Señor, si fuese posible que la humanidad viviese luengos años sin reproducirse, sin que se viese renacer en sus hijos, ¡qué triste sería vivir en el mundo si no hubiera niños, si no pudiesen fijarse nuestras miradas en esas caritas color de rosa animadas por unos ojos brillantes, coronadas por abundantes rizos e iluminadas por una sonrisa celestial…!

Nos olvidaríamos de la armonía celestial, si no escucháramos las voces argentinas de los niños.

¡Qué agradable es la conversación de los pequeñuelos! ¡Cuánto, cuánto nos instruye!

Porque sus reiteradas preguntas nos ponen en la precisión de contestar a ellas y a veces nos hacen tan profundas observaciones que nos vemos obligados a pensar, porque decimos:

«Este niño nos vence en penetración»; y como el amor propio nos domina, no queremos que se diga que un pequeñito sabe más que nosotros, y nos apresuramos a estudiar sobre el asunto que nos ha preguntado, para servirle de maestro.

Poderoso incentivo han sido para mí los niños, y a ellos debo mis más profundos estudios en Geología, en Mineralogía, en Astronomía, en Agricultura, en Horticultura y en Floricultura, porque sus incesantes preguntas me animaban a preguntarle a la Naturaleza.

¡Cuánto he amado y amo aún a los niños…! ¡Y este amor tiene su razón de ser!

¡Como que he vivido tan solo…! ¡Nunca fueron tan amargos los primeros años de mi vida…!

Nunca su recuerdo se ha borrado de mi mente: ¡aun me veo sentado a la orilla del mar mirando el agua y el cielo, sin que una madre cariñosa viniera a buscarme, sino que yo era el que salía al encuentro de los pescadores, y les ofrecía mis servicios para que en cambio me dieran un pedazo de pan negro.

Como sé con cuánta envidia miran los niños a los seres felices, por esto he procurado siempre ser el padre cariñoso de todos los pequeñuelos que han quedado huérfanos o que la rudeza de su familia no les ofrece esa ternura, ese cariño que hace la felicidad de aquellos que comienzan a vivir.

Junto a mí no he permitido que ningún niño sufra.

Por eso siempre me han rodeado los pequeñitos: ellos han sido y aún son mi escolta.

Los habitantes de los pueblos comarcanos, cuando ven muchos niños reunidos, dicen sonriéndose: «El padre Germán no debe de estar lejos».

Y no lo estoy, efectivamente; los mendigos y los chicuelos son mis mejores amigos.

Así es que los pequeñitos, en cuanto ven a un pordiosero, corren a buscarme acompañados de Sultán, y al verlos no necesito preguntarles qué quieren, pues sé que un desgraciado reclama mi asistencia, y les digo: «Guiadme, hijos míos».

¡Qué contentos se ponen cuando me dejo conducir por ellos! El uno me coge del brazo, el otro se agarra a mi capa, y como si yo no conociera palmo a palmo todo el terreno que circuye la aldea, mis guías me dicen:

«Por aquí es más cerca». «Por allá es más lejos», «Más adelante hay un mal paso».

Y aquellas infantiles y cariñosas precauciones me hacen sonreír.

¡Es tan grande verse amado, y especialmente verse querido por almas buenas!…¡Porque hay pocos niños que sean malvados!; la ambición, la profunda avaricia no se despierta en los primeros años, y las demás pasiones que empequeñecen al hombre no se desarrollan sino en la juventud; la niñez es el símbolo de la pureza, exceptuando espíritus rebeldes; pero la generalidad de los niños son las hermosas flores de la vida; el delicado aroma de su alma purifica la atmósfera de este mundo, tan inficionada por los vicios y los crímenes de los hombres.

Los horas más tranquilas de mi existencia se las debo a los niños; la ternísima confianza que ellos tenían en mí me daba aliento para sacrificarme en bien de la humanidad.

Yo decía: «Si ellos fijan sus ojos en mí, es preciso que yo les dé un buen ejemplo», y luchaba para dominar mis pasiones, y al vencerme, al dominarme, me presentaba a ellos tan contento porque así inoculaba en sus tiernos corazones la savia de la verdadera vida.

La vida sin virtudes es un suicidio lento, y en cambio, ennoblecida por el cumplimiento del deber, santificada por el amor universal, es el instrumento más precioso que posee el espíritu para su perfeccionamiento indefinido.

Ocho años habían pasado desde mi llegada a la aldea, y durante ese tiempo había conseguido crearme una gran familia; los ancianos venían a pedirme consejo, los jóvenes me contaban sus cuitas y me confiaban la historia de sus amores; los niños, si yo no presenciaba sus juegos, no estaban contentos; de consiguiente, había realizado mi bello ideal, había formado las sólidas bases de la religión que yo enseñaba, había convertido mi vieja iglesia en un nido de amor y de esperanza.

Una tarde estaba yo estudiando cuando vi entrar en mi oratorio a Sultán, que vino, como de costumbre, a apoyar su inteligente cabeza sobre mis rodillas.

Después me miró y lanzó un aullido lastimero, cerrando los ojos.

Dos niños venían con él, y al verle que abrió y cerró los ojos varias veces se echaron a reír, y el mayor me dijo: «Padre, ¿no entendéis lo que os dice Sultán? os dice que hemos encontrado una pobre ciega. ¡Venid, Padre, venid!

Ésta sí que necesita de vos, porque está blasfemando, está diciendo a gritos que no hay Dios.

¡Qué mala debe de ser esa mujer! ¿Verdad, padre, que debe de ser mala?»

Sin saber por qué, las acusaciones de aquel niño me hicieron daño, y le dije:
—Mira, hijo mío, nadie tiene derecho a juzgar a otro.
—Pero sí dice que no hay Dios —replicó el niño—; ya veréis, ya veréis.

Salí con mis infantiles compañeros, y nos dirigimos a la fuente de la Salud, donde encontré el siguiente cuadro: Diez o doce pequeñuelos rodeaban a una mujer que estaba casi desnuda, con el cabello suelto, los ojos hundidos pero abiertos, rodeados de un círculo violáceo, más bien cárdeno, tenían una fijeza aterradora.

A pesar de estar muy delgada (pues parecía un esqueleto), en el rostro de aquella infortunada se veían las huellas de su perdida hermosura; su perfil conservaba el sello de la perfección.

La miré atentamente y parecía que una voz murmuraba a mi oído: «¡Mírala bien! ¿No te acuerdas? Vuelve la vista atrás».

Yo en mi mente iba evocando todos mis recuerdos, y la voz me decía: «¡Más lejos…! ¡más lejos aún…!»

Y fui retrocediendo hasta la pobre casucha donde pasé los primeros años de mi existencia.

«¿Aquí? —pregunté—. ¿Aquí debo detenerme?»

La voz misteriosa no contestó a mi pregunta; pero los apresurados latidos de mi corazón me dijeron que entre aquella mujer y yo había un íntimo parentesco; entre la infeliz blasfemadora y el padre de las almas existía un lazo, el lazo más fuerte que une a los seres entre sí:

¡Yo era carne de su carne! ¡yo era hueso de sus huesos! ¡Aquella desgraciada era mi madre…!

No me quedaba la menor duda. ¡Era ella!, sí; y por si alguna duda hubiera podido quedarme, comenzó a maldecir de un modo tan horrible que me hizo estremecer, porque se me presentó mi primera edad.

Sin poder dominarme, un temblor convulsivo se apoderó de mi ser, y las lágrimas de fuego afluyeron a mis ojos para después torcer su curso y caer como hirviente lava sobre mi corazón.

Lloraba de pena y de vergüenza a la vez, pues me avergonzaba de que aquella mujer fuera mi madre.

Hay momentos en la vida en los cuales se sienten tan diversas emociones, que es del todo imposible conocer y precisar cuál es el sentimiento que más nos domina; pero la pregunta de un niño me hizo volver en mí.

Entre los que me acompañaban había uno que tendría de cuatro a cinco años, de gran inteligencia, que más de una vez me había dejado sorprendido con sus inesperadas observaciones.

Se acercó a mí, y mirándome fijamente, me dijo:
—Padre, ¿Qué haríais si vuestra madre fuera como esta mujer?
—Amarla, hijo mío —le contesté—; a la mujer que nos llevó en su seno siempre se la debe mirar como un ser sagrado.
— ¿Y si blasfemara como ésta?
—Del mismo modo debemos amarla; y más aún, porque los enfermos son los que necesitan del médico.

El niño, al oír mi contestación, me miró dulcemente, dibujándose en sus labios una sonrisa divina, y siempre he creído que, en aquella ocasión, el pequeñito fue intérprete de un espíritu del Señor, que teniendo piedad de mi desvarío, me envió uno de sus ángeles para recordarme mi deber.

Me acerqué a mi madre, que lanzaba gritos feroces; apoyé mis manos en su cabeza y a su contacto se estremeció.

Quiso huir, pero no pudo: sus piernas flaquearon, y estaba a punto de caer cuando la sostuve y la senté en una piedra.

— ¿Quién me toca?—preguntó con acento iracundo.
—Un ser que os compadece y que desea seros útil.
—Pues mira —me dijo, dulcificando la voz—, llévame a un desierto donde se pueda morir de hambre y de sed, porque yo quiero morirme, y no lo puedo conseguir.
— ¿Y por qué queréis morir?
—Para no padecer y para no cometer más crímenes.

Las palabras de mi madre parecían agudas flechas envenenadas que se clavaban en mi corazón, y yo hubiera querido que ni los árboles la hubiesen escuchado; por esto me apresuré a decirle:
— ¿Tendréis fuerzas para andar?
— ¿Por qué?
—Para llevaros a un lugar donde podáis descansar.
—Pero si yo no quiero descansar, yo quiero morir, porque me atormentan mis hijos.
— ¿Qué te atormentan tus hijos?
—Sí, sí ¡aquí están, aquí… llévame, llévame a donde yo no los vea!

—Y la infeliz mujer se levantó espantada, pero sin duda la debilidad producida por un ayuno prolongado le impidió dar un solo paso.

Yo la sostuve entre mis brazos y ordené a los niños que corrieran a la aldea a buscar hombres que trajeran una parihuela para colocar en ella a la pobre ciega.

Todos corrieron, pero como la fuente de la Salud dista mucho trecho de la aldea, tardaron largo rato en volver y yo tuve tiempo de torturar mi mente con los más horribles pensamientos.

Mi madre quedó sumergida en un letargo profundo.

Recliné su cabeza sobre mis rodillas, cubrí su cuerpo con mi capa, y me decía:

«He aquí las consecuencias de un crimen.

Si esta mujer hubiera sido buena, si me hubiera amado, ¡yo la hubiera querido tanto… tanto!… ¡Madre mía! Y aprendiendo un arte o un oficio, la hubiera mantenido con el producto de mi trabajo, y creándome una familia, mis hijos hubieran sido la alegría y el alivio de su vejez.

En cambio, con su abandono, yo me condené a vivir muriendo; y ella… ¡Cuánto debe de haber sufrido…! ¡Cuántos desaciertos habrán atraído sobre su cabeza enormes responsabilidades!

¡Cuan bien se comprende que en la culpa está el castigo!

Más desamparado quedé yo en el mundo que ella y, sin embargo, a costa de sacrificios me he rodeado de una numerosa familia, soy ministro de una religión y difundo la moral de Cristo.

¡Y ella…! No hay que preguntar cómo ha vivido, pues su tristísimo estado lo demuestra.

¡Ah, Señor, Señor, inspírame! ¡Yo quiero perdonar como tú perdonaste, yo quiero amar a esta desgraciada para devolver bien por mal, pues sólo practicaré tu ley!».

¡Qué hora tan solemne es la del crepúsculo vespertino!

La Naturaleza le dice al hombre: «¡Ora!», y el alma más rebelde siente una emoción inexplicable, y si no piensa en Dios, piensa en sus muertos y ruega por su eterno descanso.

Al fin volvieron los niños, acompañados de varios hombres que transportaron a mi madre a la aldea, y la llevaron a una casa que servía como de hospedería a los mendigos y de hospital para los enfermos, en particular para las mujeres, pues los hombres solían hospedarse en la Rectoría y en mi oratorio, porque nunca permití que se quedase en él ninguna mujer.

Mi pobre madre, a los quince días, estaba desconocida: su cuerpo, perfectamente limpio, estaba bien abrigado; sus enmarañados cabellos estaban cuidadosamente peinados y recogidos dentro de una cofia más blanca que la nieve; muy bien alimentada, reposaba tranquila, aunque a intervalos se exasperaba y decía que la llevasen a un desierto para morir de hambre y de sed.

Las buenas mujeres que cuidaban de las enfermas sin duda le debieron de hablar muy bien de mí, y hubieron de aconsejarle que hiciese una confesión general para descargar su conciencia, porque una mañana la vi entrar en la iglesia guiada por un niño.

Salí a su encuentro y me pidió que la escuchara.

La llevé a mi aposento, la hice sentar en mi sillón y le dije:
—Ya podéis comenzar.
—Tengo miedo de hablar.
— ¿Por qué?
—Porque he sido muy mala, y cuando sepáis quién soy, me echaréis de aquí, y aunque a veces quiero morir, ahora me encuentro tan bien… que temo perder este abrigo.

¡Hacía tanto tiempo que no dormía bajo techado…!

¡Cuánto sufría al escuchar sus palabras!; pero me repuse y le dije:

—No temáis de perder la franca hospitalidad que aquí habéis encontrado.

Yo, como sacerdote, tengo una obligación sagrada de amparar a los desvalidos, y nadie más desamparado que un ciego si reúne, como vos, la ceguera del cuerpo y la ceguera del alma.

Yo os juro que ningún día, mientras estéis en la tierra, padeceréis ni hambre ni sed.

Hablad pues, sin temor.
Entonces mi madre habló… y su relación fue tan horrible, que aunque ha pasado mucho tiempo, tanta impresión me causa el recordar su relato, que no tengo valor para trasladarlo al papel.

Sólo diré que tuve diez hermanos, y todos fueron abandonados, los unos al nacer, los otros cuando aún no podían andar.

Yo fui el más afortunado de todos.

Al saber que otros seres habían dormido en el mismo claustro materno donde yo pasé las primeras horas de mi existencia, traté de ver si podría encontrar a alguno de ellos, pero todo fue inútil, pues mi madre no recordaba ni lugares ni fechas.

La única que recordaba era la de mi nacimiento, como si la Providencia quisiera presentarme todas las pruebas para que no dudara de que aquella infeliz era mi madre.

Al hablar de mí, decía:
—Padre, se llamaba como vos: Germán. ¿Qué habrá sido de él? ¡Pobrecillo! Era muy humilde y sufrido; aunque tuviera hambre, nunca me pedía pan.

No era rencoroso ni vengativo, y eso que yo le atormentaba, porque no le quería.

Padre, ¿por qué será que a ése no le veo y a los otros diez los veo continuamente, que me amenazan y se convierten en reptiles que se enroscan a mi cuerpo?

¡Aquí están… aquí…!

—Y comenzó a llorar con tan profundo desconsuelo, lanzando unos gemidos tan desgarradores, que mi corazón se hacía pedazos, y no pude menos que atraer su cabeza contra mi pecho y llorar con ella.

Yo le hubiera dicho:
«¡Abrázame, soy tu hijo!», pero temí darle una emoción demasiado violenta, y, además, me parecía escuchar una voz lejana que me decía: «¡Espera… espera…!», y esperé.

¡Qué lucha tan horrible sostuve durante unos meses!

Puse a mi madre en casa de unos aldeanos, donde la trataban con el mayor cariño, y donde ella, cuando se vio buena y fuerte, comenzó a hacer grandes abusos que sirvieron de piedra de escándalo para los morigerados habitantes de la aldea.

Se embriagaba diariamente, cometía toda clase de excesos, pervirtiendo a varios jóvenes.

Los ancianos venían a darme cuenta de tales escándalos, nunca vistos en aquella localidad.

Yo amonestaba a mi madre, pero no me atreví a hablarle con dureza, y aquel espíritu necesitaba del Litigo para obedecer.

Cuando se le hablaba con ternura, su viciadísimo pensamiento le daba a mi tolerancia la más fatal interpretación; y al ver aquel ser tan impuro me desesperaba, y decía entre mí:
«¡Maldita, maldita sea la hora que dormí en tu seno!»

Pero inmediatamente me decía: «¡Perdóname, Señor! Cuando tú me la diste por madre, me impusiste la obligación de respetarla, de protegerla, de amarla, de acariciarla.

¡Es mi madre! Yo no tengo derecho a reprenderla», y la amonestaba pero con la mayor dulzura.

Ella me escuchaba, y a veces lograba conmoverla y lloraba y me hablaba de su hijo Germán.

Yo, aprovechando un día su enternecimiento, le indiqué que sabía algo de su hijo, le inventé una historia diciéndole que su hijo era compañero mío, que también era sacerdote, y que si ella enmendaba su conducta la estrecharía en sus brazos algún día.

Esta promesa produjo, por lo pronto, un resultado favorable.

Algo hablaba en su corazón, y dándome un estrecho abrazo, me prometió no embriagarse más; pero aquel espíritu, dominado por los más groseros instintos, volvió a caer de nuevo en la más espantosa y escandalosa degradación, y hasta a los niños hacía vergonzosas proposiciones.

Mi inusitada tolerancia causaba a todos la más profunda sorpresa, porque estaban acostumbrados a mi severidad y a mi rectitud, y mi pobre madre se hizo tan odiosa por su inmoralidad, que llegué a comprender perfectamente que mis feligreses comenzaban a mirarme con cierto recelo, creyendo que me unía a aquella desgraciada algún afecto impuro.

¡Cuánto luché en aquellos días!

Había momentos que me decidía a decir en alta voz: «¡Ésta es mi madre! Por eso no puedo tratarla con severidad»; pero en seguida veía deshacerse en un segundo mi trabajo de ocho años atrás.

Para imponerse a una multitud es preciso presentarse superior a ella, y cuando esa superioridad desaparece, todo cuanto se haga es inútil.

Después decía:
«Dado el caso de que me sigan queriendo y respetando, y que en consideración a mí toleren y aun compadezcan a mi madre, con sus vicios les doy un mal ejemplo.

Yo podré tolerar los abusos de mi madre, pero no tengo derecho para modificar ni escandalizar a los demás con ellos.

El hombre se debe a sus semejantes, no a sus afecciones exclusivas.

Los habitantes de esta pequeña aldea son mi familia espiritual, y mi deber es velar por su reposo.

Si mi mano derecha les da escándalo, debo cortármela; porque entre la torpe satisfacción de uno solo y la tranquilidad de muchos, siempre se debe preferir la mayor suma de bien; nunca debe el hombre pensar en sí mismo, sino en los demás.

Yo me encuentro débil para corregir a mi madre.

Cuando ella viene y me habla, mi corazón aumenta sus latidos, pero me desespero, porque conozco que sería capaz de todo, hasta de cometer un incesto; porque al hablarme de su hijo, siempre me pregunta algo que me lastima.

¡Qué desgracia la mía! No tuve al fin más remedio que escribirle a un amigo mío, sacerdote, que tenía a su cargo la enfermería de una asociación religiosa, para que en calidad de enferma fuese admitida mi madre y la sometiesen a un régimen curativo, único medio de dominar sus vicios.

Cuando mi madre supo que tenía que abandonar la aldea para ir a una casa de curación, se exasperó; pero conseguí calmarla hablándole de su hijo Germán, y acompañada por seis hombres, salió de la aldea colocada sobre una pacífica yegua que llevaba del diestro un joven y vigoroso aldeano.

Cuando la vi marchar, la acompañé hasta la fuente de la Salud y me quedé largo rato sumido en la más dolorosa meditación.

Toda mi vida había suspirado por mi madre, y cuando la hube encontrado, sus vicios y su desenfrenado libertinaje me habían impedido tenerla a mi lado.

Ha sido el espíritu más rebelde que he conocido.

Yo he dominado a hombres cuyos instintos sanguinarios llegaban hasta la crueldad más inconcebible, mujeres depravadas han temblado delante de mí, y de muchas he conseguido un verdadero arrepentimiento.

Pero sobre mi madre, la mujer que hubiera querido convertir en una santa, no he tenido poder alguno. ¿Será quizás un castigo? ¿Me habré creído, tal vez, en un momento de extravío, que yo tenía el poder de los ángeles buenos?

Si he tenido ese orgullo, justa y merecida ha sido mi humillación; ¡pero qué humillación tan dolorosa, Dios mío! Pero no, no es esto; yo siempre he reconocido mi pequeñez.

Al ver a mi madre no recordé que a los cinco años me abandonó, olvidé sus malos tratamientos, y dije:
—Esta mujer me ha dado el primer aliento, y cuando pequeñito, cuando empecé a sonreír, alguna vez me habrá dado un beso, y me habrá dicho: «¡Que hermoso eres, hijo mío!»

Y al pensar esto… mis ojos se llenaban de lágrimas, y seguía diciendo: «El hijo debe obediencia al padre», y si hubiera podido… yo la hubiera servido de rodillas.

A veces venía dominada por la embriaguez, y yo, que tanto he odiado ese vicio, al verla le daba un calmante, trataba de borrar las huellas de su extravío, y le decía en tono suplicante:
«¡Prometedme que no lo haréis más…! » Ella no comprendió que yo era su hijo porque estaba ciega; que si su mirada se hubiera cruzado con la mía… ¡oh! entonces… mi negativa hubiera sido inútil; mis ojos le hubiesen dicho lo que callaban mis labios.

¡Qué lucha, Señor… qué lucha! Pasaron muchos días, y al fin volvieron los seis aldeanos que habían ido a acompañar a mi madre.

Al verlos presentí una desgracia, porque se me presentaron graves y silenciosos, y el de más edad me dijo: «Padre, ya usted nos conoce, y sabe que sus mandatos para nosotros son un precepto de la santa ley.

Así es que atendimos a la pobre ciega como si hubiera sido nuestra hija.

Llevábamos diez días de viaje, y una tarde hicimos alto ante un desfiladero para reposar un momento, y, cosa rara, la yegua Corinda, que era mansa como un cordero, se encabritó, dio un bote, rompió la rienda y se lanzó a galope tendido, saltando zanjas y precipicios, y la ciega, agarrada a las crines azuzaba a su cabalgadura para que corriera.

Fuimos tras ella, pero pronto nos convencimos de que todo era inútil, porque desapareció de nuestra vista en mucho menos tiempo que empleamos en decirlo; cuatro día s hemos pasado entre aquellos vericuetos; pero, como no es posible descender al fondo de aquellos abismos, no hemos podido encontrar sus restos.

Usted dice que no existe el diablo, pero obra suya parece lo que nos ha sucedido».

No supe qué contestar a aquel relato. El dolor y el remordimiento me hicieron enmudecer y me obligaron a dejarme caer en mi lecho, donde permanecí muchos días entre la vida y la muerte.

Yo decía: «Si se hubiera quedado aquí, tal vez no hubiese muerto.

Por otra parte, veía que era del todo imposible, porque el hombre que se consagra al sacerdocio tiene obligación de velar «por el pueblo que se pone bajo su amparo, y debe evitar todo cuanto le sea pernicioso a su gran familia».

¿Qué hacen los padres? ¿No apartan a sus hijos de las malas compañías?

Hay prostitutas que encierran a sus hijas en un convento para que no se contagien con el vicio de su madre.

Hay bandidos que le ocultan a sus hijos su modo de vivir para que éstos vivan honrados en la sociedad; entonces… yo he cumplido con mi sagrado deber alejando de la aldea a la que era piedra de escándalo, pervirtiendo a las jóvenes y a los niños; ¡pero aquella mujer era mi madre!

Yo nunca la había visto sonreír, pero se me figura que alguna vez, mirándome, se habría sonreído; y como la sonrisa de una madre es la sonrisa de Dios… yo soñaba haber sido objeto de una de esas sonrisas; y lloraba, sin saber definir mi sentimiento.

Me quedó una melancolía tan profunda, que ni los niños lograban distraerme, y no sé si hubiera sucumbido si un gran acontecimiento no hubiese dada nuevo giro a mis ideas.

Año y medio después de la muerte de mi madre, conocí a la niña pálida, la de los rizos negros, la que cuando era pequeñita quería venir hacia mí, atraída por mi voz, cuando yo decía:
«¡Vengan a mí los niños, que son los limpios de corazón!».

¡Ay! cuando me preguntó: «Padre, ¿es pecado querer?», cerré los ojos y dije: «¿Por qué no vendrá un rayo y nos destruirá a los dos?»

Después los abrí, miré, pensé en los habitantes de mi aldea y razoné del modo siguiente: «Ellos toman ejemplo de mí, y yo debo cumplir con mi deber; quiero huir de la culpa, porque en ésta está el castigo».

Y gracias a Dios, mi familia universal no ha tenido esta vez que avergonzarse de su padre.

He sufrido, he luchado, he hecho pedazos mi corazón, pero he vencido dominando mis pasiones, que es lo que el hombre debe tratar de dominar primero.

Si uno no es dueño de sí mismo, no espere tener fuerza moral; ésta se adquiere cuando uno ensaya su potencia dominando sus deseos, porque entonces se convence a las multitudes, no con vanas palabras, sino con hechos que tienen la elocuencia de una demostración matemática.

Los hechos entran dentro de las ciencias exactas, su verdad innegable convence hasta a aquellos que son incrédulos por sistema.

Amalia Domingo Soler

Memorias del Padre German