Amalia Domingo Soler

LA CIENCIA NO ES ATEA


III


Como se ve, los espíritus en sus sensatas comunicaciones nos aconsejan lo mas bueno y lo mejor, puesto que nos impulsan al trabajo que es el manantial inagotable de todas las prosperidades humanas, nos inclinan a la investigación de todo cuanto nos rodea, desde los misterios religiosos que tanto influyen en el estacionamiento de los pueblos, hasta el estudio pacientísimo de los infusorios que se agitan en el aire que respiramos y que pasan completamente desapercibidos a nuestros ojos si no hacemos uso de un buen microscopio.

Los consejos de los espíritus, desprendidos de los miserables egoísmos terrenales, tienden por lo general a nuestro mejoramiento moral e intelectual; nos aconsejan siempre el olvido de las ofensas, y no solo el olvido para nuestros adversarios sino lo que es más grande aún, el amor a nuestros enemigos.

Se dirá que esto también lo dicen las religiones, pero las palabras y las exhortaciones de sus predicadores no causan tan honda impresión en el alma como las comunicaciones de los espíritus, porque estos últimos no se contentan con hablar, sino que presentan ejemplos palpitantes del daño inmenso que producen los odios condenando a sufrimientos horribles a los que los sustentan, encarnando en la Tierra en las condiciones más humillantes y deplorables; otras, siendo juguete de sus encarnizados enemigos del espacio que los inducen al suicidio y al olvido de todas las leyes morales:

y la verdad de lo que dicen lo demuestran con hechos innegables, por eso el estudio razonado del Espiritismo es una verdadera necesidad para todos aquellos que no se contentan con vivir sufriendo sin saber porqué sufren, para los que pierden seres queridos del modo más inesperado truncándose violentamente las leyes de la naturaleza, en la cual por regla general toda planta tiene su crecimiento, su follaje, su florescencia, su madurez (si produce fruto) en tanto que tantísimos pequeñuelos mueren antes de pronunciar el dulcísimo nombre de madre, y las infelices mujeres que han sentido los cruelísimos dolores de la maternidad, las que han soñado con la sonrisa de sus hijos, las que le han preparado amoroso albergue, las que han vivido noche y día junto a la cuna de los amados de su corazón, al perderlos en un segundo, cuando con delirante entusiasmo se dedicaban a prestarles sus cuidados más pródigos, esas mártires del amor maternal, necesitan más que nadie el saber porqué se fueron los que eran luz de sus ojos y vida de su entendimiento.

También necesita estudiar el espiritismo el padre desgraciado que educando a todos sus hijos bajo los mismos preceptos, recibiendo todos idéntica educación, de entre tantos seres honrados y laboriosos, salga uno que se destaque por su ruindad y bajeza.

No basta contentarse con el viejo aforismo de que en todas las familias hay un Judas.

¿Y por qué?

¿Por qué sin causa justificada a de venir un ser a este mundo condenado irremisiblemente a la perversidad?

¿Por qué desde su más tierna infancia se ha de complacer en atormentar a los pájaros, en pisotear las flores, en romper y destrozar cuanto a su paso encuentra?.

¿Por qué ha de ser la tea de la discordia en su casa y piedra de escándalo en los colegios? de los cuales es arrojado como reptil venenoso llegando a ser la deshonra de su familia, mientras sus otros hermanos por su docilidad, por su mansedumbre, por su entrañable cariño a todo cuanto les rodea comenzando por los autores de sus días y acabando por el gato y el perro, animales domésticos que los niños buenos convierten en compañeros de sus juegos.

¿Por qué si todos nacieron de una misma madre, y recibieron los primeros besos de un padre amantísimo a de haber un Judas en una familia modelo?

¿Por qué?… ¿Por qué Dios crea espíritus condenados al desprecio y al odio de sus semejantes?

¿Por qué su perversidad es superior a todas las máximas evangélicas que ordenan perdonar y compadecer al delincuente?

¿Por qué hasta los mismos padres han de desear la muerte de estos desventurados?.

Para esas desgracias que caen sobre muchas familias honradas como un torrente de lava de un volcán desconocido, sólo el estudio del Espiritismo puede atenuar en parte su inmensa desventura.

No hace muchos días vino a vernos un hombre de mediana edad que pertenece a una de las clases más dignas y más pundonorosas de este mundo, y al preguntarle porqué había estudiado el Espiritismo, nos contestó con profunda tristeza:

¡Ay señora!

Porque sin el conocimiento del pasado y la reparación del porvenir, me hubiera sido absolutamente imposible vivir rodeado de las grandes amarguras que a veces proporciona la paternidad.

Dos hijos entraron en mi hogar, el primero, me hizo maldecir en muchas ocasiones la ley de la reproducción universal, porque desde pequeñito comenzó a demostrar sus fatales intenciones, dando por principio mentir de un modo asombroso, y por aficionarse a todo lo más bajo y grosero: sus lucidos trajes los cambiaba por los sucios harapos del chicuelo pordiosero, sus manjares delicados los daba a los pobres con la condición que estos le dieran sus mendrugos de pan.

Sus amigos predilectos eran los chiquillos de los gitanos, su lenguaje el más soez y desvergonzado, tenía repulsión absoluta a la enseñanza no queriendo estudiar ni aprender un oficio, escapándose de casa infinidad de veces para reunirse con las cuadrillas de los mendigos que no tienen casa ni hogar, y cubierto de trapajos rodeado de chicuelos sucios y desnudos, imploraba la caridad pública en las calles más céntricas de Madrid y en las carreteras, pasando las noches en la intemperie.

No hace daño a nadie más que así mismo, a su pobre madre, a su noble hermano y a mí que me hace vivir completamente avergonzado pues mi posición social es una de aquellas en que la dignidad y el buen nombre es ante todo; y no han bastado súplicas, amonestaciones ni lágrimas amarguísimas de su infeliz madre, ni consejos prudentísimos de su hermano, ni amenazas desesperadas de un padre herido en lo más sagrado, en el honor de un nombre honrado consagrado a defender la bandera de su patria en medio de los mares.

¡Todo ha sido inútil!… en cuanto se ha visto bien vestido le a faltado tiempo para desprenderse de sus ropas y ponerse andrajoso y repugnante.

Etiquetado , , , , ,