Foto de Amalia Domingo Soler

Hermanos míos, dejadme divagar algunos momentos.

Pensamiento humano, eterno demente de las edades, cómo te complaces en evocar recuerdos; niño de todos los tiempos, que vas como el pequeñuelo o como la pintada mariposa saltando de flor en flor, así voy yo, narrando mi historia sin orden ni concierto.

Yo me libro del método en todo.

Vosotros podréis acusarme de ser antimetódico, porque tan pronto os cuento los últimos instantes de una de mis existencias, como me complazco en referiros los actos anteriores de esa misma creación; y sin que quiera justificarme de este proceder anómalo, debo deciros que tengo mi plan en medio de esta aparente incoherencia, pues hago dos trabajos a la vez: toco la fibra sensible del espíritu que se encarga de transmitiros mi historia, y éste, a su vez, llama a la puerta de los corazones lacerados, y les dice: «Escuchadme, que os vengo a contar un episodio de lagrimas».

Entre el espíritu y el transmisor debe establecerse afinidad de sentimientos, porque de ese modo el trabajo es más fructífero.

El espíritu, según el centro que escoja para sus manifestaciones, debe sujetarse al grado de adelanto de sus oyentes; ¿pues de qué serviría una comunicación astronómica, por ejemplo, a los pobrecitos de la tierra que ni sepan leer?

No se trata de que hablen los espíritus; lo principal es que despierten el sentimiento; y éste es mi propósito: despertarlo en los seres que transmiten mis inspiraciones, y éstos, a su vez, que lo despierten en vosotros.

No quiero que seáis sabios, anhelo primeramente que seáis buenos.

Por eso no me cansaré nunca de contaros episodios conmovedores, porque a la humanidad le hace falta sentir antes que investigar; y en prueba de ello os diré que entre vosotros, pequeñitos de la tierra, se encuentran hoy encarnados grandes sabios de la antigüedad, hombres que hoy son de figura pigmea, que dicen con profundo desencanto:
«¡Ay, tengo tanto frío en el alma que no me basta todo el fuego del sol para reanimarme!»

Esto os probará que la sabiduría sin sentimiento es una fuente sin agua; y para encontrar el agua de la vida es necesario sentir, amar, compadecer, vivir para los demás.

Por esta razón se encuentran hoy entre vosotros hombres de saber profundo que, como el león enjaulado, aunque estén en medio de los mares, dicen mirando al cielo: «Señor, si es que tú existes, ten piedad de mí, sácame de este planeta y llévame a un paraje donde pueda respirar; y los que con sabiduría asombraron al mundo antiguo, hoy pasan completamente inadvertidos, confundidos entre los ignorantes de la tierra; y estas existencias de luchas sordas, estas encarnaciones de trabajos titánicos, son las que queremos evitar».

Mucho tiempo hace que venimos trabajando en este sentido: queremos que la humanidad llore y que con su llanto se regenere.

No, le venimos a contar nada nuevo, pues en todas las épocas ha habido las mismas historias; los fuertes han humillado a los débiles; en todos los tiempos, la superstición, apoderándose del entendimiento humano, la falsa religión levantando altares y la fría razón negando, obcecada, el principio inteligente que hay en la naturaleza; hijo de Dios niega a su padre, aprovecha su libre albedrío para ser parricida; y como el hombre, sin una creencia religiosa, aunque sea un matemático profundo, no pasa de ser un pobre salvaje a medio civilizar, por esto empleamos todas nuestras fuerzas en despertar el sentimiento humano, porque el hombre que ama a sus semejantes, ama a la naturaleza y amándola adora a Dios, puesto que Dios es la vida diseminada en el átomo invisible y en los soles que atraen con su calor a millones de mundos.

Sí, hijos míos, sí; es preciso amar para vivir.

No conocéis los verdaderos goces de la vida, vivís para vosotros, y no podéis estar contentos de vuestro egoísta proceder, porque nadie toma parte en vuestras egoístas alegrías; estáis solos y la soledad es muy mala consejera.

La soledad es agradable y hasta necesaria cuando el hombre tiene alguna acción buena que recordar, pero cuando se levanta y sólo piensa en sí mismo, es muy digno de compasión.

Yo he tenido muchas existencias, y en algunas de ellas me han llamado sabio; pero creedme: sólo he vivido cuando me han llamado bueno; entonces sí, entonces he tenido momentos que nunca, nunca olvidaré .

Cuando se han fijado en mis ojos esas miradas luminosas que parece que han ido a recoger sus resplandores en el infinito; cuando la voz de la gratitud ha resonado en mi oído; cuando las manos de dos jóvenes han estrechado las mías, diciéndome con su mudo ademán: «¡Bendito seas, que a ti debemos nuestra felicidad!», ¡ah! entonces el espíritu despierta de su penoso sueño, las brumas de las miserias humanas desaparecen, y el sol de la eterna vida brilla esplendente en el limpio horizonte del porvenir.

Amad, amad mucho, amad con todo el entusiasmo con que puede amar el espíritu, que para amar ha sido creado y amando cumpliréis con el precepto divino de la Ley Suprema.

Voy a contaros uno de los episodios de mi última encarnación.

Se había terminado una guerra sangrienta; los hombres habían satisfecho sus miserables ambiciones; muchas viudas, ancianos y huérfanos gemían en un rincón de su desierto hogar, y como si no fuera bastante la destrucción de la guerra, vino la peste, que es su compañera inseparable, y sembró el espanto y la desolación en las ciudades fratricidas que habían dicho a sus hijos: «Corre, ve y mata a tu hermano…»

La aldea que yo habitaba se encontraba en un punto tan elevado, eran tan puros sus aires, tan límpidas sus aguas, que corrían alegremente en juguetones riachuelos y en caudalosas fuentes, que nunca las enfermedades epidémicas habían penetrado en sus pacíficos hogares.

Así es que, a pesar de la pobreza casi general de sus habitantes, en caso de peste, acudían centenares de familias a beber el agua de la fuente de la Salud, que, según aseguraba el vulgo, era un preservativo para todos los males.

Aunque la aldea en sí era muy pobre, estaba rodeada, si bien a largas distancias, de varios castillos de opulentos nobles; así es que, en casos de necesidad, castillos, conventos, granjas y todas las casas del pueblo se llenaban de forasteros que venían huyendo de un peligro que casi todos llevaban consigo: huían de la peste y la peste eran sus vicios y sus ambiciones.

Al declararse la peste, mi aldea se vio invadida por una turba de nobles que vinieron a quebrar nuestra dulce tranquilidad.

Entre los fugitivos había varios príncipes de la Iglesia, que, en lugar de quedarse en sus diócesis, habían abandonado a su grey cuando más necesitaban los fieles de sus exhortaciones, de sus donativos y de sus cuidados; porque los sacerdotes no son útiles a la sociedad más que en los momentos de peligro, pues en la vida son poco menos que innecesarios.

En las calamidades pueden ser los enviados de la Providencia que difundan el consuelo entre los atribulados.

Pero como los príncipes de la Iglesia de todo se han ocupado siempre menos que de cumplir con su deber, en aquella ocasión, como en otras muchas, dejaron al bajo clero luchando con los enfermos y con otras penalidades.

Entre los que llegaron había un obispo que yo conocía desde niño, hombre audaz a quien la religión le servía para desarrollar a su sombra sus bastardas ambiciones, y había sido uno de los que más habían trabajado para comerciar con la fuente de la Salud.

Afortunadamente, la epidemia terminó sin que en la aldea ni en sus cercanías hubiere una sola defunción ocasionada por tan terrible enfermedad; y el obispo antes aludido, a quien llamaremos Favonio, subió al pulpito de la vieja iglesia, y con tono imperativo dijo lo siguiente:

— ¡Pecadores! ya habéis visto cómo la cólera divina ha descargado sus furores sobre las ciudades invadidas por la peste, justo castigo de sus abominaciones: la Providencia ha demostrado que está agraviada por los desaciertos de los hombres, y ha castigado con la muerte a las almas rebeldes, destruyendo su cuerpo y condenando al espíritu a la eterna expiación de sus culpas.

Para desagraviar a la Providencia, justo es que verifiquemos un acto grato a los ojos del Señor, y, al mismo tiempo demos testimonio de nuestro agradecimiento por habernos conservado la vida, que emplearemos en honra y gloria de Dios; así, pues, el domingo próximo ordenaremos que todos los fieles se reúnan para acompañar a Su Divina Majestad, que llevaremos en procesión a la cumbre de la montaña que da sombra a esta aldea, y después bajaremos al barranco y volveremos a la iglesia.

Ordeno que ninguno se excuse; quiero que todos asistan a un acto tan meritorio.

Aquel lenguaje imperativo causó muy mala impresión en mis feligreses, acostumbrados como estaban a seguirme siempre sin que yo les indicara que me siguieran; me querían y esto era lo bastante para que continuamente unos u otros trabajasen en mi huerto y me acompañasen hasta la puerta del cementerio, después de haber dado mi paseo de costumbre.

Al domingo siguiente le dije a mi superior: «Hoy me corresponde ocupar la tribuna sagrada, porque si otra vez os oyeran mis feligreses, perderían la fe en Dios para muchos años.

Dios no se impone; Dios se hace amar y sus ministros no han de dar órdenes imperativas si quieren ser intérpretes del Evangelio de Cristo».

Favonio me miró y sus miradas me dijeron todo el odio que para mí guardaba su corazón, pero como nunca conocí el miedo y mi espíritu, por el contrario, crecía en la lucha, subí al pulpito más animado que nunca, diciendo a mi auditorio: «Amigos míos: no estando conforme con algunos puntos de la plática que mi digno superior os dirigió el domingo pasado, justo es que me apresure a desvanecer ciertos errores que no quiero de ningún modo que abriguéis en vuestra mente.

«Sentó el erróneo principio de que la cólera divina ha descargado sus furores sobre las ciudades invadidas por la peste; y yo debo repetiros lo que ya os he dicho muchas veces: que Dios no puede encolerizarse jamás, porque es superior a todas las pasiones humanas.

Él no puede hacer otra cosa que amar y crear; bajo este supuesto.

Él no puede agraviarse, porque no llegan a Él nuestras míseras contiendas, y no hay que achacar enojos al que está fuera de nuestro alcance.

Personalizar a Dios es amenguar su grandeza, es desconocer la esencia de su ser.

Dios crea y al crear da a los mundos y a los hombres leyes eternas; así es que cuanto acontece obedece al cumplimiento de la ley.

Sabido es que después de las guerras sobreviene la peste, no en castigo de nuestra barbarie, sino como resultado de haberse infestado la atmósfera con los centenares de cadáveres que en estado de putrefacción despiden sus gases deletéreos, inficionando el aire; y si los hombres pudieran hacerle ofensas a Dios, los vicarios de Cristo, los pastores del Evangelio que abandonan su rebaño cuando el lobo les amenaza, son los que ofenden, no a Dios, pero sí a los nobles sentimientos que deben ser patrimonio exclusivo del hombre.

«Príncipes de la Iglesia, ¿tan poca fe tenéis en la justicia divina que así huis de vuestros hogares abandonando a las familias indigentes en medio de la tempestad? ¿Sabéis lo que representa un obispo en su diócesis? Pues es lo mismo que el capitán de un buque, que no abandona su embarcación hasta que ha salvado al último grumete; pues de igual manera vosotros no debéis dejar vuestras ciudades infestadas, y en ellas debéis permanecer para alentar a los débiles, para consolar a los tristes; si queréis llamaros padres de almas, cumplid como padres.

¿Habéis visto jamás que un padre salve su vida dejando en peligro la de sus hijos? No; primero piensa en ellos que en él; pues siendo así, cumplid como buenos o dejad de usurpar títulos que, en honor de la verdad, no os corresponden.

«Pensáis cubrir las apariencias dando un largo paseo, obligando a los pobres ancianos y a los enfermos a que os acompañen. ¿Y para qué?

Nunca las ceremonias religiosas deben ser obligatorias; si las almas de los creyentes necesitan esa manifestación, que acudan los que quieran asociarse a ella, pues a nada útil nos conduce, porque las procesiones no son las que engrandecen el sentimiento cristiano.

El pasear el cáliz con la hostia consagrada no lleva la esperanza a ningún espíritu enfermo como la lleva la exhortación evangélica que el sacerdote dirige a un ser que sufre; las romerías y procesiones no dan otro resultado que el esparcimiento para la gente moza, cansancio para los viejos, desilusión para los pensadores y vano prestigio para los que las organizan; y sobre otros cimientos debe levantar sus torres la iglesia cristiana.

Conste, pues, que conceptúo las procesiones como paseos antihigiénicos, manifestaciones religiosas que no despiertan otro sentimiento que el de la curiosidad, y el sacerdote cristiano debe tener más nobles aspiraciones».

Como debéis comprender, mis palabras tuvieron distinta acogida.

Los míos no me aplaudieron porque lo sagrado del lugar no lo permitía, y mis contrarios no me redujeron a prisión porque yo tenía en mi ventaja una gran fuerza magnética: los dominaba a mi antojo; cuando los miraba de hito en hito cerraban los ojos y huían de mi lado, diciendo por lo bajo: «Sois un hechicero, sois el fiel servidor de Satanás».

Aquella tarde se organizó la procesión: delante iba toda la nobleza, detrás los prelados, tras de ellos todos los habitantes de la aldea, y por último yo, llevando en las manos el cáliz.

Todos los niños me rodeaban, no sólo los de la aldea sino también los de la nobleza, que como la niñez es tan expansiva, me demostraba su afecto con la ingenuidad de su inocencia.

Los niños fueron los únicos que gozaron en aquel paseo; los demás siguieron el curso de la procesión, por seguir, sin esa espontaneidad del alma que es la vida del espíritu.

En la cumbre de la montaña hicimos alto, y los niños de la aldea entonaron un himno a la Providencia, implorando su protección para los viajeros, que al día siguiente debían emprender la marcha para regresar a sus hogares.

Descendimos al llano, cruzamos el puente del barranco y nos detuvimos en la plaza de la iglesia, donde los enfermos y los más ancianos nos esperaban, es decir, me esperaban; me cabe la satisfacción de decir que si dejaron su lecho fue para oírme, porque sabían que yo hablaría antes de entrar en el templo, lo que contrarió en gran manera al obispo Favonio, mas yo le dije:

—Aquí es donde debo hablar, porque es donde los enfermos y los ancianos me esperan; la Iglesia es pequeña e incómoda, por que carece de los asientos necesarios; aquí están ellos en su lugar favorito; en esta plaza han jugado cuando eran niños, han bailado cuando eran jóvenes y hoy, ya decrépitos, le vienen a pedir al sol el calor de sus rayos para vigorizar sus helados cuerpos; hablemos, pues, aquí.

El sol reanimará su materia y mi palabra alentará su espíritu.

—Y subiendo las gradas que conducían al templo, me detuve en el atrio y dije:
— ¡Príncipes de la Iglesia y nobles del reino! Ya hemos cumplido vuestro deseo, yendo en procesión a la cumbre de la montaña, ya habéis dado gracias a Dios porque os ha conservado la vida, y mañana os disponéis a volver a vuestros hogares porque estáis seguros de que la peste no se cebará en ninguno de vosotros, ya que os habéis preservado del peligro bebiendo tres novenas el agua milagrosa de la fuente de Salud y rezado siete salves a la Virgen antes de beber cada día el agua bendita.

¿Y os creéis salvos? ¿vuestra superstición es tan grande que ya no teméis la cólera divina, como decís vosotros? ¿con tan pequeño sacrificio se calma la ira del Omnipotente?

Es curioso ver cómo arregláis las ofensas y los desagravios; pero como yo veo muy lejos, como sé que se hará valer la feliz circunstancia de no haber muerto ningunos de vosotros durante su larga permanencia en la aldea, para decir que no debe estar más tiempo ignorada la milagrosa fuente, y al iros dejaréis cuantiosos donativos para reedificar esta vieja iglesia y hacer una ermita junto al manantial, debo preveniros de antemano que cuanto dejéis será entregado a los pobres y ni un denario gastaré en reedificar la iglesia.

Pobre es, como la veis; sus vasos sagrados no son de oro ni de plata, sino de humilde estaño; pero el cáliz no tiene valor por las piedras preciosas que le adornan, sino por las manos que lo elevan en recuerdo de Jesucristo: si el que celebra la misa, cuando levanta el cáliz, levanta con él su espíritu a Dios, si no es calumniador ni codicioso, si no estafa a su prójimo, si no hurta el fruto del cercado ajeno, si vive dentro de la santa ley de Dios, Dios envía sobre su cabeza los efluvios de su omnipotencia, aunque el cáliz que sostengan sus manos sea de grosera arcilla.

No quiero que la sofisticación religiosa profane esta aldea, no quiero darle valor a lo que en realidad no lo tiene.

La fuente de la Salud no tiene más ventaja en su favor que sus aguas filtradas por ásperas piedras, pues así llega a nosotros limpia y cristalina, sin que ninguna sustancia extraña enturbie sus hilos de líquidos diamantes.

«Decidme, los que vociferáis que esa agua os ha dado la vida: ¿Qué variación experimentáis en vosotros? Ninguna, indudablemente.

Ya se sabe que el habitante de las ciudades, cuando va una temporada al campo, siente su cuerpo más ligero, tiene más apetito, pero en vuestra parte moral, ¿Qué variación notáis?

Cuando se verifica un milagro debe haber un cambio radical, y vosotros habéis venido con la muerte en el alma y con la muerte en el alma os vais: sentís las mismas ambiciones, abrigáis los mismos deseos, vinisteis huyendo de la peste, y la peste la lleváis vosotros; vuestros ojos me han revelado grandes misterios: yo sé que hay jóvenes que desean morir porque ya les abruma el peso de sus quince años; entre vosotros hay mujeres que lloran recordando grandes desaciertos, y han venido a la fuente de la Salud creyendo que la virtud de sus aguas destruiría los fetos del adulterio. ¡Cuántas historias me habéis venido a revelar sin haberme dicho una sola palabra!

¡Cuánto os compadezco! ¡con todas vuestras miserias sois tan pobres…! y aún queréis aumentar vuestras miserias profanando este paraje donde viven en dulce paz algunos pequeñitos de la tierra.

«No intentéis venir a turbar nuestro reposo, porque nunca consentiré que realicéis vuestros planes.

Mientras yo viva, no se abusará de la credulidad religiosa; y para que os convenzáis de que la fuente de la Salud no da salud a nadie, hay uno entre vosotros que antes de entrar en su palacio, morirá, y es el que más agua ha bebido».

Al pronunciar estas palabras, la confusión fue indescriptible.

Los unos decían: «Es un loco, no sabe lo que dice». Los otros se miraban azorados, y el obispo Favonio se acercó a mí y me dijo con amarga ironía: «Ya que sois adivino, decid quién morirá de entre nosotros».

—Vos —le dije con acento imperioso—, y os lo he advertido —repliqué, bajando la voz—porque sé la historia que guardáis, y sería muy conveniente que os confesarais con la mujer que habéis perdido haciéndoos dueño de su porvenir; aprovechad los instantes, que para vos son preciosos.

Alguien me lo dice, alguien me inspira, y mis predicciones suelen cumplirse; no extrañéis mi lenguaje, ya sabéis de antemano que detesto las farsas religiosas.

La muchedumbre se fue retirando, y una preciosa niña de quince años, la angelical Elina, hija de los condes de San Félix, que casi toda la tarde había estado cerca de mí, me dijo con voz angustiada:

—Padre, mañana me voy y me urge hablaros esta noche; necesito veros en la fuente de la Salud; mi buena nodriza me acompañará.

—No es hora de entrevistas, hija mía; pero, como sé que sufres, iré a escucharte.

Me retiré a mi cuarto acompañado de Sultán, tomé algún alimento, y me venció el sueño; pero Sultán, cuya extraordinaria inteligencia siempre me causaba admiración, comprendió, sin duda, al hablarme Elina, y al indicar con su diestra la fuente de la Salud, que allí me esperaba; así es que me despertó lamiéndome las manos y ladrando suavemente.

Al despertar, me acordé de la cita y, seguido de mi fiel compañero, me dirigí a la fuente, donde ya me esperaba Elina con su nodriza.

La primera, al verme, me dijo:
—Padre, esta tarde habéis dicho grandes verdades, asegurando que aquí no se recobra la salud.

Tenéis razón: enferma vine y enferma me voy; mis padres y mi confesor quieren unirme con un hombre que detesto; es muy rico, pero es un miserable, y antes de darle mi mano me mataré; y esto quería deciros: que estoy decidida a morir y que roguéis por mí en vuestras oraciones.

—Ya ves, hija mía, ya ves cómo la fuente de la Salud en lugar de curarte te ha empeorado, porque aquí se ha agravado tu enfermedad; yo lo sé, y si he hablado esta tarde ha sido principalmente por ti, porque he leído en tus ojos que el agua de esta fuente te podría causar la muerte si a tiempo no se te da un antídoto.

— ¿Qué sabéis?—dijo Elina fijando en mí sus hermosos ojos.

—Nada de particular, hija mía; vete tranquila, yo velaré por ti.

—Entonces lo mejor será que me ponga bajo vuestro amparo.

—No, nada de violencias; mañana yo hablaré a tu padre y le diré que espere, y esperará para hacerte cambiar de estado; porque entre tu padre y yo hay una cuenta pendiente y me tiene que obedecer.

Yo sé que tú en esta fuente has visto unos ojos que han hecho latir tu joven corazón, y tu espléndida hermosura ha despertado a un alma que dormía; yo puedo hacer vuestra felicidad y la haré; vete en paz.

Elina me miró con ese arrobamiento con que miran las vírgenes, que a pesar de estar en la tierra recuerdan al cielo, y rodeando mi cabeza con sus brazos, me dijo con voz vibrante:

—Padre, ¡bendito seáis! Vos sí que me habéis dado la salud.

—La salud de las almas, hija mía, es el amor correspondido; amas y te aman, yo te prometo que realizarás tus sueños, y mi promesa es agua de salud para tu espíritu; confía en Dios, en el mancebo de los negros ojos y en mí; sonríe dichosa, que tendrás en tu vida días de sol.

Se fue Elina, y yo me quedé largo rato en la fuente de la Salud, pues necesitaba prepararme para un nuevo sacrificio.

Sin duda recordaréis que, entre los seres a quien amparé en mi vida, uno de ellos fue un niño, hijo de una mendiga que murió al darlo a luz; yo le recogí, lo dejé en poder de unos aldeanos, y tres años después volví por él y se lo entregué a los padres de María para que tuviera una familia cariñosa.

No pasaba día sin que Andrés viniera a verme; espíritu sencillo y agradecido, creció tranquilo y cumplió 17 años sin que una nube de tristeza empañara su frente; varias veces me había dicho:

—Padre, yo quiero ser sacerdote como vos, y cuando dejéis de existir, yo os reemplazaré y todos me querrán en la aldea.

—No, hijo -le decía yo—; quiero que te cases, que tengas familia, que tus hijos cierren mis ojos; quiero verles jugar a Caballo con mi báculo, quiero que vivas, que yo no he vivido.

—Es que no me gusta ninguna mujer —replicaba Andrés sencillamente.

—Ya te gustará alguna, hijo mío; eres muy niño.

Yo me había hecho la ilusión de casarlo con alguna joven de la aldea, que se hubiera venido a vivir conmigo, y ya me veía rodeado de mis nietitos, porque Andrés era un hijo para mí.

La mirada que me dirigió su madre al morir, la muda súplica de aquellos ojos, habían despertado en mi corazón el amor paternal, y quería a Andrés con toda la efusión de mi alma, habiendo en mi cariño gran parte de egoísmo, lo confieso.

Aquel ser lo quería yo para mí: así que lo eduqué sin despertar su inteligencia, le enseñé lo más preciso, y me guardé de profundizar sus estudios para evitar que su espíritu ambicionara dejar aquella vida pacífica.

Yo necesitaba cerca de mí algo que me perteneciera, que todo me lo debiera, y ninguno mejor que Andrés, que vino al mundo en las más tristes condiciones y por mi protección vivió dichoso en medio de la abundancia y querido de todos.

Así que, lo repito, dejé dormir su espíritu para que no le pareciera monótona la vida de la aldea.

A veces yo lo miraba y decía: «Soy un criminal; este niño, bien educado, sería algo en el mundo, pero entonces le perdería; se iría muy lejos, y sabe Dios si le volvería a ver.

No, no; como todo lo ignora, no sufre, y yo con su presencia soy dichoso»; y así iban pasando los días cuando llegó Elina y un centenar de nobles huyendo de la peste.

Una tarde vino Elina a ver mi huerto, que era el mejor cultivado y tenía fama por las muchas flores que en él crecían lozanas y hermosas.

Andrés se apresuró a presentarle las mejores frutas y las flores más bellas; los dos jóvenes se miraron y se quedaron como extasiados uno frente al otro. Yo estaba dentro del cenador, y observé la impresión que se habían causado; escuché su animada conversación, vi cómo los dos decían con sus ojos ¡te amo!, y sin poderme contener lancé un suspiro y me levanté contrariado, porque aquella hermosa niña había destruido en dos segundos todos mis planes. Andrés ya no sería dichoso en la aldea, el recuerdo de Elina le atormentaría, porque era hermosísima; sus miradas le habían prometido un cielo, y Andrés sería muy desgraciado si no llegaba a realizar sus sueños; y para cerciorarme me puse en observación, y vi cómo aquella alma salía de su letargo.
Mudo, pensativo, se pasaba largas horas en el huerto, sentado en la misma piedra donde Elina se sentaba; poco aficionado a la lectura, entonces buscó en los libros agradable pasatiempo y servían a la vez de pretexto para hablar con Elina, que por la tarde venía a verme (según ella decía); y durante dos meses Andrés y Elina se creyeron en el Paraíso, si bien él se transfiguró por completo. Su semblante risueño se tornó melancólico, sus rosadas mejillas perdieron su matiz encarnado, su frente adquirió arrugas y sus límpidos ojos expresión; el niño se hizo hombre y comenzó a sufrir; midió el hondo abismo que le separaba de Elina y tembló. Ella era de primera nobleza, inmensamente rica, y él pobre, sin instrucción, sin porvenir. Cuando supo el día que los nobles abandonarían la aldea, le vi entrar en mi cuarto triste y sombrío. Lleno de compasión, le pregunté:

— ¿Qué tienes?
Él me miró y me dijo:
—No sé.
—No mientas; eres muy niño aún para mentir. ¿No me miras como a un padre?
—Sí.
—Pues entonces, ¿por qué no me cuentas tus penas?
—Porque aumentaría las vuestras.
—No importa. Dios me dará fortaleza; siéntate y habla.
Pero Andrés no pudo hablar; únicamente me dijo con voz entrecortada por los sollozos:
— ¡Mañana se van…!
—Ya lo sé que se van mañana, y si no hubieran venido, hubiese sido mejor.
—Es verdad —asintió Andrés, mirándome con tristeza—. Yo vivía tan tranquilo… y ahora… no sé qué será de mí.
—Ahora comenzarás a vivir, porque empezarás a luchar; mañana te irás de la aldea.
— ¡Yo…!—gritó el niño con mal disimulada alegría.
—Sí; harto tiempo he sido egoísta, te confieso mi debilidad: yo, el árbol muerto, para adquirir savia quise injertar en mis secas raíces un tierno arbusto.

Ése eres tú.

Hice el propósito de no instruirte, de dejarte dormir en un sueño apacible; te hubiera casado con una joven rica de la aldea, hubiéramos vivido juntos, tus hijos hubieran dormido en mis brazos, y yo les hubiera enseñado a andar, y ya me parecía ver el huerto convertido en un paraíso.

¡Qué hermoso sueño!

Mas hoy ya es imposible realizarlo, te has despertado y amas como no se ama más que una vez en la vida; mi egoísmo recibe su justo castigo.

Yo, desde luego, debí haber procurado hacerte hombre; al hacerme cargo de ti, no debí pensar en mí, sino en estudiar tus aspiraciones; y en vez de hacerlo así, te he ido entreteniendo como se entretiene a un niño.

Perdóname, hijo mío; ni un segundo más estarás a mi lado; mañana te pondrás en camino, llevando cartas que te abrirán las puertas del gran mundo.

Una mujer noble (que te quiere mucho) te recibirá con los brazos abiertos y te servirá de madre.

Dile a la hermosa niña que ha turbado nuestro reposo que te espere, que tú conquistarás un nombre para hacerla tu esposa.

Andrés se arrojó en mis brazos y no pudo expresarme su gratitud más que con sus miradas, pues la emoción lo ahogaba: era demasiado feliz.

Al día siguiente todos se fueron, y al verme solo en mi huerto fui débil y lloré, lloré por Andrés; pero me quedé tranquilo, quizá más tranquilo que nunca, porque había cumplido con mi deber.

Seis años después, Miguel y María estaban atareadísimos arreglando mi cuarto porque iban a venir huéspedes.

Elina me había escrito anunciándome su llegada, suplicándome que saliera a esperarla en la fuente de la Salud.

Andrés, durante ese tiempo, gracias a mis recomendaciones, encontró cuanto podía desear; y en todas sus cartas me demostraba su gratitud.

Aquella tarde me dirigí a la fuente, deseando como los niños que pasasen pronto las horas; al fin sentí ruido de caballos a lo lejos, a poco cesó, y algunos momentos después vi a Elina y a Andrés, que no me dieron tiempo de mirarlos, porque se arrojaron en mis brazos con tal precipitación, que estuve a punto de caer.

Hay momentos en la vida cuyas múltiples sensaciones no se pueden describir, así es que renuncio a deciros el goce inefable que experimenté. ¿Cuánto tiempo estuvimos abrazados?

Lo ignoro; sólo sé que los tres hablábamos a un tiempo y que no me cansaba de mirar a Andrés, que era un gentil caballero en cuyos negros ojos irradiaba el fuego de la vida.

Venían para que yo bendijera su unión.

Elina, de acuerdo con su padre, había dejado la casa paterna porque su madre y su confesor de ninguna manera querían ceder a su casamiento con Andrés; pero el conde de San Félix me debía la vida y fue agradecido confiándome la felicidad de su hija.

¡Qué hermosa pareja hacían los dos! Elina ya no era la niña tímida; era la mujer con toda su belleza y sus atractivos; alma apasionada, miraba a Andrés de un modo que hubiera hecho enloquecer a los santos.

Nunca olvidaré aquella noche, al verlos tan felices y sonrientes.

Ellos me acariciaban como si yo fuera un niño, ¡y era tan feliz!… En aquel mismo lugar, ante la rústica fuente, levanté la diestra diciendo: «¡Benditos seáis por vuestra juventud y vuestro amor!

Perpetuad el matrimonio que en otro mundo contrajisteis y seguid viviendo unidos por toda la eternidad; sed como la luz y la sombra, que siempre se siguen la una a la otra, como el árbol y sus hojas, como la flor y el fruto; no tengáis más que un solo pensamiento manifestado en una sola voluntad.

Amaos, que de los que se aman hace el Señor sus ángeles».

Los dos a una, Andrés y Elina cayeron de rodillas, y yo les seguí hablando de la felicidad del amor.

Cuando más entusiasmado estaba, enmudecí, al ver dos sombras delante de mí: la una era la niña de los rizos negros, que colocaba sobre la frente de Elina su corona de jazmines; la otra era la madre de Andrés, que apoyando su diestra en la frente de su hijo, me miró y me dijo: «¡Bendito seas tú, que le sirves de padre a los huérfanos!»

Amalia Domingo Soler

Memorias del Padre German