José Aniorte Alcaraz

LA NUEVA ENSEÑANZA

Imagen de una flor de loto

Sin fe en el porvenir, el hombre fija forzosamente toda su atención en el presente y en los goces que éste puede ofrecer, y nunca está dispuesto a sacrificar su personalidad, sus intereses, su forma de vida, y sus gustos en provecho de sus semejantes.

Con estos sentimientos, el ser humano, se rebaja hacia un estado inferior, se deja dominar por el egoísmo, con un deseo incontrolado de conseguir bienes materiales para satisfacer sus pasiones y su orgullo.

La creencia en la inmortalidad, es el único lazo que puede unir a los hombres de buena voluntad. La duda y la negación que sufre esta sociedad, es consecuencia de preconceptos religiosos pertenecientes al pasado.

El Espiritismo nos devuelve la fe, apoyándose sobre bases nuevas e indestructibles, porque tiene una superioridad moral, porque es la doctrina de los espíritus; ella nos enseña que cualquiera que sea nuestra condición en este mundo, estemos viviendo en la miseria o en el dolor, careciendo de ventajas físicas o de brillantes facultades, nunca somos víctimas de la mala suerte, sencillamente sufrimos las consecuencias de nuestras obras; actos y hechos anteriores.

Debemos aceptar nuestra suerte con paciencia, confiando en la justicia Divina y en el amor de Dios. Con este conocimiento, el hombre comprende, por fin, el objeto de su vida; ve en ella un medio de preparación y de reparación, y deja de maldecir a su destino y de acusar a Dios.

La transformación moral es un sentimiento que cambia por completo la personalidad del ser humano y es necesaria, es imprescindible para formar parte de la futura humanidad de este planeta.

Durante nuestro tiempo se ha debatido, y aún hoy se está haciendo, sobre la necesidad de preparar a la juventud, con más recursos universitarios, más cultura y más capacitación, para poder competir y participar en los mercados internacionales: esto está bien y es necesario, pero dicha instrucción sin la enseñanza moral, es impotente y estéril.

Es necesario hacer del niño, una persona adulta que conozca sus deberes, como conoce sus derechos. No es sólo necesario desarrollar las inteligencias, hay que formar los caracteres, fortificar las almas y las conciencias.

Los conocimientos deben ser completados con las luces que iluminan el porvenir y nos marcan nuestro destino. Para formar una humanidad nueva, es necesario formar hombres nuevos y mejores. El orden social nunca valdrá más ni será mejor, si nosotros no somos mejores. Esta educación no puede conseguirse con dogmas anticuados, con doctrinas muertas, sobre creencias de superficie y apariencia que no tienen ya ninguna influencia sobre las almas.

La humanidad ya no quiere símbolos, ni dioses de madera, ni leyendas misteriosas; no quiere verdades veladas. Necesita de una creencia verdadera, sin sombras y sin misterios, y esto sólo puede encontrarlo en el Espiritismo, porque es una Religión Universal.

Esta Doctrina tiene las bases de la moral que el hombre de hoy necesita, para llevar con fuerzas y dignamente las pruebas de la vida, conocer sus causas, reaccionar contra ellas y cumplir con el deber que la ley de las consecuencias le ha impuesto para su propia felicidad.

Con este conocimiento, el hombre se siente más seguro, sabe a donde va, sabe también que una justicia sabia y justa gobierna el Universo, que todo está encadenado y que las consecuencias de cada uno de nuestros actos, buenos o malos, recaen sobre nosotros con el transcurso del tiempo.

Este conocimiento es un freno para el mal y un poderoso estímulo para el bien.

Con los mensajes de los espíritus y la comunicación de los vivos con los muertos, tenemos una visión clara de nuestro porvenir y una evidente realidad de nuestra actual existencia; sabemos la suerte que nos espera, según sea nuestra forma de vida actual.

Si el hombre sabe las condiciones de su vida futura, comprende mejor el objetivo de su actual existencia; las normas de la vida actual, se presentan y se viven de una manera diferente, si el Espíritu está interesado en un futuro mejor para él. Entonces comprende que no ha venido a este mundo, en busca de placeres frívolos, ni para satisfacer vanas e ilusorias ambiciones; comprende que su verdadero objetivo es, desenvolver cualidades superiores, corregir sus defectos y poner en práctica todo aquello que pueda contribuir a su elevación espiritual.

El estudio del Espiritismo nos enseña que la vida es un continuo combate contra las tendencias, deseos y debilidades, que nosotros mismos sentimos, por esto se dice que, sólo es vencedor el que se vence a sí mismo. Esta lucha y estas pruebas no cesarán hasta que no se consiga la verdadera transformación moral. Con este compromiso y este pensamiento, el Espíritu se fortalece y se engrandece, y con el sentimiento de esta verdad, nace en nosotros la confianza y el valor para seguir adelante, sin temer a la adversidad ni a la muerte.

Jesús dijo: “yo soy el camino de la verdad y de la vida”.

Yo tengo que decir que soy espírita, pero antes que espírita, soy cristiano, y muchas veces me he preguntado por el verdadero sentido de las palabras del Maestro, teniendo como resultado: “dedicación, esfuerzo, sacrificio, renuncia, abnegación, y un deseo predominante de seguirlo y ofrecerle mi vida”. Con este sentimiento y este deseo, se dio un cambio en mi forma de vida, esto sucedió para mi propia felicidad, hace cincuenta años.

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