
Un hermano nuestro en creencias nos remitió en Octubre último el suelto siguiente:
“UN MENDIGO FILÁNTROPO»
El diez del mes pasado, falleció en la ciudad de Santa Fe, Cecilio Tolosa, el Tobías de Santa Fe, como algunos le llamaban.
Ayer recibimos un folleto escrito en homenaje a la memoria de Tolosa.
Era cordobés, pero residía desde mucho tiempo atrás en Santa Fe, donde se captó general estima y simpatía, a causa de sus numerosas obras humanitarias.
Tolosa era huérfano, jamás había conocido las dulzuras del hogar.
Vivía solo completamente, preocupado de socorrer a los enfermos, de enterrar a los muertos y consolar a los desvalidos como él.
Un verdadero misericordioso.
Vestido de harapos, continuamente mordido por el diente de la miseria, temblando de frío, cargado de años, con el vientre a medio llenar, este miserable era la providencia de las familias pobres y el dios de los hambrientos errantes y desesperados.
Un ser extraño, digno de alabanza calurosa de los buenos, al cerrar los ojos para siempre en su humilde choza, alcanzó a ver reunido en torno suyo, a una verdadera multitud que hacía votos porque la hora fatal de su extinción se aplazase.
Su cadáver fue conducido a pulso, en un ataúd riquísimo, al templo de la Matriz. Más de cien personas lo acompañaron, y el templo encontrándose lleno de concurrentes, entre los cuales se contaban desde el vicegobernador de la provincia hasta el último mendigo, y desde la dama más opulenta hasta la más humilde obrera.
Cuarenta coronas cubrían el féretro, mostrando otras tantas tarjetas con los nombres más conocidos de la sociedad Santafecina.
Los diarios de la ciudad le dedicaron sentidos artículos necrológicos, y en el fondo de las cabañas las mujeres y los niños lloraban amargamente la muerte del filántropo mendigo.
Un periódico dijo: Tolosa vivirá por siempre como un tipo legendario, y en la lápida que va a comprarse para la tumba, no debe grabarse sino este nombre:
¡Tobías!