Señor, aparta de mis labios este cáliz; pero a estos instantes de desfallecimiento ha sucedido la reacción generosa de su fe inmensa en la Omnipotencia Suprema, pues desde que alboreó su inteligencia, creyó en una causa divina y la adoró en la naturaleza, sin que por esto dejara de estudiar las diversas religiones que han sido la síntesis de las sucesivas civilizaciones que han ido colonizando la Tierra; y cuando ese Espíritu dominó todas las aflicciones terrenales, cuando se creyó bastante fuerte para ser grande sin el amor de una madre, sin los lazos de una familia cariñosa, sin la comodidad de la abundancia, sin la consideración social del que ocupa honrosa posición, cuando comprendió que solo, aislado, rodeado de privaciones podría decir:
¡Adiós Tierra!…¡Adiós! Me voy de tu suelo después de haber sufrido todos tus dolores y haber sonreído con tus fugaces alegrías, después de haber demostrado cómo aman las almas generosas, cómo hacen suyas las penas ajenas y olvidan las propias, cómo se interesan por los que viven olvidados y oprimidos por la esclavitud de la miseria, después de haber escrito una página de gloria en la historia de ese mundo, bien puedo decir:
¡Adiós Tierra!… ¡Adiós! Penitenciaría de los espíritus débiles dominados por las pasiones; voy a respirar nuevas brisas, voy a adquirir nuevos conocimientos, voy a subir un peldaño en la escala del progreso indefinido.
¡Adiós Tierra!… ¡Adiós! Los resplandores del infinito atraen a mi Espíritu como la luz atrae a las mariposas que pueblan nuestros vergeles: mas yo no moriré en las llamas como mueren las flores del aire.
Yo me bañaré en un océano de luz, y envuelto en luminosa vestidura, seguiré mi peregrinación pidiendo hospitalidad en los mundos donde yo comprenda que tengo derecho a penetrar”.
“Esto pensó y dijo ese Espíritu en su última encarnación en la Tierra, ha sido el epílogo de su historia terrenal, ahora se prepara para emprender nuevo viaje.
¡Dichosos los espíritus que como el mendigo filántropo dejan tras de sí polvo de soles y esencia de amor!
Seguid si podéis sus huellas, que es el camino recto del progreso, la práctica bendita del amor Universal”.
Adiós.
¿Qué podemos añadir nosotros a las consideraciones del Espíritu sobre el mendigo de Santa Fe?
Que quisiéramos imitarle, que quisiéramos ser tan buenos como él lo fue.
¿Llegaremos a conseguirlo?
Podríamos decir como él dentro de breve plazo: ¡Adiós Tierra! ¡Adiós!
En breve plazo no, es completamente imposible; pero con el transcurso de los siglos sí; con la sucesión de las edades confiamos darle un adiós a la Tierra donde tanto hemos sufrido; que el teatro de nuestros desaciertos necesariamente tiene que ser el lugar de nuestro castigo, la mansión donde resuenen nuestras quejas; donde hemos vertido sangre, es donde tenemos que lavar las manchas con nuestro llanto; donde hemos sido infieles al amor y a la amistad, allí es donde tenemos que lamentar desengaños; donde hemos malgastado tesoros, allí es donde tenemos que sentir frío y hambre; donde hemos degradado la sublimidad de nuestra inteligencia, allí es donde tenemos que volver con la imbecilidad del idiota; donde hemos ejercido la tiranía, justo es que suframos la humillación de la esclavitud; mas no porque la expiación sea el cumplimiento de la más recta justicia, deja de pesar la cadena que forjaron nuestros desaciertos; si así no fuera, si la insensibilidad nos dominara, dejaríamos de ser esa raza racional que lleva en su cerebro un destello de Dios.
Querer es poder, tenemos el tiempo por patrimonio; trabajemos en nuestro progreso para poder decir un día: ¡Adiós Tierra!… ¡
Amalia Domingo Soler