El egoísmo, hasta en el amor es perjudicial; hace unos dos meses que un distinguido marino murió de muerte natural en su lecho, y su esposa, en cuanto le vio morir, cogió un revolver de su esposo, lo apoyó contra su corazón, salió el tiro y murió inmediatamente, siendo enterrados en la misma sepultura.

El fúnebre cortejo llamó extraordinariamente la atención, porque no son muchas mujeres que se matan por amor, y una joven espiritista me escribió suplicándome muy encarecidamente, que preguntara por el ayer de esos dos espíritus tan íntimamente enlazados, que uno de ellos no ha podido resistir el dolor de la separación.
Como útil estudio, he preguntado a mi guía, y he obtenido la comunicación siguiente:

“No siempre lo bueno es bueno; bueno es el amor en un justo medio, pero no llevado a la desesperación y al egoísmo.

Esos dos espíritus, cuyos cuerpos reposan, o mejor dicho, se disgregan en la misma sepultura, hace muchos siglos que van juntos y serían más felices, si ella fuera menos egoísta, si su cariño no fuera tan extremado, tan absorbente.

En su encarnación anterior, la enamorada esposa de hoy, pertenecía al sexo fuerte, y era íntimo amigo del que fue su esposo últimamente. Eran dos amigos inseparables; ni uno ni otro tenían familia; tenían buena posición social y vivían tranquilos y hasta felices.
César, que así se llamaba el esposo de hoy, era de carácter apacible y risueño; en cambio, su amigo Luis, que fue la esposa de hoy, era meditabundo, huraño, receloso, y sólo con César se expansionaba, dominándole por completo con sus exigencias y sus desconfianzas… Eran, se puede decir, el día y la noche. César era el día, la luz, la esperanza, la certidumbre del placer; y Luis era la noche con su sombra, con sus recelos, con sus temores, con la desconfianza y la duda.

Los dos sostenían vivos altercados, porque César decía que debían crearse una familia y Luis le respondía que para él le sobraban todas las mujeres y las obligaciones que trae aparejado el matrimonio.

Nunca estaban conformes con respecto a ese punto, pero se querían tanto, que todos los días salían juntos y no se separaban más que para dormir y para atender a sus asuntos particulares.

César conoció a una joven muy buena, honrada y muy hermosa; se enamoró de ella, y jugando el todo por el todo, le dijo a Luis: Estoy enamorado y me casaré dentro de tres meses; procura imitarme, busca una mujer que te comprenda, formemos dos hogares ya que tenemos bastante para atender a nuestras nuevas obligaciones y hagamos que nuestros hijos se quieran como nos queremos nosotros.

Luis se quedó frío con la declaración de su amigo, pero ocultó su profunda contrariedad y trató de hacerse querer por la novia de su amigo, la cual, franca y sencilla, le acogió cariñosamente: bastaba con que fuera el mejor amigo de su futuro esposo; pero Luis, no estaba conforme con aquel cambio, porque César, naturalmente, ya no era su compañero inseparable, prefería estar al lado de su prometida, y Luis concibió un plan abominable de acuerdo con su ayuda de cámara, un fiel sirviente que se había criado en casa de Luis; entre los dos decidieron labrar la desgracia de la novia de César; a éste le sustrajeron una carta de su amada; el criado de Luis imitó a la perfección la letra de ella y escribió una carta dándole cita a un amante imaginario; esta carta, Luis se la dio a César, diciéndole: Me interesa tanto tu felicidad, que he querido averiguar quién es la elegida de tu corazón, la que te engaña miserablemente, porque de noche, un hombre salta las tapias de su jardín y sube a su aposento, y otras veces ella le arroja una carta; de esas cartas, he podido adquirir una deteniendo a tu rival violentamente; léela y convéncete de lo que son las mujeres.

César leyó la carta, cayó en el lazo, e inmediatamente le mandó una carta a su amada diciéndole que fuera dichosa con su amante y que todo su amor se había trocado en el más profundo desprecio; y la joven tanto se impresionó con aquel insulto inmerecido, que se arrojó a un lago de su jardín, donde murió ahogada.
“César tenía tanta fe en la amistad de Luis, que no sospechó nada de su infame proceder, creyendo buenamente que su amada había muerto de vergüenza al ver descubierta su infidelidad, y Luis, dueño absoluto del corazón de su amigo, vivió contento porque César no volvió a pensar en nuevos amores; pero poco tiempo gozó de su amistad.

César murió joven, desengañado y triste; y Luis, aunque tarde, se arrepintió de su inicuo proceder, y su egoísmo quedó cruelmente castigado, porque vivió solo martirizado por sus remordimientos”.

“Volvieron de nuevo a la Tierra César y Luis. César ocupando en la marina un puesto distinguido, y Luis con la envoltura de mujer enamoradísima de César, con el cual se unió con el lazo del matrimonio; pero como no merecía ser dichosa, por haber labrado la desgracia de una mujer inocente, perdió a su esposo, y ella apeló al suicidio para sufrir en parte el dolor que sufrió su victima. Su cariño egoísta destruyó los cimientos de un hogar en formación y ha deshecho, por necesidad, su dicha presente, porque el egoísmo no da más frutos que la destrucción, el goce no es lícito si no se asemeja al Sol, que difunde su calor por toda la superficie de la Tierra.

Secar en un corazón las fuentes del sentimiento y que sólo quede de las fuentes un hilito de agua para un ser determinado, es un robo que se hace a la humanidad, el egoísmo es un ladrón que no lo castiga la justicia humana, pero recibe su merecido en el transcurso de la vida. –Adiós”.

Estoy muy conforme con lo que dice el Espíritu: el egoísmo es un mal, aunque se le cubra con el manto del amor; y el mal, siempre será nocivo a la humanidad.

 

Amalia Domingo Soler

La Luz Que Nos Guía                                          Audiolibro