Miguel Vives y Vives

LO QUE HA DE SER EL ESPIRITISTA ANTE DIOS

Tanto es así, que yo entiendo, que si todos los espiritistas nos hubiéramos fijado en lo antes dicho y hubiéramos sido prácticos en el amor divino, no nos encontraríamos tan diseminados y faltos de unión como nos encontramos.

Fíjense bien, mis hermanos; apenas se encuentra un Centro espiritista en donde no haya habido sus disensiones y algún Centro que se ha reducido a cenizas, y es porque la falta de caridad y amor entre unos y otros les ha impedido seguir el camino de unidad y de amor fraternal, a causa de defectos no corregidos, y a falta de aquella prudencia y mesura a que debe ceñirse en todos sus pensamientos y obras todo espiritista.

Si el amor y la adoración al Padre reinara en el corazón de todo espiritista, antes de decir y obrar se pensaría si lo que se dice o se hace está conforme con la Ley del Creador, del Padre, y si no se obrara como la Ley manda, el espiritista, lleno de amor a Dios, se apartaría de todo lo que no fuera justo por no faltar a la Ley y no ponerse en rebeldía contra El que todo es amor y justicia; muchas veces en lugar de hablar, cuyas palabras han promovido conflictos, hubiera callado y con su acto de indulgencia o de tolerancia hubiera dado un buen ejemplo, que habría servido de enseñanza a sus hermanos y él se hubiera evitado responsabilidades.

Yo he conocido espiritistas que todo lo fían a su criterio y a su saber, prescindiendo de tener vivo el amor a Dios y de otras prácticas que luego diré; pero esos espiritistas no saben que, por más entendidos que sean, prescinden de lo principal, y, sin que ellos se aperciban, caen en la corriente de todos; de manera que en sus conversaciones, en sus tratos, en sus maneras, casi no se distinguen de los demás hombres; tanto es así que si bien creen en el Espiritismo, no pasa de ser un Espiritismo mental, pero que no domina al corazón; por eso en muchos actos de la vida poco se distinguen de los demás que no conocen el Espiritismo.

De eso proviene que haya espiritistas que no hacen ningún daño, pero tampoco hacen ningún bien, y por poco más que el descuido se apodere de ellos, caen en ridículo y entonces ya hacen un mal a la propaganda de la doctrina que sustentan; y a veces suceden cosas peores, y es que algún espíritu obsesor influya de una manera muy directa en los espiritistas citados y les haga concebir y propagar teorías extrañas, que vienen a perturbar la marcha del Espiritismo, sembrando la duda en unos y la división en otros.

Y esto lo mismo puede acontecer a los que por su falta de instrucción todo lo encuentran bueno y maravilloso, como con los que penetran en regiones que, por no ser aún bien exploradas y entendidas, hacen afirmaciones y adoptan principios que ni consuelan ni edifican, y sólo sirven para llevar la confusión a las inteligencias exaltadas.

No es este folleto a propósito para hacer la crítica de tales teorías; sólo deseo dar reglas de conducta a los espiritistas de buena voluntad, para que puedan evitar ciertos escollos que tanto daño les pueden causar.

He dicho que el amor a Dios puede traer cierta influencia a todo espiritista que procure avivar en su ánimo este amor, y sepa transportarlo a las regiones del infinito por medio de la plegaria, la oración y las exhalaciones del alma.

¡Oración! He aquí un tema muy discutido y abandonado por muchos espiritistas. Separo toda oración rutinaria, distraída, convencional, sistemática.

Hablo de la oración que acompaña al sentimiento: la firme voluntad, el amor y la adoración al Padre; hablo de la oración que edifica, que consuela, que se siente en lo más hondo del alma; hablo de la oración que hace el ser que quiera emanciparse de las miserias y defectos de la Tierra.

Esta oración, entiendo que es tan necesaria a todo espiritista, que me atrevo a decir que el que prescinde de ella no se elevará a las cualidades morales que son necesarias para ser un buen espiritista.

Mas digo: el que prescinda de ella no podrá alcanzar, cuando regrese al mundo espiritual, ser espíritu de luz y se expondrá a serlo de tinieblas y de turbación, a no ser que sus trabajos y sus ocupaciones en la Tierra fueran la caridad y amor al prójimo, lo que poco sucede en este mundo.

Hemos de tener en cuenta que la humanidad está llena de errores, de maldad, de hipocresía, de egoísmo, de orgullo; cada ser de los que vivimos en este mundo, despedimos algo de nosotros mismos, de lo que somos; poned un espiritista en medio de tanta imperfección, y, a pesar de sus creencias, se contagiará con la atmósfera de los demás; si este espiritista no tiene el medio de quitarse de encima la influencia acumulada sobre él, le será imposible permanecer prudente, circunspecto, tolerante, justiciero; y como la ley obliga, si queremos alcanzar alguna felicidad espiritual, es necesaria la práctica de estas virtudes, si nos falta alguna, seremos ineptos para morar después entre los buenos; y si no somos aptos para vivir entre los buenos, hemos de ser contados en la categoría de los que no lo son; y allí donde la bondad no impera, no puede haber ni felicidad, ni luz, ni libertad.

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