Amalia Domingo Soler

MEMORIAS DE UNA MUJER

Foto de Amalia Domingo Soler

Es costumbre antiquísima que cuando se escribe un libro le acompañe su correspondiente dedicatoria, y por regla general, los escritores siempre se han puesto bajo la salvaguarda de un nombre ilustre, buscando la sombra de un Mecenas; otros, dominados por piadosos recuerdos, han dedicado sus inspiraciones a la memoria de sus deudos más queridos; y yo al dar comienzo al relato de mi azarosa existencia, no dedico mi obra a la persona más querida de mi corazón, porque es muy débil la ofrenda; para el amor inmenso de una madre (de una madre como la mía).

La historia de miles de siglos sería débil testimonio de mi inmensa gratitud hacia la noble mujer que me consagró todo el amor de su alma, amor que no he visto en ninguna otra madre, amor que no pertenecía a este mundo.

La figura de mi madre engrandecida por treinta años de ausencia y por la amarga y dolorosa experiencia de la vida, hoy aparece ante mis ojos como la imagen de la divinidad del sentimiento, como la encarnación del amor, como el guía eterno de mi Espíritu; la veo muy cerca de mí porque yo soy su punto de atracción en la Tierra, y al mismo tiempo la considero tan lejos de mi círculo de acción por la grandeza de su Espíritu, que me parece una anomalía, un contrasentido dedicarle el relato de unos cuantos años de expiación.

¡Ella está a tanta altura!… que no debe confundirse lo divino con lo humano.

En cambio, tengo una familia muy numerosa en la Tierra con la cual estoy siempre en contacto, familia que cada día la quiero más, porque cada día aprecio mejor los sufrimientos de las mujeres pobres, abandonadas a sus propias fuerzas, y a estas desdichadas mártires de la miseria, víctimas de un trabajo superior a su débil organismo, a estas dedico mis memorias ¿Y a quién mejor que a mis compañeras de padecimientos?

A las que calman su sed con sus lágrimas a las que tienen frío dentro de su hogar, a las que se quedan solas en la Tierra a merced del infortunio, a las que consumen su existencia dentro de un taller insalubre, a las que trabajan en su casa junto al lecho de un enfermo querido, a las que se levantan cuando aún las estrellas envían sus pálidos fulgores sobre la Tierra, y se acuestan después de la media noche, rendidas de cansancio y de angustias, a las que padecen hambre de pan y sed de amor, a las que no escuchan una palabra de cariño, a las infelices huérfanas que no han recibido el beso de una madre, a las madres de familia que tiemblan cada vez que son madres porque aumentan el número de los esclavos de la miseria, a las esposas abandonadas rodeadas de pequeñuelos hambrientos, a las huérfanas entregadas a sí mismas, a todas las mujeres en fin, que sufren el peso de su expiación, dedico mis memorias: libro inútil en la biblioteca de los sabios y de los felices de la Tierra, pero en cambio libro de consulta para esas desgraciadas criaturas que no tienen más patrimonio que el dolor y que se creen olvidadas de Dios y de los hombres.

El estudio del Espiritismo me ha hecho amar a la humanidad, especialmente a las mujeres que sufren, porque son las culpables de ayer, mis íntimos compañeros de otros siglos con los cuales indudablemente falté a las leyes morales de este planeta; porque el dolor de hoy, es la consecuencia de los desaciertos cometidos cuando el Espíritu no conocía otra ley que su omnímoda voluntad.

Inspirándome inmensa compasión las mujeres que cruzan solas la senda de la vida; solas, no porque a veces les falte familia, sino porque les falte un alma que las comprenda; y deseando hacerlas copartícipes de la gran fortuna que he adquirido hace veinte años, quiero demostrarles como en medio de la más horrible soledad, del abandono más completo, sin salud, sin recursos para vivir, sin una voz amiga que nos diga levántate y anda, cuando la mujer conoce a fondo el Espiritismo, cuando se convence que de ella depende su engrandecimiento o su degradación, en el terreno más estéril hace brotar flores y en la roca más dura un manantial de agua cristalina que calma su ardiente sed.

El convencimiento de su pequeñez es lo que estaciona a los espíritus; y mi propósito al escribir mis memorias es demostrar con hechos innegables que nadie es pequeño cuando se quiere engrandecer.

La mujer más pobre, la más abandonada, la que el infortunio convierte en hoja seca que el viento arrastra a su capricho, puede llegar a ser grande convirtiéndose en maestra de aquellos que saben menos que ella; y no se necesita para esto ser una especialidad ni tener un talento gigante, ni poseer virtudes de primer orden, ni haber venido a este mundo en misión, nada de esto, muy al contrario, viniendo sencillamente a pagar lo mucho que debemos de anteriores existencias, con más vicios que virtudes, con más defectos que buenas cualidades, adquiriendo únicamente la completa, la absoluta convicción de que nadie nos puede salvar más que nosotros mismos; que ni el amor inmenso de una madre podrá conseguir del Eterno la rebaja de un año de condena, ni todos los ruegos de los ascéticos anacoretas conseguirán que Dios quebrante sus leyes inmutables a favor de este criminal o de aquel pecador arrepentido, sino que cada uno ha de labrar el terreno que le conceden en una existencia, y a su laboriosidad deberá únicamente las buenas o malas cosechas; esta certidumbre es la que convierte al pigmeo en gigante, al criminal en hombre honrado, a la mujer abandonada en útil y prudente consejera de los atribulados, a la mendiga sospechosa, en depositaria de bienes ajenos para repartirlos entre los necesitados; todo esto y muchísimo más se consigue con el estudio razonado del Espiritismo: el huérfano encuentra padres en el espacio, el asesino medios para regenerarse, la mujer sin familia y sin hogar, halla deudos que le dicen:

No nos has perdido, pagas tus deudas, pero todo tiene fin menos el progreso de tu Espíritu, ¡Levántate y anda!

Esto me dijeron los espíritus hace treinta años, pero tuvieron que transcurrir muchos inviernos para que yo apreciara el valor de aquellas palabras proféticas.

Entonces yo era muy joven, no tenía la menor idea de que hablasen los muertos, y cuando el presbítero D. Antonio Mazzini me entregó en Cádiz la comunicación que habían obtenido en una sesión espiritista dedicada a una mensajera del progreso , la leí y la guardé, más bien por agradecimiento de que se hubiesen acordado de mí, que por comprender su verdadero sentido; la comunicación decía lo siguiente:

Si he de hablar con toda ingenuidad, diré que la profecía de no encontrar un marido me hizo muy poco feliz, pues ya había perdido a mis padres, no tenía más que parientes ingratos a los cuales estorbaba mi presencia, nadie me prestaba amparo en la Tierra y la perspectiva de una vida solitaria sin bienes de fortuna, sin hábitos de pobreza, puesto que no me habían enseñado ningún oficio, ni me habían hecho estudiar carrera por la falta de la vista, (pues yo siempre he vivido a la mitad) me colocaban en una situación muy difícil; así es que la primera comunicación que me dieron los espíritus me fue muy desagradable; agradecí el interés de los espiritistas gaditanos, pero las palabras del Espíritu me hicieron decir con profunda tristeza:

-Si esto fuera verdad ¡Dios mío!… ¡Qué desgraciada voy a ser! Sola en la Tierra… ¡Qué horror!

Dicen que a mi sombra se acogerán los afligidos ¿Y qué sombra podré yo dar?

Los árboles secos no dan ninguna; y la mujer que no se casa es un árbol seco.

La verdad es, que para estos augurios aunque no se hubiesen acordado de mí no hacía falta ninguna, y muy descontenta guardé la comunicación por agradecimiento a los espiritistas, pero muy enojada con el Espíritu que en breves frases describió el derrotero de mi existencia.

Entonces se cumplió el adagio: “No por mucho madrugar amanece mas temprano”.

Todo mi progreso se lo debo al estudio del Espiritismo y a las comunicaciones de los espíritus, y sin embargo, como al recibir la primera comunicación yo no tenía la menor idea del destino del alma, como creía buenamente que aquí comenzaba y acababa la vida, como la creencia en Dios no tenía en mi mente el desarrollo necesario, y la religión católica apostólica nada decía a mi alma, para mí el espacio estaba poblado de astros, pero no de humanidades, así es que me parecía una burla encontrar familia entre las estrellas; y esto de no encontrar un marido, el mayor de los infortunios, puesto que consideraba a la mujer con el mismo destino que las plantas trepadoras, para mí entonces la mujer tenía perfecta semejanza con la hiedra, tenía que enlazarse a un algo que la sostuviera, si no sus débiles ramas se romperían arrastradas por el suelo.

Yo no le concedía entonces a la mujer vida propia, yo ignoraba que el Espíritu pudiera progresar con la pesada armadura del guerrero y con la blanca toca de la hermana de la caridad; para mí el hombre era el árbitro de los destinos, sin él la mujer estaba condenada al ridículo, a ser un juguete en la sociedad, así es, que tender mis alas y dar sombra a los afligidos, era un jeroglífico, era un problema que yo no podía descifrar ni resolver, y tuvieron que pasar muchos años para comprender la profunda verdad que encerraban aquellas palabras.

Recordando la primera comunicación que me dio un Espíritu he adelantado los sucesos, puesto que de un salto he dejado atrás los primeros años de mi vida, el idilio de mi existencia, y esto no debe ser, porque es necesario hablar de un periodo de luz para luego apreciar mejor el horror de la sombra.

No hay en mi actual encarnación, el interés que inspira una novela que encierra en sus hojas todos los horrores del crimen y las ansiedades de los remordimientos.

Gracias a Dios, por esta vez no he cometido ningún crimen (al menos hasta ahora), no he tenido la desgracia de llevar en mis brazos un hijo desfallecido por el hambre, no he gemido en ninguna cárcel ni he sufrido la persecución de la justicia, no he adquirido grandes responsabilidades, pero he pagado muchas deudas y he sido castigada como merecían mis desaciertos de ayer.

Al escribir mis memorias no trato de la exhibición de mi individualidad, porque no he destacado ni en vicios ni en virtudes, he sido en todo una medianía física y moralmente considerada; pero sí ofrezco mi existencia de expiación para que en ella estudien las mujeres que vivan en las condiciones que yo he vivido, sin familia, sin recursos, sin salud, para que adquieran como yo adquirí el convencimiento de mi grandeza espiritual, la certidumbre de un progreso indefinido para el Espíritu.

Este bien inapreciable, este conocimiento de la vida futura, es el único legado que yo puedo dejar a mis compañeras de destierro; y en verdad que si bien se considera, es una herencia de gran valía; porque sólo el que se encuentra en la Tierra (desheredado al parecer) sin familia, sin hogar, sin más porvenir que un Asilo de mendicidad para los últimos años de la vida y un Hospital para morir, puede apreciar en su inmenso valor el gran consuelo que ofrece el estudio razonado del Espiritismo; la comunicación de los espíritus ¡Cuánto bien hace a los seres afligidos!

Las más terribles tribulaciones se sufren con resignación, no diré que se paguen las deudas de pasados crímenes con evangélica alegría, no; sólo las religiones que han propagado tantas mentiras, son capaces se asegurar que se bendice a Dios cuando se padecen crueles dolores.

En el potro del tormento, un alma racional libre de fanatismo y de supersticiones no puede entonar himnos de alabanza a su Creador; podrá pedir misericordia a su divino Padre como la pidió Jesús, cuando dijo:

Señor, aparta de mí es te cáliz; pero estar contento y satisfecho no, porque el sufrimiento humilla al Espíritu que sabe pensar, puesto que comprende que en aquel periodo de su existencia no es útil a nadie, se asemeja al presidiario ¿Qué bien reportan a la sociedad los confinados? Ninguno; son miembros desprendidos del gran cuerpo social, que faltos de savia se consumen lentamente impotentes para hacer el mal, lo mismo que para hacer el bien; pues un Espíritu en sufrimiento dominado por los dolores físicos o perturbaciones morales, prisionero de su expiación, está completamente estacionado, cumple su condena y nada más; y el espiritista convencido cuando lucha en medio de las olas de la vida, aunque comprenda que se va a fondo dice con tristeza:

Por hoy me hundo, pero mañana yo me levantaré porque no adquiriré nuevas responsabilidades y libre de exigentes acreedores tenderé mi vuelo y llegaré donde otros han llegado.

No todo acaba aquí, y este convencimiento consuela de un modo extraordinario porque no se acaba la esperanza; en cambio cuando en nada se espera, cuando está uno persuadido de que en todas partes estorba, cuando se vive como el pez fuera del agua, entonces no hay otro pensamiento que el suicidio.

Yo puedo asegurar que he pasado más de veinte años en esta existencia pensando únicamente de qué manera se moriría sin dolor.

Recuerdo que una anciana católica ferviente, amiga de mi madre, cuando oía mis lamentaciones me decía con la mayor dulzura:
-Muchacha, tú estás loca, tú te rebelas a la voluntad de Dios, ¿No sabes que si padeces es porque Dios lo quiere?

Señora, no diga usted disparates: Dios no puede querer que yo maldiga la hora en que nací.

El que ha hecho todo lo más hermoso ¿Cree usted que puede complacerse en atormentarme? ¿Y para qué? ¿De qué sirve mi sufrimiento? ¿Qué ventajas obtiene la sociedad de que yo viva muriendo?

La buena señora se encogía de hombros y le decía a mi madre: tú tienes la culpa de que Amalia sea una descreída, si no la hubieras enseñado a leer, viviría como yo he vivido, tranquila y contenta sin meterme en honduras.

Y en verdad que las tales honduras me hacían sufrir horriblemente, porque no conformándome con el infortunio pedía cuentas a Dios por haberme dado tan poca luz en mis ojos y tanta luz en mi alma; y ahora reconociendo una causa suprema, o perdiéndome en un mar de conjeturas, concluía siempre por decir:

Cuando un miembro se gangrena se corta, pues cuando un cuerpo para nada sirve ¿A qué procurar que arrastre su cadena?

Lo mejor es concluir de una vez; viva en buena hora el que tenga un padre anciano que mantener, hijos a quien educar, esposa o marido con quien compartir su suerte; pero yo no tengo a nadie en el mundo, ¿No es hasta una estupidez que viva sin fe en el alma, y sin luz suficiente en mis ojos para dedicarme al trabajo?

¡Morir! ¡Oh! Sí, morir debe ser la suprema felicidad, y cuando algún desgraciado se suicidaba yo le admiraba y le envidiaba su valor, que es hasta donde puede llegar el desencanto de la vida y el desaliento de la impotencia; en cambio, cuando los espíritus me convencieron de que había un más allá, cuando mi madre después de 18 años de ausencia me dijo en el Centro Espiritista de Tarrasa:

Lo que yo sentí al escuchar la primera comunicación de mi madre dada por el médium parlante Miguel Vives, no encuentro frases para describir mis encontradas emociones, porque no las hay en el lenguaje humano; pero mi alegría y mi enternecimiento fue superior a todas las alegrías terrenales.

Como el proscrito que vuelve a su patria después de pasar toda su juventud en el destierro, como el ciego que cobra la luz, como el ser calumniado que al fin le devuelven la honra y la libertad, como el mendigo que de pronto se ve dueño de inmensas riquezas, como el niño perdido que encuentra a su madre después de pasar muchos días sufriendo hambre y sed, todo esto y muchísimo más, encontré yo con la comunicación de mi madre; renacieron en mí los más nobles propósitos, me juré a mí misma ser útil a la humanidad, comprendí todo lo que se puede conseguir, con el trabajo y la buena voluntad; en resumen, nací de nuevo.

Mas ahora reparo que este capítulo lo haría interminable si me dejara llevar de mis recuerdos; y quiero dar comienzo a mis memorias ordenadamente, principiando como es natural por mis primeros años.

Mujeres que sufrís, compañeras de destierro; cuando el dolor os abrume no os desesperéis, yo os lo ruego; la desesperación es el estacionamiento del Espíritu: exhalad vuestras quejas, sí, llorad, el llanto es el rocío del alma, y cuando pase la primera crisis, aprovechad los momentos que tengáis libres y estudiad entonces en un libro humilde: “Memorias de una mujer”.

Amalia Domingo Soler

La Luz Del Espíritu

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