Miguel Vives y Vives

LO QUE HA DE SER EL ESPIRITISTA ANTE DIOS

Foto de Miguel Vives y Vives

Cuando el hombre, proceda del campo que proceda, sea religioso, ateo, filosófico, etc., entra en el Espiritismo, se le desarrolla un campo tan grande de investigaciones, que, de momento, no se da cuenta de tanta grandeza.

A medida que va ensanchando sus estudios y sus experimentos, más grande es la perspectiva de lo que antes desconocía, y en todo ve la grandeza de Dios.

Tanto es así, que se queda el ser maravillado ante tanta justicia, amor, belleza y poder.

Entonces ve lo que significa su individualidad en esta creación; comprende su vida eterna, al menos en un principio; sabe que no se halla aquí por casualidad, que no es un ser venido a la Tierra sin plan ni concierto, sino que su existencia está unida al concierto universal de la creación y, además, nunca será abandonado, sino que está sujeto a una ley que alcanza a todos y que, como los demás seres de la humanidad, alcanzará con sus esfuerzos, más o menos tarde, su felicidad, su belleza, su sabiduría; sabe que puede retardar su progreso más o menos, pero que al fin tendrá que verse atraído por el amor universal, y tanto si quiere como si no, se verá un día impregnado de todo cuanto encierra de bello y grande el amor divino y formará parte de la gran familia de espíritus felices que gozan y trabajan dentro del amor divino.

Así pues, el ser encarnado, al descubrir su vida, su porvenir, la grandeza del objeto para el cual ha sido creado, siente admiración por la suprema sabiduría, por el Todo amor, por el Omnipotente Autor de tanta belleza, de tanta armonía y de tanto amor.

La impresión recibida al principio de convertirse al Espiritismo, debe procurar todo espiritista no solamente guardarla, sino aumentarla, porque de esto depende una gran parte de su  progreso.

Y digo esto porque, pasadas las primeras impresiones, el espiritista va olvidando el respeto y la adoración que debe al Padre, incurre en una falta de agradecimiento y esta falta le va separando de influencias que le son muy necesarias para el curso de su vida planetaria.

Si todo en la creación se atrae y compenetra, no puede dejar de existir esta ley entre la criatura y su Creador.

Aquí cabe citar lo que algunos espiritistas dicen: que a Dios no se le ha de pedir nada, porque Él no derogará la ley y que todo lo tiene dado.

Mala manera de pensar; Dios tiene la ley hecha y todo lo creado a disposición de sus hijos; pero a nosotros nos toca alcanzarlo; y teniendo, como tiene todo, su atracción, ¿no lo tendrá también el amor a Dios, el agradecimiento y su adoración? Si el espiritista siente, atraerá sobre él lo que siente.

Supongamos que un hombre tiene pensamientos malos sobre el crimen, el vicio, la vanidad; ¿no atraerá sobre él influencias que le impulsarán a ser criminal, vicioso y orgulloso? Pues si los deseos y pensamientos malos atraen influencias malas, ¿dejará de existir la misma ley sobre los pensamientos buenos y deseos del bien? No hay duda; porque si no, existirían dos leyes: una para dar y atraer el mal y otra para quitar el bien.

Pues si los pensamientos y buenos deseos hacia el bien atraen buenas influencias, ¿Cuánto más no las atraerá el que ame mucho al Padre, le adore en espíritu y verdad y procure seguir sus mandamientos?

Así que, sin derogar leyes ni conceder privilegios, el espiritista verdaderamente agradecido y enamorado de Dios, recibirá influencias que, como ya tengo dicho, le serán muy provechosas para el curso de su vida planetaria.

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