LA CIENCIA

Un lecho de flores

 Nosotros tenemos formada una idea respecto al Omnipotente.

Creemos como Allan Kardec que, es la Soberana y Suprema Inteligencia; Único, Eterno, Inmutable, Inmaterial, Omnipotente, Soberanamente Justo y Bueno e Infinito en sus Perfecciones.

Creemos que la Creación es obra suya, y la consideramos como el fruto sazonado de su sabiduría, como el resultado natural de sí mismo, como el reflejo de su propia luz, como la esencia de su Ser, como el sonido de su voz, pero no creemos que formó a las humanidades para que estas le rindieran homenaje; las debió crear porque con ellas se completa el conjunto armónico de la vida, porque los mundos sin moradores serían improductivos, y habitados, son grandes laboratorios donde los hombres trabajan, y con su progreso cumplen la misión divina impuesta por Dios a los espíritus, que es su perfeccionamiento indefinido sin llegar nunca a la suprema perfección; porque ésta sólo la posee Dios.

Mas estos homenajes de las religiones, estos cultos, estas ceremonias son creadas por los hombres, pero no necesarias para Dios, no tiene el Creador que asegurarse de la adoración humana, porque Él se ve adorado por su propia Obra.

La naturaleza entona un himno de alabanza que nunca cesará, y la adoración del hombre es un sentimiento que se irá desarrollando según vaya adelantando en conocimientos; pero civilizándose o estacionándose, el hombre vivirá eternamente, y viviendo, la continuidad de su vida testifica la Omnipotencia de Dios; el cual no necesita homenajes porque su potencia creadora se lo rinde, adorado de las humanidades, o negado y olvidado de las generaciones.

¡Dios es todo, y todo está en Él! ¡Principio incomprensible de la vida! ¡Causa eterna de todo lo creado! ¡Misterio de los siglos!

¡Arcano de la eternidad! ¡Motor de los mundos! ¡Fuerza inextinguible¡, Tú no tienes que asegurarte de la adoración de los terrenales. Todos los Universos te rodean porque todos obedecen tus leyes.

¿Qué es la ciencia? El conocimiento claro y cierto de las cosas, fundado en principios evidentes o en demostraciones.

La ciencia denota el conjunto de los acontecimientos humanos sobre las cosas visibles e invisibles; el conjunto de saber que los hombres han adquirido por medio de la observación, de la razón y de la experiencia.

En este sentido habló Bacon cuando dijo: “La ciencia es poder; este es el gran instrumento de la civilización, el gran vehículo de la felicidad humana, el gran impulso que recibe el hombre para encaminarse a la perfección de su ser.

La ciencia es lo que hermosea la vida, lo que ennoblece su destino, lo que constituye la dignidad y el ornamento de la sociedad.

Sin los auxilios de la ciencia, una familia humana, por muy favorables que sean sus condiciones orgánicas y locales, apenas se distinguirá de una tribu de salvajes; porque la acción y el influjo del saber, abrazan todos los elementos de la sociabilidad, la legislación, el culto, la moral, la administración de justicia, la conservación de la salud, la teoría de la riqueza pública, las artes útiles, las de imitación; en fin, todo aquello en que el hombre se distingue de las bestias”.

Esto dice Serrano en su diccionario Universal, y si de la ciencia se necesita para todos los actos de la vida, cuánto más debe necesitarse para las creencias religiosas que son el principio fundamental del adelanto moral de las humanidades.

Por esto el sistema de la Creación debe admitirse porque es lo más lógico, porque es lo más racional, porque es lo que mejor responde al orden de todas las cosas.

Escuchemos a Kardec en su libro de los espíritus, capítulo 1, párrafo 4: “¿Dónde puede encontrarse la prueba de la existencia de Dios? Es un axioma que vosotros aplicáis a vuestras ciencias: no hay efecto sin causa.

Buscad la causa de todo lo que no es obra del hombre, y vuestra razón os responderá”.

“Para creer en Dios, basta extender la vista sobre las obras de la Creación. Existe el Universo; luego hay una causa”.

“Dudar de la existencia de Dios, sería negar que todo efecto tiene una causa y adelantarse a decir que la nada ha podido crear alguna cosa”.

“¿Qué consecuencia puede deducirse del sentimiento intuitivo, que todos los hombres llevan en sí mismos de la existencia de Dios? ¡Dios existe! Y si no ¿De dónde le vendría ese sentimiento si no descansara sobre algo? Esta es volvemos a decir, una consecuencia del principio que no hay efecto sin causa”.

“El sentimiento íntimo de la existencia de Dios que tenemos ¿No sería resultado de la educación y producto de ideas adquiridas? Si fuese así ¿Cómo tendrían el mismo sentimiento los salvajes? Si sólo fuese producto de la educación, el sentimiento de la existencia de un ser supremo, no sería universal, y como las nociones de la ciencia, existiría únicamente en los que hubiesen recibido semejante instrucción”.

“¿Podría encontrarse la primera causa de la formación de las cosas en las propiedades íntimas de la materia? Pero entonces ¿Cuál sería la causa de estas propiedades? Siempre se necesita de una causa primera”.

“Atribuir la primera formación de las cosas a las propiedades íntimas de la materia, sería tomar el efecto por la causa, porque estas mismas propiedades son efecto que debe tener causa”.

“¿Qué hemos de pensar de la opinión que atribuye la primera formación a una combinación casual de la materia, esto es el acaso? Esto es otro absurdo. ¿Qué hombre de buen sentido puede mirar el acaso como un ser inteligente? Y además… ¿Qué es el acaso? Nada”.

“La armonía que regula los resortes del Universo descubre combinaciones y miras determinadas, y por esto mismo revela un Ser Inteligente.

Atribuir la primera formación al acaso, sería un contrasentido, pues el acaso es ciego y no puede producir los efectos de la inteligencia, un acaso inteligente no sería un acaso”.

“¿Dónde se ve en la primera causa, una inteligencia primera y superior a todas las inteligencias? Vosotros tenéis un proverbio que dice: por la obra se conoce el artífice. Pues bien, considerad la obra, y buscad el artífice.

El orgullo es el que engendra la incredulidad.

El hombre orgulloso no ve nada superior a él, y ésta es la causa de que se califique de Espíritu fuerte.

¡Pobre ser que un soplo de Dios puede anonadarlo!”

“Por las obras se juzga el poder de una inteligencia; y como no hay ser humano que pueda crear lo que produce la naturaleza, la primera causa, pues, será una inteligencia superior a la humanidad”.

“Sean las que fueren las maravillas producidas por la humana inteligencia, esta misma inteligencia tiene una causa y cuanto más grande es lo que aquella llega a producir, más grande debe ser la causa primera.

Esta inteligencia es la causa primera de todas las cosas, sea cual fuera el nombre con que el hombre la designe”.

Es muy cierto, y por esto el sistema de la Creación es una creencia científica y como tal debe admitirse.

Para nosotros el primer libro santo es la razón del hombre, ese yo pensante, es ese raciocinio que nos sirve para usar nuestro entendimiento, nuestra comprensión, y con el trabajo de nuestra inteligencia, podemos formar juicio exacto de las cosas.

Creer sin pensar, es vivir sin ver, y el sistema de la creación no debe aceptarse dogmáticamente, sino por el profundo convencimiento científico.

La fe religiosa debe fundarse en la ciencia, y así será inquebrantable, porque como dice Kardec: “los descubrimientos de la ciencia glorifican a Dios en vez de rebajarle; no destruye sus leyes, sino las que los hombres han imaginado y las falsas ideas que han dado de Dios”.

“¿Para qué es el hombre, el rey de la Tierra? Para ejercer dignamente la soberanía de su inteligencia, para estudiar, aprender, analizar y definir, no para confesar que acepta una doctrina religiosa, no a título de adquisición científica, sino porque la revelación primitiva se lo ordena.

Para esa obediencia pasiva no fue creado el Espíritu; porque la revelación primera la tiene el hombre en sí mismo, en ese rayo divino que fulgura en su frente, en ese yo eterno que engrandece su ser, en esa luz maravillosa que irradia de su cerebro que en lenguaje se llama razón. El hombre debe conocer la existencia de Dios al sentir en él los efluvios de la vida; no porque se lo diga éste o aquél, sino porque él debe sentir su influencia divina; pero vemos con profunda pena que los teólogos se confunden y luchan, y concluyen negando los unos y los otros la grandeza del Ser Supremo; cada uno a su modo”.

“¿Están habitados todos los mundos que circulan en el espacio?

¡Sí! Y el hombre de la Tierra está muy lejos de ser el primero en inteligencia, en bondad y en perfección como él presume.

Sin embargo, hay hombres que se creen bastante autorizados para aseverar que este pequeño globo, es el único que tiene el privilegio exclusivo de ser habitado por seres racionales.

¡Qué orgullo y qué vanidad! Creen que Dios ha creado el universo para ellos solos”.

“Dios ha poblado los mundos de seres vivientes, que concurren todos al objeto final de la Providencia.

Creer que los seres vivientes están limitados sólo al punto del universo que habitamos, sería poner en duda la sabiduría de Dios, que nada ha hecho inútil.

A estos mundos le ha debido designar un fin más serio que el de recrear nuestra vista.

Por otra parte, ni la posición, ni el volumen, ni la constitución física de la Tierra, pueden hacer suponer razonablemente, que tenga el privilegio de estar habitada con exclusión de tantos millares de mundos semejantes”.

“¿Es una misma la constitución física de los diferentes globos?

¡No! Ni se asemejan en nada”.

“¿No siendo una misma la constitución física de los mundos, puede que los seres que los habitan tengan diferente organización? Sin duda alguna, a la manera que el vuestro, los peces están hechos para vivir en el agua, y las aves en el aire”.

“¿Los mundos más lejanos del Sol están privados de la luz y del calor, puesto que sólo lo ven en apariencia de una estrella? ¿Creéis por ventura que no hay otros manantiales de luz y de calor que el Sol, y contáis acaso nula la electricidad que en ciertos globos produce unos efectos mucho más importantes que en la Tierra y que os son del todo desconocidos? Además nadie os ha dicho que todos los seres vean de la misma manera que vosotros, y con órganos confeccionados como los vuestros”.

“Las condiciones de existencia de los seres que habitan los diferentes mundos deben ser apropiados al centro en que están llamados a vivir.

Si nunca hubiésemos visto peces, no comprenderíamos que en el agua pudiesen vivir seres animados.

Lo propio sucede con respecto a otros mundos que sin duda encierran elementos que nos son desconocidos.

¿Acaso no vemos en la Tierra las largas noches polares, iluminadas por la electricidad de las auroras boreales? ¿Hay algún imposible de que en ciertos mundos la electricidad sea más abundante que sobre la Tierra, y ejerza sus funciones generales cuyos efectos no podemos comprender? Estos mundos pueden contener en sí mismos los manantiales de calor y de luz necesarios a sus habitantes”.

¿Quién puede dudarlo? La vida germina y funciona en toda la Creación, y la Tierra no es más que uno de sus planetas donde el alma pensadora no encuentra realizado el ideal de su sueño.

Pesa sobre la Tierra una gran calamidad; pero escuchemos a Víctor Hugo: “Hay una gran desgracia en nuestro tiempo, y casi por decir que no hay más que una desgracia, la cual es una tendencia a colocarlo todo en esta vida”.

He aquí una gran verdad, el materialismo niega el más allá y las religiones no aceptan más que la Tierra como centro de acción de las humanidades.

Los unos y los otros, le arrebatan al hombre lo más hermoso, la esperanza; lógica basada en la profunda convicción de un ilimitado porvenir.

Afortunadamente una antigua escuela filosófica renace hoy a la vida del estudio, y preocupa a muchos sabios. Víctor Hugo y Allan Kardec son adeptos de ella; escuchemos al primero hablando de la certeza del porvenir:

“Al dar por fin al hombre la vida terrestre y material, se agravan todas las miserias por la negación, que es su término, se añade al abatimiento el peso insoportable de la nada, y de lo que no era más que el sufrimiento, es decir, la ley de Dios, se hace la desesperación, de decir, la ley del infinito; de aquí provienen las profundas convulsiones sociales”.

“Ciertamente no soy de los que quieren, con un inexplicable ardor, y por todos los medios posibles, mejorar en esta vida la suerte material de los que sufren; pero las primeras de las mejoras, es darles la esperanza.

¡Oh! Y cómo se aminoran nuestras miserias finitas cuando se mezclan a ellas una esperanza infinita”.

“Nuestro deber, cualesquiera que de nosotros seamos, legisladores u obispos, sacerdotes o escritores, es esparcir, prodigar bajo las formas, toda la energía social, para combatir y destruir la miseria. Y al mismo tiempo hacer levantar todas las cabezas hacia el cielo, dirigir todas las almas, volver todas las esperanzas hacia una vida ulterior donde se hará justicia a todos. Digámoslo de una vez: nadie habrá sufrido injusta e inútilmente. La muerte es una restitución”.

“La ley del mundo material es el equilibrio; la ley del mundo moral es la equidad. Dios se halla al fin de todas las cosas; no lo olvidemos y enseñémoslo a todo el mundo. No habría ninguna dignidad en vivir, ni esto merecería la pena, si debiera morir todo en nosotros; y lo que santifica la labor y aligera el trabajo, lo que hace al hombre fuerte, bueno, sabio, paciente, benévolo, justo, humilde y grande, a la par digno de la libertad, es tener delante de sí la perpetua visión de un mundo mejor, irradiando a través de las tinieblas de esta vida”.

“Por lo que a mí toca, yo creo en ese mundo mejor; mundo mil veces más real a mis ojos que esta miserable quimera que devoramos y que llamamos vida; mundo que tengo sin cesar a mi vista, mundo el cual creo con toda la fuerza de mi convicción, y que las largas luchas, afanosos estudios y fuertes pruebas, han venido a ser a un tiempo mismo, la certidumbre suprema de mi razón y el supremo consuelo de mi alma”.

Consuelo supremo es sin duda la certidumbre de la continuidad de la vida; y el medio más seguro para el progreso del Espíritu, que como dice muy bien Allan Kardec en la conclusión de su filosofía, párrafo IV:

“El progreso de la humanidad tiene su principio en la aplicación de la ley de justicia, de amor y de caridad, y esta ley está fundada en la certeza del porvenir. Quitad esta certeza y quitaréis a esta ley su piedra fundamental. De semejante ley derivan todas las otras, porque ella contiene todas las condiciones de la felicidad de los hombres. Sólo ella puede curar las plagas de la sociedad, y el hombre puede juzgar, comparando las edades y los pueblos, ¡Cuánto mejora su condición a medida que esa ley se comprende y practica mejor! Si una aplicación parcial e incompleta produce un bien real, ¡Qué no será cuando ella venga a ser la base de todas las instituciones sociales! ¿Pero es esto posible? ¡Sí! Puesto que si ha dado diez pasos, puede dar veinte y así sucesivamente.

Puede, pues, juzgarse el porvenir por el presente.

Ya estamos viendo extinguirse poco a poco las antipatías de pueblos a pueblos; los valladares que los separaban caen ante la civilización, se dan la mano de un extremo a otro del mundo; mayor justicia preside a las leyes internacionales; las guerras son de menos en menos frecuentes, y no excluyen los sentimientos humanitarios; se establece uniformidad en las relaciones; las distinciones de razas y castas desaparecen, y los hombres de distintas creencias acallan las supersticiones de sectas, para confundirse en la adoración de un solo Dios. Nos referimos a los pueblos que marchan a la cabeza de la civilización”.

“Bajo todos estos aspectos estamos aún lejos de la perfección y quedan todavía por reducir muchas ruinas antiguas, hasta que hayan desaparecido los últimos vestigios de la barbarie.

Pero esas ruinas, ¿Podrán haberlas con la potencia irresistible del progreso, de esa fuerza viva que también es una ley de la naturaleza? Si la generación presente está más adelantada que la pasada, ¿Por qué la que nos sucederá no ha de estarlo más que la nuestra? Así será por la fuerza de las cosas, ante todo, porque con las generaciones desaparecen diariamente algunos campeones de los antiguos abusos, constituyéndose así, y poco a poco, la sociedad de nuevos elementos que se han librado de las antiguas preocupaciones.

En segundo lugar, porque, queriendo el hombre progresar, estudia los obstáculos, y se consagra a destruirlos.

Desde el momento que es incontestable el movimiento progresivo, el progreso venidero no puede ser dudoso.

El hombre quiere ser feliz, lo que es natural, y sólo busca el progreso para aumentar la suma de felicidad, sin la cual carecería aquel de objeto.

¿Dónde estaría el progreso para el hombre, sino le hicieran mejorar de posición? Pero cuando posea la suma de goces que puede dar el progreso intelectual, percibirá que no es completa su felicidad.

Reconocerá que ésta es imposible sin la seguridad de las relaciones sociales. Semejante seguridad sólo puede encontrarla en el progreso moral.

Luego por la fuerza de las cosas, él mismo dará esa dirección al progreso, y el Espiritismo le ofrecerá la más poderosa palanca para el logro de su objetivo”.

“Ciertamente hace falta que los pueblos progresen, porque ya encarnan en nuestro planeta espíritus amantes de la luz; pero que sometidos al dogmatismo y las tradiciones detienen el vuelo de su pensamiento”.

“Las religiones con sus limitaciones, con sus pequeñísimos horizontes o tendrán que entrar en la vía del progreso, o les será forzoso descarrilar; porque indudablemente los cultos se van, y la razón se viene.

La tradición quiere vencer al progreso, pero este vencerá a la tradición, porque el progreso es la suma de todos los grandes ideales; y aunque encuentre a su paso obstáculos insuperables los vencerá con la potencia de su voluntad que como dice oportunamente Castelar: “Poned diez mil hombres que arrastren un tren y no podrán moverlo, y el vapor de una máquina devorará el espacio”.

Nosotros decimos que el vapor de la idea racionalista religiosa, devorará las edades, y será el racionalismo filosófico, será el Espiritismo científico, el gran ideal de todos los hombres del porvenir.

 

Amalia Domingo Soler