Amalia Domingo Soler

¡MORIR!

imagen de un grupo de mariposas azules en el bosque
Foto de Amalia Domingo Soler

He aquí una palabra que he pronunciado en esta existencia tantas veces, que me sería completamente imposible calcular su número aproximado.

Quizá presintiendo las terribles luchas que había de sufrir, a poco de salir de la infancia, siempre que me encontraba en alguno de los hermosos jardines de mi inolvidable Andalucía, y mi Espíritu, ferviente adorador de la naturaleza, se extasiaba contemplando los bosquecillos de jazmines, los arcos de triunfo formados con las bellísimas rosas de pitiminí, y aspirando con delicioso placer el penetrante aroma del azahar, de los lirios y de las azucenas, solía decir a mi madre y a mis jóvenes amigas:

¡Qué bueno sería morirse aquí! ¡Qué recuerdo tan dulce y agradable se llevaría uno de la Tierra!

-¡Qué locura!…

-¡Qué tontería!…

-¡Qué romanticismo tan exagerado! respondían a coro mis oyentes.

Yo me impacientaba y replicaba:

-No me comprendéis; yo presiento que he de sufrir muchas desgracias, muchísimas, y antes de sufrirlas quisiera morir en uno de estos momentos de felicidad; porque, si es que el alma se despierta allá, conservaría recuerdos tan agradables, que indudablemente no podría tener el que muere dentro de un sombrío y húmedo calabozo o en el duro lecho de un hospital.

Mis amigas se reían de mis aprensiones, pero su risa no cambiaba mi modo de pensar.

La primera vez que, en una barquilla, crucé las claras ondas del Guadalquivir; fue un día de primavera, nublado y triste como el corazón de una niña al recibir el primer desengaño.

La melancolía de la naturaleza era grata a mi Espíritu, muy dado a la contemplación y a esa tristeza dulce que a veces se confunde con la plácida calma de la felicidad.

Las horas que pasé en la barquilla me parecieron segundos, y mientras las jóvenes que me acompañaban, cantaban “el último suspiro del moro” yo decía para mí:

¡Quién pudiera morir ahora!… Si se deja de ser, si nada de lo de acá reverbera o repercute allá, ¿Qué más podría desear que cerrar los ojos en un paraje delicioso como éste?

Aquí todo es bello: el río es tranquilo y transparente; en sus orillas se doblan al peso de su fruto, los limoneros y naranjos; el cielo, cubierto de blancas nubes, no abre paso a los ardorosos rayos del sol; y el alma podría dormir su último sueño bendiciendo a la naturaleza que con tanta prodigalidad le ofrece sus encantos.

Y continuamente me ha perseguido la tenaz idea de morir en alguno de los breves instantes que he gozado de felicidad; nunca en las horas de desesperación. No quería morir odiando y maldiciendo; quería cerrar los ojos llevándome de la Tierra un recuerdo dulce, lleno de atractivos y poesía.

Tales fueron las aspiraciones de mi juventud.

Así que entré de lleno en la lucha de la vida y se extinguieron mis vacilantes creencias religiosas, creía que morir era alcanzar el supremo bien, porque se dejaba de sufrir.

Con envidia miraba a todos los que morían sin dejar familia, y aún acaricié mucho tiempo la idea del suicidio, admirando a los que ponían fin a su existencia para acabar de una vez con las miserias e ingratitudes del mundo.

Transcurrieron algunos años, y el estudio de la filosofía racionalista, infundiéndome el convencimiento del progreso indefinido del Espíritu, en las sucesivas fases de una existencia eterna, me hizo pensar de muy distinta manera sobre la conveniencia de la muerte.

Yo que tanto he acariciado esa idea, ahora… no quiero, no deseo morir.

Quisiera morir, si la nada fuese una verdad; pero siendo la nada la negación de todo lo existente, y siendo la ley suprema vida inacabable y progreso ilimitado ¿Para qué desear morir, si sólo se consigue dejar un cuerpo más o menos enfermizo, más o menos bello, pero continua esistiendo el Espíritu, el yo pensante, la inteligencia, esa vibración divina que sentimos animando nuestro Ser?

En una breve enfermedad que sufrí últimamente, reflexioné muy a fondo respecto de la conveniencia de morir; y hablando conmigo misma, mientras recorría con mi mirada las blancas paredes de mi alcoba, exclamaba:

¿Si yo dejara la Tierra, qué ventajas alcanzaría? Ninguna, absolutamente ninguna.

Dejaría mi obra incompleta; de las cuatro partes de mi vida, sólo una habría aprovechado; las otras las habría vivido sin vivir, porque no vive el que no estudia, el que no aprende, el que no procura conocerse y desprenderse de sus errores, preocupaciones e impurezas.

Al despertar en el espacio y ver fotografiadas en la eterna luz todas nuestras acciones, deberá quedar el Espíritu humillado, abatido; pues nada humilla y abate tanto como la contemplación de nuestras debilidades.

¿Qué has hecho durante tanto tiempo?… Se preguntará el Espíritu.

Y ceros sin valor irán apareciendo ante sus ojos en la pizarra de la eternidad.

A las cantidades negativas querrá oponer algunas positivas, mas, para ello le será preciso recomenzar el trabajo.

¿Qué ventajas logra el Espíritu con desprenderse de su envoltura?

Si no ha trabajado en su progreso, absolutamente ninguna; porque morir no es sino ver más claro nuestras propias miserias y lamentar, por consiguiente, el tiempo que hemos perdido.

Sería grata la muerte, si al cerrar los ojos cesaran todas nuestras sensaciones; pero adquiriendo el Espíritu más lucidez con el desprendimiento de su envoltura terrestre, la muerte le lleva a un minucioso examen de conciencia, después del cual puede venir una terrible expiación.

La muerte no existe: querer morir es perseguir un imposible.

El Espíritu no puede dejar de ser; caer y levantarse, ser vencido y vencer, este es su destino.

En el cansancio de la jornada desfallecerá, caerá rendido de fatiga; pero verá allá lejos, muy lejos, un oasis, y volverá a caminar afanoso por llegar al anhelado término.

Ayer, ignorando absolutamente las eternas leyes de la vida, exclamaba:

¡Quien pudiera morir!

Hoy exclamo:

¡Vivamos y aprovechemos la vida para el progreso!

Morir es renacer y ver que todo vive, que todo alienta; que la reproducción es eterna; que el progreso no se acaba; que el campo de la ciencia no tiene límites; que el Espíritu es inmortal.

Amalia Domingo Soler

La Luz Del Espíritu

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