Por eso, entiendo que el espiritista, para limpiarse de vicios, ha de saturarse de fluidos e influencias superiores a las que nos rodean en este mundo, y, además, para que estas lleguen a nosotros, hay que ponerse en condiciones para poderlas recibir.
Cuando el ser ora con fervor, el espíritu se eleva en busca de su símil en el espacio; como los seres que habitan en él, su principal misión es la caridad universal, nunca dejan sin amparo al que con su voluntad llega a ellos; entonces se establece una corriente fluídica entre el que ora y la influencia que recibe, que le circunda de luz; aquella luz lo limpia de fluidos imperfectos que se han pegado a él, y al salir de la oración, no solamente se ha limpiado de los fluidos imperfectos que se han pegado a él, sino que le rodea la sana atmósfera de buenos fluidos; y así como los primeros eran un vehículo que facilitaba a todo espíritu de tinieblas el poderse acercar a él, los buenos fluidos son una valla que se oponen a que influencias perversas puedan dominarle.
Para más claridad pondré un ejemplo. Supongamos una casa de campo que está sin valla, ni muralla, ni dique de ninguna especie; a cualquier transeúnte que quiere acercarse a ella, no le cuesta más que el trabajo de ir y, aunque sea de noche, podrá llegar hasta las puertas de la casa, sin tomar ninguna precaución ni detenerse para nada.
Supongamos que este transeúnte sea un malhechor; se encontrará, sin correr ninguna clase de peligro, en las puertas de la misma.
Si la casa tiene una buena muralla y tiene sus puertas cerradas, ni el transeúnte ni el malhechor podrán acercarse a la casa sin antes pedir que le abran las puertas, o bien ha de saltar la muralla.
Así es que, tanto para el malhechor como para el transeúnte, una casa de campo amurallada ofrece mucha más dificultad de entrar en ella que el entrar en la que no tenga ni muralla ni dique de ninguna clase.
El espiritista que ora es la casa de campo amurallada, y el que no ora es la que está sin cerca ni murallas y por eso todas las malas influencias tienen más facilidad para acercarse a él.
Todo espiritista, pues, debe ser agradecido al Padre, debe adorarle por su grandeza, admirarle por las maravillas de la creación y debe respetarle por ser hijo de Él, porque en verdad el hombre no tiene otro Creador que Dios.
Él es nuestro Padre, nuestro Bien, nuestra Esperanza; a Él se lo debemos todo.
Él es el autor de toda la belleza que nos rodea, desde el ave que se eleva en el espacio, hasta el pez que se hunde en el agua; desde el monte en donde crece la encina y florece la violeta, hasta el astro que brilla en el espacio.
Él es el autor de la que concibió nuestro cuerpo en sus entrañas.
Él es el todo: la luz, el amor, la belleza, la sabiduría, el progreso, todo es de Dios.
Pues si el espiritista que todo esto sabe y no se siente atraído por tanta grandeza, tanto amor, tanto poder y vive olvidando a su Padre y pasa horas y días sin demostrarle su agradecimiento, ¿qué calificativo le daremos? Yo callo en esto: pero el tal espiritista no siente aún en su alma lo que ha de sentir, no cumple con el primer deber de un buen espiritista, y es muy difícil que pueda ser apto para cumplir bien su misión.
En resumen:
El espiritista ha de ser ante Dios un buen hijo, que debe agradecer a su Padre el haberle creado; debe ser respetuoso con la grandeza de su Creador; debe adorarle por su Omnipotencia; debe amarle por su Sublimidad; y ese agradecimiento, ese respeto, esa adoración, ese amor, debe ponerlo de manifiesto al Todopoderoso tanto como pueda, ya para portarse como buen hijo ante tan sublime y amoroso Padre, como para atraerse su influencia y la de los espíritus buenos que tanto necesitamos en nuestro estado de atraso, y en un mundo en donde impera la ignorancia y el dolor.
Miguel Vives y Vives
Guía Práctica del Espiritista