José AniorteEl principal objetivo de los seres humanos es el conseguir la evolución de su Espíritu. Por evolución debemos entender todo a que suponga el adquirir nuevos conocimientos sobre la razón de nuestra vida y formas de vivirla, practicando un alto nivel de moralidad y un fiel sentido del bien y del mal. Todo lo contrario sucede con aquéllos que se dejan dominar por los atractivos ofrece la vida, entrando en una especie de competición para obtener la mayor cantidad posible de bienes materiales; dejándose llevar por la falsa ilusión de que con estos bienes conseguidos, tendrán la felicidad y el bienestar para siempre, cuando esto sólo es un espejismo en el desierto de la vida. Inesperadamente llega el momento de la verdad y que tanto teme el ser humano. Atendiendo a la “muerte” llega el instante en que tenemos que dejar aquí el cuerpo físico, y todo el caudal obtenido; sólo llevaremos con nosotros el bien o el mal que hayamos realizado. En el Más Allá nos encontramos con la inevitable responsabilidad de nuestros actos. Dijo Jesús: “allí será el llanto y el crujir de dientes”.

Ya está llegando para este mundo, como antes llegó para otros mundos semejantes a éste, los tiempos decisivos; ya se está viendo el comienzo de un importante cambio en la estructura del planeta. Los acontecimientos ya se están produciendo en algunos lugares, y se irán extendiendo a todas las regiones del mar y de la tierra. Este cambio es necesario para mejorar las condiciones en
las que deberá vivir la población del futuro. Será un mundo nuevo para una humanidad renovada.

Mucho fue ya realizado en el siglo XX con la divulgación del Espiritismo, para proporcionar a la mentalidad humana, conocimientos más adelantados con respecto a siglos pasados.
Esto se ha hecho con mucha dificultad, debido a la persistente inclinación de los hombres por conseguir objetivos materiales, que en cierto modo, son contradictorios a su integridad espiritual.

Con la transformación que ya se está iniciando en la estructura de nuestro mundo, para elevar las condiciones de vida de toda la población, a un nivel hasta ahora desconocido en la Tierra, es necesario que los seres humanos estén preparados y dispuestos, para hacer cada uno la parte que le corresponda. Es indispensable el establecer una seria autocensura de nuestros pensamientos y dirigir nuestros actos hacia la corrección y equilibrio moral, requeridos para el progreso espiritual que nos apremia.

La desmedida influencia negativa que continuamente se recibe del plano invisible, sólo es posible por la afinidad y atracción que gran parte de la humanidad, tiene con el bajo astral.

La inmoralidad y pasiones descontroladas, atraen un numeroso enjambre de miasmas, que desde los planos invisibles se infiltran en el ambiente terreno, para en él alimentarse como parásitos de la mente humana. Esto sólo podría disminuir con la voluntad y esfuerzo en mejorar los pensamientos y acciones en nuestra vida cotidiana. Esta influencia destructora que ejercen estos miasmas malignos, producidos por los pensamientos inferiores y pasiones de mentes enfermas y desequilibradas, desde el mundo astral y también desde el físico, se unen por afinidad formando nubes compactas que se estacionan en nuestro hábitat, ejerciendo su influencia y manipulación allí donde encuentran un ambiente propicio para satisfacer sus perniciosas necesidades.

Cada pensamiento originado por el mundo infinito de las inferioridades humanas, da origen a la formación de muchísimos miasmas en el plano mental; allí se desenvuelven y crecen, mediante el alimento continuo que reciben de los pensamientos insanos. Estos efluvios malignos, se multiplican y forman grandes legiones que pasan a influenciar a las criaturas que los atraen, de tal manera que es lamentable la ignorancia de los afectados, que ni ellos mismos saben o imaginan la influencia que están recibiendo. Debido a la gravedad de este tema quiero insistir en que cada uno de nosotros, ponga todo su empeño en eliminar en lo posible, y controlar esta especie de alimento mental en estado negativo que se le proporciona a estos insaciables miasmas; sustento formado con los pensamientos y deseos incorrectos.

Todos los espíritus encarnados, destinados a vivir aquí en la Tierra, desde el primer momento tenemos asistencia espiritual.
Nadie se encuentra solo, con la salvedad de que a medida que el cuerpo se desarrolla y nuestro Espíritu toma conocimiento de la realidad, manifestándose su verdadera identidad, él mismo atrae la clase de espíritus con los que tiene afinidad, a través de sus pensamientos, formas mentales y actuaciones. La influencia buena o mala que podamos atraer a lo largo de nuestra vida, es responsabilidad de cada uno. Todas nuestras acciones, creaciones mentales e intenciones, es decir, todo lo que hacemos, decimos o pensamos queda registrado en la memoria espiritual, además de quedar al descubierto ante los seres invisibles que nos observan y nos acompañan a todos lados.

Es conveniente prestar especial atención a estas líneas, porque aquéllos que piensan que están solos y que parte de su vida es secreta, están completamente equivocados; como ya he dicho, somos observados y nuestra conducta examinada.

En nuestra mente se graba todo, creando un mundo real para nosotros: un mundo luminoso de paz o un mundo de sombras y sufrimiento. Por esta razón cuando el Espíritu regresa a su verdadera patria, si su vida ha sido ordenada y positiva, se sentirá feliz al encontrarse en un mundo de claridad, con muchos amigos que sonrientes, le recibirán extendiendo sus brazos. Si por el contrario durante su vida, sólo ha dado satisfacción a los placeres vulgares, quedará horrorizado al encontrarse en un mundo tenebroso y solitario, donde sólo escuche voces que le recriminan y amenazan, y en medio de este tormento, pedirá ayuda y no le escucharán, porque como ya dije anteriormente, sólo el arrepentimiento sincero le sacará de esa situación, encontrando entonces la ayuda necesaria para emprender el camino de rectificación de sus frivolidades.

Siempre que regresamos para una nueva vida física, nuestros guías espirituales nos conceden todo aquello que hemos sabido ganar con nuestro buen hacer, aunque no para satisfacer los placeres materiales, sino para el trabajo espiritual a favor de nuestro prójimo, y especialmente para el progreso espiritual personal. Es necesario que esta idea se mantenga siempre viva en nosotros, para no dejarnos influenciar por las futilidades de la vida, que siempre tenderán a desviarnos de nuestro objetivo.

El mundo terreno es conocido como el mundo de los efectos, porque todo lo que en este plano físico sucede, primero fue engendrado o mentalizado en el mundo de las causas. Esto es tan verdadero y demostrable que si cada uno de nosotros quiere iniciar y realizar un trabajo positivo en pro de la humanidad, sólo tiene que mentalizarlo y solicitarlo a Nuestro Señor Jesús; si el pedido es sincero, será atendido y la petición concedida a cada uno según su capacidad y facultades. Con esto el Espíritu se sentirá feliz de ser un nuevo servidor de nuestro Buen Jesús.

El progreso y la felicidad del Espíritu, depende del estado mental que esté experimentando con la práctica de fines elevados de carácter espiritual, para ayuda de sus semejantes, con la renuncia y sacrificio de sus propios bienes materiales para conseguir con esto su redención.

El desenvolvimiento de este tema que relato, no es una teoría personal. Yo sólo estoy divulgando una ley divina, la cual está al alcance de todos los que deseen emplearla para evolución de su Espíritu. El deseo de perfeccionamiento se tiene que ir formando vida tras vida, y el despertar hacia una vida espiritual, dependerá del esfuerzo y ambición de progreso de cada uno. Este esfuerzo es de naturaleza mental y consiste en despertar ese deseo en el corazón del ser humano, hacia algo más positivo y elevado que la vida puramente material.

Todos los espíritus que tienen un grado elevado de iluminación espiritual, se empeñan día y noche en ayudar y mantener viva en el subconsciente del ser humano, la idea de todo aquello que en el mundo espiritual concibieron y prometieron llevar a la práctica en la presente existencia, llegada la edad de razonamiento. Pero cuando este momento se presenta, la mayoría nos dejamos dominar por las ideas que predominan en el ambiente material, olvidando o más bien dejando en un plano estacionado, los compromisos adquiridos antes de reencarnar en este planeta, pasando con ello a recorrer los mismos caminos de fracaso que ya andamos en otras existencias, sin dar un paso adelante en el progreso moral, y perdiendo quizás la última oportunidad.

El proceso de renovación se está dando en todos los sectores de la vida terrena, apartando de esta esfera a todas las criaturas humanas, que no estén en condiciones morales de acompañar al nuevo sistema de vida, que será implantado en la Tierra durante este siglo.

Las reencarnaciones se suceden desde las esferas más ennegrecidas hasta las más claras y brillantes del mundo sideral, y todas ellas tienen un mismo objetivo: la evolución moral de todos los seres, por medio del trabajo que deben realizar, en el ambiente más o menos peculiar de cada una de las esferas o mundos donde les corresponda vivir.

No adelantamos nada alegando ignorancia o cualquier otro impedimento, para dejar de cumplir con aquello que asumimos en el espacio. A todos los que manifiesten semejante alegación, yo les diría que una de las mayores preocupaciones de los espíritus que dirigen el movimiento renovador de la Tierra, es precisamente alertarnos, prevenirnos y aconsejarnos de forma continua, sobre todo en las horas de sueño, para que nos alejemos de la vida materializada, y recordemos los buenos consejos que recibimos y los buenos propósitos que hicimos en el plano espiritual antes de nacer.

Nadie jamás ha practicado en la Tierra un acto violento deshonesto o injusto, sin que antes haya oído esa voz interior y amiga, la conciencia, diciéndole: ¡no deberías actuar de este modo! ¡Lo que estás haciendo está mal! Felices y dichosos los que escuchan esta voz amiga y con humildad rectifican el sentido de sus actos, haciendo lo que su conciencia les dicta como correcto.

Hay muchas personas compartiendo el ideal espírita, que aún se dejan dominar por sentimientos como el orgullo, la vanidad o el egoísmo, y que su íntimo les dice que su personalidad debe prevalecer sobre el bienestar y felicidad de sus semejantes. Estas personas cometen las mismas faltas del pasado, cuando hicieron todo lo posible para imponer su voluntad y conveniencia, despreciando la justicia, la bondad y el amor al prójimo. El conocimiento del Espiritismo, puede colocar en el verdadero camino a todos los seres humanos que puedan encontrarse sufriendo las fatales consecuencias de actos condenables, cometidos en ésta o en otra existencia anterior. La doctrina espírita nos muestra el camino de amor al prójimo, como nos enseñó Jesús. He aquí uno de sus preceptos: “haz a los otros todo aquello que quieras para ti”. Esta doctrina no es nueva, nos la enseñó Jesús hace dos mil años, y el Espiritismo tiene sus bases morales sentadas en ella.

Los tiempos anunciados para el fin de esta civilización, se están acercando y nadie puede detenerlos. Esto no quiere decir que tengamos que postrarnos implorando ayuda para sobrevivir a los acontecimientos, porque esto sería un acto de cobardía, sin solución. Nuestro cuerpo puede perecer, y en realidad antes o después sucede así, pero nuestro Espíritu que es el ser pensante, siempre sobrevive porque es inmortal, como el propio Dios que lo creó.

Ya han pasado dos mil años desde la venida de nuestro Buen Jesús, tiempo más que suficiente para que en este mundo, se hubieran efectuado cambios importantes en la manera de vivir de todos los espíritus que periódicamente han ido reencarnando.
Al contrario de lo que tenía que haber sucedido, esta humanidad enloquecida, durante estos dos mil años, ha querido aniquilarse con guerras sucesivas, invadiendo y exterminando el más fuerte al más débil, cometiendo toda clase de injusticias para satisfacer sus desmedidas ambiciones. Y lo más terrible de todo es que las propias instituciones religiosas, utilizando siempre el nombre de Dios para justificar sus crímenes, han participado o apoyado estas contiendas, si con ello aumentaban su poder y riquezas.
Hasta hoy se ha mantenido en este mundo, esta ignominiosa realidad.

Finalmente hemos llegado al siglo XXI, que es el siglo del cambio, y esta humanidad ciega por su codicia, de forma inconsciente está cooperando y acelerando este cambio. Muchos millones de espíritus tienen que regresar al plano espiritual, para dar cuenta sobre las existencias que han vivido y deberán tomar conocimiento del nuevo destino que deben seguir.

La unión de todos los pueblos de la Tierra está próxima, no falta mucho para que esto sea una realidad. Dos importantes factores han impedido que esta unión exista ya desde hace siglos, manteniendo a los pueblos en constante discordia: las numerosas religiones que existen en la Tierra ha sido el primer factor, y la ambición de dominio sobre los demás, ha sido el segundo. Pero esta especie de murallas que los hombres levantaron alrededor de las religiones, que ellos mismos crearon, ya se están derribando.

La misión de cada una de estas religiones, antes de ser manipuladas por intereses particulares, es encaminar a cada uno de sus adeptos hacia Dios, por el camino que les parece más corto o acertado. Y si este es el objetivo generalizado, ¿por qué ese choque continuo de ideas y civilizaciones? Estas confrontaciones se han dado durante miles de años y aún se dan. Por esa razón la humanidad terrena, durante tantos siglos, viene caminando a pasos demasiado lentos. En tales circunstancias el mundo mayor, considera que esa lentitud se justifica en parte, si se relaciona con el atraso espiritual de los seres humanos aquí encarnados.

Esta fase, ya está llegando a su fin y los pilares que las religiones del pasado han construido, se están destruyendo, para dar paso libre a este prodigioso elemento de progreso universal, representado por la doctrina de los espíritus; capaz de conducir a los seres humanos a la realización de sus más bellas aspiraciones de progreso y felicidad, donde quiera que se encuentren.

La doctrina espírita proporciona a cada uno su autodeterminación, teniendo como objetivo la iluminación del Espíritu para que él mismo pueda conducirse bien por el camino que escogió.

 

José Aniorte Alcaraz

Elucidaciones Espíritas