Terminaremos esta noticia relatando uno de los últimos hechos de este personaje singular, que da idea de la manera extraña con que acostumbraba a practicar la caridad.
Una tarde, Tolosa vio pasar a dos caballeros por la acera, se les acercó y les pidió un real.
Lo recibió, dio las gracias y echó a andar.
Llevados por la curiosidad, los dos hombres lo siguieron, ocultándose, y vieron lo siguiente:
Tolosa anduvo hasta llegar a la plaza 25 de Mayo, se encaminó hacía un banco en el que un pobre viejo, un francés, dormitaba al sol, le tocó ligeramente el hombro, puso en una de sus manos el real que llevaba y como si hubiese cometido un robo, huyó con rapidez.
Interrogado luego el mendigo de la plaza, mostró el real flamante por única respuesta.
No sabía quien se lo había dado.
Tan interesante relato nos impresionó profundamente, porque aunque sea vergonzoso confesarlo, hay tan pocos seres buenos en la Tierra, escasean tanto las grandes virtudes, las verdaderas abnegaciones y los heroicos sacrificios en bien de la humanidad, que cuando se encuentran hombres como Cecilio Tolosa, hay que admirarlos, hay que colmarlos de bendiciones y hay que preguntar a los espíritus, cómo hoy lo hacemos nosotros, para que nos digan (si le es posible a alguno de ellos) de qué región descendió a la Tierra un hombre tan resignado y tan bueno como lo fue en su última encarnación el mendigo filántropo de Santa Fe.
“Justa es tu admiración, nos dice un espíritu, porque efectivamente en un presidio como la Tierra no abundan las almas generosas, porque si abundaran convertirían esa penitenciaría en un paraíso, y no puede brillar en el fondo de los abismos el sol que corona con sus rayos de oro las altas cimas de las montañas; por eso cuando encarnan en ese mundo espíritus elevados, suelen revestir humildísima envoltura, para que pasen desapercibidos de la generalidad de sus moradores, y sólo los más afligidos reciben el efluvio bendito de su sentimiento; porque la virtud en su maravilloso esplendor, con todos los dones que por derecho le pertenecen, sería un sol que os deslumbraría, y además que las condiciones de ese planeta no dejan al Espíritu progresar en el seno de las grandes riquezas y de fastuosos esplendores; porque como hay tantos seres que viven del engaño y de la explotación, al rico generoso le rodean, le cercan, le asedian, le aprisionan en un círculo microscópico, y el poderoso si da su oro a manos llenas suele crear vicios entre aquellos que abusan de su buena fe, y aumenta la ingratitud con la facilidad de la dádiva entre los explotadores de oficio; y ponerse en guardia para estudiar y conocer la diferencia que existe entre el verdadero necesitado y el parásito social, es un trabajo que fatiga al Espíritu, es una lucha que no merece sostenerla aquel que llega al grado de perfeccionamiento al que ha llegado el elevado Espíritu que fue conocido en la Tierra con el modestísimo nombre que ya conocéis”.
“¡Quién dijera que aquel mendigo solitario está hoy rodeado de maravillosos esplendores y que terminó sus viajes a la Tierra! La cual no volverá a pisar a no ser que con el transcurso de los siglos vuelva a este planeta en gran misión, para ser adorado como un legislador divino, como lo fue y lo será Cristo por las almas sedientas de justicia”.
Sí; ese Espíritu tiene una interesante y larga historia; Espíritu de gran energía, amantísimo de la humanidad, ha tenido también sus momentos de desconsuelo y desaliento, diciendo como dijo Jesús: