo en la ciencia teológica.

Por eso al verme abatido y humillado, me desaté en improperios … ¿Qué había de hacer no teniendo argumentos que oponer a los de los adversarios?

Me aplaudieron los imbéciles y los fanáticos, y me censuraron los sensatos y desapasionados; quise hablar….hablé más….pero como en mi pecho rugía una tormenta horrorosa, no dije más que relámpagos; como en mi corazón ardía un infierno terrible, no arrojé más que llamaradas; relámpagos y llamaradas de ira, de odio, de rencor a muerte contra los que serenos, sencillos y pacíficos me habían anonadado bajo el peso de sus apacibles, pero incontrastables razonamientos.

Hablé de bandidos, picaros, hipócritas, farsantes, indignos, sacrílegos, y los hombres que aprecian al hombre, me miraron con desdén, y me dejaron sólo.

Levanté calumnias, inventé farsas, desee el bien de Jesús para mí y el mal de Satanás para el prójimo; abracé a los hombres llamándoles hermanos míos y después les arrojé al rostro la saliva de mis insultos…..La prensa gimió bajo la violencia indigna de mi palabra; los cristianos espiritistas me perdonaron y me abrieron sus brazos y me ofrecieron el corazón que yo había herido…. ¡Oh yo hubiese hincado en él mis envenenados dientes!…. Y al ver mi crueldad y mi egoísmo, una voz gritó a mi oído estas terribles palabras:

«Canónigo Zarandona, ¿dónde has aprendido ese amor al prójimo? ¿lo has aprendido en las dulces páginas del Evangelio? ¿lo has libado en los suaves labios de Jesús? ¿lo has recogido de aquella sangre que destila el madero del Calvario?….¡No! tú lo has encontrado en el fondo de los in paces; tú lo has hallado en las llamas de las hogueras de la Inquisición; tú lo has aprendido en el fragor de las guerras religiosas; en el exterminio de hombres llevado a cabo por el fanatismo y la ignorancia; en la cámara o caverna de Felipe II; en las sacrílegas salas del regio Vaticano…. en el fondo desapiadado de tus entrañas de hiena!

En esos pasajes has encontrado ese amor al prójimo que ostentas, porque ese amor sería el de Satanás si existiese; porque ese amor no es amor, sino odio miserable, del que te pedirá cuenta un día el que hizo el universo de una magnífica explosión de amor!»

Así tronó aquella voz, y yo temblé; después me eché a llorar amargamente.

¿No era bastante desgraciado con el odio que me envenenaba, que todavía era preciso sufriese tan duras y justas reconvenciones?…¡Ah! ¡si se hubiera asomado el mundo en aquel momento al abismo de mi conciencia, hubiese retrocedido aterrorizado, y henchido de dolorosa conmiseración!

¡Qué terrible es ser neocatólico en el siglo XIX!

Después, para disfrazar mi lastimoso estado, vertí mi llanto de risa….pero ¡qué risa!…. hubiese dado lástima; quise hablar con jovialidad, y hablé con sarcasmo indigno, innoble y asqueroso; las personas bien educadas, apartaron los ojos de mis escritos; yo hablé de saltitos mortales, de sacos de patatas, de escopetas, de pelotas, de devorar cadáveres ….y la misma voz que interrumpió mis injurias y calumnias, volvió a clavar en mis oídos sus terribles acentos en estas nuevas palabras: «Canónigo Zarandona ¿dónde has aprendido a escribir para la prensa? ¡Canónigo Zarandona! ¿en qué cartel bufo, en qué folleto ramplón, en qué desvergonzada gacetilla has aprendido esos innobles y asquerosos términos?

¡Canónigo Zaraudona! ¿eres tú uno de esos seres privilegiados entre las clases de la sociedad, que reciben directamente la inspiración del cielo, que se llaman sacerdotes, ministros de Dios, padres de almas, apóstoles de la fe y de la verdad, herederos de la palabra del Cristo, e hijos de su dulce propaganda?

¿Eres tú uno de esos seres que perdonan en el confesionario los pecados de soberbia, los pecados de calumnia, y los pecados de venganza? ¿Eres tú uno de esos seres augustos, grandes, gigantescos, casi divinos, que se levantan en el púlpito como Moisés en el Sinaí, se inflaman al sacro fuego, resplandecen de inspiración y de grandeza, mientras el Espíritu Santo descendiendo invisible sobre sus frentes, derrama en ellos sus fecundísimas alas y les impregna y les empapa de magestad y de gloria y deposita en sus labios la palabra sublime del Altísimo, la misma palabra que al flotar en los espacios infinitos creó millones y millones de torbellinos de soles y de mundos?….¿Eres tú ese sacerdote….? ¡habla!…¡Ah! ¡Tú no eres más sacerdote, que el sacerdote de las imbéciles aras del menguado Momo!….»

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