Así como es muy difícil encontrar en la Tierra ningún ser que en su parte física goce siempre y en todas las ocasiones de una salud perfecta, lo es mucho más encontrar un ser verdaderamente equilibrado en su parte moral.

Nada hay perfecto en este mundo, y así como la atmósfera y la manera de ser en lo material tiene una relación muy distinta en la manera de ser de nuestro organismo y nos predispone a ciertas enfermedades, así los elementos espirituales que nos rodean indagan de tal modo nuestra manera de ser moral, que aprovechan lo más insignificante para desarrollar en nosotros sufrimientos morales o malestar interior con el objeto de mortificarnos o detenernos en la vía del progreso, porque los elementos espirituales que constantemente nos rodean se infiltran y penetran en nosotros, como los elementos atmosféricos crean a nuestro alrededor microbios y otros bacilos que desarrollan enfermedades, cuando la manera de ser en nuestro físico no se opone a su desarrollo.

Así pues, debemos estar prevenidos para ahuyentar las influencias espirituales tanto como los miasmas materiales, y así como por más precauciones que tomemos no podremos separar del todo las influencias del frío y del calor y otros cambios bruscos, así tampoco por más precauciones que tomemos no podremos separar del todo la tentación; lo que podremos hacer es no caer en lo que a ella nos induzca; y aquí debe estar nuestro método, en esto debemos poner toda nuestra atención y todo nuestro cuidado, aunque esto nos cueste sacrificio.

Con los elementos atmosféricos, ¿qué hacemos? En invierno nos abrigamos y en verano nos desabrigamos y buscamos lugares frescos para que no sintamos tanto las molestias de los rigores del tiempo, y si de todos modos hemos de sufrir las molestias del tiempo, nos conformamos y no les damos importancia; sufrimos resignados y procuramos resistir todo lo posible, y decimos esto es el frío o el calor, esto ya pasará, concluyendo por no hacer caso de ello; pues lo mismo debemos hacer con la tentación, porque es un mal inherente a todos; porque no hay ser encarnado que no sufra, porque casi diríamos es una condición precisa y casi me atrevería a afirmar necesaria a nuestro progreso.

Pero entiéndase que la tentación no tiene siempre y en todos los individuos el mismo carácter y las mismas formas; como los grados de virtudes y de defectos son múltiples, varios e infinitos, también son muchas las variedades de tentación. No siempre el espíritu que nos tienta se vale de incitar deseos y pensamientos malos en nuestro entendimiento, sino que a veces penetra en nosotros, y desde dentro de nuestra conciencia nos hace sentir deseos que parece una necesidad satisfacerlos; que éstos lo mismo pueden pertenecer al orden físico, como la sensualidad y las distracciones, recreos, vicios, etc., etc., como deseos de venganza, de crítica, de amor desmedido, o de repugnancia hacia determinadas personas.

Hay seres de bastante rectitud y buenos deseos en quienes les es muy difícil al espíritu de tinieblas penetrar ni en su entendimiento, ni en su interior; pero muy a menudo sucede que estas personas, muchas veces, a la primera contrariedad sueltan palabras inconvenientes y dichas con tono áspero, o se excitan por poca cosa, y es que, aunque no sentían, ni en su entendimiento ni en su interior, influencia o malestar alguno, el espíritu de tinieblas tenía aquel ser preparado para darle embestida y hacerle caer, y lo lograría o lo ha logrado a la primera ocasión. Generalmente, la tentación radica en el entendimiento, por eso se llama así; pero no es esto sólo lo que ejecuta el espíritu de tinieblas para hacernos caer.

Sucede, a veces, que el ser siente una tristeza y un malhumor, muchas veces sin motivo aparente, y si lo hay, es a veces tan insignificante que el mismo individuo se sorprende que motivo tan deleznable le produzca tanto malestar; este estado es más bien posesión que tentación; el espíritu que causa este estado, si no se le resiste mucho, puede hasta no solamente quitar la tranquilidad y poner al individuo en una situación comprometida, sino alterarle la salud. Ya explicaré, después, los medios para resistir a este estado.

A veces la tentación o posesión reviste otra forma y es la de prendarse demasiado de otra persona, que, sin saber por qué, se siente hacia ella un afecto injustificado; esta posesión la ejerce el espíritu de tinieblas para hacer cometer injusticias; esto lo mismo puede suceder entre y dentro de la familia, como al tratar personas extrañas; esta clase de posesión, como la anterior, a veces hace sufrir mucho y se necesita mucha fuerza de voluntad para contrarrestarla.

Aquí es cuando debemos recordar las palabras del Señor y Maestro: «Velad y orad»; es cuando debemos tener el pensamiento muy levantado y ejercer un gran espíritu de justicia, para no separarnos en nada ni para nada de lo que sea justo, y si con esto no podemos separar la posesión, no debemos cansarnos de pedir y tener pensamientos elevados y oponer una paciencia y resignación a toda prueba, que con esto el ser encarnado adelanta mucho. Estas penas ocultas que a veces por nada del mundo el ser comunicaría a nadie tienen gran mérito ante Dios y hacen muy fuerte al espíritu encarnado.

No debe olvidarse nunca que en la Tierra no tendremos nunca paz completa, y si ésta llegamos a sentirla alguna vez, durará poco; así pues, cuando seamos atormentados por estos estados, debemos ser fuertes, resistir y oponer una paciencia, serenidad y calma sin límites.

Al mismo tiempo no debemos olvidar que a pesar de la pena que nos puede ocasionar, en un momento dado desaparece y nos quedamos tan tranquilos como si nada hubiese sucedido; ésta es la causa de estos cambios tan súbitos en la lucha que hay entre los espíritus que nos aman y los que nos aborrecen; por eso, nunca debemos desconfiar de los seres del espacio que nos aman; al contrario, debemos confiar mucho en ellos y pedirles y suplicarles su protección cuando nos veamos apurados, que mucho hacen para nosotros si nos ponemos en condiciones para recibirlos o para recibir de ellos la influencia necesaria en nuestras necesidades.

La tentación de pensamiento no nos causa tanta pena como la posesión; esta debemos combatirla, extirpando pasiones, vicios y deseos ilícitos; esta tentación la conoce todo el mundo menos los que están dominados por la incredulidad, pero los que en algo creemos respecto a la vida venidera, todos la conocemos. En esta tentación, el espíritu de tinieblas empieza por hacer el pensamiento y el deseo ilícito, promover sensaciones y excitar deseos si se le presenta ocasión; en esta tentación se debe cerrar el pensamiento a toda idea que sea una infracción de la ley divina, y si a pesar de la resistencia el pensamiento continúa excitado, debemos colocarnos en el lugar de la víctima y reflexionar si nos agradaría a nosotros que nos robaran lo que es sagrado, y de gran estima para nosotros, y entonces colocarnos en el terreno de lo justo.

Parece que es por demás tratar estos asuntos entre espiritistas pero no es así. Cuando entramos en el Espiritismo no somos seres perfectos, muy al contrario, a veces, tenemos grandes defectos que combatirnos; y mucho más cuando el espíritu de tinieblas, que es el que nos dominaba mientras permanecimos entregados sólo a las cosas del mundo, no quiere separarse de nosotros y se aferra a lo que él había dominado hasta entonces.

A veces sucede, y este fenómeno pasa a la mayoría de los que entran en el Espiritismo, que al momento de conocerlo sienten tan vivos deseos de ser el hombre o la mujer nueva, que tornan derroteros y echan de sí deseos ilícitos; forman grandes resoluciones de hacer vida nueva y lo consiguen; dura algún tiempo esta determinación y se limpian de todo; pero después de algún tiempo, la impresión del principio va extinguiéndose y vuelven a sentir poco a poco los mismos deseos, y a veces el espíritu que dominaba antes vuelve a tomar posesión de su antigua morada y vuelven a caer en lo de antes; si entonces el espiritista no se escuda en la oración, en el amor, la caridad y un fuerte deseo de ser libre, son a veces peores las últimas cosas que las primeras: por eso hemos visto a muchos que han empezado y no continuado, y si mal estaban antes de empezar, después han estado peor.

A los que más les sucede esto es a los que han estado muy aferrados a los intereses, o sea, al dinero; esta pasión es muy difícil de desterrar y la más costosa de corregir; de manera que al egoísta o interesado le es muy difícil, por no decir imposible, entrar en el Espiritismo y sostenerse en él. Aquí se puede aplicar la frase de gran trascendencia de Allan Kardec: «Sin caridad no hay salvación posible»; de manera que el espíritu que está aferrado y ama mucho los intereses materiales, casi se le puede decir que, mientras dure este estado, es inepto para comprender y entrar en el Espiritismo; he aquí la valla que retiene a la humanidad.

El amor al dinero es señal evidente de falta de caridad y de amor al prójimo, y el que se encuentra en este estado no realizará grandes progresos en su alma. El ser encarnado debe buscar la manera de subvenir a sus necesidades de una manera justa y honrosa; pero cuando estas están cubiertas no debe tener ambición ni entusiastas anhelos para los demás, y, mayormente, si es espiritista; todo cuanto pueda adquirir de más debe procurar que los medios sean completamente lícitos, y, de lo que atesore, debe procurar que participen en una gran parte los desgraciados; sólo así se le permitirá tener algo sobrante, sin caer en responsabilidad; de lo contrario, si no cuenta en sus ganancias a los pobres, éstas, aunque parezcan lícitas ante el mundo, son una usurpación ante Dios; y el que tal hace, si es espiritista, no progresa, sino que retrocede: «Sin caridad no hay salvación posible», y que no les duelan prendas a los que están en condiciones de adquirir dinero.

El espiritista debe pensar que su felicidad no está en la Tierra, sino en el espacio; así pues, debe hacer todo lo posible para enriquecer a su espíritu de virtudes y de obras buenas, y para esto no debe olvidar que uno de los enemigos más grandes que puede mantener en él es el amor al dinero, mejor dicho, el egoísmo, que es el peor y más fatal enemigo que puede morar en él.

Ya he dicho cómo se combate esta pasión y la tentación que puede traer, y es haciendo partícipes de una gran parte de nuestros ahorros a los desgraciados; esto hará que nuestras iniciativas y nuestros trabajos redunden en bien de los que sufren; el que tal haga tendrá la satisfacción de poseer algo para su bienestar terrenal y luego progresará su espíritu, porque con su iniciativa y su trabajo, además de proporcionarse lo necesario, hará mucho bien.

De manera que cuando realice un buen negocio haga un trabajo que le valga mucho, ya ha de destinar al momento una cantidad proporcionada a las ganancias o a la cantidad adquirida a remediar los males o necesidades de los que sufren, y esto sin escuchar pensamientos egoístas, ni de conveniencia personal, sino tomar y ejecutar determinación rápida y realizarla; de lo contrario el espíritu de tinieblas acude y desbarata los buenos deseos y todo lo hace inútil.

En cuanto a la tentación posesiva, que es cuando el espíritu radica su influencia más bien en la conciencia que en el entendimiento, hay una manera de conocerla y combatirla, y es oponer en estado de conciencia un deseo de justicia muy recta; por ejemplo; ¿es una repugnancia a una persona o personas determinadas? Aquí debe oponerse un espíritu de caridad a toda prueba; si es un amor desmedido debe combatirse con un espíritu recto de justicia; por ejemplo: ¿es justo que por esta persona sientas lo que te pasa? Si no es justo, se puede estar seguro de que aquella impresión es sostenida por algún enemigo del espacio, mayormente si aquel deseo o amor desmedido puede dar lugar a hacer sentir los deseos de alguna pasión, o si bien las atenciones que se sienten por aquella persona pueden dar lugar a alterar la armonía, ya dentro de la familia, o dentro de nuestras relaciones íntimas.

Ya he dicho que la tentación tiene muchas maneras de emplearse entre los encarnados; pero si el espíritu se escuda con un verdadero espíritu de justicia, descubrirá en seguida la causa y podrá combatirla; y si con el querer solo no se logra separar influencias que perjudiquen a la moral y al cumplimiento del deber, entonces debe acudirse a la oración, evocar con entusiasmo y fe a nuestro guía espiritual y a influencias de espíritus elevados, que ellos acudirán con gusto a nuestro llamamiento y se verán satisfechos en sus deseos, que siempre son de que sus hermanos de la Tierra progresen y se eleven; así pues, por afligida que sea nuestra situación, nunca debemos desconfiar de los socorros de arriba, y mucho más si éstos se piden.

En estos casos es cuando están mejor aplicadas las palabras del Señor: «Pedid y se os dará; llamad y se os abrirá; velad y orad»; y al mismo tiempo, mientras se sufre, se debe poner una resignación a toda prueba y una paciencia inalterable, que es lo que más cansa al espíritu tentador; de manera que si en los estados de nuestro ánimo y en las tentaciones de nuestra mente oponemos siempre un espíritu de recta justicia y una resignación y paciencia a toda prueba opondremos una valla al espíritu de tinieblas que nunca podrá inducirnos al error y no nos podrá causar ni trastorno ni retroceso ninguno.

Al contrario, obrando de esta manera, todas las molestias que el espíritu de tinieblas nos podrá causar tendrán un resultado contraproducente a lo que tal espíritu se proponga, y es que con los sufrimientos de la tentación, sufridos y combatidos con espíritu de recta justicia, con paciencia y resignación, el ser encarnado progresa y da pruebas al Padre que por amor al cumplimiento de la ley sufre, se resigna y espera, suprema manera de obrar de los espíritus que han vivido, viven y vivirán en la Tierra.

Con esta manera de obrar, el espíritu encarnado en la Tierra no se evitará todas las molestias y sufrimientos que nos pueden causar los espíritus atrasados que pululan a nuestro alrededor, pero triunfará de todas sus acometidas, y los sufrimientos que le causen le servirán para progresar mucho.

Si obramos de la manera que dejo dicha, podremos repetir las palabras de un gran escritor antiguo. «Cuando se resiste la tentación, es la Hormiga del León; más cuando el ser se entrega a ella, es el León de la Hormiga; pues sigamos siendo siempre el León y la tentación la Hormiga, y así no tendremos que temerla», sino, al contrario, seremos dueños de nosotros mismos, pensando, sintiendo y queriendo o deseando únicamente lo que el deber nos imponga; así nos evitaremos muchas angustias en la vida y nos prepararemos para morar más tarde en el reino de Dios.

Sin embargo, no debemos olvidar nunca, mientras nos toque estar en la Tierra, que hemos de ser contrariados en todo; la humanidad está muy atrasada y apenas se encuentra una persona que sepa cumplir con todos sus deberes, y como es indispensable vivir en relación con muchas, ya sean de familia, ya sean en nuestras relaciones de amistad, no nos han de faltar nunca contrariedades: por eso mientras estemos en la Tierra es necesario vivir alerta, escudarse con un amor, una admiración y adoración al Padre sin límites, y poner toda nuestra esperanza en la grandiosidad de su obra, que es la casa en donde hemos de vivir eternamente.

Es necesario seguir la ley divina proclamada por el Señor y Maestro; es necesario ponerla en práctica y tener gran amor y fe en la palabra del Señor, y si algún día las angustias de la vida nos persiguen, no olvidemos sus palabras: «Bienaventurados los que sufren que de ellos será el reino de Dios»; procuremos que la confianza en sus promesas nos dé valor y fuerza para soportarlo todo, pensando que la existencia terrenal no es más que un soplo, un período cortísimo de nuestra existencia universal y que por cada día y cada noche que pasamos de sufrimiento en esta Tierra, si sabemos conformarnos y sabemos imitar a los mártires y a los justos, tendremos mil años de reposo y de felicidad.

Ánimo, hermanos míos; los que sufrís, dejad que el cuerpo se haga pedazos o sucumba por el dolor; mantened el espíritu fuerte en la práctica de la sumisión y del valor; permaneced enamorados de Dios, del gran Señor, y del cumplimiento de su ley; no olvidéis que la recompensa superará a todos vuestros deseos y vuestras esperanzas.

Por último, aconsejo que el hermano que se encuentre agobiado por la tentación busque a otro hermano que considere digno y de confianza y le abra su corazón, se lo explique todo y le pida su ayuda; pero considero que las personas que sean consultadas, llamadas en auxilio de estas almas enfermas, que bien pueden ser los presidentes de reuniones y Centros, deben ser calladas como una tumba, prudentes, misericordiosos, caritativos, dulces en el hablar y proceder, capaces de toda abnegación y con un entero amor al Padre y con una sumisión al Señor y Maestro y a su Ley, a toda prueba.

Debe considerar, el que sea consultado, que ejerce el deber de un guía espiritual, que puede hacer un gran bien al ser que le consulta, si sabe dirigirle con rectitud, mansedumbre y caridad.

Es muy necesario que haya entre los espiritistas, hermanos de experiencia en la práctica de la virtud, de la caridad, del amor al prójimo y de la adoración al Padre y veneración al Señor, para que estos hermanos tengan suficiente luz para, en caso de necesidad, poder ayudar a sus hermanos y darles la mano en el intrincado sendero de la vida.

Bienaventurado el que se esfuerza para llegar a tal estado, que éste ya no verá tinieblas y merecerá la confianza de los de arriba y de los de la Tierra.

Así es como después de esta morada terrestre, se llega a penetrar en el reino de Dios.

Miguel Vives y Vives

Guía Práctica del Espiritista