
Entre las muchísimas debilidades e imperfecciones de que adolece la raza humana, el fanatismo es quizá el más trascendental de nuestros defectos, y el que más perjudica a todas las instituciones sociales, sean políticas o religiosas, artísticas o científicas y sobre todo a la que compone la familia y el hogar doméstico, constituyendo entre sí la vida y centro de acción moral e intelectual del hombre.
Esa calentura, esa especie de excitación nerviosa, ese vértigo que nos domina, es el cloroformo de la razón; el hombre fanatizado es una máquina, es una cosa, es un juguete, con el cual juegan a discreción todos aquellos que saben halagar las pasiones, convirtiéndolas en vicios, que lo enloquecen por completo.
Tal vez algunos me dirán que sin fanatismo no hubiese habido mártires: ciertamente que no; pero es que yo a los mártires no los encuentro necesarios.
Las víctimas y los sacrificios son consecuencias de las aberraciones humanas, mas no indispensables para Dios.
¿Cómo ha de querer el Eterno el tormento y la descomposición multiplicada de sus hijos, cuando en su infinito amor ha puesto a nuestro alcance millares y millares de mundos donde progresar y vivir?
Nosotros, y únicamente nosotros, somos los fatalistas visionarios que decimos: “Dios lo quiere”; no, no es Dios, es nuestra vida pasada, es nuestro ayer al parecer perdido; mas hallado, y muy hallado por cada individuo relativamente, sin perderse ni una sonrisa, sin evaporarse una lágrima; pero… dejaré la digresión volviendo los ojos al punto de partida, que me sirve de estrella polar en mi presente trabajo.
El fanatismo, es innegable que empequeñece cuanto toca, porque produce la fe ciega, y ésta no permite analizar ni juzgar; no hace más que creer, y esto no es bastante, es necesario saber el por qué se cree; he aquí la razón, porque no quiero que el fanatismo se apodere de ninguna religión, ni escuela filosófica, sea cual sea, porque los fanáticos son intolerantes, quieren siempre imponerse y para mí el derecho de la fuerza es la osadía de la flaqueza.