¿Y si se encuentra el esposo con tendencias opuestas en su familia, los cuales no quieren que él tenga ideas o profese el Espiritismo? ¿Cómo se las arregla el tal jefe de familia?
Es muy difícil prescribir reglas para cada caso particular; sólo podemos decir que en este caso, el espiritista debe escudarse en una prudencia, un tacto y una paciencia a toda prueba; entonces, es cuando debe estar más unido a los de arriba, tener mucho amor al Padre, recordar mucho la paciencia y la abnegación del Señor y estar muy en contacto con su Guía espiritual, por medio de la oración y por la indulgencia que siente para los que le atormentan.
Su conducta entre su familia ha de ser un bello modelo de toda clase de virtudes, para que el ejemplo pueda un día llevar la convicción, o a lo menos la tolerancia entre los suyos, y, si no es posible, que no se rebele, que se deje sacrificar si es necesario, que considere que lo de hoy es resultado de lo de ayer, que, cuando así lo haga, puede esperar gran recompensa.
He visto, durante mi vida espiritista, dos hermanos que sufrieron mucho entre su familia, y, a pesar de sus sacrificios, su paciencia y su abnegación, no pudieron lograr que se toleraran sus creencias entre sus deudos, siendo muy a menudo objeto de burlas y de desprecio de los seres más queridos.
Pues de estos dos hermanos, ya desencarnados, he tenido ocasión de oír sus comunicaciones, algunas veces, en circunstancias que no dan lugar a duda, cuyas comunicaciones han sido, moralmente hablando, de gran elevación y han demostrado una dicha tan grande en estos espíritus, que puedo asegurar, que, de los seres desencarnados en nuestra época, ninguno ha demostrado disfrutar de tanta dicha ni de tanta felicidad.
El sacrificio fue grande en la Tierra, porque nada hace sufrir tanto como verse despreciado y burlado de los que se ama; pero estos sufrimientos son doblemente recompensados por nuestro Padre, por nuestro Dios, por el que todo lo tiene, todo lo sabe y todo lo puede.
Pero estas situaciones son excepcionales y son pocos los que se hallan en ellas.
Lo más común es que el espiritista llegue a ser padre de algunos hijos cuya misión no está exenta de peligros, y a veces es necesaria una abnegación a toda prueba, con un buen sentido práctico espiritista.
A veces, no son todos los hijos de la bondad que el padre desea, sino al contrario, acarrean disgustos y sinsabores que causan grandes sufrimientos, los cuales han de saber sufrir los padres teniendo mucho cuidado en sentir el mismo afecto sobre los buenos como sobre los que por su carácter causan penas y disgustos.