IV
El interesante relato de aquel padre desgraciado fue un testimonio más para nosotros por el gran consuelo que prestan las enseñanzas espiritistas, que impulsan siempre a perdonar las ofensas, a compadecer al delincuente, a enseñar al que no sabe y a estudiar en el libro admirable de la vida eterna cuyas páginas son las diversas e innumerables encarnaciones de los espíritus.
Cada existencia es un capítulo de la historia universal de las humanidades, todos escribimos nuestras memorias, unas veces con letra clara y correcta, otras con caracteres ininteligibles, usando tinta roja.
Las religiones han puesto dique a las ferocidades de la humanidad en un sentido, pero en otro han despertado odios inextinguibles, han separado la esposa del esposo, el hijo de sus padres, la hermana del hermano, han sembrado la semilla de la discordia en el hogar doméstico, han hecho muchas víctimas, en el nombre de Dios se han cometido innumerables crímenes, y se han llevado a cabo cacerías de hombres, se han organizado batidas contra los hugonotes como si fueran fieras; dígalo la noche de San Bartolomé en Francia.
Se han inventado además los tormentos más crueles para despedazar a los que han dicho que las religiones eran las andaderas de la humanidad, y que no hay más infierno que el remordimiento, que todo lo que no tiene por cimientos la razón, la ciencia y el amor, se derrumba, que la representación de Dios es la ciencia, y la verdad su hechura, que cuando origen las leyes de la conciencia sobran todas las leyes, que los mundos son otros tantos laboratorios donde las actividades del pensamiento descubren las maravillas del infinito.
Y los hombres más sabios y más buenos sufrieron el martirio más horrible porque miraron las maravillas de la Creación con los cristales de aumento de su inteligencia, y los grandes sacerdotes de la ciencia, los naturalistas, los astrónomos, los geólogos, los profundos matemáticos, todos los que han dicho creer es lo de menos y saber es lo más, han sido víctimas de la ignorancia, mejor dicho de la intolerancia religiosa, acusándolos de ateos a los unos porque preguntaban a las piedras, cuantos siglos habían necesitado para formar las montañas en cuya cúspide estaban las nieves eternas, esperando rayos solares de gran potencia para deshacerse en lluvia y en arco iris, a los otros porque penetrando en los bosques preguntaban al orangután qué distancia existe entre el instinto y la inteligencia.
Han llamado a la ciencia atea, porque todas las religiones han empequeñecido la figura de Dios de tal manera que, el último gusano le ha parecido al sabio más grande y más perfecto que el Dios de todos los credos religiosos.
Acusan a la ciencia de orgullosa y su orgullo es legítimo, porque ha hecho la ciencia con sus descubrimientos lo que no ha hecho ninguna religión.
Ella nos ha demostrado la falsedad de los absurdos milagros contrarios a todas la leyes del Universo, ella nos ha dicho sin lugar a dudas, que Josué no pudo detener el curso del Sol para continuar su batalla como afirman las sagradas escrituras, que el día se prolongó hasta que el jefe del pueblo hebreo dio por terminada la pelea; pero nos ha manifestado de un modo irrecusable la existencia de millones y millones de mundos cuyas condiciones atmosféricas los convierten en verdaderos paraísos, donde la vida tiene que ser verdaderamente maravillosa sin las violentas sacudidas de los bruscos cambios que experimentamos en la Tierra con los huracanes, con los terremotos, y las erupciones de los volcanes que difunden en torno de sus cráteres la desolación y la muerte.
La ciencia desmiente las palabras bíblicas atribuidas al Supremo hacedor sobre la fundación de la Tierra y la Creación de la pareja humana, negando en absoluto el pecado de Adán y Eva, y aceptando la ley de reproducción eterna, puesto que para su cumplimiento hay diferencia esencial de sexos, concediéndoles a todas las especies las leyes de evolución y de progreso, ascendiendo el principio inteligente desde el embrión del hombre hasta el redentor de un mundo, desde el instinto de conservación hasta la inteligencia más desarrollada que descubre los más recónditos arcanos de la ciencia, difundiendo la savia de su amor desde la humilde florecilla hasta el criminal más odioso.
La ciencia no es atea !No!
La ciencia es verdaderamente deista, porque es la que descubre de continuo las maravillas de la Creación.
Los Anacoretas y los cenobitas, aquellos que consumían los mejores años de su vida en solitaria cueva o en el seno de bosques vírgenes rezando por rutina y atormentándose por ignorancia, no eran tan útiles a la verdadera religión como los sabios exploradores, como los pacientes naturalistas que resisten el tormento del hambre y la sed, los abrasadores rayos del Sol y el rigor irresistible del frío por encontrar un nuevo vegetal, la ignorada fuente de un río, bosques presentidos, valles que han visto en sus sueños poblados de otras razas; ¡Estos, estos son los verdaderos sacerdotes de la gran religión que nunca caerán sus dioses tutelares, que jamás sus altares se derrumbarán ni cubrirá la hiedra las ruinas de sus templos!
La religión de la ciencia tendrá eternamente sus grandiosas basílicas porque tendrá los mundos que son los inmensos laboratorios donde los hombres encontrarán cada vez más patente la Omnipotencia y la sabiduría de Dios.
Y de esta religión eterna, de esta continuada ascensión del Espíritu, de este trabajo permanente de la inteligencia nos viene a hablar el Espiritismo para ilustrarnos, para despojarnos del manto de la superstición religiosa, para hacernos comprender que no hay Cristos que sudan sangre, ni vírgenes que a través de los siglos conserven en sus pechos el licor refrigerante de la vida y en sus ojos el llanto del dolor, que no existe el milagro ni el hecho maravilloso, porque es superior a todo lo inventado por las religiones.
La inteligencia y la enérgica voluntad del hombre; ¡Ésta sí que hace verdaderos prodigios!
¡Ésta sí que arranca a la naturaleza el velo de todos sus misterios!
¡Ésta sí que descubre las grandezas inacabables del infinito!
¡Ésta sí que da dirección al rayo, pesa los planetas, mide sus longitudes, cuenta las estrellas, acorta las distancias, transmite las palabras por medio de los hilos telegráficos de polo a polo haciendo uso de los cables submarinos!
¡Ésta sí que construye puentes maravillosos sobre abismos insondables!
¡Sí que canaliza los mares y convierte en oasis los áridos desiertos de este mundo!
Y esta serie de actividades empleadas en el bien de la humanidad adquieren mayor desarrollo y aumentan su prodigioso desenvolvimiento con el estudio razonado del Espiritismo; no porque los espíritus den la ciencia infusa al ignorante, no porque le descifren fácilmente los problemas al sabio, no porque le digan al perezoso entrégate a la inercia que yo trabajaré por ti.
¡No! No es esto:
los espíritus no convierten a los hombres pensadores en simples máquinas, al contrario, nos demuestran con hechos innegables que el que quiere vivir en medio de la luz tiene que estudiar de qué se componen los rayos luminosos que le prestan vida.
Nos dicen los espíritus que el que quiere disfrutar de un ambiente oxigenado tiene que abrir el hondo surco de la tierra endurecida, regarla con el sudor de su frente, arrojar en ella abundante semilla, cuidar el sembrado con esmero, y sólo así brotarán plantas lozanas que se cubrirán de aromáticas flores cuyo perfume embalsamará la atmósfera.
Ninguna religión, ningún credo filosófico impulsa al hombre al trabajo como el estudio del Espiritismo, porque los espíritus nos demuestran con verdades incontrovertibles que el hombre lleva en sí mismo todos los resplandores de los cielos, todas las delicias de los desventurados, todas las alegrías de las almas puras, todas las satisfacciones de los justos, a la vez que todos los horrores del remordimiento, que todas las envidias, angustias y ansiedades crueles de la avaricia, que todos los sobresaltos de los crímenes, que todos los tormentos en fin, que han creado las religiones para sus infiernos.
El hombre es vaso limpio de agua cristalina o charco cenagoso de agua pestilente, de él depende cubrirse con la blanca túnica del impecable, o con la ropa del ajusticiado: todo depende de su voluntad y de su buen deseo; la elección no es dudosa.
El más ignorante, el Espíritu más rudo prefiere la consideración y el respeto al desprecio y al castigo, y la tranquilidad del bien obrar, a los azares y a las persecuciones que son compañeras inseparables de la culpa y el crimen.
No hay más que visitar una penitenciaría para convencerse de lo que decimos; no hay presidiario que al preguntarle porqué ha dejado de pertenecer a la humanidad libre, no conteste.
Porque éste o aquel me arrojó en el abismo del crimen, yo era bueno ¡Ah! Si hubiera tenido quien me hubiese guiado… Y sólo los espíritus enfermos, víctimas de terribles obsesiones, son los que a semejanza de los cerdos se revuelcan gozosos en el seno de su inmundicia.
De la confesión y de la culpa todos huimos, todos queremos parecer mejores de lo que somos; por eso el estudio del Espiritismo es tan útil a la humanidad, porque los espíritus nos dicen, que con las apariencias de falsas virtudes no engañamos a nuestros semejantes, a quien engañamos es a nosotros mismos.
Podrán parecernos verdaderas nuestras artificiosas buenas obras, y podremos recibir hasta bendiciones de almas inocentes y sencillas, deslumbradas por la corona de oropel que hemos colocado en nuestras sienes, pero al dejar la Tierra aunque numeroso cortejo siga nuestro cadáver, aunque artístico mausoleo guarde nuestros restos, aunque la iglesia entone sus cantares y arroje nubes de incienso sobre suntuoso catafalco, cuando el Espíritu se encuentra solo, y únicamente oye la voz de su guía que le dice:
¡Pobrecito! ¡Ven pordiosero de los siglos!… Ven, que no te has creado un amigo, que no has enjugado una lágrima sin calcular antes las ventajas que te redundarían tu largueza de usurero y tu compasión hipócrita.
¡Ven!… Nadie te quiere, pero te quiero yo, yo te seguiré en tu calle de amarguras, yo enjugaré tu llanto cuando el peso de tu cruz te abrume, yo te inspiraré humildad y paciencia para recoger una mínima parte de las espinas que has dejado sembradas en tu árido camino.
En cambio, nos dicen los espíritus:
Cuando deja su envoltura un ser que ha hecho más bien con sus buenos deseos que con sus obras practicadas porque vivía en un circulo microscópico, cuantos ha compadecido, cuantos ha protegido con su pensamiento salen a recibirle, le rodean alborozados, y le dicen: ven ¡Oh tú!… Ven con la riqueza inacabable de tu buena voluntad.
Tú que lloraste con el niño huérfano, tú que compadeciste a la desolada viuda, tú que partiste tu pan con el anciano pordiosero, tú que sentistes con las angustias del joven enfermo, ven a reposar entre nosotros, ven a aspirar el aroma de las flores que hizo brotar tu sentimiento, ven a prepararte para volver a la Tierra con grandes riquezas para que goces siendo un enviado de la providencia.
El que quiere el bienestar de otros labra el suyo, y el que se ocupa de pedir para los demás pide sus tesoros de mañana, el que reparte el maná de su compasión riega la senda de su vida con el rocío benéfico del amor de Dios.
Esto dicen los espíritus:
¿Quién preferirá en el espacio la soledad del falso filántropo a la dulce bienvenida, y al cordial recibimiento que encuentra en ultratumba un verdadero amigo de los pobres?
Por razón natural, nadie quiere beber hiel y vinagre, todos preferimos la ambrosía de los dioses; y el apurar la copa del néctar delicioso de la vida depende de nosotros, todos podemos ser grandes, desde el alma inocente e inactiva hasta el criminal empedernido que goza con la agonía de sus víctimas; todo es cuestión de tiempo y de trabajo, de estudio incesante y energías empleadas constantemente en bien de uno mismo, atendiendo antes al bien de los demás.
Desde que las humanidades se agitaron en los mundos, desde que las generaciones cambiaron sus impresiones y sus afectos, sólo una ley ha imperado en el Universo, el amor de Dios simbolizado en el dulcísimo sentimiento de la atracción de las almas, en el cumplimiento de las leyes de reproducción uniendo los cuerpos en los planetas, y en otros confundiendo los fluidos y los pensamientos, y en la ciencia universal, patrimonio de todos los espíritus, mina de inagotables y valiosísimos filones con los cuales pueden enriquecerse todos lo trabajadores de buena voluntad, porque los filones de la mina de la ciencia no se acabarán nunca, siempre las inteligencias laboriosas descubrirán nuevos tesoros, siempre la ciencia dirá a los espíritus amantes de la sabiduría: ¡Venid a mí benditos de mi padre, que yo soy la brújula del infinito!.
Esta ley eterna de la investigación y del trabajo, es la gran riqueza del Espíritu, porque no hay tarea estéril ni análisis inútil, todas las obras realizadas quedan acumuladas para ir formando su historia, y estas enseñanzas de las verdades de todos los tiempos son las que dan los espíritus a los que se reúnen con el afán de ilustrarse y de aprender, no confundiendo el trigo con la cizaña, separando las plantas parásitas de las que dan al hombre semilla nutritiva.
¡Espiritistas…!
El estudio razonado del Espiritismo merece una atención profunda puesto que nos presenta nuevos y dilatados horizontes, nos descubre mundos ignorados, nos conduce por el mejor camino, nos hace conocer nuestros defectos, nos repite de continuo, conócete a ti mismo y conociéndote no encontrarás injusto el proceder de los demás; verás que todo responde a tu pequeñez o a tu grandeza, y que cuanto te acontece es la continuación razonada de tu propia historia escrita unas veces en páginas orladas de flores y otras en hojas manchadas de sangre y lodo.
¡Espiritistas!
No desperdiciemos el tiempo, aprovechemos los momentos que siempre son preciosos para instruirse y amarse los unos a los otros.
El saber es la nave donde debe navegar el Espíritu, siendo su brújula el sentimiento.
Venga la virtud como guía de los navegantes y la ciencia como el sol de las almas.
No olvidemos nunca que la ignorancia es el demonio tentador de la humanidad, instruyámonos pues, espiritistas, dando a la humanidad el Jordán de nuestro amor!
Que el amor es el bautismo de los cielos, preparémonos para vivir mañana todos unidos, en esas moradas que tiene la ciencia reservada a los que preguntan a los mundos.
¿Cuál fue la primera inteligencia que admiró las maravillas de la Creación?
¿Qué Espíritu será el primero que goce de la presencia de Dios?
¿Cuándo sonará la trompeta de todas las Biblias anunciando el juicio final?
Y la ciencia dirá a todos los sabios de los mundos:
El Universo es una escuela eterna, el juicio final no llegará nunca para los espíritus, estos reunirán los huesos del pasado para formar con ellos el progreso del porvenir.
Dios es la última expresión matemática.
¿Se puede concebir la suma total de todas las cantidades que pueden formar los números y las figuras algebraicas? ¡No! La última cantidad nadie podrá escribirla, la pizarra del infinito es pequeña para trazar las cifras de los últimos cálculos matemáticos.
¡Dios… es la eterna incógnita del más allá!
Amalia Domingo Soler