“Haces bien en dudar amiga mía, puesto que no puedes probar como dos y dos son cuatro, que te hable la niña huérfana que acompañó en su viaje al nuevo mundo, al amigo que has bautizado a tu antojo con un apellido verdaderamente español: mas sin embargo de la duda que te inquieta, (que yo lo encuentro muy racional).
El Espíritu de María es quien te habla, que ya hace mucho tiempo que te rodea, y yo fui la que te impulsé para que visitaras a Enriqueta, puesto que sabía que él estaba allí; y yo he sido también la que a él le he inspirado para que te distinguiera siempre con su afecto y consideración.
Yo soy su sombra, yo voy siempre con él porque le amo; ningún médium vidente me ha visto todavía por causas que son ajenas al relato que quiero hacerle, en el cual trataré de demostrarte el por qué amo al hombre que en esta encarnación le llamas tu amigo Ortiz”.
“Es un Espíritu, que en medio de sus defectos ha tenido siempre una gran virtud; ¡Su amor inmenso a la humanidad!
Ha amado siempre a sus semejantes sin distinción de razas ni colores, posee un fondo de amor inagotable y por ese amor le he amado yo”.
“Hace algún tiempo, mucho tiempo, que en su ante penúltima encarnación viajaba Ortiz, (llamémosle así), viajaba repito con rumbo a la India, cuando un incendio sembró el espanto en el buque que le conducía, sus tripulantes y sus pasajeros procuraron buscar la salvación en otro buque que les arrojaba múltiples cuerdas para que pudieran asirse a ellas.
Yo iba también en aquella embarcación con mi madre y mis hermanos, la primera enloqueció de espanto y naturalmente no se cuidó de mí, mis hermanos dos de ellos se salvaron, los otros dos murieron, de los primeros ninguno de ellos se acordó de mí que contaba dos años: mas Ortiz me sacó de entre las llamas con un heroísmo y una abnegación admirable.
Me ató a su cuerpo con su propia ropa y se arrojó a nado hasta llegar a la nave que recibió a los náufragos.
Ortiz veló por mí como pudiera haberlo hecho el padre más amoroso, y cambió el rumbo de su viaje por dejarme en poder de su madre y hermanas.
Crecí en el seno de su familia tiernamente amada, y antes de cumplir doce años la fiebre amarilla me hizo abandonar la Tierra.
Ortiz y su buena madre no se separaron un momento de mi lecho, me lloraron con inmenso desconsuelo cuando les dije Adiós y nunca me olvidaron en sus oraciones”.
“En su penúltima encarnación también nos encontramos en el mar, yo iba con mi esposo, un huracán espantoso levantó montañas de agua que destrozaron por completo el buque que nos conducía a Calcuta, mi esposo, que no me quería, trató de salvarse sin pensar en mí, en cambio Ortiz expuso su vida por salvar la mía; afortunadamente no murió y a costa de grandes sacrificios me devolvió a mis padres que le bendijeron como a un Dios”.
“Él siguió el rumbo de su agitada vida, y aunque nunca le volví a ver le rendí culto en mi memoria, dejé la Tierra antes de llegar a la edad madura y mi último pensamiento fue para él”.
“En esta existencia él ya te ha contado nuestro encuentro; desde que le vi le amé, hubiera querido que nuestro viaje no hubiese terminado nunca.
¡Era tan feliz a su lado!
Yo entonces no me daba cuenta porque le amaba, después de mi muerte me lo expliqué todo”.
“Los breves días que permanecí en la Habana, siempre tuve el oído atento esperando oír sus pisadas: ¡Le quería tanto!
Sentí dejar la Tierra por él, ¡Me había yo forjado unas ilusiones tan hermosas! ¡Todas las vino a deshacer la muerte! Mas a las pocas horas de haber dejado mi envoltura fui feliz, mi Espíritu le esperaba, yo me vi salir de mi cuerpo, esto me causó profunda extrañeza, pero me quedé en los alrededores de mi morada y le salí al encuentro cuando él fue a verme, vi su llanto que me conmovió profundamente y me abracé a él para consolarle; me fui con él, y aquella facilidad de trasladarme me asombró, volví a mi morada, entré en mi cuarto y entonces caí como si el sueño me rindiera.
Me dormí efectivamente, mi Espíritu fatigado entró en reposo y cuando desperté me encontré en el espacio en brazos de mi madre y de otros espíritus, vi parte de mis existencias anteriores, y entonces comprendí porqué al encontrar a Ortiz le amé con todo mi corazón.
¿Cómo no amarle? Si él dos veces me salvó la vida con riesgo inminente de perder la suya!”
La inmensa gratitud de mi alma no podía tener otra demostración en la Tierra que amarle; y le amé como se ama cuando el ángel deja sus alas por vestir la túnica de la mujer.
El Espíritu con un organismo femenino no puede demostrar su agradecimiento más que amando y deseando la correspondencia del ser amado; en el espacio ya tiene el reconocimiento con demostraciones más puras, más desprendidas del egoísmo humano; en la Tierra quería que Ortiz me amara; en el espacio me he contentado y me he tenido por dichosa con amarle yo.
Nunca le he abandonado desde que comprendí mi verdadero estado espiritual.
Yo murmuré palabras amorosas al oído de su dulce compañera, para que esta le amara como yo le hubiera amado en la Tierra.
Yo he lamentado con él su desgracia de padre y yo velo el sueño de su pequeña hija y doy vigor a su endeble organismo para que esa flor brille lozana en el vergel de su melancólica existencia.
Yo doy luz a su mente para que estudie el Espiritismo, yo hago todo cuanto puedo por engrandecer sus aspiraciones.
Yo voy con él a la casa del mendigo y le hago amar al necesitado, yo le doy el olvido para las ofensas y la compasión para los delincuentes, yo pido a Dios continuamente que me ilumine para hacerle feliz.
Qué menos se puede hacer por su alma generosa, que en dos existencias me arrebató de los brazos de la muerte, que amarle, protegerle, inspirarle y no abandonarle nunca ni en sus horas de dolor, ni en sus segundos de alegría”.
“¡Cuánto le amo, Amalia! ¡Cuánto le amo! ¡Con qué alegría le contemplo cuando acaricia a sus hijos!… cuando reposa al lado de su virtuosísima compañera, cuando alguna ráfaga de alegría le hace sonreír, entonces…¡Oh! Entonces bendigo la hora en que dejé ese planeta para convertirme en Espíritu protector de ese ser tan amado, ¡Cada segundo que pasa, mi gratitud aumenta, y espero que Dios me inspirará para derramar en su hogar torrentes de divina luz!”
“Mucho te agradezco Amalia, tu amable condescendencia en prestar atención a mis palabras; no será ésta la última vez que te comunique mis pensamientos porque tú te comunicas con él, y porque además, me inspiras gran simpatía.
¿Sabes por qué?
Porque tú también sabes agradecer, porque tú también rindes culto a la gratitud como se lo rinde un Espíritu que la considera como el raudal divino de todas las virtudes, como el impulso sagrado de los grandes sacrificios, como la afección primera entre las afecciones.
Tú que sabes amar, porque sabes agradecer, acuérdate de mí”.
María
No necesitaba el Espíritu hacernos tal encargo, su relato nos ha conmovido profundamente, nos ha hecho sentir lo que hace mucho tiempo no habíamos sentido, porque es indudable que el contacto de las almas generosas presta nueva vida a aquellos que como nosotros tenemos sed de amor y nos encontramos tan solos en la Tierra, que nuca queremos mirarnos a fondo porque nos da frío al ver nuestra profunda soledad.
¿Tendremos en el espacio quien nos ame?
Indudablemente alguien nos amará, pero como la vista material no alcanza a ver las grandezas del infinito, y sólo ve las miserias humanas, siente el alma pensadora un frío de muerte ante ese cuadro horrible de un hogar solitario, donde los gemidos no encuentran eco, donde las dolencias del cuerpo no son comprendidas ni compadecidas, porque los seres que vienen a expiar no pueden tener quien les ame en la Tierra.
Procuremos hacer obras buenas como hizo nuestro amigo Ortiz en sus anteriores existencias y así tendremos en el espacio quien llore con nuestro llanto y sonría con nuestra sonrisa; y con el transcurso de los siglos tendremos una familia que nos ame y entonces… entonces ¡Viviremos!
Mientras tanto trabajemos en nuestro progreso para ser amados en el mundo que habitamos y en el infinito.
Amalia Domingo Soler