Hace pocos días, encontrándome en mi gabinete muy atareada arreglando papeles, me entregaron una tarjeta de “Inés de Leiva”, en la que con letra microscópica, vi escrito lo siguiente: “Le ruego me conceda algunos momentos de atención, ¡Sufro tanto!…”

Son muchos los seres afligidos que vienen a mí en busca de consuelo; así es que aquella petición no me sorprendió, pero sí me conmovió a pesar de estar tan acostumbrada a súplicas semejantes.

Me levanté con presteza y salí al encuentro de Inés, encontrándome con una de esas mujeres, que pueden mentir descaradamente ocultando el número de sus años: tal es la flexibilidad de su talle, la frescura de sus labios, el delicado matiz de sus aterciopeladas mejillas, la tersura de su frente, la abundancia exuberante de sus cabellos y el brillo de sus ojos.

Ver a Inés y sentir por ella inmensa simpatía fue obra de un segundo, estreché su diestra entre mis manos y rodeando después con mi brazo su esbelta cintura, la hice entrar en mi aposento y sentarse en un sillón con el tierno cuidado con que se trata a los niños enfermos.

Inés me miró dulcemente exclamando conmovida:
-No me han engañado al decirme que era usted muy cariñosa.
-Sí, con los que sufren, porque los considero de mi propia parentela; mas, aunque todos somos hijos de Dios y pertenecemos a la gran familia humana, confieso ingenuamente que a los poderosos y a los felices los conceptúo parientes tan lejanos… que no siento nada por ellos, hablan un idioma que no entiendo.

En cambio, a los desheredados, a los oprimidos, a los que calman su sed con su llanto, me basta verlos para quererlos; me interesa vivamente su infortunio y trato de averiguar porqué sufren, conceptuando que su historia es la mía y su esclavitud es mi esclavitud.

Me dice usted en su tarjeta, que sufre mucho: conozco perfectamente que no ha exagerado y espero la relación de sus desgracias, no con la curiosidad y el interés, hasta cierto punto egoísta, del escritor que busca un buen asunto para una novela histórica, no, sus penas me conmoverán y tomaré parte de ellas.

¿Por qué? No lo sé. ¿Nos habremos conocido antes en esa eterna vida del Espíritu?

¿Comenzará hoy un afecto nacido quizá de la semejanza de nuestro destino?

Inútil es por ahora pretender averiguar las causas de nuestra mutua simpatía, y digo mutua, porque sus ojos me dicen, que yo le inspiro el mismo atractivo sentimiento que usted acaba de inspirarme.

Es cierto, muy cierto: tenía de usted las mejores noticias, que al verla se han confirmado, y yo necesito un ser amigo a quien comunicar mis penas.

Le referiré pues, algunos accidentes de mi vida.

Dos veces he contraído nupcias: la primera, la bendición del sacerdote fue para mí una maldición, porque no fui la esposa, sino la sierva de mi marido; en cambio, la segunda, me uní a un ángel con figura de hombre; he sido tan amada de él como puede serlo una mujer en la Tierra: éramos demasiado felices, y la muerte me lo arrebató.

Desde que él ha muerto no sé que pasa por mí: primero creí que le seguiría, porque yo no podía comprender que se pudiera vivir sin el ser adorado; sin embargo, no he muerto, y al ver que lentamente la fuente de mis ojos se ha secado, que transcurren los días y los meses sin que mi cuerpo se doble, como se doblan los lirios azotados por el viento de la tempestad, me pregunto con horror, como es que vivo, como no me avergüenzo de sobrevivir al amado de mi corazón.

Visito su sepultura, la adorno con ramos de perfumadas flores, y me pongo enferma cuando salgo del cementerio; pero al día siguiente me levanto consolada y vuelvo a la lucha de la vida.

Mi cabeza es un volcán; multitud de ideas bullen en mi cerebro.

No sé si por fortuna o por desgracia llegan a mis oídos palabras amorosas de otro ser que conocí en mi infancia y que siempre me ha querido en silencio.

Yo quiero ser fiel a la memoria de mi malogrado esposo; hasta he pensado retirarme a un convento; pero la clausura me inspira miedo y una invencible repugnancia.

Movida por los consejos de algunos amigos librepensadores, he leído algunos libros racionalistas, buscando incesantemente algo que me consuele y llene el inmenso vacío de mi alma.

Mas como lo que se aprende en la infancia difícilmente se olvida, y a mí me educaron en el seno de la Iglesia católica, seguía postrándome ante mis imágenes predilectas y haciendo a mi confesor depositario de los secretos de mi alma, creyendo firmemente que era un padre espiritual y que, como padre, velaría afanoso por la orfandad de mi Espíritu.

-¿Y confiesa usted, muy a menudo? No; mi propio confesor, hombre de talento, elocuente, orador, de agradable figura y mediana edad, me ha dicho más de una vez:
-Inés, eres ingenua y cándida como una niña en su primera confesión, aquí cambiamos los papeles, porque en vez de darte mi bendición, yo debía recibirla de ti: no te fatigues en venir, que tus pecados caben todos en el capullo de una rosa.

Así es que voy a confesar de tarde en tarde.

Pero como cada día me encuentro más aturdida, como no sé qué camino seguir para mi tranquilidad y me creo culpable viviendo después de muerto el amado de mi corazón, y por otra parte, me han llenado de confusión mis últimas lecturas, haciéndome dudar de todo, he vuelto con cariño mis ojos a las imágenes que adoraba en mi niñez; persuadida que sólo en la religión de mis mayores podría encontrar la calma y la paz que tanto necesito.

En esta situación de ánimo, ¿A quién podía dirigirme en busca de consejo sino al ministro de Dios, al confesor prudente e ilustrado en quien había depositado mi confianza?

Me fui a encontrarle a la iglesia y le manifesté que tenía necesidad de hablar con él; que me conceptuaba una oveja descarriada; que leía libros heréticos, acaso con la esperanza de encontrar en ellos la verdad que no hallaba en parte alguna; que desde la muerte de mi esposo recorría el camino de la vida, tan sola… tan desorientada, como en medio de un espantoso desierto; y concluí suplicándole que me hablase de la grandeza de nuestra religión, pues yo no podía vivir sin amar mucho, y quería amar a la Iglesia, que me había tendido sus brazos al nacer.

Mi confesor me miró dulcemente, y me dijo: “Ahora no tengo tiempo disponible; en cuanto pueda, iré a tu casa, hablaremos, y entonces sabrás donde está la verdad”.

No sé porqué, me pareció que su voz tenía una inflexión distinta de las otras veces.

Volví a mi casa preocupada, con el anuncio inesperado de aquella visita, que en vez de alegrarme, me hizo sentir algo así como una angustia indefinible.

Pasaron los días. Una tarde, me estremecí oyendo el ruido de un coche que se había parado a la puerta de mi casa, y segundos después entraba mi confesor en el salón.

Se sentó en el sofá, me hizo sentar a su lado, y mirándome fijamente, me dijo con la mayor dulzura: Inés, niña querida de mi corazón (pues para mí siempre serás niña por tu ingenuidad y candor), buscas la verdad; quieres averiguar el secreto de la vida, te encuentras sin sombra desde que perdiste la de tu esposo; tu hogar está vacío y quieres llenarlo con nuevas creencias, a cuyo efecto lees libros racionalista que te embrollan y confunden.

Es natural, ¡Que has de entender tú de las transformaciones de la materia y de las evoluciones del Espíritu! Piensas en el claustro, y tiemblas, ¡No has de temblar, si tu alma de fuego no ha nacido para vivir en la soledad helada de una celda! Te crees oveja descarriada porque no has muerto de dolor al perder a tu marido y porque insensiblemente te apartas de su tumba y sientes que tu ser se reanima con las emanaciones de la primavera: ¿Cómo quieres oponerte a las leyes de Dios? ¿Tienes acaso tú la culpa de que tu organismo esté animado por la savia de la juventud y de la vida? Inés tú deliras, tú vives fuera de la órbita en que estás acostumbrada a vivir, y como viajero perdido en populosa ciudad, no sabes a donde dirigirte para encontrar cómodo alojamiento.

Miras al pasado, en él tu imaginación descubre la torre de la iglesia donde recibiste el agua del bautismo, y recordando el altar de la virgen que en el mes de Mayo adornabas de flores; quieres retroceder y postrarte ante la imagen que adorabas en tu infancia.

¡Inútil afán, hija mía!… No se siente lo mismo en la edad madura que en la niñez.

Me pides que te hable de la grandeza de la religión para amar a la Iglesia en cuyo seno naciste, vano es tu empeño, todas las religiones, no lo dudes, son los juguetes que entretienen la infancia de las humanidades: cuando éstas llegan a mayor edad, dejan los santos de barro, los templos de piedra, levantan estatuas a la libertad iluminando al mundo, hacen observatorios astronómicos, ensanchan la esfera de su actividad, y sienten por las religiones lo que el hombre por los soldados de plomo o los teatros de cartón que le encantaron cuando niño.

-Padre, ¿Qué está usted diciendo?
-La verdad, hija mía, la verdad. Tú no necesitas para vivir tranquila ni credos religiosos, ni nuevas filosofías: lo que a ti te hace falta es encontrar un hombre que te quiera y te comprenda como yo te quiero, y te comprendo; que te ame como yo te amo hace mucho tiempo, con todo mi corazón.

-¿Qué está usted diciendo, padre? Habla usted de una manera que me asusta.

No sé si entiendo mal; pero a su lado no me encuentro tan tranquila como otras veces; su mirada no es la del padre que vela por el reposo de su hija.

-¡Ay, Inés!… harto tiempo te he ocultado mis sentimientos.

Respeté tu dolor cuando me dijiste que tu marido estaba en peligro de muerte; enmudecí cuando volviste a decirme que te habías quedado sola en el mundo; te miré, y al verte con tu manto de luto, con tus ojos enrojecidos por el llanto, con tus mejillas pálidas como el marfil, me pareciste más hermosa y más conmovedora que nunca; tu dolor humano hablaba a mi Espíritu con el lenguaje del más puro sentimiento: desde entonces te llevo fotografiada en mi cerebro, cuando miro las imágenes de las dolorosas, por más que aquellas representan un dolor divino, no logran conmoverme como tu dolor y tu inmenso desconsuelo.

Yo te amo, Inés; yo te amo porque me has dejado leer en tu alma sin ocultarme un solo pensamiento.

¡Eres tan buena, tan casta y tan pura!… En ti hay tesoros todavía desconocidos; pues de los dos hombres con quienes te unió la Iglesia, el uno fue un miserable, el otro un ser sencillo, y ninguno de los dos llegó a comprender la grandeza de tu alma y la delicadeza, de tus sentimientos.

Yo sí, Inés, yo te comprendo.

Poseo los secretos más recónditos de muchísimas mujeres que pasan por honradas madres y fieles esposas, y sé que han prostituido su cuerpo al deleite y su alma a la vanidad, y al comparar su hipocresía y las debilidades generales de tu sexo, con tu ingenua sencillez y tu castidad inmaculada, te juzgo, Inés, si no por perfecta, al menos la más pura y la mejor de las mujeres que conozco, por esto amo tu alma y anhelo la posesión de tu cuerpo; que, en la Tierra, la posesión es la realización legítima del amor.

Ámame, Inés. El mundo me cree sabio; algo sé en realidad, y juro emplear mi sabiduría en hacer de ti la más dichosa de las mujeres de la Tierra.

Mi confesor calló, y ya era tiempo, porque me sentía ahogar de confusión y de vergüenza.

Le había mirado siempre con el respeto con que se mira a un padre; había escuchado sus sermones con verdadero recogimiento entreviendo en sus palabras los resplandores del paraíso; le conceptuaba superior a los demás hombres, no viendo nunca en él más que el siervo de Dios, humilde, prudente, contrito, la frente orlada de luminosa aureola y la negra vestidura resplandeciente como la túnica de un santo.

¡Qué cruelísima decepción! El sabio sacerdote se convertía en un seductor vulgar, y su palabra evangélica en declaración amorosa.

Al perder para siempre aquel padre espiritual y encontrarme con un hombre apasionado que me hablaba de la posesión de mi cuerpo, sentí tanta repugnancia, inspirándome tal aversión el amor mundano del ungido del Señor, que ocultando mi rostro entre las manos por no verle, exclamé con dolorido acento; ¡Jesús!… ¡Jesús!… ¡Quién había de imaginarlo! ¿Dónde me refugiaré?…

-En mis brazos, Inés, en mis brazos; replicó: no te asustes de pagar tu tributo a las leyes naturales. Eva y Adán lo pagaron en el paraíso y si ellos, con haber salido directamente de las manos de Dios, fueron débiles y cayeron; si todas las generaciones humanas que se han sucedido en la Tierra han caído como la primera pareja; ¿Cómo has de pretender que tú y yo nos sustraigamos a nuestra naturaleza humana?.

-Buscaba en usted un puerto, (le dije) y he encontrado un naufragio. Es usted un infame; salga inmediatamente de mi casa.

Comprendió perfectamente la indignación de que me hallaba poseída, y como hombre, al fin, de talento, no insistió; se levantó dirigiéndome una mirada de despecho, y salió del salón pausadamente.

El ruido del carruaje que se lo llevaba me pareció el del coche fúnebre llevándose el cadáver de un miembro de mi familia.

Mi confesor había muerto para mí. Ya no existía el hombre tolerante y cariñoso, depositario de las confidencias de mi alma.

Acababa de perder al que yo creyera mi más desinteresado y fiel amigo, mi más sabio y prudente consejero, el único que podría salvarme del naufragio en el oleaje de la vida.

-¿Dónde reclinaré mi cabeza? Me preguntaba en la orfandad de mi Espíritu.

Y esta misma pregunta le dirijo a usted: ¿Dónde reclinaré mi cabeza? ¿Dónde?
-En usted misma, Inés.
-¿En mí misma?… No lo entiendo.
-Pues es muy sencillo; en su propia razón, a mi juicio, su confesor le ha hecho un bien inmenso.

-¡Un bien, cuando me ha arrancado toda la fe que yo tenía, en la religión de mis mayores!.
-La fe es el más indigesto de los manjares del alma. La fe es incompatible con la ciencia, como que la primera esclaviza y la segunda redime; ésta muere cuando el Espíritu piensa.

Las religiones son el látigo con que la tiranía azota la conciencia humana, y el hierro con que fabrica las cadenas de la esclavitud de los pueblos.

No recline usted la cabeza en la religión, porque es reclinarla en la esclavitud.

Ya ha visto usted que los sacerdotes son hombres como los demás, generalmente peores que los demás, porque condenados a no sentir los goces de la familia, que son los más dulces y los más santos, sus sentimientos se truecan en volcánicos apetitos, en desbordamientos contranaturales que los convierten en monstruos.

Felizmente, desde hoy ya no será usted católica, porque ha conocido el catolicismo por boca de uno de sus más sabios y virtuosos sacerdotes.

¡Ojalá lo conocieran todas las mujeres, que son, por su ignorancia, el sostén del catolicismo y del clero! Y puesto que su padre espiritual ha muerto, busque usted otro consejero más sabio, más desinteresado y más noble.

-¿Dónde hallaré este consejero?

-En el estudio, que es el consejero que la naturaleza ofrece a la criatura racional.

Él nos enseña que hay otros mundos además del planeta que habitamos, y otras humanidades que los pueblan, hermanas de la humanidad a que pertenecemos nosotros.

Mundos y humanidades, somos los viajeros eternos del espacio.

El estudio le dirá, que Dios no puede haber creado cielos para los predestinados e infiernos para los réprobos, porque todos somos hijos suyos, y no hay réprobos ni predestinados.

El estudio le abrirá nuevos y dilatados horizontes, caminos anchurosos, vías espléndidas sin término. ¿Dónde reclinaré la cabeza, pregunta usted, dónde hallará mi alma la verdad? Levante usted su mirada a los astros que surcan los océanos del éter, y ellos le revelarán lo que ninguna religión ha revelado: que la verdad comienza en la libertad y termina en. el Infinito.

Amalia Domingo Soler

La Luz del Camino