Amalia Domingo Soler

LA CIENCIA NO ES ATEA

En mi casa está como fiera enjaulada; en cuanto puede huye del hogar paterno para entregarse a la mendicidad y a toda clase de desórdenes, en tanto que su hermano no ha tenido más Dios que sus padres y sus libros; su carrera científica ha sido una serie de triunfos, y hasta renuncia a los afectos naturales de la vida diciendo que no quiere casarse muy joven para no robarles a sus padres un átomo de cariño, que quiere darnos toda la ternura de su corazón, todo el amor inmenso de su alma, no perdonando sacrificio ni evitando ocasión oportuna para dar nuevos timbres al honrado apellido de su padre.

Esta diferencia absoluta entre mis dos hijos me enloquecía, porque mi esposa es una mujer honradísima, incapaz de faltar a sus deberes, que no ha tenido nunca otro mundo que su casa, así es que para ella la infidelidad de pensamiento o de obra le es absolutamente desconocida.

Ella no concibe que una mujer casada olvide sus deberes, para ella su marido es todo; y al ver la constante intranquilidad de mi hogar, los bochornos, la vergüenza que continuamente nos hacía pasar mi hijo mayor poniéndome en ridículo entre mis compañeros y amigos, lo mismo que a su hermano entre sus condiscípulos, yo me volvía loco y decía: si hay Dios, este tormento que me abruma ha de tener una causa justificada, no puede ser casual esta lucha incesante que envenena las horas de mi vida.

¿Por qué el primogénito de mis amores ha de ser un miserable?

¿Por qué se ha hecho dueño de la tranquilidad de una familia que lo recibió con los brazos abiertos?

¿Por qué ha de estar ligado a mí con los lazos más fuertes de la Tierra, un ente que parece imposible que me deba la vida?

¿Por qué merezco este castigo si no he causado la deshonra de ninguna familia honrada, si no he llevado la intranquilidad a ninguna parte?

¡Señor! yo me vuelvo loco; ¡Para ver entre tantas tinieblas dame un rayo de luz! y oyendo mis lamentaciones, un amigo me habló del Espiritismo diciéndome: la ley de Dios no es más que una, cada cual recoge la cosecha que se merece, la injusticia no existe, Dios es lo exacto, la ciencia es un lenguaje eterno; el llanto se hizo en la Tierra para regar la senda de la expiación; para el alma que desea saber nunca la ciencia está oculta, y vale más llorar conociendo que reír sin conocer, valiendo más un consuelo que una fortuna porque una fortuna embriaga y un consuelo fortalece, y un consuelo encontrarás estudiando el Espiritismo, porque verás la luz del pasado entre las densas brumas del presente, convenciéndote que tu hijo cumple la ley de las compensaciones convirtiéndose en tu pesadilla, que larga cuenta tendréis entre los dos cuando os habéis visto obligados a uniros con los vínculos más estrechos, dos espíritus que probablemente habréis perdido muchos siglos odiándoos y haciéndoos todo el mal posible.

Amar a un enemigo es tan difícil como conocer un mundo, pero esos lazos de familia son los únicos medios que pueden emplearse para realizar la obra más admirable y más asombrosa de todos los siglos; que es el olvido total de las ofensas y la creación de un afecto entrañable, capaz de llegar al sacrificio por evitar una lágrima al ser amado, y esta heroicidad sólo la tienen los padres, solo ellos perdonan las injurias de sus ingratos hijos, sólo ellos aunque brote la sangre de sus heridas dicen al juez que su hijo es inocente, solo ellos abren sus brazos a los que la humanidad rechaza.

El que ama sabe medir el amor de los demás, por eso los padres son los únicos que conocen a fondo los defectos de sus hijos y los que están llamados a guiarles por la senda del progreso.

Ese hijo que hoy es para ti padrón de ignominia y que te desesperas porque no lo puedes hacer a tu imagen y semejanza en el sentido moral, ¿Crees que no le ha sido útil deberte la vida material en esta existencia?

Estás en un error porque, otro menos digno y menos sensato que tú lo hubiera llevado al abismo del crimen, porque lo hubiese precipitado con sus violencias y sus arrebatos de ira en el caos más tenebroso, y tú has hecho cuanto has podido y harás en lo sucesivo por atraerle en la senda del bien, y todo tu trabajo empleado será riqueza para tu Espíritu y libro de útil enseñanza para tu hijo cuyas páginas leerá mañana en el Espacio.

Esto me dijo un buen amigo, y desde aquel día memorable acudí a las sesiones espiritistas, estudié las obras de Kardec, y mi desesperación se fue calmando, mi enojo decreciendo, y acepté la inferioridad de mi hijo como justo castigo de mis pasados desaciertos, cargué con mi cruz con menos desaliento y aunque no puedo ser feliz porque la contrariedad es mi patrimonio, me someto a la ley más justa, a la más grande, a la ley que necesariamente debe imperar en todos los mundos: dar a cada uno según sus obras.

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