Pruebas y fracaso

Al hermano Gustavo Rivero, fue recogido en nuestra clínica después de dos años de desencarnación, cuando fue retirado del hogar y de la familia a la que se fijaba en terrible perturbación psíquica.
Nuestro querido Gustavo es el prototipo de individuo, que de la vida solamente se atribuye meritos, dominado siempre por elevadas dosis de presunción y rico en cultura vacía.

Fue atraído al Espiritismo hace más de veinte años, cuando contaba poco más de treinta y cinco años, portador entonces, de delicado problema de salud, pareció descubrir las respuestas para los enigmas teológicos y existenciales que lo aturdían.

De profesión abogado, con una familia construida, abrazó las nuevas ideas, con el entusiasmo que resultaba también de la recuperación de la salud.

Por lo tanto, había en su problema orgánico, una importante contribución espiritual negativa, que lo amenazaba en el transcurso de los días.

Lentamente, gracias a los recursos combinados de la ciencia médica y del auxilio espiritual, el amigo recompuso el cuadro de la salud, tornándose un entusiasta simpatizante del Espiritismo.

Poseedor de un temperamento fuerte y autoritario, muy pronto comenzó a discordar con la administración de la entidad, presentando sugerencias fuera de propósito y refiriéndose de forma desagradable, con la arrogancia que le era habitual, a algunas actividades que allí se desarrollaban.
Esto ocurre a menudo en los comportamientos humanos, actitudes de esa naturaleza.

Los hermanos son atraídos para su renovación y realización, ofreciéndole la oportunidad de emprender el estudio de la doctrina Kardeciana, pero cuando llevan un tiempo, no muy largo, se juzgan que están preparados con suficiente conocimiento y experiencia, concibiéndose que son los portadores del conocimiento pleno, y lo único que manifiestan es, inmadurez e ignorancia.

En vez de auxiliar sin imposiciones, corregir, cuando es necesario, tener la confianza del grupo dando prueba de sinceridad, de lealtad al deber, actúan de manera inversa, cuidando más de los privilegios de ego que la edificación de todos.

Nuestro hermano, era muy severo con los demás y muy susceptible, sintiéndose enfadado por cualquier cosa o por el simple hecho de no ser aceptadas sus ideas extravagantes.

Al no ser atendido, como realmente el creía que debería de ser, frente a sus ilógicas exigencias, abandonó la institución donde se había beneficiado y comenzó una nueva peregrinación para encontrar una que fuese modelo, es decir, dentro de los ángulos estrechos de su convicción.
Pasó a estudiar la doctrina y muy pronto comenzó a detectar errores y conceptos que atribuía que ya estaban superados, preocupándose en corregir lo que ignoraba, en vez de auto corregirse, lo que es, ciertamente, más difícil.
 
No demoró mucho tiempo y se transformó en lo que se denominaba como espírita de laboratorio, es decir, haciendo experimentos absurdos, un experto ambiguo bien elaborado para justificar la pereza, la inutilidad personal, distanciándose del trabajo y quedándose en la posición de criticador y arrojador de piedras.
Se unió a la falange de espíritus de las pasiones materiales y egoístas egocéntricos.
Su familia no recibió de él la orientación espiritual conveniente, los hijos crecieron sin formación religiosa y sin la necesaria existencia paterna en razón de las dificultades que tenía para relacionarse, en ese tiempo, fue asaltado por una pertinaz enfermedad que lo consumió lentamente.
En ese entonces, buscó apoyo espiritual en la antigua institución donde anteriormente se había beneficiado, pero no obstante la dedicación de los trabajadores de buena voluntad, el proceso cancerígeno prostático era irreversible y el querido compañero desencarnó en una situación penosa, sintiendo en su ser una rebeldía contra la vida…
 De esta forma de actuar, observamos que somos lo que cultivamos en nuestro pensamiento.
Sembramos vientos mentales y cosechamos tempestades morales avasalladoras.
En cuento no corrijamos y solucionemos los problemas íntimos, transformando nuestra conducta mental, alcanzando una lúcida comprensión de las leyes de Dios para vivenciarlas, estaremos cercados por los tesoros de la infelicidad, debatiéndonos por los lugares donde nos encontramos.
 
Su fe no fue trabajada en la razón y en el sentimiento, olvidó, que la vida es del espíritu y no del cuerpo transitorio, y que la función de la doctrina espírita es preparar al ser humano para la compresión de su inmortalidad, jamás para ayudarlo a conquistar cosas y posiciones terrenales que le destacan en el grupo social, pero que no lo honran ni lo engrandecen moralmente.
 
Aún permanece en muchos simpatizantes del pensamiento espírita la falsa idea de recoger beneficios personales y sociales, cuando abrazan los postulados Kardecianos, modificando su vida para más placer y mayor suma de comodidades.
Otros, igualmente mantiene con respecto al Espiritismo la falsa idea mitológica en torno de las entidades nobles, que deberán estar a sus órdenes solucionándoles los problemas que engendran, atendiéndolos en sus ínfimas cuestiones y necesidades del proceso evolutivo.
 
El amigo Gustavo es un náufrago más, que tuvo oportunidad de encontrar la embarcación segura, la brújula para conducirlo en el océano inmenso, el timón del equilibrio y no obstante, resolvió guiarse por los instrumentos equivocados de las propias pasiones.