Amalia Domingo Soler

RECUERDOS DE UN VIAJERO

Fraternidad Universal

Foto de Amalia Domingo Soler

Estando hablando con varios amigos de las peripecias y aventuras que ocurren en los viajes, dijo nuestro amigo Ortiz, hombre muy grave y muy sensato, lo siguiente:

-Nunca olvidaré un viaje que hice a la Habana cuando yo tenía 22 años.

-¿Naufragó quizá? Le preguntaron.

-No.

-¿Hubo fuego en el buque?

-En el buque no; pero sí en un corazón.

-Hombre, eso parece el prólogo de una historia: cuente, cuente. ¿Se enamoró usted entonces por vez primera?

-Yo no.

-¿Pues quién?

-Una mujer casi niña, hermosa y sencilla como un ángel.

-¿Y de quien se enamoró?… ¿De Ud. no es verdad?

-Justamente, de mí; y crean ustedes que yo no hice méritos para ello, porque siempre he sido de un carácter tan serio como ahora, que ya tengo un hijo de 20 años; siempre he mirado mucho en no perjudicar a nadie, y entonces que era yo un muchacho sin fortuna y sin porvenir, me guardaba tanto de hacer un crimen como de galantear a alguna mujer y de hacerle concebir esperanzas a una joven que no estaba en situación de realizarlas; así es, que María, mi bella compañera de viaje, huérfana  de madre y recomendada al capitán del buque, que debía dejarla en brazos de su padre, no me inspiró más que la dulce compasión que inspira la orfandad y el respeto que merece todo ser desvalido.

María contaba 17 años, dulce y cariñosa, se captó el cariño de toda la tripulación y de todos los pasajeros.

La bella huerfanita era la niña mimada de todos; el capitán la consideraba como si fuese su propia hija, los demás oficiales se complacían en distinguirla con los cuidados más respetuosos, y María en aquella atmósfera de cariño sonreía dulcemente con la candidez y satisfacción de aquel que conoce que es amado.

Entre los pasajeros había un oficial de artillería que la adoraba como se adora una santa, pero María, indiferente a sus amorosas demostraciones, y con la encantadora espontaneidad de la niñez, me prefería buscando siempre mi compañía, se sentaba a mi lado y me miraba con esa dulzura inefable con que miran los niños felices.

Yo nada le decía que pudiera despertar las ilusiones de la mujer que aún dormía en su mente, y como el capitán  veía mi gravedad la dejaba buscar mi compañía diciéndome a veces:

-Prefiero que María esté al lado de Ud. por que así no la importunan con insulsas galanterías.

Yo sé que Ud. la respeta como si fuera su hermana, y eso necesita la pobre niña, respeto y consideración.

Yo por mi parte, aunque comprendía que María quizá sin saberlo me amaba, a nadie se lo confié, por más que muchos de mis compañeros de viaje me decían:

-Ya puede Ud. estar contento que es el preferido de la hermosa María.

Ésta sin darse cuenta, era mi sombra, siempre venía a sentarse junto a mí, y recuerdo que al anunciar el capitán que dentro de tres días llegaríamos a la Habana, María palideció diciendo con tristeza: ¡Ay! Qué pronto se acaba el viaje…

-Yo no pude hacer menos que dirigirle una mirada compasiva y le hablé de los goces que le esperaban en la Habana al lado de su tierno padre.

Ella me miró sonriéndose con vaga tristeza y cuando llegamos al puerto y saltamos a tierra, se acercó a mí y con acento suplicante me dijo mirándome con inmensa dulzura:

-No me olvide usted, espero su visita, ¿Puedo confiar en que vendrá a verme?

-Sí hija mía, le contesté; nada más justo que visite a mi bella compañera de viaje; y estrechando su pequeña mano con efusión verdaderamente fraternal, me separé de ella profundamente conmovido.

Pasaron ocho días, mis ocupaciones me impidieron cumplir mi palabra de visitar a María, pero al fin me decidí y me dirigí a su casa.

Cuando entré en la calle donde estaba situada su morada, se me oprimió el corazón, sentí los ojos humedecidos y aceleré el paso basta llegar al nido de la dulce María, sorprendiéndome al ver todas las ventanas cerradas y a varios negros sentados en la puerta hablando con voz muy baja.

Me acerqué a ellos, pregunté por María y un anciano me contestó: La pobre niña blanca ya duerme en el campo santo, hoy la han enterrado, el vómito se la llevó.

No sé lo que pasó por mí, sentí un dolor agudo en el corazón, tan agudo que me privó de respirar, me recliné contra la pared y lágrimas silenciosas bañaron mi rostro, pero muchas más destilaron en mi corazón; sentí remordimientos de no haber sido más cariñoso con ella, y durante mucho tiempo me dominó la más profunda melancolía.

Después he sido esposo y padre, mi compañera es un ángel con la vestidura de mujer, me ha sonreído la fortuna, sin que por esto la desgracia no me haya hecho sentir sus terribles dardos, y puedo asegurarles que en todas las fases de mi vida he recordado a la hermosa niña que con sus dulces miradas me decía en su santa inocencia ¡Yo te amo!

Mientras Ortiz hablaba, sentíamos nosotros una emoción extraordinaria, nos parecía que alguien nos hablaba muy quedo al oído, otras veces se nos figuraba que un tropel de confusas ideas se apresuraban a llenar nuestro cerebro; lo cierto es que aquella noche cuando nos entregamos al sueño, sin duda pensábamos en María y todo cuanto dijo Ortiz, porque a la mañana siguiente al despertar recordábamos haber hablado con María largo rato, sintiendo esa sensación especial que sentíamos siempre, cuando un Espíritu nos envuelve con su fluido para comunicarnos su pensamiento; y en cuanto nos ha sido posible nos hemos puesto, a escribir pareciéndonos que el Espíritu de María es el que quiere comunicarse; por mas que responder de su identidad no es completamente imposible; lo que sí podemos asegurar es que su fluido es agradabilísimo, que nos infunde la más dulce melancolía, y que sea quien sea el ser de ultratumba que desea contarnos sus cuitas, su influencia es muy grata y parece que nos rodea un ambiente perfumado por tímidas violetas.

Escuchamos al Espíritu que viene sin duda alguna rodeado de aromáticas flores.

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