La luz que nos guía

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Con este prólogo doy comienzo al nuevo libro La Luz que nos guía, recopilado y seleccionado de entre los mejores escritos de esta insigne escritora del Espiritismo Amalia Domingo Soler. Yo me siento feliz y eternamente agradecido a este Espíritu amigo al que tanto quiero, por haberme utilizado como instrumento para dar a conocer, en todos los países de habla hispana, lo mejor de sus escritos.

Hoy que hemos visto en nosotros la muerte del hombre viejo, con sus vicios y sus debilidades, dando paso al nacimiento del hombre nuevo, deseoso de cambiar y luchar para conseguir su transformación, para descubrir la verdad y conseguir la paz que nuestro Espíritu, hambriento de justicia desea. Esta nueva vida nos marca el rumbo que debemos seguir y sin embargo nuestro organismo, deformado por la vejez, entorpece nuestro paso, buscando nuestro cuerpo un hoyo en la tierra, mientras nuestro Espíritu pretende ser un nuevo habitante en los mundos de Luz. Nosotros somos hijos de Dios, la fe y la creencia nos da la fuerza necesaria para seguir caminando hacia Él. Con la comunicación de los espíritus y con el sonido de su voz, hemos despertado un sentimiento íntimo en el alma inexplicable, y una nueva idea de Dios toma forma en nuestra mente con la certidumbre de que hay una inteligencia suprema superior, que todo lo ha creado.

El cuerpo humano es el instrumento que necesitamos mientras estamos en este mundo, pero nuestro ser espiritual, funciona eternamente conservando su individualidad. El alma vive realmente cuando se ocupa de su perfección y trabajando en su progreso indefinido responde a la grandeza de su creador.

El hombre se eleva superándose de todos los rutinarismos terrenales y le es muy difícil darse cuenta de lo que siente y mucho menos comprender sus sentimientos, pero cierra los ojos y busca a Dios en el fondo de su alma, porque está en la conciencia de todos los hombres ¡Feliz el hombre que comprende la grandeza y sabiduría de esta fuerza creadora!.

Las ideas nuevas responden a exigencias sociales, a necesidades que ya dejan sentir, a la creencia, al progreso y a la nueva civilización. De momento no se imponen en la conciencia humana, y menos aún en la opinión de ciertas clases sociales, porque el hombre aún vive esclavizado a las tradiciones del pasado, pero yo estoy plenamente convencido de que con una firme y decidida voluntad se puede propagar la idea espiritista que ha de proporcionar al hombre el conocimiento y la lógica esperanza para enfrentar con resignación las duras pruebas de la vida.

El Espiritismo ha venido a quitarnos el velo que nos impedía comprender el porqué de nuestra vida, el porqué de nuestra muerte, de nuestros goces y de la existencia de esos seres tan desgraciados que sólo han venido a la Tierra para sufrir y llorar.

Si supiéramos comprender todo el bien que esta doctrina hace a esta triste humanidad, no escatimaríamos ningún esfuerzo, por grande que éste fuese, para divulgarla y hacerla comprender a todos aquellos que la necesitan, que se sienten desgraciados y pueden ser consolados conociendo la ciencia espírita, que es una chispa de luz desprendida del mundo mayor para iluminar a la humanidad.

El racionalismo religioso es una escuela creada por Jesús y hoy reencarna nuevamente, hoy se levanta porque la Tierra ya está preparada para recibir esta savia generosa y los espíritus aceptaron la misión sagrada de destruir la esclavitud de los hombres, esclavizados a los fanatismos religiosos.

Hoy tenemos diversidad de libros, dictados por espíritus de gran elevación, que nos revelan todos los misterios y que están al alcance de todos los seres algo pensadores, que buscan una creencia, una doctrina racional, que explique el verdadero desenvolvimiento de la vida, el estudio de sus múltiples manifestaciones, el análisis de sus leyes, el examen de sus principios y el exacto conocimiento del destino del Espíritu, esto es el trabajo del racionalismo religioso, conquistador incansable a quien no seduce los halagos de fáciles placeres, ni le amedrentan los obstáculos que a su paso le presenta la ignorancia.

Los hombres han reformado las religiones, haciendo de ellas un tamiz por el cual pasan las debilidades y los crímenes según convienen para la explotación de la vida y los seguidores de estas religiones están muy satisfechos, y en realidad pueden estarlo, porque estas religiones, dejan contentos a todos los que quieren vivir entregados a su capricho y a su voluntad, sobretodo a la satisfacción de todas las ambiciones terrenales. ¡Cuánta falsedad hay en las religiones! Por esto el Espiritismo no es una nueva religión, aunque algunos quieran hacer de él una religión y sólo la ignorancia de algunos fanáticos podrá darle en algunos lugares más o menos formalismos. Pero en realidad el Espiritismo lo que sí hace es quitarle el antifaz a las religiones, no creando ningún nuevo culto porque no es necesario. Despierta al hombre de su letargo y le hace comprender que las religiones son convenios sociales creados en la Tierra; en ella nacen y aquí se quedan, pero la religión del bien, de Dios viene y a Dios va.

El Espiritismo es la demostración sencilla y natural de que somos espíritus que viven eternamente y que eternamente progresamos, siendo nosotros los únicos constructores de nuestro destino.  Si queremos ser grandes lo seremos, porque la grandeza del Espíritu no es otra que el trabajo acumulado de miles de existencias en las cuales hemos ido acumulando los méritos que pueda tener nuestro Espíritu.

Estoy plenamente convencido de que la mayor caridad que un espírita puede hacer, es divulgar las verdades que esta doctrina filosófica y científica encierra, porque es la redención social de los pueblos y nos hace comprender la verdadera grandeza de Dios, demostrándonos que los cielos y los infiernos de las religiones son obra de los hombres, imperfectos y frágiles puesto que caen con el soplo de la razón.

Una religión sin ciencia es un mundo sin leyes de atracción; y es una desgracia para la humanidad que cree lo que no comprende. En el espacio, no hay ni ángeles ni demonios, pero sí hay espíritus de luz y espíritus de sombras, que son los seres buenos y malos que antes ya han vivido aquí en la Tierra; hacen uso de su derecho y de su libertad y nuestro deber es aprender y saber distinguirlos. Con los falsos médium y con los espíritus engañadores hay que estar siempre en guardia, y nosotros los espíritas, debemos estar siempre preparados para no dejarnos engañar ni por los unos ni por los otros.

La ley de Dios no es más que una, cada cual recoge lo que cosecha y se merece, la injusticia no existe, Dios es todo lo exacto; el llanto se hizo en la Tierra para regar la senda de la expiación. Para el Espíritu que desea saber, nunca el conocimiento está oculto, y más vale llorar conociendo que reír en la ignorancia. Los espíritus no convierten a los hombres pensadores en simples máquinas, al contrario, nos demuestran que el que quiere estudiar y trabajar, encuentra la luz que busca; y así comprendemos fácilmente que si no queremos ser atropellados mañana, no debemos atropellar hoy, porque el Espíritu es el heredero eterno de sus obras y el porvenir es el producto de nuestro presente. El verdadero espiritista sabe que su trabajo es útil para sus semejantes y muy especialmente para sí mismo: también sabe que para orar no se necesita hablar, sino sentir, porque la oración nace del alma, por lo que, la oración es… lo que se siente, es la medida exacta de la altura del Espíritu.

Yo seguí los consejos de los espíritus; he trabajado más de cuarenta años, propagando por medio de los libros, las verdades indiscutibles del Espiritismo. Mis amigos del espacio me animan e inspiran. Y en este mundo, mis hermanos en creencias, me dan pruebas inequívocas de su simpatía y afecto; esto a mí me hace feliz y me compensa profundamente de todos los sacrificios que haya podido hacer. También quiero dar las gracias a nuestro amigo y hermano en creencias Salvador Sanchís Serra que me ha facilitado el material necesario para la composición de este libro, deseando que en el mundo espiritual reciba el premio merecido por este trabajo.

Concluyo este prólogo mis queridos lectores, con el especial deseo de que este nuevo libro, sea una luz que ilumine nuestro Espíritu. En nombre de este buen Espíritu que me guía en mi trabajo, os deseo mucha paz.

Gracias… Amalia.

José Aniorte Alcararaz

Nota:

La recopilación y selección de escritos que forman este libro, ha sido obra de los miembros del “Centro Espírita la Luz del Camino” de Orihuela. Agradecemos la autorización para poder publicarlos en nuestro sitio web.

Si desean conocer su trabajo pueden visitar:  www.laluzdelcamino.com