Es tan difícil recordar y referir todo cuanto nos dicen los espíritus en sus comunicaciones, que es poco menos que un imposible tratar de demostraros la utilidad de sus enseñanzas, encaminadas todas ellas a conseguir nuestro adelanto moral e intelectual.
En las grandes aflicciones de la vida, en la contínua pérdida de los seres queridos la comunicación de los espíritus ha sido más provechosa a la humanidad que todas las religiones.
Todas las glorias y todos los cielos prometidos por los enviados y los Mesías a los hombres de buena voluntad, quedan reducidos a la nada ante la comunicación verdadera de un espíritu que diga por ejemplo a su madre que llora con el más profundo desconsuelo:
¡Madre mía!… no llores, que estoy contigo, te quiero más hoy que ayer, porque veo mucho más claro y comprendo que has dado un paso de gigante.
He desgarrado tu corazón con mi temprana muerte, he reducido a deleznable polvo el castillo de tus hermosas esperanzas terrenales, pero no me has perdido; me has mecido en tus brazos y me has llevado en tu seno porque necesitabas que alguien despertara tu dormido sentimiento, y has tenido que verme sonreír para darte cuenta de que existías y de que Dios era el alma del Universo; porque la sonrisa de un niño que se quiere es la sonrisa de Dios.
Me has amado y has comenzado a progresar, y cuando más te embriagaban mis caricias, cuando más te complacías en jugar con mis blondos rizos, me vistes palidecer y cerrar los ojos que eran el espejo donde tú veías la exacta fotografía de los cielos.
Mi cuerpo, aquel cuerpecito que para ti estaba mejor modelado que las estatuas de fidias, le vistes rígido, yerto, insensible a tus besos y al fuego de tus lágrimas, y después… después contemplaste mi cuna vacía, te abrazastes a la pequeña almohada en la cual tantas veces habías reclinado mi cabeza y ofrecistes a Dios el sacrificio de tu gloria eterna si me volvías a ver entre tus brazos; pero Dios no te escuchó, no podía escucharte porque no podía quebrantar sus leyes.
No fue Él quien te arrebató a tu hijo, fuistes tú que lo lanzastes de tu seno.
¿Crees que no ha sido así, madre mía?
Pues créelo, porque así es; tu fuistes madre en otras existencias y nunca quisistes a tus hijos.
Cuando eras abadesa de un convento, los frutos de tus sacrílegos amores eran enterrados vivos en el momento de nacer, o arrojados a las puertas de las iglesias sin que sintieras el más leve sentimiento, sin que el remordimiento te acusara por faltar a las leyes divinas y humanas.
Después cuando en otras encarnaciones eras dama principal y un esposo noble y opulento te daba sombra, tus hijos fueron siempre entregados a manos mercenarias para no ajar tu belleza con las vigilias maternales, y ahora que se despertó tu sentimiento maternal, ¿Te crees acreedora de gozar la dicha inefable de verte acariciada por un hijo?
¡No madre mía!
Ahora tienes que perderlo para lavar con tu copioso llanto la mancha de tu horrible ingratitud.
Tienes que purificarte madre mía por medio del amor y del sufrimiento: comienza por querer a los niños, acude a los asilos de los huérfanos, llévales juguetes y dulces, que de ambas cosas carecen los expósitos y los niños pobres.
Ensaya tu amor de madre, yo te guiaré, y te inspiraré; ya ves lo que has ganado amándome; tus noches en vela, tu inquietud y tu ansiedad al verme padecer, hoy las ves recompensadas porque yo nunca te abandonaré.
No te duelan los sacrificios en bien de los niños pobres, conviértete para ellos en la imagen de la providencia, y ya que tú misma separastes de tus brazos a los que eran carne de tu carne y huesos de tus huesos, procura por medio de tu amor y tu arrepentimiento acercar de nuevo hacia ti los pequeñitos desheredados, quiere tú a los que no tienen quien les quiera, que ayer también quisieron a tus hijos otras mujeres piadosas que compadecieron su orfandad.
Recuérdame siempre madre mía, y ámame en los pequeños desvalidos.