¡Cuán cierto es esto! Los poderosos de la Tierra, los que viven entre placeres, olvidan el ayer, no aprecian el presente y desconocen el mañana, para ellos la creación es un libro cerrado.
¡Pobres peregrinos! ¡Cuántas veces tendrán que cruzar de nuevo el desierto de la Tierra!
Tengamos compasión de su infortunio y roguemos por ellos.
Una gran parte de los espiritistas que me rodean, abrazaron tan consoladora creencia, por la pérdida de alguna persona querida, y el héroe de mi verídica historia, pertenece a este número.
Perdió a la compañera de su vida, a la tierna madre de sus hijos, y cuando en su desesperación negaba la grandeza y misericordia del Eterno, escuchó una voz bendita, ésta encontró eco en su mente, el eco repercutió en su corazón, le reanimó la dulce esperanza de comunicarse con su inolvidable esposa, y fue espiritista de impresión, entregándose en cuerpo y alma a estudiar la mediumnidad que él quería poseer, empeñándose en que su esposa se había de comunicar con él, y seguir el mismo género de la vida unido a ella, como cuando ésta estaba en la Tierra.
No son los estrechos límites de un mal artículo (como el mío), armas suficientes para entrar en lucha y hacer notar las tristes consecuencias que de semejante aberración se desprenden; muchos artículos se necesitan escribir para combatir este error del fanatismo, y yo desearía que plumas más autorizadas, se ocuparan en tratar este punto importantísimo, porque nos interesa muy de cerca.
¡Espiritistas!, en el coto del progreso todos debemos ser cazadores.
Las medianas inteligencias pueden olfatear, y los genios elevados seguir la pista y herir con certera mano las anomalías, los absurdos y los errores.
Mi héroe en cuestión lo ha guiado, un pensamiento muy bueno, queriendo perpetuar, a su modo, el afecto que le hizo feliz en la Tierra; es espiritista en el fondo y materialista en la forma, llegando a convencerse que posee una mediumnidad incalificable, puesto que padece una contracción nerviosa acompañada de sonidos o crujimientos de huesos, que se repiten siempre que evoca a su esposa, sintiendo el hálito de ésta que acaricia su frente.
Esta extraña mediumnidad se ha convertido en una lamentable monomanía y por instantes aumenta el movimiento de sus brazos, la agitación de su pecho y el cansancio de todo su ser.
Sus hermanos en creencias lo miran con lástima, y de ésta al desdén no hay más que un paso, y los profanos al Espiritismo se ríen de su credulidad y concluyen por decir con profundo desprecio: “No es digna de estudiar una escuela que engendra semejantes locos”.
Y este hombre, de digno continente, de desahogada posición social, de afable trato, siendo un buen padre de familia y con excelentes condiciones morales, lo ha convertido, el fanatismo, en el hazme reír de todos, en un mal espiritista, puesto que materializa y parodia el acto solemne de la comunicación ultra-terrena y es uno de los muchos enemigos inocentes con que cuenta el Espiritismo.
Espiritistas; raciocinemos, estudiemos y analicemos, y de ese modo no seremos fanáticos ni delirantes creyentes, sino racionalistas; la razón ante todo; y vosotros, pretendientes de carteras medianímicas, tened entendido, que el Espiritismo no se encierra en la mediumnidad.
Un médium puede serlo cualquiera, y un buen espiritista es tan difícil hallarle, como el movimiento continuo y la cuadratura del círculo.
Tratad de ser espiritistas de razón y no de efecto.
Los rudimentos de la mediumnidad, son las primeras letras del silabario de ultratumba, corregido y aumentado por las épocas y las civilizaciones, y la abnegación, el trabajo, la ciencia, la resignación, la paz íntima de nuestra mente, y la inagotable y verdadera caridad, son los libros de texto donde aprenden a leer los espiritistas de razón; los que adoran a Dios sin detalles ni accesorios.
¡Espiritistas! El punto negro de la civilización, no lo olvidéis nunca: es el fanatismo.
Amalia Domingo Soler