Si ofendemos o herimos nuestra moralidad, estaremos incumpliendo la ley, y esto producirá dolor y remordimiento en nuestra conciencia, que nos impedirá repetir el acto, y si no aprendemos en la primera lección, la vida nos proporcionará experiencias cada vez más duras, así sucesivamente hasta que nos veamos forzados a tomar una nueva dirección, cambiar de rumbo hacia una vida mejor, más moralizada y más en consonancia con los mandamientos de Dios.
La experiencia y los efectos de los actos que cometemos durante nuestra vida, junto con el desarrollo de nuestra voluntad, es la fuerza con la que aplicamos el resultado de nuestra experiencia.
No podemos vivir en un mundo mejor que el nuestro, hasta que no hayamos aprendido y dominado a fondo las lecciones y pasiones de la vida terrestre, para lo cual son necesarias muchas vidas, bien aprovechadas. La Tierra es una escuela para el hombre y debe volver muchas veces para tener la experiencia necesaria para dominar y controlar todos los conocimientos que ofrece nuestro planeta.
Tenemos una cadena de causas y efectos, consecuencia de nuestro pasado, que no es una simple y monótona repetición; hay un influjo continuo de causas nuevas, y justamente en ellas están las bases de la evolución de nuestro Espíritu. Por nuestro libre albedrío tenemos la libertad de hacer algo nuevo para cambiar nuestro destino. Los actos de nuestro pasado dependen del destino que nos hemos trazado; en cuanto a nuestro futuro depende sólo de nosotros, tenemos plena libertad para decidirlo.
Los recuerdos de nuestras vidas pasadas, los tenemos olvidados porque así es necesario para nuestra evolución. Pero sin embargo, ellos están registrados y archivados, en estado de memoria subconsciente y supra-consciente. Esto es sin duda alguna, una de las muchas virtudes que tiene el alma, como creación Divina y principio de toda la vida.
En el subconsciente (consciencia subliminal) es donde tenemos conocimientos y pensamientos que se remontan a nuestras existencias anteriores. Sin embargo hay y ha habido personas que recuerdan o han recordado, en diferente graduación, hasta con nitidez, escenas y situaciones de vidas pasadas.
La conciencia es también esa fuerza psíquica impelente que nos pone en guardia contra el mal, como productor de sufrimientos y nos inclina hacia el bien, como productor de felicidad y paz. Ya es hora de comprender que una vida es una experiencia más para el Espíritu; y digo esto porque la mayoría de seres humanos, aunque mueran antes de la vejez, tienen muchos lazos e intereses en la vida terrena, como si fuese ésta su única existencia. Esto les produce mucho sufrimiento, porque cuando pierden el cuerpo físico, continúan sintiendo, con las mismas necesidades y los mismos deseos; sienten una intensa necesidad de volver y proseguir con su acostumbrada vida material, de una forma perjudicial que ellos no llegan a comprender, aunque les cause muchos y dolorosos sufrimientos.
Para cada nueva vida física, el organismo material trae condiciones nuevas y un cerebro físico preparado para la clase de vida que debe llevar. El Espíritu trae al reencarnar, las virtudes y defectos, conocimientos y experiencias conseguidos anteriormente, en otras existencias, y la vida después de la muerte será la que hayamos preparado nosotros mismos a lo largo de nuestra vida actual; con nuestra forma de vida positiva o negativa, creamos nosotros mismos nuestro destino.
La resurrección de algunas religiones, supone la vuelta a la vida del cuerpo que está muerto, lo que es completamente imposible. La reencarnación, en cambio, es la vuelta del ser astral, a la vida corporal, en otro cuerpo físico nuevo, y que el mismo ser astral se acopla en él, en el momento de su gestación, para darle la energía necesaria para una nueva existencia terrenal; y esto nada tiene de común con el anterior cuerpo desintegrado en la tumba o convertido en cenizas después de la cremación.
El Espíritu ya desencarnado, cuando regresa al mundo espiritual, que es el mundo de las realidades, lleva consigo todas las experiencias y el perfeccionamiento moral e intelectual conseguido durante su única encarnación. Lleva registrado en él todo el bien que ha hecho y el esfuerzo realizado para mejorar su situación espiritual, pero también los errores y malas acciones.
Después de la muerte el Espíritu se encuentra con esta gran realidad; la paz y la felicidad si su vida ha sido ordenada y dedicada a la práctica del bien, o se encuentra con el sufrimiento y el dolor si sólo ha vivido para satisfacer sus pasiones y vicios materiales.
Debido a la supervivencia individual, no hay escapatoria posible; el momento del castigo, de la expiación y rectificación, así como el de las merecidas recompensas con paz y felicidad interior, que compensan los mayores sacrificios hechos, llegan con la infalibilidad matemática garantizada por la legislación divina que rige los destinos del Universo, ya sea en esta vida, en la vida espiritual o en una nueva existencia terrena.
Con la reencarnación, los seres que han vivido una vida sin control, abusando de todo sin respeto alguno, pueden ser obligados a renacer con deformaciones físicas, o en medio de la mayor pobreza, enfrentando un destino difícil y doloroso.
Todos nosotros, sin excepción, tenemos la posibilidad de progresar y evolucionar, sea de un modo más rápido o más lento, con ocasionales recaídas, para volver a empezar, porque la suprema justicia no permite que ningún Espíritu creado por Dios se pierda. Todos, sin excepción, nos salvaremos. La duración y condiciones del ascenso evolutivo, dependen principalmente de nuestro comportamiento y del uso que hacemos de las facultades que nos han sido concedidas para utilizar nuestro libre albedrío.
La Tierra es un inmenso taller de perfeccionamiento para los seres encarnados, cuya evolución es infinita, y en cada una de nuestras existencias temporales, las astrales como las terrenales, se escribe una página en la historia de nuestro Espíritu inmortal.
Nuestro planeta es aún un mundo nuevo, envejecido por la ignorancia que tiene la humanidad que habita en él.
En estas condiciones vivo yo, pero me siento plenamente feliz, como en un maravilloso mundo nuevo, tan real para mí como este mundo material. Dicen de mí que soy un tipo raro, un pobre chiflado y algunos hasta me llaman “el brujo endiablado”. Estas opiniones o calificaciones, me alientan para cumplir más esforzadamente con mis deberes y compromisos con el mundo espiritual, como insignificante pecador arrepentido, que desea reparar el daño cometido en su pasado, sin importarle los obstáculos, los dolores o enfermedades que tenga que enfrentar a lo largo de su vida.
Nuestra conducta, trabajo y fuerza interior, es capaz de dominar la materia, en vez de dejarnos dominar por ella, nos da fuerza moral que nos hace invencibles.
Todos nosotros podemos alcanzar este grado de felicidad, “querer es poder” porque tenemos fuerzas ocultas que podemos movilizar, para conseguir nuestro cambio interior, para cambiar de rumbo, descubrir nuevos horizontes y vivir en un mundo mejor.
José Aniorte Alcaraz