¡Qué hermosa es la primavera, hijos míos! Ella nos sintetiza la vida, porque es la encarnación de la esperanza, es la realidad de la gloria.

La tierra, a pesar de no ser un mundo feliz, puesto que dista mucho de la perfección, en relación a los méritos de los terrenales, es en la primavera el trasunto del paraíso, porque en esa estación florida todo sonríe, todo se despierta al beso mágico de Dios.

Hay lugares más bellos unos que otros, y durante mi última existencia habité, como ya sabéis, en una aldea situada en uno de los parajes más pintorescos de este planeta.

La iglesia y varias casas estaban edificadas en una extensa planicie, y el resto de la población estaba diseminado por las montañas que en anchuroso anfiteatro circulan la aldea.

El mar, casi siempre bonancible, me ofrecía su inmensidad para inducirme a la meditación.

Entre las montañas se extendían apacibles valles surcados por arroyos cristalinos que me convidaban con su frescura y sus fértiles sembrados a reposar dulcemente las mañanas de primavera; y ya que vosotros disfrutáis ahora de esa hermosa estación del año, quiero deciros cuánto gocé en un día de esa época feliz en la cual los pájaros, las brisas, las flores, la luz del sol, el fulgor de las estrellas, todo parece que nos dice: ¡Ama, hombre de la tierra, sonríe, alégrate, pobre infortunado, y espera un mañana venturoso!

Yo, desde niño, adoré a la Naturaleza y admiré los encantos de la creación, que son como las gotas del rocío, innumerables; por razón natural, cuando tuve más reflexión, admiré mucho más todas las bellezas que me rodeaban, y si no hubiera sido porque las condiciones de vida no eran para retirarme a una gruta y entregarme a la meditación, sino que debía permanecer firme en mi puesto para atender, no sólo a mis feligreses (que, en honor de la verdad, eran los que menos trabajo me daban), sino a los habitantes de los pueblos vecinos, que continuamente venían a contarme sus cuitas, y otros muchos pecadores que dejaban sus palacios y sus castillos para pedirme un consejo, y, por último, innumerables mendigos que venían con frecuencia a pernoctar en la aldea, seguros de encontrar favorable acogida, todo esto reclamaba mi presencia y me alejaba de mis lugares predilectos.

Porque me gustaba irme muy lejos del poblado; me complacía admirar el trabajo de Dios sin que la mano del hombre hubiese puesto su sello.

Quería ver a la Naturaleza con sus bosques sombríos, con sus alegres praderas alfombradas de musgo y bordadas de flores, con sus arroyuelos límpidos como las miradas de los niños, y torcidos como las intenciones del malvado, con sus impetuosos torrentes, con sus rocas cubiertas de silvestres enredaderas, con todos sus agrestes atractivos.

Así encontraba yo la obra de Dios más bella: para mí siempre ha sido Dios el divino artista a quien he adorado estudiando a los infusorios y aspirando el perfume de las humildes violetas.

Cuando yo podía reservar algunos momentos para mí, salía al campo, y a pesar de que mi organismo era muy endeble, como por encanto adquiría fuerza, y como si fuera un pequeñuelo, me lanzaba a correr, pero con una carrera tan rápida, con velocidad tan vertiginosa, que a mi fiel Sultán le costaba trabajo alcanzarme.

Llegaba a la cumbre de una montaña, me sentaba, miraba en torno de mí, y al verme solo respiraba mejor, sentía un placer inexplicable, y me entregaba, no a una extática contemplación, porque el éxtasis no sirve para nada.

Lo que sí me sucedía, es que al verme rodeado de tantas bellezas, reflexionaba y decía:
«Aquí todo es grande, maravilloso; yo solo soy el ente pequeño y vulgar; pues es necesario que el habitante sea digno de la casa que le han concedido, que le han destinado».

Y como nunca me faltaban desgraciados a quienes amparar, me ocupaba en desenvolver un plan para llevar a cabo una empresa, y nunca tenía tanta lucidez como cuando me iba al campo y me entregaba a pensar en el porvenir de los desheredados; en aquellos instantes se cumplía en mí el adagio evangélico de que «la fe transporta las montañas»; porque lo que dentro de mi iglesia me parecía imposible realizarlo, allí lo encontraba todo llano, sin que el menor obstáculo se interpusiera a mi deseo, y entonces… ¡cuan satisfecho volvía a mi aldea!

Entonces no corría; iba muy despacio; me permitía gozar como un sibarita, estaba contento de mí; y nunca es más dichoso el hombre que cuando sondea su memoria y en el depósito de sus recuerdos no halla un solo remordimiento, sino al contrario, ve levantarse lozana la flor de una acción generosa.

Como los terrenales estamos tan poco acostumbrados a hacer el bien, cuando cumplimos con nuestro deber, en los primeros momentos nos parece que hemos conquistado un mundo; y esta satisfacción, si bien es una prueba de nuestra debilidad, mientras no nos llegue a embriagar y se convierta en orgullo, en presunción, tiene su parte, o mejor dicho, su todo, muy beneficioso para el espíritu, porque se disfruta tanto cuando se puede enjugar una lágrima, que por gozar de ese placer, el hombre se aficiona al bien, que es todo lo que hay que hacer en la tierra: practicar el amor.

Pero los terrenales no saben amar, confunden la concupiscencia y la atracción natural de los cuerpos, que es necesaria e indispensable para multiplicarse las especies, con ese sentimiento delicadísimo, con esa compasión profundísima, con esa ternura inexplicable que debe enlazar a las almas y formar esa gran familia que tan fraccionada y tan dividida se encuentra hoy.

Entre los mendigos y aventureros que con frecuencia pernoctaban en la aldea, había una familia compuesta del matrimonio y cuatro hijos, tres varones y una niña, que me habían hecho pensar mucho, porque nunca creo que se han unido en la tierra, en una misma familia, espíritus más afines, excepto uno.

El marido, a quien llamaré Eloy, era un ser miserable y corrompido, hundido en la más completa abyección, de instintos tan salvajes y tan crueles, que mataba por el placer de matar; su esposa era su fiel retrato: su Dios era el oro, y si mil almas hubiera tenido, todas las hubiera vendido al diablo con el fin de poseer tesoros; y sus hijos, la niña Teodorina, era un ángel, era una aparición celestial, y sus hermanos tan perversos como sus padres, pero cada uno inclinado a un vicio distinto desde su más tierna edad.

Aquellos cuatro seres, por un misterio de la Providencia, todos habían recibido de mis manos el agua del bautismo; tenían su castillo lindando con la aldea, y habían sido tantas las fechorías de Eloy y de su esposa en todos sentidos, que habían sido desposeídos de todos sus bienes, se había puesto precio a sus cabezas, y los que habían nacido poco menos que en las gradas de un trono, se vieron sin tener donde reclinar su sien.

Todas las excomuniones pesaban sobre ellos: la Iglesia les había cerrado sus puertas, el Sumo Pontífice había dado las órdenes más severas para que ningún vicario de Cristo les dejase entrar en el templo bendito, y no sabéis vosotros lo qué significaba en aquella época estar excomulgado: era peor que morir en una hoguera, era ser el blanco de todas las humillaciones, y todos tenían derecho a insultar a los excomulgados, que llevaban un repugnante distintivo.

¡Pobres espíritus! ¡cuántos desaciertos cometieron! ¡cuántas lágrimas se vertieron por su causa! ¡cuan tenaz fue su rebeldía! Tuvo que verificarse poco menos que un milagro para que aquellos réprobos vieran la luz.

Muchas veces vinieron a pedirme hospitalidad y a recoger alguna suma de dinero que yo les guardaba, y yo temblaba al verlos, porque los hijos de Eloy eran tan perversos que en un día que estuvieran por aquellos contornos, talaban los campos, estrangulaban a las ovejas, mientras su hermana Teodorina, sentada sobre mis rodillas, lloraba por los desaciertos de sus hermanos, y me decía: «Padre, ¿Cuándo llegará para los míos la hora de redención? Yo se lo pido a la Virgen María, y ésta me habla, sí, Padre; la Virgen habla conmigo, y me dice: —No dejes a los tuyos, que sólo tú los llevarás a la tierra de promisión».

¡Cuan grande fue la misión de Teodorina!

Desde la temprana edad de seis años tuvo tan admirables revelaciones que era el asombro de cuantos la escuchaban.

La última vez que vinieron á la aldea, Eloy estaba muy enfermo, y aunque yo tenía orden, como todos los sacerdotes, de no dejarlos entrar en mi Iglesia, ni hacer noche en las cercanías del pueblo, cedí al enfermo mi lecho, y a la demás familia la acomodé como pude.

Los más ancianos del lugar se atrevieron a decirme: «Padre, vos desafiáis la cólera de Dios».

«Queréis decir —les contesté— la de los hombres, porque lo que es Dios no se encoleriza jamás; sed más francos, decidme que tenéis miedo, porque pensáis que su permanencia en la aldea os traerá trastornos y calamidades.

Descuidad. Lo que sí habéis de hacer es redoblar vuestra vigilancia, colocando perros en lugar conveniente para que los pequeños excomulgados no destrocen en un segundo el trabajo de muchos días; cuidad de vuestros sembrados y ayudadme al mismo tiempo a hacer una buena obra, que me encuentro inspirado y alguien me dice que conseguiré ahora lo que no he podido alcanzar en muchos años».

Como yo tenía sobre mi grey tanto poder, una palabra mía bastaba para disipar todos sus temores, y los padres de María se llevaron a su casa a los hijos de Eloy, quedándome en la Rectoría el enfermo, su esposa y la angelical Teodorina, niña hechicera que siempre venia tras de mí a contarme sus ensueños y a decirme: «Padre, yo no quiero irme de aquí; a vuestro lado mis padres son más buenos, aquí no hacen daño a nadie, pero fuera de este lugar… sufro tanto… hacen el mal por el placer de hacerlo».

Eloy estuvo un mes enfermo, y durante aquel tiempo sus hijos hicieron el mal que pudieron; así es que en la aldea no había un solo habitante que los quisiera, hasta los perros los, odiaban, hasta Sultán en cuanto los veía se arrojaba sobre ellos; y, en cambio, a Teodorina le lamía las manos y se echaba a sus pies para que la niña jugara con él.

Eloy, durante su enfermedad, tuvo largas conversaciones conmigo, y yo aproveché todas las ocasiones para inclinarlo al bien, prometiéndole que si él reconocía al soberano existente, yo tenía influencia sobrada para conseguir que el jefe de la Iglesia los perdonara; y aunque sus cuantiosos bienes no podría recobrarlos en su totalidad, porque eran tantas las acusaciones que sobre él pesaban, eran tantos los nobles descontentos que habían apelado al rey pidiéndole justicia, que no se podía alentar esperanzas de recobrar muchas de sus fortalezas, pero sí algunas de sus granjas.

Yo me encargaría de hacer educar en un convento a sus hijos y podría renacer a la vida el hombre que al venir al mundo había sido envuelto en batista y encajes, y había llegado al extremo de ser casi un bandido que no podía, pasar la noche en poblado.

Eloy me escuchaba atentamente, su esposa también, pero esas dos almas tan pervertidas se encontraban tan bien en brazos del crimen, la vida anómala que llevaban era tan de su agrado, que si venían a buscarme era por Teodorina; la pobre niña era la que siempre clamaba por venir a mi aldea, y aquellos dos seres, a pesar de su perversidad, querían a su hija todo lo que ellos podían querer, porque era verdaderamente un ángel de redención; hasta sus hermanos la respetaban, y eso que era la más pequeña.

Cuando Eloy pudo dejar el lecho ya se asfixiaba en mi compañía, y su esposa más que él aún; en cambio, Teodorina, que entonces tendría diez años, sonreía gozosa cuidando las flores de mi huerto, y me decía: «Padre, vos que sois un santo, haced un milagro con mis padres».

Y al decir esto, me miraba de una manera tan significativa, me expresaban tantas cosas sus ojos, que le respondí una tarde: «Te prometo que, o mucho me engaño, o Dios escuchará tus ruegos y los míos.

Ruega tú, hija mía; dile a la Virgen que ves en tus sueños que me ayude, que los espíritus benéficos me den su potencia, y seré capaz de transformar un mundo».

Cuando Eloy dejó el lecho, la hermosa primavera engalanaba los campos, los bosques daban franca hospitalidad a millares de pájaros que entonaban dulcísimos cantares, las praderas ostentaban su más bella alfombra matizada de diversas flores, el aire era tibio y perfumado, el cielo con su manto azul hablaba al alma; hice venir a algunos ancianos y les dije: «Amigos míos, con el enfermo que he tenido en mi oratorio, con la ansiedad que me han producido los hijos de ese -desgraciado, y otras penalidades que me agobian, conozco que mi cabeza flaquea; la tengo tan debilitada que no puedo coordinar mis ideas, me asusta el pensar que yo podría vivir largos años entregado a la inacción; creo firmemente que si yo pudiera salir al campo, a uno de mis lugares predilectos, tendría nueva vida; así es que quiero que todos vosotros me ayudéis a la curación, quiero que todos los habitantes de la aldea, todos, y cuantos pobres se encuentren en nuestra compañía, vengan conmigo a pasar un día en el campo: ese día no quiero que en torno de mí se llore, quiero que todos sonrían, quiero hacerme la ilusión de que nos hemos trasladado a un mundo feliz.

¿Aprobáis mi plan?

¿Queréis acompañarme para entonar una salve en la cumbre de la montaña más alta que divisan nuestros ojos?»

—Sí, sí —gritaron los ancianos con alegría infantil—; haremos todo lo que vos queráis para conseguir la prolongación de vuestra vida; pensáis mucho, trabajáis demasiado; tenéis razón, vamos a descansar un momento de nuestras fatigas.

—Y con afán febril, mis buenos feligreses corrieron por la aldea dando la fausta nueva: que yo quería ir al campo rodeado de mi amada grey y de cuantos pobres se encontraban en el lugar.

Llegó el día señalado, y justamente la noche anterior habían venido muchos pordioseros.

Aún las estrellas enviaban su fulgor a la tierra, cuando ya. Sultán entró en mi cuarto ladrando alegremente, como diciéndome: «Despierta, que ya es hora». ¡Qué animal tan inteligente! ¡cómo lo comprendía todo! ¡cómo hacía ruido cuando me veía alegre!

¡cómo guardaba mi sueño cuando le decía: «¡Ah, Sultán!; estoy malo…»! Entonces se colocaba al pie de la escalera que conducía a mi cuarto, y no había cuidado, nadie subía a molestarme; cuando él conocía que yo debía levantarme temprano, entraba en mi aposento dando saltos y cabriolas.

Como era tan grande, su alegría promovía una verdadera revolución, porque derribaba las sillas, mi viejo báculo rodaba por el suelo, y yo me complacía viendo tal movimiento.

Aquella madrugada, al despertarme, le dijo a Sultán: «Vete, quiero estar solo; vete y despierta a los perezosos». Sultán me miró, apoyó su hermosa cabeza en mis manos, y después con aquella inteligencia maravillosa que le distinguía, se fue pausadamente; entonces no hizo ruido, comprendió que mi mente necesitaba cierto reposo en aquellos instantes.

Al verme solo, me levanté, abrí la ventana y asomándome contemplé el cielo y exclamé: «¡Señor, sea yo hoy uno de tus mensajeros!

¡Dame esa fuerza mágica, esa potencia sin rival que tienen en los momentos supremos algunos de tus enviados!

Quiero volver al redil a dos ovejas descarriadas: ¡ayúdame tú, Señor!, que sin ti no tengo aliento, me falta persuasión para convencer, me falta esa elocuencia para entusiasmar y decidir al ser indiferente; me falta esa voz profética que encuentra eco en la mente del culpable; yo soy un árbol muerto, pero si tú quieres, Señor, hoy tendré nueva savia.

Tú ves cuál es mi intención: quiero salvar a cinco seres que naufragan en el mar del crimen, quiero evitar el martirio de un ángel; Teodorina es uno de tus querubines, y se asfixia, Señor, entre los reptiles.

Sea yo por breves segundos uno de los delegados de tu omnipotencia; déjame dar esperanza a los desesperados, déjame cantar el ¡hosanna de gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en la tierra!; déjame ir al grandioso templo de las montañas cuya cúpula es el cielo.

Quiero adorarte, Señor, con el amor de mi alma, con el contento de mi espíritu; quiero sonreír, Señor, después de haber hecho una buena obra; déjame gozar de un momento de satisfacción, déjame salir de mi cárcel sombría para contemplar la belleza de la luz.

¿Te pido acaso mucho, Señor? ¿Deseo acaso un imposible?

«No—murmuró una voz a mi oído—; vete tranquilo, que la victoria tuya será».

Y como si hubieran llevado al hombre viejo y hubiesen traído al hombre joven, de igual modo me sentí transformado.

Yo mismo me admiré y exclamé: «¡Cuan grande es tu poder, Señor, tú eres el alma de todas las almas, tú eres la vida; tú eres la fuerza, tú eres la eterna juventud!».

Lleno de dulcísimas esperanzas, fui a buscar a Eloy y le dije:

«Hoy saldremos todos.

Yo me apoyaré en ti. Es la única recompensa que te pido en pago de mis desvelos; sé tú hoy mi báculo, y mañana libre eres si te quieres ir».

Con la promesa de irse, Eloy se alegró, y con agrado me ofreció su brazo.

Entramos en la iglesia, donde me esperaba el pueblo en masa, y allí dije a mi auditorio: «Hijos míos, pidamos a Dios que de este hermoso días conservemos todos un recuerdo imperecedero».

Cuando salimos a la plaza reparé que faltaban varias mujeres de las más buenas y caritativas.

Pregunté por ellas y me dijeron que se habían quedado en casa por tener dos de ellas un hijo enfermo, y las otras por hacerles compañía.

«Que vengan las que tengan niños enfermos, que hoy Dios permite que yo tenga don de sanar a los enfermos».

Vinieron las dos mujeres con sus pequeñitos en brazos, y di un beso a los dos niños, diciendo en mi mente: «¡Señor, tú ves mi deseo, ayúdame!» Los niños, al sentir mis labios en su boca, se estremecieron y abrieron los ojos.

Uno de ellos se sonrió y acarició a su madre, buscando en su seno el agua de la vida, mientras el otro, que tenía más edad, hacía esfuerzos porque le dejaran en el suelo.

Eloy me miró y me dijo:
—Habéis hecho un milagro, Padre.
—Otro más grande haré después, porque hoy Dios me inspira; Dios ve mi deseo, y Dios da un mundo al que le pide con el corazón.

—Y nos pusimos en marcha.

¡Qué día tan hermoso, hermanos míos! Fue el único día que sonreí en la tierra.

Hubo momentos en que me creí transportado a un mundo mejor.

Las jóvenes y los mancebos iban adelante, y los ancianos y los niños venían conmigo; todos cantaban, todos reían, todos se entregaban a la más dulce expansión.

Cuando llegamos a la cumbre de la montaña, ¡qué espectáculo tan admirable se presentó ante nuestros ojos! El mar y el cielo tenían el mismo color, ni una nube empañaba el firmamento, ni una ola turbaba el reposo del líquido elemento, que, formando un espejo inmenso, parecía que retrataba el etéreo lago del infinito.

Verdes llanuras cruzadas por riachuelos cristalinos, colinas coronadas por frondosos árboles, todo allí era bello, todo sonreía, todo le decía al hombre: «Adora a Dios».

Así lo comprendió mi alma, y así lo comprendieron mis compañeros, porque todos doblaron la rodilla y juntaron las manos en señal de adoración.

Después se levantaron, y entonamos una salve a la Naturaleza que yo les había enseñado; una de sus estrofas decía así:
«Salve, oh cielo, con tus nubes.
«Salve, oh lluvia benéfica que fecundizas la tierra.
«Salve, compañeros y antecesores del hombre, oh árboles amigos, que tan útiles sois a la humanidad.
«Del oloroso cedro se hace la cuna del niño, de la robusta encina se hace el ataúd del anciano.
«¡Salve, oh habitantes del aire, que nos habéis enseñado los himnos de alabanza para saludar al buen Dios!»

Eloy, su esposa y sus hijos estaban junto a mí; y advertí que el primero instaba a los suyos para alejarse; entonces le dije:
— ¿Por qué quieres irte?
—Porque sufro; tanta luz me hace daño.

Sois demasiado bueno para nosotros, y debéis advertir que, según dicen.

Dios no admite en su cielo a los malvados; aquí parece que estamos en la gloria y este lugar no me pertenece. Dejadme marchar.

—Ya te irás; espera.

—Cuando se terminó el canto, comimos todos pan, queso y frutas en abundancia, almuerzo frugal que todos encontramos sabrosísimo; las niñas bailaron, cantaron, jugaron; los niños corrieron, los ancianos y las madres de familia jóvenes hablaron y formaron planes para el porvenir; cada cual se entregó a la expansión, según su edad, y yo, con Eloy y su esposa, me dirigí a un bosque, nos sentamos, y cogiendo las manos de Eloy entre las mías, le dije:

—Ya sé que sufres; la emoción te ahoga; has visto un reflejo de la vida, has visto cómo goza un pueblo virtuoso, y has hecho comparación con tu miserable existencia.

Tú eras rico, y por tus traiciones te ves pobre; tú eres noble entre los más nobles, y por tus desmanes te ves tan deshonrado que el último de tus siervos es más considerado que tú, y tiene derecho de entrar en la casa del Señor, y tú tienes que vivir como las fieras; tus hijos serán mañana el oprobio de la sociedad.

Hoy has mirado al porvenir y has temblado.

Pues bien, si la Iglesia te ha excomulgado por tus crímenes, si los reyes te despojan de tu patrimonio en justo castigo de tus audaces rebeliones, aún te queda Dios; Él no separa los malos de los buenos por toda la eternidad; Él acoge siempre al pecador aun cuando haya caído millones de veces; para Dios nunca es tarde, porque nunca anochece en su día infinito.

«Aún tienes tiempo, aún tus hijos pueden ser la honra de tu patria, aún puedes morir en los brazos de tus nietos, aún puedes tener un hogar.

¡Vuelve en ti, pobre enfermo; en tus ojos asoman las lágrimas de tus víctimas, que con las lágrimas de los arrepentidos forma el Señor las perlas! ¡Llora!

—Y Eloy lloró; aquel hombre de hierro tembló como el árbol agitado por el huracán.

Y yo, poseído de una fuerza sobrenatural, agregué—:

Arrepiéntete; tienes frío en el alma y en el cuerpo: a tu alma Dios le dará calor, a tu cuerpo yo lo abrigaré extendiendo mi capa—y la eché sobre sus hombros, estrechándole entre mis brazos.

Su esposa sollozaba, y Eloy la atrajo hacia él, y los tres formamos un grupo durante algunos momentos.

—No me dejéis —les dije—, dejadme vindicaros ante la sociedad; dejad que a vuestros hijos los coloque en lugar seguro, dejad que Teodorina sea el ángel de esta aldea, dejadme rehabilitaros, porque ésta es la misión del sacerdote: amparar al pecador, que el justo no necesita que nadie le ampare, porque su virtud es el mejor puerto de salvación.

El sacerdote debe ser el médico de las almas, y vosotros estáis enfermos; dejadme que os cure; vuestro mal es contagioso, y hay que evitar el contagio.

Tanto me inspiraron los buenos espíritus, que les estuve hablando más de dos horas, y no sé cuánto hubiera durado mi peroración si los niños no me hubiesen venido a buscar.

Salimos del bosque, y al llegar al sitio donde me esperaban los ancianos, les dije, presentándoles a Eloy y a su esposa:

—Hijos míos, abrazad a vuestros hermanos, que si la Iglesia cierra sus puertas a los pecadores.

Dios espera en la mesa del infinito a los hijos pródigos de la creación.

«Uníos… estrechaos en fraternal abrazo los que os creéis buenos y los que os consideráis culpables, que todos sois hermanos, que todos sois iguales.

No tenéis más diferencia que unos han trabajado en su provecho y otros en su daño; mas no creáis que los buenos son elegidos, y los rebeldes los malditos de Dios, no; Dios no tiene ninguna raza privilegiada ni desheredada; todos son sus hijos, para todos es el progreso universal.

No creáis vosotros, los que hoy vivís en santa calma, que siempre habéis vivido del mismo modo, no; vuestro espíritu ha animado a otros cuerpos, vuestra virtud de hoy tendrá su base en el dolor de ayer.

No sois los viajeros de un día, sois los viajeros de los siglos; por esto no podéis rechazar a los que caen, porque… ¡quién sabe las veces que vosotros habéis caído!

«El progreso tiene una base: el bien, y tiene su vida propia en el amor.

¡Amad sin tasa, hombres de la tierra! ¡Amad al esclavo, para que le pesen menos sus cadenas; compadeced al déspota, que se hace esclavo de sus pasiones; ensanchad el estrecho círculo de la familia, engrandeced vuestras afecciones individuales; amad, porque amando mucho es como los hombres podrán regenerarse! En pequeño lo estáis viendo en vuestra aldea.

¿No veis cuan tranquilos se deslizan nuestros días? ¿Cuan resignado vive cada cual con sus dolores físicos o morales? ¡Qué armonía tan perfecta reina entre nosotros! ¿Y por qué esto?

Porque comenzáis a amar, porque principiáis a compadecer, porque no llega un mendigo a vuestros hogares que sea despedido con acritud, porque vuestras economías las destináis exclusivamente para socorro de los pobres, porque sólo pensáis en los necesitados y levantéis casas para albergarlos, porque trabajéis en bien de la humanidad, por eso tenéis derecho a ser relativamente felices; y lo sois porque Dios da ciento por uno; y así como se celebra el nacimiento de un hijo, celebramos la llegada de nuestros hermanos.

Seis individuos componen la familia que hoy se asocia a nosotros: dos de ellos pueden compararse a dos árboles secos, que tardarán siglos en retoñar; pero los otros cuatro pueden dar días de gloria a su patria, pueden crearse una familia, y ya veis si debemos alegrarnos por semejante adquisición».

Más de un anciano lloró conmovido.

Eloy estaba como abrumado, y mi gozo era inmenso porque veía claramente lo que podrían ser sus hijos.

Durante mi estancia en la tierra nunca miré el presente, sino el porvenir, y aquel día tenían mis ideas tanta lucidez, contemplé en lontananza cuadros tan bellos, que me olvidé de todas mis contrariedades, de todas mis amarguras, sonreí de gozo con tan expansiva alearía que me confundí con los niños y jugué con ellos.

Yo, que nunca había sido niño, aquel día lo fui.

¡Hermosas horas, cuan breves fueron!

Hombres pesimistas, vosotros los que decís que en la tierra siempre se llora, yo os lo niego; en la tierra se puede sonreír; yo he sonreído; y por cierto que las condiciones de mi vida no eran a propósito para ser feliz ni un solo momento; pero cuando el espíritu cumple con su deber es dichoso; en varías ocasiones lo fui, pero nunca como aquel día.

¿Sabéis por qué? Porque aquel día todo cuanto me rodeaba hablaba a mi alma.

La primavera de la tierra es muy hermosa, todo renace, todo recobra aliento, todo es bello porque la irradiación de la vida es encantadora, y nadie mejor que el que vive muriendo lo sabe apreciar.

Mis amados fieles estaban asombrados al verme tan alegre y comunicativo, y cuando regresamos a la aldea todos me preguntaban anhelantes:

—Padre Germán, ¿Cuándo volveremos a subir a la montaña?

Aquella noche, ¡cuan hermosos fueron mis sueños y cuan dulce mí despertar!

Llegué a realizar todos mis planes; conseguí cuanto quise sobre aquel asunto: los tres hijos de Eloy fueron educados severamente en un convento, fueron después útiles a su patria, creándose una numerosa familia y muriendo como buenos en el campo de batalla.

Sus nobles descendientes están hoy en la tierra trabajando en la causa del progreso.

Eloy y su esposa no pudieron ser felices porque tenían muchos crímenes que recordar, pero se volvieron místicos, que en ciertas épocas de la vida el misticismo es un adelanto para el espíritu; llegaron a tener miedo del mañana, comenzaron a sufrir y dio principio su redención.

Teodorina fue un ángel de paz, fue el amparo de los desgraciados y nunca me olvidó.

Ni su amor de esposa, ni su adoración de madre le impidieron venir a verme en mis últimos momentos, y como una peregrinación piadosa, todos los años, por la primavera, durante mucho tiempo, visitó mi tumba…

Sólo un día de primavera fui feliz en mi vida, sólo aquel día sané enfermos con mi aliento.

¡Cuánto bien pudiera hacer el hombre si sólo pensara en hacer bien!

No hay espíritu pequeño, no hay inteligencia obtusa, no hay posición, por humilde que sea, que resulte un obstáculo para ser útiles a nuestros semejantes.

He aquí la idea que yo quiero inculcar en el hombre.

¿Quién fui yo en mi última existencia? Un pobre que no fue digno ni del cariño de una madre, y, sin embargo, quise -crearme, no un porvenir en la tierra, porque ése se lo crea cualquier aventurero, sino un porvenir en mi patria, en el mundo de los espíritus, y lo conseguí.

¿Cuánto más podréis hacer vosotros que estáis en mejores condiciones, porque yo viví en una época terrible en que la teocracia dominaba en absoluto, y yo era un verdadero hereje?

Mucho sufrí, mucho luché para dominar mis pasiones, pero ¡cuan contento estoy de haber sufrido!

Y aunque no hubiese hallado en ultratumba el bienestar que disfruto, con recordar aquel día de primavera me podría dar por recompensado de todos mis sufrimientos.

¡Hay segundos de placer que recompensan con creces cien siglos de dolor! procurad hijos míos, el disfrutar de esas horas felices que para todos son.

No se necesita para ser dichoso más que querer serlo porque virtuosos todos podemos ser.

Cuando el espíritu quiere, se engrandece; quered vosotros y engrandeceos, y así podréis tener un día de primavera en vuestra vida, como lo tuve yo.


Amalia Domingo Soler

Memorias del Padre German