Dicen los poetas que a las flores les es necesario el rocío, a los peces el agua y a las aves el aire, y nosotros decimos que a los hombres les es indispensable la ciencia, si han de vivir la verdadera vida del Espíritu, si han de darse cuenta del sitio que ocupan, si han de conocer, aunque sea ligeramente, los elementos que componen el aire que respiran, las plantas que lo recrean, y le ayudan a vivir, las montañas que atraen las copiosas lluvias, el organismo, en fin, de la Tierra, con su maravillosa combinación.

El hombre sin estudios se asemeja al bruto y su adelanto se verifica lentamente, aún siendo un modelo de bondad y de amor, porque el que camina a ciegas tiene irremisiblemente que caer y en su caída arrastra tras de sí la idea que defiende, el principio que sustenta, la escuela a que pertenece, la religión que le une con el Creador; todo pierde su primitiva forma, tomando proporciones microscópicas lo que ayer las tuvo gigantescas.

Todas las religiones se han hundido en el polvo de los siglos, porque la ignorancia se encargó de engrandecerlas impulsándolas en el descrédito, pues al presentar la naturaleza en sus innumerables cambios, la fuerza de su poder, lo que llamamos fenómenos, efectos de causas desconocidas para la ciencia, aquellas las tuvieron por milagros, sucesos sobrenaturales, cuando nada hay sobrenatural ni extemporáneo; en Dios no hay situaciones de efecto, no hay decoraciones sorprendentes ni juegos mágicos, no hay más que una ley inmutable, fija y eterna: Dios es el matemático del tiempo y sus demostraciones son grandes y sencillas a la vez, porque le dicen a la razón del hombre como dos y dos son cuatro, con tal precisión y claridad, con tanta exactitud y evidencia, que bien se puede decir: que las matemáticas son las piedras angulares de la eternidad.

Pero el hombre siempre ha buscado la sombra y se ha enlazado al fanatismo como la hiedra al muro centenario; por eso han transcurrido tantos siglos y nuestro progreso ha sido tan lento, tan débil, tan enfermizo, digámoslo así, y arrastramos una existencia lánguida y perezosa, viviendo como autómatas, sin podernos dar cuenta de lo que somos, por qué vivimos, qué elementos constituyen nuestro ser y qué seremos después.

La raza humana por lo mismo que es muy ignorante es muy impresionable; la fantasmagoría es el cristal óptico por donde ha mirado siempre la creación y ha visto visiones, creando dioses vengativos y antropófagos, puesto que les ofrecían tantas víctimas, inmolando en sus aras afecciones, deberes, libertad y entendimiento.

Más tarde vino el dios bolsista, el dios del tanto por ciento; ese aún subsiste, aunque le va devorando el cáncer de la civilización y principia el estertor de su agonía.

La razón, primogénita de Dios y de la ciencia, es aún muy niña y no puede reinar; necesita regentes y nada peor para los pueblos que la minoría de un monarca.

Por eso los hombres luchan hoy tan encarnizadamente; porque las naciones son los diputados del progreso universal y cada una tiene distinta doctrina.

El libre pensamiento, es el que camina hoy a la cabeza de la civilización; con entusiasmo dice: El rey del fanatismo ha muerto, viva el rey de la ciencia, paso al progreso, y adelanta majestuoso, rompiendo el nudo gordiano de las leyes tradicionales.

¿Qué hace falta para que lleguemos a conseguirlo? Perseverancia en el estudio, energía para romper con necias preocupaciones, valor suficiente para arrastrar la befa y el escarnio como lo tuvieron Sócrates, Cristo, Galileo; Colón y tantos otros mártires, verdaderos santos, verdaderos creyentes, que murieron adorando el progreso.

Sí; estudio, instrucción, porque sin ésta, ningún adelanto puede subsistir, y las ideas más grandes, los pensamientos más sublimes, las instituciones más humanitarias, no tendrían vida propia, teniendo que desaparecer de la Tierra como las hojas secas del otoño arrebatadas por el vendaval.

¡Espiritistas! Amigos del bien, no basta ser buenos y compasivos, es necesario ser grandes, es imprescindible buscar en la sabiduría, el por qué del por qué: el espiritista sin estudio, el espiritista ignorante, se asemeja a los católicos romanos: cree, porque ve creer, y en el Espiritismo no debe haber fe ciega, no y mil veces no; el Espiritismo es el análisis, es el filtro por donde debe destilarse el agua de los hechos, para dejar en él las aberraciones humanas.

Si no estudiamos, si no nos instruimos, vale la pena que nos llamen locos, no merecemos tal nombre, no somos dignos de llevarle; los ignorantes no pueden ser locos, ese es un adjetivo que pertenece exclusivamente a los sabios, y a los adeptos de la innovación.

La comunicación de los espíritus, que es el hecho más trascendental que se registra en la historia de los siglos, ese Fiat de ultratumba, esa demostración evidente de la vida eterna, esa prueba tan innegable y tan consoladora de que no nos abandonan nuestros padres, hijos y hermanos, deudos y amigos, y que constantemente vivimos enlazados a ellos y estos a nosotros, por el amor que, cual fluido Universal, nos vigoriza y nos alienta; este hecho, repetimos, que es la manifestación de Dios, lo han empequeñecido, lo han parodiado algunos, ridiculizándolo de tal manera, que lo más sublime, y lo más santo, inspira hoy risa y compasión en muchos círculos de la sociedad.

¿Y sabéis por qué? Porque nosotros, a imitación de los trapenses, cavamos nuestra sepultura, con menos dignidad que ellos lo hacían; puesto que silenciosos y graves no cambian más palabras entre sí que las de hermano, morir habemos, “ya lo sabemos”, en tanto que nosotros con bombo y platillo vamos enseñando el mundo nuevo, tan pequeño como nuestra ignorancia.

Y brotan médicos que, sin conocer la O, “inspirados por los invisibles”, curan a diestro y siniestro, y los médiums sonambúlicos se multiplican dando estupendas comunicaciones y arrojando fluidos sin ton ni son sobre los enfermos que se mueren, si ha llegado su hora; y entonces, grita la multitud indignada: ¡Lo han matado los espiritistas!

Cúlpense los unos a los otros, no culpen al Espiritismo: culpen a su gran ignorancia, a su mayor fanatismo, que la doctrina espiritista es demasiado grande, es una ley tan esplendente, que no la pueden resistir sus ojos enfermos.

A la literatura también le ha llegado el contagio burlesco espiritista, y abortos monstruosos de imaginaciones calenturientas y obsesadas, se lanzan al estadio de la prensa, diciendo: que sus libros son inspirados por los espíritus, y erigiéndose en propagadores del Espiritismo.

¿Cuándo ni cómo le ha faltado al verdadero espiritista el sentido común y el justo criterio?
Nunca, porque no puede ser, porque el espiritista es humilde, y se conoce un poco a sí mismo: por lo tanto, el que no tiene una gran inteligencia se contenta con practicar la caridad, consuela al triste, y aconseja al libertino, y reprende a la mujer perdida, y da un buen ejemplo con su irreprensible conducta, para que los demás le imiten siguiendo su huella.

Este es el retrato exacto del espiritista sin dotes literarias ni científicas; porque todas las inteligencias no pueden caminar igual, son humildes y laboriosas hormigas, pudorosas, violetas, que no por estar escondidas dejan de embalsamar el ambiente con su delicada esencia.

Y los hombres dotados de más condiciones intelectuales, estudian detenidamente la naturaleza, y como Flammarion, Pelletan, Pezzani, Allán Kardec, Castelar y tantos otros que sería difuso enumerar, escriben obras verdaderamente científicas, enciclopedias de todos los conocimientos humanos.

Esos son literatos espiritistas, aunque algunos de los citados no lleven este nombre; pero, ¿Qué importa que no se llamen espiritistas si propagan la ciencia, si difunden la luz, si reconocen una causa y nos describen sus efectos? ¿Qué más les podemos pedir, llámense como quieran si su ciencia es una?

Pero los aprendices del Espiritismo se les figura que una obra para ser espiritista ha de tener indispensables revelaciones de ultratumba, y fantasmas, y sombras, y todos los duendes habidos y por haber, y están en un gravísimo error.

Los espiritistas, lo que necesitan es ciencia profunda o moral evangélica, y cuantos volúmenes se publiquen sin estas condiciones, los rechaza el Espiritismo por apócrifos, por calumniadores, por hipócritas y falsarios.

¡Espiritistas!, no descansemos sobre nuestros laureles, porque profundos sabios se encuentran en nuestras filas, no; de nada sirve que un hombre hable si no tiene quien le entienda, y aquí viene de molde el antiguo adagio: Predicar en desierto, sermón perdido; y mejor aún las razonadas frases de Cristo: No arrojéis margaritas a los puercos.

La unión es la fuerza, y ésta la vida; estudiemos con fe, rechacemos con energía a los embaucadores del Espiritismo, luchemos, entremos en batalla con la humanidad sin llevar cañones Krup ni ametralladoras, máquinas infernales que nos estacionan en la Tierra; nuestras armas sean el testamento de Jesús, los traslados de la ciencia, en sus múltiples manifestaciones, las obras filosóficas de todos los sabios que hemos llegado a conocer.

La ciencia es infinita, incomprensible para muchos, pero también hay breves compendios simplificados para que a todas las inteligencias llegue la luz.

Nuestro sagrado deber es decir muy alto que nosotros vamos hacia Dios por la ciencia y la caridad y todo aquel que especule con el Espiritismo ni es espirita ni lo será.

¡Ciencia! ¡Irradiación divina, bendita seas! A ti, y sólo a ti, encarnación de Dios, rendimos homenaje y culto ferviente, los verdaderos espiritistas, que son sabios o humildes; nos creemos felices con pertenecer siquiera a los últimos.

Amalia Domingo Soler

La Luz que nos Guía