Hermanos míos, veo con placer que leéis afanosos las memorias de un pobre sacerdote a quien conocéis bajo el nombre de padre Germán; admiráis lo que vosotros llamáis sus virtudes, y que en realidad no fueron otra cosa que el estricto cumplimento de su deber.

No penséis, hijos míos, que hice nada de particular, hice lo que deberían hacer todos los hombres: dominé mis pasiones, que son nuestros más encarnizados enemigos; esto os demostrará que sois injustos cuando decís que el clero está desposeído de buenas cualidades.

En todos los tiempos ha habido excelentes sacerdotes: no os negaré que han sido los menos, y que los más han cedido a las tentaciones de la malicia, de la ambición, de la concupiscencia: mas no digáis nunca que las religiones han sido nocivas a la sociedad, porque las religiones, en principio, todas son buenas, todas encaminan al hombre a la abstención de todos los vicios; que sus ministros no obedezcan sus mandatos, es otra cosa; pero el precepto divino siempre es grande.

Tomad ejemplo en vuestra libertad: vosotros decís que la libertad es la vida, porque es el orden, es la armonía, y, sin embarco, ¡cuánta sangre ha regado la tierra, derramada en nombre de la libertad…! ¡cuántos crímenes se han cometido! ¡Cuánto se ha esclavizado a los pueblos!

Pues del mismo modo las religiones han sido la tea incendiaria cuando fueron creadas para pacificar y armonizar las razas.

Los sacerdotes han tenido en su mano la felicidad de este mundo, pero han sido hombres sujetos a deseos, a veleidades, se han dejado seducir, han cedido a la tentación, y pocos, muy pocos, han sabido cumplir con su deber.

Yo, si cumplí con todos mis juramentos, no penséis que fue por virtud, sino que llega un instante decisivo en el cual el espíritu, cansado de sí mismo, se decide a cambiar de rumbo porque ya está (haciendo uso de vuestro lenguaje) acribillado de heridas: ya no puede más, y dice: «Señor, quiero vivir».

Y como querer es poder, el espíritu comienza a dominar sus pasiones, emplea su inteligencia en un trabajo productivo, y allí tenéis el comienzo de la regeneración; y cuando muchos espíritus en una nación están animados de ese gran sentimiento, entonces es cuando veis esas épocas brillantes de verdadera civilización, de inventos maravillosos, de mágicos descubrimientos.

Si un espíritu animado de un buen deseo puede servir de consuelo a cien y cien individuos, calculad si millones de espíritus quieren ser útiles a sus semejantes, cuánto bien pueden hacer.

Entonces es cuando veis las rocas convertidas en tierra laborable, los desiertos en pueblos llenos de vida, los asesinos en misioneros, las rameras en hermanas de caridad; el hombre es el delegado de Dios en la tierra, ya veis si puede metamorfosearla.

Cuando yo estuve en vuestro mundo, había pocos espíritus animados de buen deseo.

Fue una época de verdadero desconcierto, por eso mi conducta llamó más la atención y a mi muerte me apellidaron el Santo; pero creedme, estuve muy lejos de la santidad, porque yo conceptúo que el hombre santo debe vivir en una calma perfecta, sin tener nunca ni una sombra de remordimiento; y yo, además de la lucha que sostuve cuando mi pobre madre estuvo en la aldea —lucha terrible, indecisión fatal que aún a veces me atormenta—, en los últimos meses de mi estancia en la tierra estuve dominado por un remordimiento, pero por un remordimiento horrible, y mi hora postrera hubiera sido espantosa si Dios en su, misericordia suprema no me hubiese dejado recoger el fruto de unos de mis grandes afanes, que fue la conversión de Rodolfo, espíritu rebelde a quien quise y quiero con un amor verdaderamente paternal.

Si no hubiera sido por él, en los últimos instantes de mi vida terrena hubiese sufrido espantosamente. ¡Cuánto bien me hizo entonces!

Quiero daros todos estos detalles porque deseo presentarme a vosotros tal cual soy; no quiero que me creáis un espíritu superior, pues estuve lejos de serlo; y la madre que tuve que escoger, por las condiciones dolorosísimas de mi vida, debéis comprender que tenía grandes deudas que pagar.

Lo que sí tuve fue un verdadero afán de progreso, una voluntad potente empleada en el bien; esas fueron mis únicas virtudes, si virtudes se pueden llamar mis ensayos de regeneración.

Algunos de vosotros habéis llegado a ese momento decisivo, queréis comenzar a vivir, y como necesitáis enseñanza yo os daré todas las instrucciones que me sean posibles, yo os diré los goces inefables que me proporcionaron las buenas obras que hice, y los sufrimientos que me ocasionó el dejarme dominar un momento por cierta influencia espiritual.

Estad siempre sobre aviso, preguntaos continuamente si lo que hoy pensáis está en armonía con lo que pensabais ayer; y si veis una notable diferencia debéis poneros en guardia y recordar que no estáis solos, que los invisibles os rodean, y estáis expuestos a sus asechanzas.

Yo una vez fui débil, y os aseguro que me costó muchas horas de tormento mi fatal descuido.

Un año antes de dejar la tierra, estaba yo una mañana en la iglesia, era a principios del otoño, y me encontraba triste, muy triste; mi cuerpo se inclinaba hacia la fosa, mi pensamiento estaba decaído, veía acercarse la hora de mi muerte, y como durante mi vida no había hecho más que padecer, siendo víctima de continua contrariedad, si bien tenía la certidumbre absoluta de la eterna vida e individualidad de mi alma, como en la tierra es tan limitado el horizonte que abarcan nuestros ojos, yo decía con profunda pena: «¡Me moriré sin haber vivido!

En tantos años sólo algunas horas he podido contemplar el rostro de una mujer amada; pero ¡qué contemplación tan dolorosa…! ¡Ella con las convulsiones de la muerte! mi amor queriendo salvarla, y mi deber diciendo:

—Llévatela, Señor; ¡aparta de mí esta tentación! Yo que hubiera dado mil vidas por la suya… tuve que alegrarme de su fallecimiento.

¡Qué alegría tan amarga…! Me queda el infinito; pero ahora, ¡ahora no puedo recordar nada que me haga sonreír!»; y me sentía desfallecer.

Tengo observado que el espíritu se prepara con tétricos pensamientos cuando va a cometer una mala acción; y de igual manera, cuando va a hacer un acto meritorio todo parece que le sonríe.

Uno está contento sin saber por qué, y es que nos rodean almas benéficas atraídas por nuestros buenos pensamientos.

Cuando uno se empeña en verlo todo negro, atrae con su intemperancia a espíritus inferiores; y yo aquella mañana estaba triste, muy triste; me encontraba hastiado de todo y quería orar y no podía; quería evocar algún recuerdo agradable y sólo surgían en mi mente dolorosas reminiscencias.

Cuando más preocupado me encontraba, sentí ruido de caballos que se pararon delante de la iglesia, oí muchas voces confusas, y por último vi entrar a una mujer en el templo, la que se dirigió hacia mí; y yo, en vez de salir a su encuentro, me retiré con ademán sombrío y me senté en un confesionario, dispuesto a rehuir toda clase de comunicación, pero la mujer me siguió, y al estar cerca de mí, exclamó:
—Padre Germán, es inútil que os alejéis de mí.

Vengo de muy lejos para hablar con vos; ya me conocéis y sabéis que cuando yo quiero una cosa la consigo; así que es inútil vuestra resistencia —y se arrodilló delante del confesionario; pero con un ademán hostil, insultante, su cuerpo se doblegó por pura fórmula, pues se conocía que estaba dispuesta a emplear la fuerza para conseguir su deseo.

La voz de aquella mujer crispó todos mis nervios y me irritó de tal manera, que cambió por completo mi modo de ser.

La conocía hacía muchos años, y sabía que era un reptil que se arrastraba por la tierra y que había causado más víctimas que cien batallas; sabía que cuando una mujer deshonraba el nombre de su padre, o el de su marido, y su deshonra se hacía visible, llamaban a la arpía, le daban un puñado de oro y ella se encargaba de estrangular al tierno ser, fruto inocente de ilícitos amores; sabia que ella había seducido a muchas jóvenes, y las había llevado en brazos de la prostitución; sabía que aquella mujer era peor que Caín; sabía tantos detalles y detalles tan horribles de su existencia, que cuantas veces se había puesto en mi camino había huido de ella, sintiendo una repugnancia invencible; y al verla tan cerca de mí me exasperé y le dije con acento furibundo:
—Me importa poco que vengáis de muy lejos.

Nada quiero escuchar que se relacione con vos, nada; ¿me entendéis bien? Pues, idos de aquí y dejadme tranquilo; sé que pronto me iré, y tengo derecho a morir con tranquilidad, y se que hablando con vos perderé la paz de mi alma.
— ¿Y vos sois el santo que dicen, y arrojáis a los pecadores arrepentidos de la casa de Dios?
—Es que vos no venís arrepentida; ya sé lo que deseáis; sin duda me diréis (pues ya tengo algunos indicios de vuestro plan) que queréis reedificar esta vieja iglesia y levantar un soberbio santuario en la fuente de la Salud que sirva de hospedería a los peregrinos.

¿Es verdad que ése es vuestro proyecto? Pensáis que si levantáis templos en la tierra vuestra alma podrá entrar en el cielo; y hasta quizás me diréis que, cansada de la lucha de la vida, queréis vestir el humilde sayal del penitente.

—Bien dicen que sois brujo, y yo así lo creo. Efectivamente, habéis adivinado mi pensamiento: los años me abruman con su peso, temo que la muerte me coja desprevenida, y bueno es prepararse para la eternidad, si es que el alma se da cuenta de sus actos, y si nada recuerda, siempre es grato ponerse bien con el mundo y dejar una buena memoria que borre aquella huella de algunos desaciertos que he cometido, de los cuales la calumnia se ha apoderado y me han dado cierto renombre que no le quiero de modo alguno para bajar a la tumba.

El oro todo lo compra.

Sed razonable, dejaos de vanos escrúpulos y hagamos un contrato en regla.

Yo os daré todo el oro que pidáis, y, en cambio, haced vos cuanto creáis conveniente para que mi alma repose tranquila después de la muerte, y me recuerden en la tierra con respeto, con veneración.

Mi pensamiento como veis, es bueno: quiero borrar las huellas del delito y asegurar mi salvación eterna.

Una buena confesión dicen que nos reconcilia con Dios; yo quiero reconciliarme con Él; así que tenéis que escucharme, porque vuestra obligación es atender a los pecadores.

Así como la serpiente va fascinando a sus víctimas, del mismo modo aquella mujer me fascinó con su mirada diabólica.

Quise hablar y no pude, y ella, aprovechando mi forzado silencio, comenzó a contarme la historia de su vida.

Estuvo hablando cuatro horas seguidas; y yo, mudo, terrado, sin saber qué pasaba por mí, la escuché sin interrumpirla ni una sola vez; hubo momentos que quise hablar, pero tenía un nudo de hierro en la garganta, mis sienes latían apresuradamente, mi sangre parecía plomo derretido» que, al circular por mis arterias, abrasaba mi ser, y cuando concluyó de hablar, como si una fuerza extraña se apoderara de mí, salí de mi entumecimiento, me estremecí violentamente, me levanté iracundo, salí del confesionario, la cogí del brazo y la hice levantar, diciéndole:
—Si yo creyera en sortilegios, creería que me has hechizado, cuando he tenido la paciencia de escucharte tanto tiempo; pero no, sin duda mi espíritu ha querido convencerse de tu infamia, y por eso te presté atención, para estar seguro de que eres peor que todos los Caínes, y Herodes, y Calígulas y Nerones de que nos habla la historia.

Para mí no ha habido pecador que no haya encontrado en él un átomo de sentimiento; pero en ti no veo más que la más cruel ferocidad, pero una ferocidad inconcebible.

Te has complacido en matar a los niños, que son los ángeles del Señor; no te has conmovido viendo su impotencia; nada te han dicho sus ojos, que guardan el resplandor de los cielos.

Te has apoderado de ellos como fiera sin entrañas y te has sonreído cuando los veías agonizar; y después de tantos crímenes, después de ser el oprobio y el horror de la humanidad, quieres levantar un templo, quieres profanar esta pobre iglesia, revistiéndola con mármoles comprados con un dinero maldito; quieres envenenar la fuente de la Salud haciendo servir el manantial de Dios para un tráfico infame; quieres comprar el reposo eterno con una nueva alevosía.

¡Miserable! ¡sal de aquí! ¡para ti no tiene Dios misericordia! Ahora, piensas en el reposo… y tú no puedes reposar jamás… tú tienes que ir como el judío errante de la leyenda bíblica, recorriendo el Universo; cuando pidas aguas, los niños que tú asesinaste te presentarán su sangre mezclada con hiel, y te dirán «¡Bebe y anda!», tú andarás, y andarás siglos y siglos sin que la luz del sol hiera tus ojos, y cerca de ti, muy cerca, oirás voces contusas que te dirán: «¡Maldita, maldita seas…!»

Y yo doy comienzo a decírtelo, yo te digo: ¡Sal de aquí, que las paredes de este santo templo parece que se agrietan, parece que quieren desplomarse para no servir de bóveda a tu cabeza, a tu horrible cabeza, donde no han germinado más que las ideas del crimen!

Yo, que para todos tuve compasión, y que oculté a tantos malhechores, para ti no tengo más que el anatema y la excomunión.

¡Huye de aquí, maldita de los siglos! ¡huye de aquí, leprosa incurable! ¡huye de aquí, que el sol se nubla porque no quiere contagiarse contigo! —Y como si la naturaleza quisiera ayudarme, se desencadenó una tempestad de otoño, arreció el viento, rugió el huracán, y aquella mujer tuvo miedo, tembló de espanto, creyó llegado el juicio final y gritó con verdadera angustia:
— ¡Misericordia, Señor!
— ¿De quién la has tenido tú? —repliqué con tremenda ira—. ¡Huye de aquí!

Que tal horror me inspiras, que si más tiempo te contemplara me convertiría en vengador de tus víctimas.

No sé qué debieron revelar mis ojos, porque ella me miró, lanzó un grito aterrador y huyó como una exhalación.

Yo me quedé mirando algunos instantes la dirección que había tomado, sentí un dolor agudísimo en el corazón, y me desplomé en tierra.

Cuando entré de nuevo en la vida de relación, supe por Miguel que había estado dos días sin sentido.

Los niños, con sus caricias, habían querido hacerme despertar, pero todo había sido inútil.

Volvieron los pequeñitos y rodearon mi lecho con la más tierna solicitud.

Los miré con infantil alegría; pero en seguida recordé lo que había pasado, y les dije: «Dejadme, hijos míos; yo no soy digno de vuestras caricias».

Los niños me miraron y no comprendieron; yo les repetí las palabras anteriores, y uno de ellos dijo a los demás: «Vamos a decirle a María que el padre Germán está muy malo».

Le sobraba razón: tenía enfermo el cuerpo, tenía herida el alma.

Desde entonces no tuve un momento de reposo, ni en la tumba de ella.

A veces, se me aparecía la niña de los rizos negros, me miraba tristemente, y yo decía: «¿Es verdad que ya no soy digno de ti? ¡He arrojado a un pecador del templo!»

La hermosa aparición me parecía que lloraba, y yo al ver sus lágrimas, lloraba como ella, y exclamaba:
«¡Desventurado! ¿Quién soy yo para maldecir? Aquella infeliz tuvo miedo, y en lugar de decirle: ¡Espera, espera, que la misericordia de Dios es infinita!, le dije: ¡Sal de aquí, maldita de los siglos! ¡Yo sí que he profanado esta vieja iglesia! ¡Parece mentira! Yo que sólo he sabido amparar… ¿Por qué una vez rechacé a un infeliz pecador? ¿Por qué?»

Y me iba al campo solo ; no quería que los niños me acompañaran porque no me conceptuaba digno de su compañía.

Las tardes de otoño son muy tristes; los últimos rayos del sol parecen los hilos telegráficos de Dios, que transmiten al hombre un pensamiento de muerte.

Yo los miraba y decía: «¿Es verdad que me decís que voy a morir pronto?»

Y como si la Naturaleza respondiera a mi pensamiento, las sombras envolvían una parte de la tierra; y yo veía la figura de la judía errante que corría delante de mí, y únicamente me calmaba cuando las estrellas me enviaban sus sonrisas luminosas.

En aquella ocasión Rodolfo me prestó un gran consuelo; no me dejaba casi nunca solo, parecía mi sombra; dondequiera que yo iba venía a buscarme y me decía:
—No seáis así; con una pecadora habéis sido inflexible; en cambio muchos culpables os deben su salvación; sed razonable; ¿qué pesará más en la balanza divina, un ser o mil? Pues más de mil y de cien mil habéis salvado de la desesperación.

Ya, estáis enfermo; hay que tener en cuenta muchas cosas; vamos, animaos —y me acariciaba como a un niño, y hacía que yo me apoyase en su brazo.

Por momentos me animaba, pero volvía a caer en mi abatimiento.

Así estuve sufriendo un año, siempre pensando por qué habría sido ya tan intolerante con aquella mujer, cuando mi clemencia era proverbial; cierto que era el reptil más repugnante que yo había conocido, pero ¿Quién era yo para condenar?

Tan tenaz idea me fue minando poco a poco, hasta que caí en mi lecho para no levantarme más.

Rodolfo y María fueron mis enfermeros, y todos los habitantes de la aldea rodeaban mi humilde cama.

Los niños me decían: «¡No te vayas… levántate!… Ve a la fuente de la Salud.

Verás que bebiendo aquella agua te pones bueno»; y yo les contestaba: «¡Hijos míos, ya no sirve para mí la fuente de la Salud que hay en este lugar; me hace falta la fuente de la Salud que hay en el infinito!».

Las jóvenes lloraban y me decían: «Padre Germán, no os vayáis». Y más de una joven pareja se arrodilló ante mi lecho, como si éste fuera un altar, diciéndome: «Padre, bendecid nuestra unión, y así aseguramos nuestra felicidad…» Y los ancianos me miraban con profunda pena, y decían: «Tú no debes morir nunca, porque tú eres el mejor consejero que hemos conocido en las horas de tribulación».

Todas estas pruebas de cariño me conmovían y me avergonzaban, y al fin, queriendo descansar en algo mi conciencia, les dije dos días antes de morir: «¡Hijos míos!, quiero confesarme con vosotros.

Escuchadme—y le conté lo que había hecho con la mujer culpable, diciendo al terminar—: Quisiera purificar la iglesia que yo profané; quizás el tiempo se encargue de ello (y en aquel instante tuve sin duda espíritu profetice, porque algunos años después destruyó el fuego el templo que mancillé con mi intolerancia)…

Por el momento coged mi vieja capa, sacadla en medio de la plaza y quemadla, que si bien a muchos culpables cubrí con ella, a un pecador le negué el abrigo, y el manto del sacerdote que no cobija a todos los pecadores merece quemarse y arrojar sus cenizas al viento; en cuanto a mi cuerpo, no le impongo ese suplicio, porque no fue mi materia la que pecó, sino mi espíritu, y éste ya sufre hace tiempo la tortura del remordimiento.

¡Fuego que abrasa sin consumir! Mas no creáis que mi conciencia será eterna, porque yo me purificaré por medio de obras meritorias en mis sucesivas encarnaciones».

Rodolfo me miraba, diciéndome con sus ojos: «¡No te vayas, que yo no quiero…!» Y yo le decía: «Es inútil tu demanda; llegó el fin del plazo;- mira cómo yo muero; toma ejemplo; no es mi hora postrera como yo pensaba; creí morir tranquilo, y mi mal proceder con aquella infeliz me hace temblar.

Si una mala acción tanto me hace sufrir, calcula cómo morirás tú si a tus pasados desaciertos acumulas nuevos extravíos. Júrame que no olvidarás mis consejos y así moriré tranquilo».

Rodolfo no podía hablar, pero estrechaba mis manos contra su pecho, y sus ojos me decían: «¡Vive, vive por mí!» ¡Cuánto bien me hacían aquellas miradas…! Porque cuando apartaba mi vista de él, veía a la judía errante que corría, yo la seguía y los dos corríamos hasta que yo caía desvanecido; ¡Cuánto sufría en aquella carrera vertiginosa que, a pesar de ser imaginaria, a mí me parecía una horrible realidad!

Rodolfo, comprendiendo mi estado, tuvo una buena inspiración: yo había enseñado a los niños a cantar en coro en las festividades de la iglesia.

Yo les componía la música y la letra de cantos sencillos, y había escrito uno para la muerte de un anciano muy querido de la aldea, cuyas estrofas hablaban al corazón; una de ellas, traducida literalmente a nuestro idioma, decía así:
«¡Anciano, no te vayas, quédate con nosotros! En la tierra está el cuerpo de Dios en el misterio de la eucaristía; bien puedes quedarte tú.
«¡Hay mujeres que te aman, niños que sonríen y ancianos que bendicen; no te vayas, quédate con nosotros!
«Aquí hay flores, hay aves, hay agua, y rayos de sol; no te vayas, quédate con nosotros».

Las vocecitas de los niños, cantando estas estrofas, producían un efecto dulcísimo y Conmovedor.

Rodolfo salió de mi estancia, y volvió a entrar a los pocos momentos, diciéndome: «¡Padre, escuchad, escuchad lo que dicen los niños!» Yo presté atento oído, y al oír el canto de los pequeñitos, acompañado de los acordes del órgano, sentí un bienestar indefinible, mi mente se tranquilizó como por encanto, huyeron las sombras del terror y vi mi estancia inundada de una luz vivísima; figuras hermosísimas rodearon mi lecho, descollando entre todas ellas la niña de los rizos negros, que inclinándose sobre mi frente, me dijo con voz acariciadora:

«Escucha, alma buena; escucha el último canto que elevan por ti en la tierra; escucha las voces de los pequeñitos, ellos te dicen: ¡Bendito seas!»

Aquellos momentos me recompensaron con creces de toda una vida de sufrimientos.

En la tierra me llaman los niños, en el espacio me llaman los ángeles.

¡Todos me querían…! ¿Puede haber mayor felicidad? No.

Rodolfo me estrechaba contra su corazón. María sostenía mi cabeza, y yo sin sacudimientos y sin fatiga me desprendí de mi cuerpo, sobre el cual se precipitaron todos los niños; y aunque en la tierra los muertos inspiran repugnancia, mi cadáver no la inspiró; todos los habitantes de la aldea acariciaron mis restos, que permanecieron insepultos muchos días, respetando órdenes superiores de la autoridad eclesiástica, que al fin profanó mi cuerpo, poniendo en mis sienes la mitra que usan vuestros obispos; y todo el tiempo que permaneció mi cuerpo en la iglesia no dio señales de descomposición, efecto sin duda de mi extremada delgadez, puesto que parecía una momia, pero que la gente sencilla atribuía a la santidad, y todas las tardes entonaban los niños el último canto que yo les había enseñado.

Supe después (para mi consuelo) que cuando arrojé a la pecadora del templo, fui fiel intérprete de otros espíritus que se apoderaron de mí, aprovechándose de mi debilidad y de mi descontento; y a no ser por la buena inspiración que me envolvía en densas sombras, y como yo no quería salir de ellas, pues sufriendo me parecía que lavaba mi culpa, no daba paso, no ayudaba a mis protectores de ultratumba para que llegasen hasta mí.

«¡Hijos míos, ya veis cómo, por un momento de debilidad, por dejarme vencer por el hastío, serví de instrumento a espíritus vengativos! ¡Yo sé lo que sufrí!

Sed resignados, nunca os desesperéis, nunca; haced todo el bien que podáis, y así obtendréis lo que yo alcancé, pues, a pesar de mis defectos y de mis debilidades, mi muerte fue la muerte del justo. Los pequeñitos me decían:
«¡No te vayas!», y los espíritus del Señor repetían en el espacio:
«Escucha, alma buena, escucha el último canto que elevan por ti en la tierra; escucha la plegaria de los niños, ellos te dicen:
¡Bendito seas!»

Amalia Domingo Soler

Memorias del Padre German