Amalia Domingo Soler

A UN ESPIRITISTA

Las religiones de la India, con sus misterios y sus sacrificios, con sus interminables noviciados y sus sacerdotes convertidos en dioses, cuánto no han hecho gemir a la humanidad, porque ellas inventaron las castas y los privilegios; pero a pesar de todos sus errores después de tantos siglos… aún se va a buscar en sus libros sagrados el abecedario para leer nuestra Biblia, y la parte filosófica y espiritual que contienen, la admiramos y la veneramos hoy con profunda emoción.

Descartemos de la religión primitiva todos sus abusos (accesorios indispensables de todas las grandes manifestaciones espirituales), y despojada de las pobres vestiduras de las ceremonias y los ritos, queda sola la gran figura del redentor de la humanidad, llámese Cristna, llámese Jesús.

El Espiritismo, que es la sanción eterna de la vida universal, tan antiguo como la creación, tan lógico y tan evidente como las matemáticas, ¿Crees tú que la superchería de unos pocos, puede menoscabar su grandeza? No.

¿Pueden los hombres ofender a Dios? ¡Ah! No, son demasiado pequeños para llegar hasta Él; pues el Espiritismo, que es el mecanismo organizado de su justicia, que es la ciencia de su ley, que es la manifestación de su divinidad.

Porque ¿Qué puede haber más noble, más justo y más grande, que “a cada uno según sus obras”?

¿Crees tú que la anunciación de la vida eterna dejará de proseguir su camino, que ese foco de perenne irradiación, cesará de difundir sus resplandores porque una nubecilla importuna empañe el horizonte de la verdad?

¿Podrá detenernos en nuestra ruta un millón de infusorios? No, de nosotros se alimentan, pero nosotros seguimos viviendo cumpliendo nuestra misión, pues mucha más distancia existe desde los falsos médiums al verdadero Espiritismo, que desde los infusorios a nosotros, y ya se sabe que todos los cuerpos crían gusanos.

¿Hay néctar más delicioso que el agua si la bebemos, después de una larga jornada?

Aquella agua nos da la vida, y sin embargo, si examináramos con un microscopio una sola gota de tan transparente líquido, no nos atreveríamos como dice Flammarion a devorar un mundo tan poblado, con tantos microzoarios que contiene una gota de agua.

¡El Sol! Ese amante de la naturaleza, ese Dios de los primitivos idólatras, ese calor eterno de la creación, al transmitirnos su luz, vemos que en sus rayos viven millares de cuerpecillos microscópicos; y el aire, ese purificador de la atmósfera, ese primer agente de la vida, ¿Qué lleva en sus impalpables alas?

Esqueletos de infusorios que alimentan a infinidad de animalillos; lleva filamentos de nuestros trajes, y partículas de humo de nuestros hogares.

Y sin embargo, el agua calma nuestra sed, y el Sol y el aire nos dan la vida, por más que lleven en sus átomos todo un microcosmos.

Pues bien, así como los elementos de nuestra vida física contienen tanta pequeñez en su grandeza, del mismo modo los elementos intelectuales pueden contener pequeñas miserias, sin que por esto e l todo pierda su sello de perfectibilidad relativa a la Tierra.

No temas que la gente insensata y ciega te llame mentecato, iluso y loco; los hombres de tu temple no deben escuchar el murmullo de la ignorancia, sino la plegaria ferviente de la ciencia.

Tú dices: yo nunca negaré que soy espiritista, mas no propagaré la buena nueva.

¿Y crees tú que cumples con tu deber, creyendo, y no haciendo creer a otros? Tú me dirás que la predicación no se escucha, que los libros y los periódicos apenas se leen, convencido; pero y si de cien que ojeen un volumen, uno se convence y reconoce la verdad, ¿Sabes tú lo que vale la vida de un hombre? ¿Sabes tú lo que es guiar a un alma y llevarla a la tierra de promisión?

Tú puedes llevar a muchas, no enmudezcas; fatal es la época que atravesamos, pero yo te diré lo que decía Blas, el sabio griego: con habilidad todo es posible.

No olvides tampoco la gran sentencia de Thales: Promete el peligro si es inminente. Donde no hay peligro no crece el laurel de la victoria.

Los espiritistas debemos trabajar cada uno según sus fuerzas y sus conocimientos, y si sembramos en piedra dura y la semilla resbala, nunca faltará alguna hendidura que conserve el grano.

Los ricos de oro, no deben nunca olvidar que hay pobres que se mueren de hambre y de frío, y los ricos de entendimiento son avaros endurecidos sino difunden a torrentes la luz de su trabajada y laboriosa inteligencia.

No escuches la voz de tus enemigos de ultratumba, no te estaciones; sigue siendo, como has sido hasta ahora, uno de los mejores apóstoles de la escuela espiritista, escuela filosófica de todos los siglos.

Que Dios te ilumine y te conceda salud y paz.

La Luz Del Espíritu

Amalia Domingo Soler

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