
Nuestra época, positivista por excelencia, es más idealista y el hombre que concibe la idea de reconocer un Dios, no lo personaliza, no le da nuestras míseras pasiones, no le concede nuestros goces egoístas, no lo asemeja a la especie humana.
El Dios de los libre-pensadores es más grande, más sublime, más inmaterial, no está al alcance de nuestro entendimiento, le presentimos, le adivinamos y le vemos en sus obras.
La misión del Espiritismo no es destruir, no es derribar nada de lo existente, no viene a seguir las sangrientas huellas de las demás religiones, que todas, absolutamente todas, han derramado en la Tierra torrentes de sangre que se han convertido más tarde en ríos de lágrimas.
El Espiritismo viene ha decir que Dios es Dios, y el Progreso es su profeta.
Ni destruye los templos, ni viene a levantar nuevos altares.
Jesús luchó entre la lógica y el sofisma de su tiempo, esa lucha aún sigue empeñada; y el Espiritismo toma parte en ella como la toman las demás filosofías, pero no se empeña en derribar ni ésta, ni aquella institución.
Jesús fue la encarnación del amor y del progreso, y está por encima de todas las teogonías y de todas las filosofías de la Tierra; y el Espiritismo enseña la ley que Él promulgó en el Monte de las Calaveras.
Nuestra moral es la de Jesús, y si todos los hombres de este planeta hubieran comprendido las enseñanzas del divino maestro, como tratan de comprenderlas los verdaderos espiritistas, no se hubiera derramado tanta sangre inocente, no se hubiese atormentado a millones y millones de hombres, ni habrían profanado la memoria del que murió, perdonando a sus verdugos.
Si algo queda de aquella moral sublime, que era el patrimonio divino de aquel que sanaba a los enfermos, si algo se recuerda aún de su doctrina evangélica, sus comentarios se encuentran en las obras espiritistas.
Los espiritistas aman a Jesús, porque ven en Él la reencarnación de un Espíritu elevadísimo, luz de la verdadera religión, luz que iluminó a la India, luz que más tarde irradió en Judea, luz que brillará sobre este planeta mientras la Tierra tenga condiciones de habitabilidad para albergar a la especie humana.