El vestido blanco

Un lecho de flores

Estando un verano en una determinada ciudad fui una tarde a pasear por el campo con unas amigas, y Celia nos propuso visitar una quinta habitada por una familia amiga suya.

Aceptamos y fuimos a una mansión que parecía un palacio de hadas.

Los dueños de la posesión nos recibieron afectuosamente, sin saber por qué, me llamó la atención un hombre, al parecer anciano, que al saludar se inclinaba como las flores marchitas.

Celia le dijo a una de las señoras de la casa, señalando al mencionado caballero:
-¡Qué cambiado encuentro a tu cuñado, Isabel! Al pronto no le conocí.

No parece ni su sombra.

¿Ha estado enfermo? -¡Ah! –Contestó Isabel- ahora no es nada, se ha consolado mucho; pero al principio creímos que se iba a quedar idiotizado o loco.

La pérdida de su hija Inés le trastornó la cabeza.

Yo escuchaba aquel diálogo, interrumpido por la llegada de una niñita que se abrazó a su madre diciendo:
-Mamá, ¿Verdad que me pondrás el vestido blanco, nuevo?
-No, Elvira –dijo Isabel-, que te pondrás perdida.
-No iré al huerto –dijo la niña.
-Juega, tonta.

El vestido blanco es para salir.
-Pues yo me lo quiero poner hoy.
Y Elvira comenzó a llorar con el mayor desconsuelo.
En esto llegó un caballero, y abrazando a la pequeña, le preguntó cariñosamente:
-¿Qué tienes, hija mía? ¿Por qué lloras?
-Porque es una caprichosa –dijo Isabel- quiere ponerse el vestido nuevo para echarlo a perder.
-¿Y por no ajar un vestido dejas llorar a la niña?

No quiero que llore; no quiero tener recuerdos ni remordimientos como mi hermano Paco. Corre, hija mía, corre y dile a la abuelita de mi parte que te ponga enseguida el vestido nuevo.
Elvira se fue gritando:
-¡Abuelita!… ¡Abuelita!… Dice papá que me pongas el vestido blanco.
Volvió luego engalanada con sus atavíos de nieve y se abrazó a su madre diciendo:
-¿Verdad, mamá que estoy muy bonita?
Ésta le acarició sus hermosos rizos, y luego, mirando a su marido, le dijo:
-Le dejas hacer todo lo que se le antoje.
-Mira, Isabel, mientras yo viva no quiero ver llorar a mis hijos; te lo repito, acuérdate de Paco.
-Pero, hombre, ¿Qué tiene que ver una cosa con otra? –Replicó Isabel.
Luego añadió:
-Ya que está vestida, llévatela a pasear.
-Sí, sí –gritó Elvira, radiante de alegría-. Llévame a la playa y luego al café.
-Convenido –dijo su padre.
Y despidiéndose de nosotros, se fue con su hijita, que tendría sólo unos cinco años.

Isabel y Celia me llevaron a pasear por los dilatados jardines que rodeaban la casa, y traté de sondear a Isabel.
-¡Qué bueno parece su esposo! Está loco por sus hijos.
-Lo puede usted asegurar.

Los adora, y desde que ocurrió lo de su hermano, más todavía.
-¿Y qué pasó? Cuéntanos –dijo Celia-, es decir, si no soy indiscreta.
-Sí, os lo contaré.

Ya sé que Amalia escribe mucho, y esto quizá le podrá servir para trazar algún artículo de duendes y aparecidos.

¿Cree usted en el Espiritismo? –me preguntó Isabel, mirándome fijamente.
-Sí, señora, creo, ¿Y usted?
-Yo no, es decir, no quiero meterme en esas cosas.

Me daría miedo hablar con los muertos.

Sólo de ver un entierro, me horrorizo… Con que, si hablara con los difuntos… ¡Ni quiero pensarlo!
-Pero si no se les ve, señora; está usted mal informada.
-Usted sí que lo está: mí cuñado Paco los ha visto tan claros como nos vemos nosotros.

A su hija le ve casi todos los días.
-¿De veras? –dijo Celia-; pues si yo creía que eso era falso.

Que diga Amalia, siempre la sermoneo porque escribe de esas cosas, porque, vamos, para mí los espiritistas de buena fe, o son tontos, o son locos, y los que van con segunda intención, son unos embaucadores, que con la engañifa de los muertos explotan a los vivos.

-Habrá de todo –replicó Isabel-; pero yo puedo asegurarle que mi cuñado no es tonto, ni loco, ni capaz de engañar a nadie.

Cree firmemente en los espíritus y en su comunicación, porque ha tenido pruebas.

Mi marido también es espiritista convencido.
Yo no, y eso que también he visto algo.
-Entonces usted dice como los cardenales que condenaron a Galileo: “no quiero mirar”.
-Yo no digo nada, pero… ¡Qué quiere usted! Me muero de susto, sólo de pensarlo.
-Pero, ¿Qué pasó? Cuéntanos –exclamó Celia.
-Sí, ya os lo contaré, pero vámonos al otro lado, que no quiero junto al jardín de Paco, porque, según dice, ve a su hija muy a menudo entre las flores.
-No creas esos disparates –dijo Celia-, es imposible; tu cuñado ve visiones.
-No son visiones; que mi marido también ha visto a mi sobrina.
-Si seguís disputando, perderemos el tiempo, vendrá la demás familia y no podrá Isabel contarnos esa historia.

-Tiene usted razón, Amalia –Replicó Isabel-: vamos al hecho.

Mi cuñado Paco es un hombre bueno, muy caballero, todo lo que se quiera, pero con muy mal genio, es decir, malo precisamente, no, muy raro, amigo de hacer su voluntad y someter a sus caprichos hasta a los gatos.

A su esposa, que era una santa, la hizo mártir, la pobre murió consumida; parecía un esqueleto, y la infeliz murió con el sentimiento de dejar a una niña de tres años, ¡Pobrecita! Angelical criatura que aún me parece que la estoy viendo, tan cariñosa.

A mí me quería muchísimo; pero casi nunca venía a mi casa, porque su padre decía que yo no sirvo para contrariar a los niños, y que para educarlos bien, sin pegarles, sin usar la menor violencia, no hay nada mejor que no darles gusto en nada; que si están consentidos en salir, hacerlos quedar en casa; si quieren un manjar, darles de comer de todo menos de aquello que desean, y la pobre Inés, los trece años que estuvo en este mundo, fue víctima de una contrariedad continua: mi marido, que es un ángel, hacía cuanto podía por endulzar la vida de Inés, pero le decía su hermano:
-Para educar a mis hijos no necesito preceptores.

Y mi esposo, para evitar mayores disgustos, se callaba, y a veces venía diciéndome:
-Dios quiera que Inés se muera pronto, porque así dejará de sufrir.

Llegó para mi hija Beatriz, el día de su primera comunión, y como Inés tenía la misma edad que mi hija, mi marido insinuó a su hermano que las dos primas deberían ir juntas a confesar y comulgar, y que él se encargaría de regalar el vestido a Inés, para que ambas fueran iguales.

Paco convino en ello y dejó venir a Inés a casa, donde yo tenía dos costureras haciendo los trajes de las niñas, que eran de muselina blanca, adornados con plegados de tul, velos de céfiro y coronas de campanillas silvestres.

La víspera del gran día, probaron cada una su vestido, e Inés en particular, estaba encantadora, porque era mucho más bonita que mi hija; y la pobre, que por los caprichos de su padre siempre iba hecha un adefesio, a pesar de ser una rica heredera – pues, sólo por parte de su madre, tenía dos millones de duros-, al verse tan elegante, estaba loca de alegría, se miraba al espejo y decía cortesías, diciéndome:
-¡Ay, tía de mi alma! ¡Parezco otra! ¡Qué bien estoy!
-Es verdad. Pareces un ángel –le decía mi Beatriz-. ¡Como eres tan blanca!
-Pues tú no te puedes quejar –replicaba mi esposo mirando embobado a nuestra hija-; estoy seguro que seréis las dos niñas más hermosas que entrarán en la iglesia.
-Está visto –dijo Paco con sequedad-, que no sabes criar hijos; si Inés estuviera aquí dos días, echabas por tierra todo mi trabajo.

La pobre Inés, en cuanto oyó a su padre, salió temblando de la habitación; mi hija se fue detrás de ella, y mi marido, conociendo el carácter de su hermano, le dijo:
-Paco, no vayas a agriar la fiesta de mañana; te estoy leyendo en los ojos que serás capaz de no dejar a Inés que se ponga el vestido, porque la infeliz ha creído que le iba bien. ¿No ves que es muy natural?
-Tú no conoces a Inés –replicó Paco-; es muy orgullosa, y si yo no humillara su soberbia, sabe Dios dónde llegaría.
-No digas disparates –contesté yo-: si es la criatura más buena que hay en la Tierra: amiga de hacer limosnas, humilde hasta la exageración. Te quejas de vicio, tienes una hija que no te la mereces.
-Bien, bien –replicó él-: más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena, hasta mañana.
Y se fue con su hija.

A poco, mandó al aya de la niña y a la doncella, por el vestido de Inés, con el pretexto de que quería que su hija se vistiese en su casa.
Esta nueva disposición nos disgustó muchísimo, porque habíamos quedado en que Inés vendría para que la peinara mi camarera, del mismo modo que a Beatriz; y mi marido decía:
-¡No sé por qué le temo al día de mañana!

No en vano le temía.

Al día siguiente vino Paco con su hija, vestida de negro, diciendo que la niña no se encontraba bien, y que por esto no había permitido que se vistiera.

Inés, con aquella paciencia de santa, apoyó lo que decía su padre.
-Pues esperamos a otro día que estés buena –dije yo.
-No, no –repitió Paco-; ¡Qué tontería! Nada, nada; una persona ha de saber mirarlo todo con indiferencia.

La pobre Inés, en un momento que pudo hablar a solas conmigo, me dijo:
-Es inútil que esperemos a otro día; no me lo dejará poner; le conozco bien.
Basta que yo tenga un deseo, para que no lo vea cumplido.

Ha guardado el vestido en una de sus cómodas, y esta mañana me dijo:
-El día está muy frío; no quiero que estrenes el vestido, que te podrías constipar.
-Entonces no iré –dije yo.
-Sí, sí; para recibir a Dios no se necesita vestirse de blanco, y basta con que esté limpia la conciencia.
-Así es, tía mía, que vamos.

Salimos; nos reunimos con las demás niñas, todas de blanco, e Inés se vino junto a mí, diciéndome antes de entrar en la iglesia:
-Tía, si viera usted!

Esta noche he soñado con mi madre, y ella me decía:
“Alégrate, hija mía, que ya te llega la hora de ponerte tu vestido blanco”. Ya ve usted, no se ha cumplido el sueño.
Isabel calló, oyendo pasos…

En aquel momento fuimos interrumpidos por la avalancha de los visitantes y el marido de Isabel, que nos venían a invitar para tomar el té.
Isabel me dijo al oído:
-Vengase usted mañana con Celia, solas, y les contaré el resto.

Con gran impaciencia esperé al día siguiente, para volver a la magnífica quinta de Isabel, y saber de aquella historia tan interesante del vestido blanco de Inés.

Reunidas en un artístico cenador cubierto de campánulas y follaje, Isabel, Celia y yo, reanudó la primera su narración diciéndonos:
-Ayer quedamos en el momento en que Inés me contó el sueño que había tenido viendo a su madre, que le había dicho:

“Alégrate, hija mía, que ya te llega la hora de ponerte tu vestido blanco”.

Al entrar a la iglesia, reparamos que en una capilla había una niña de cuerpo presente, vestida de blanco, y al verla, Inés, con una voz que no olvidaré jamás, murmuró a mi oído:
-Mire usted tía, hasta los muertos son más felices que yo: esta niña está vestida de blanco: si yo me muriera pronto, haga usted todo lo posible porque me pongan mi vestido.
-Calla, hija, calla –le contesté-, no digas esas cosas.
Y se me oprimió el corazón de tal manera, que no pude menos que echarme a llorar.

Terminada la ceremonia, volvimos a casa, y Paco, contra su costumbre, pues nunca acariciaba a su hija, se acercó a Inés, y dándole un beso en la frente, le dijo:
-Estoy contento de ti: yo te prometo que de hoy en adelante, no tendrás un deseo que no veas cumplido; créeme, todo lo he hecho por tu bien.

¿Quieres quedarte hoy con Beatriz?
-Si usted me lo permite, yo estaría muy contenta –contestó Inés.
-Bueno; puedes quedarte.
Y la pobre niña se quedó en casa todo el día.
Yo no sé por qué, la miraba, y al momento se me llenaron los ojos de lágrimas.

Por la tarde, intuí después de la siesta, que ella y Beatriz se habían quedado dormidas y que habían visto otra vez en sueños a su madre, y oído de sus labios las mismas palabras consabidas.
-Y mira qué cosa tan extraña –agregó mi hija-, yo he visto a Inés en sueños vestida de blanco, pero un traje mucho más bonito que el mío.
-¿Qué será esto? –me preguntaba Inés.
-Nada, hijas mías, nada de particular –contesté yo-; pero al decir esto sentía mi corazón una angustia inexplicable.
-Déjame poner un ratito tu traje –dijo Inés a mi hija.
-Sí, mujer, sí –repliqué yo-; así se cumplirá tu sueño.
Se puso el vestido, y la pobre niña se estuvo mirando al espejo, y repitiendo algunas veces:
-¡Qué lástima no haberme puesto el mío!
-Ya te pondrás otro mejor cuando te cases –le dije, esforzándome en reír-; lo llevarás de raso blanco.

Ya sabes que eres la prometida de mi hijo Leopoldo.

Y, por todos los medios posibles, traté de distraer a Inés; mas a pesar de todos mis propósitos, la niña siguió muy preocupada.

Luego vinieron otras niñas, amigas de mi hija, merendaron en el jardín, corrieron, jugaron, pero Inés siempre quiso estar junto a mí, y cuando vio a su padre, que venía por ella, me abrazó, diciéndome con ternura:
-Ya sabe usted que la quiero mucho.
-Sí, hija mía, ya lo sé.
Y al besarla noté que su rostro estaba frío como la nieve.

Esto me alarmó, y llamando a su padre aparte, le dije:
-Mira que Inés no está buena: la pobre hoy ha sufrido muchísimo.

Créeme, has de cambiar de conducta, si no, me parece que el mejor día se quedará muerta como se quedó su madre.
-Te prometo que seré otro –me contestó Paco.
Y se fue con su hija.

Nos acostamos, como de costumbre, a las diez, y a las tres de la madrugada me despertó mi marido diciendo:
-Isabel, vístete, que no sé si hay fuego en casa, oigo mucho ruido.

Y antes que concluyera de hablar, vimos entrar a Paco en la alcoba, con el cabello erizado, los ojos pugnaban por salir de sus órbitas, el rostro más pálido que el de la imagen de la muerte, retorciéndose los brazos como si tuviera una convulsión epiléptica, y gritando con toda su fuerza:
-¡Leopoldo!… ¡Leopoldo!… ¡Mi hija!…
Mi marido se tiró de la cama, se echó una capa, y sin pararse ni a ponerse unos zapatos, cogió a su hermano del brazo, desapareciendo ambos como una exhalación.

Yo, naturalmente, me vestí no sé cómo, y cuando iba a salir, entró en mi aposento el aya de Inés, llorando amargamente.

-¿Qué hay? –decía yo-, ¿Qué hay?
-¡Muerta!

–Respondía la pobre mujer-.

¡Muerta!… ¡Si no era para la Tierra aquella niña!…

Quise salir, pero mi hijo Leopoldito se puso delante de la puerta y me lo impidió, temeroso de que el dolor me ocasionara algún trastorno.

Imposible me es describir la escena de aquella infausta noche.

Los criados de mi cuñado y los míos estaban en mi gabinete hablando todos a la par, y todos conformes en que lo ocurrido era obra del diablo.

Yo preguntaba a éste y a aquél; pero era una confusión espantosa; mis hijos, que entonces tenía cinco, todos se habían levantado, y lloraban, porque veían llorar, y temblaban de susto por lo que oían.

Yo estaba como alocada; no sabía lo que me pasaba.

Vino, por fin, mi marido.

Procuró que saliesen de mi dormitorio los criados y los niños, y cuando estuvimos solos, prorrumpió en sollozos, hasta que por último, dominando su emoción, me refirió lo que había ocurrido, y que voy ahora a repetir.

Al llegar Inés a su casa, le preguntó su padre si se hallaba bien, y como la niña manifestase que le dolía la cabeza, dispuso que el aya la acostase en una habitación inmediata.

El aya, intranquila, estuvo escuchando atentamente, y como observase que Inés daba muchas vueltas en la cama, fue a ver lo que tenía, y se estuvo al lado de la niña hasta que la dejó dormida.

Se acostó la buena mujer, y se durmió también.

En tanto, Paco no podía dormir.

Remordíale la conciencia por no haber dejado a Inés que estrenara su vestido, comprendiendo al fin lo mucho que la pobre niña habría sufrido viendo a todas sus compañeras tan engalanadas, y ella sin poder lucir el deseado traje blanco.

Así estuvo algún tiempo, hasta que no pudiendo dominar su inquietud, se levantó, y sin darse cuenta de lo que hacía, abrió el cajón de la cómoda donde había guardado el vestido de su hija, y se quedó espantado, sin saber lo que le pasaba, porque el vestido de Inés había desaparecido, y en su lugar había una gruesa capa de ceniza.

¿Cómo habían podido substraerlo?

Lo ignoraba, porque él tenía las llaves guardadas, y la cerradura no estaba violentada.

Una idea terrible le asaltó, y corrió como un loco al cuarto de su hija.

Las cortinas del lecho de Inés estaban corridas, y la lámpara de alabastro que pendía del techo, estaba encendida como de costumbre.

Abrir las cortinas y quedar mudo de horror, fue todo una misma cosa.

Inés aparecía tendida sobre su lecho, vestida con su traje blanco y su corona de campanillas silvestres, sus manos juntas, los ojos cerrados y cubierto el cadáver con el velo de céfiro que tanto gustaba a la inocente niña.

Clavado se quedó el padre ante la cama mortuoria, sin fuerzas, sin acción, sin saber si era víctima de una pesadilla terrible.

Al fin se arrojó sobre su hija, le arrancó el velo, la llamó, la besó, le pidió mil perdones; pero la niña estaba muerta.

Entonces fue cuando salió como un demente a buscar a mi marido, y cuando entraron en el cuarto de Inés, encontraron las cortinas del lecho herméticamente cerradas y a la niña cubierta con su velo.

Paco, horrorizado, se agarró a las columnas del lecho, hasta que por fin cayó sin sentido.

No había remedio: Inés había muerto, y algo terrible, algo desconocido había pasado allí.

-¿Crees tú que el diablo?… –dije yo.

-No, Isabel –replicó mi marido-, no te hagas eco de simplezas vulgares, el diablo no existe, pero aquí hay algo que yo averiguaré.

Para abreviar, les diré que a fuerza de dinero la iglesia elevó sus preces; los pobres que socorría Inés decían que los ángeles habían bajado a vestir a la santa niña, y unos diciendo que era el diablo, y otros que eran los ángeles, se le hizo un gran entierro.

Mi cuñado quedó como imbécil más de dos años.

Mi marido, que siempre ha sido aficionado al estudio, habiendo sabido que había obras espiritistas, en un viaje que hizo a París habló con Allan Kardec, el autor de dichas obras, y las leyó con ansiedad.
-Ya sé quién vistió el cadáver de Inés –me dijo una noche.
-¿Quién? –pregunté yo alarmada.
-Los espíritus.

Y quiso darme explicaciones; pero yo me opuse resueltamente, manifestando que no quería saber de aquello, porque me moriría de miedo.

Entonces me dejó y se dirigió a su hermano, el cual le escuchó con sumo interés, siendo el resultado de aquellas conferencias, que Paco estudiase y acabase por aceptar el Espiritismo.

Las nuevas creencias lo volvieron otro.

Es amable, caritativo; ha fundado un asilo para las niñas huérfanas, en el cual ha empleado toda la fortuna de Inés, dotándole de todo lo necesario para que las niñas reciban una excelente educación.

A las maestras les encarga sobre todo que sean muy cariñosas con las niñas, y aún él mismo les lleva dulces y juguetes.

El otro día vino muy contento, diciéndome:
-Mira, Isabel, ya estoy perdonando; me lo dice Inés.
-Déjame, que no quiero saber nada de eso –le repliqué-.

Pero él no me hizo caso, y quieras que no, hube de escuchar una comunicación de su hija.

Y francamente, cuando la oí, se me fue quitando el miedo, y hasta me atreví a mirar el escrito, en el cual vi una letra muy parecida a la de Inés.

Le pedí una copia del escrito, y la conservo con religioso respeto.
-Pues, mira –dijo Celia-, quien ha hecho lo más, que haga lo menos: ¿Quieres leernos la comunicación?
-¿Por qué no? Justamente os la tenía preparada sabiendo que ibais a tener interés en oírla.

Isabel leyó lo siguiente:
“Alienta, pobre ser, alienta, tu expiación termina y tu regeneración comienza.
No estás solo; para que ganes el tiempo perdido, muchos espíritus te ayudan, te fortalecen y te inspiran, especialmente tu esposa y tu hija, que hicieron cuanto pudieron en su última encarnación para regenerarte por medio de sumisión y ternura.

Pero tú, Espíritu rebelde, fuiste insensible a su amorosa humildad, y te complaciste en atormentarlas, en particular a tu hija, negándole todo, todo, hasta la sencilla satisfacción de ponerse un traje virginal en su primera comunión.

¡Pobre padre mío!

¡Fue preciso que me perdieras para que me amaras!

¡Pobre ser, que tuviste la miel en los labios y la desechaste, y tuviste luego que beber hiel y vinagre!

¡Pobres espíritus!

¡Cuán dignos sois de compasión los que no podéis vivir entre flores, sino entre abrojos!”…
“¡Todo lo tuviste, todo!… ¡Inteligencia, riqueza, seres que te amaban, y todo fue inútil!

¡Necesitaste, pobre esclavo de tu ignorancia y de tu rebeldía, el látigo del remordimiento, la tortura del espanto, la locura del dolor!”…
“No te quejes, recogiste lo que sembraste; pero hoy renaces a la vida, y mi madre y yo estamos contigo.

Yo te amo mucho, padre mío, mi Espíritu sonríe cuando te veo hacer el bien entre los demás”.
“¡Alienta, padre mío, alienta!

Trabaja en tu progreso, que tienes, como todos los espíritus, abiertas las avenidas de la felicidad”.

Cuando terminó la lectura Isabel, vi que Celia estaba muy pensativa y que Isabel lloraba, pues apenas pudo acabar las últimas palabras, por la emoción.
-¿Ve usted? –Me dijo esta última-, siempre que leo esta comunicación, lloro, y vamos, que no quiero enterarme de estas cosas…

¡A cuántos comentarios se presta esta verídica historia! He creído conveniente referirla, porque hay sistemas de educación muy erróneos, y creo que el mejor modo de educar los padres a sus hijos, es empleando ese amor sublime, casi divino, superior a todos los amores, el amor paternal, que se complace en complacer, que goza viendo gozar, que sonríe viendo sonreír; ese amor que regenera, que trocaría en paraíso el infierno, si el infierno fuera una realidad y no la negación de todos los amores.

Amalia Domingo Soler

“La Luz del Futuro”